Rudo y Cursi | Letras Libres
artículo no publicado

Rudo y Cursi

Sus protagonistas son los dos actores más famosos del cine mexicano; sus productores, los Tres Amigos; y su director, el guionista de la película que, hace siete años, llevó del ámbito personal al mundo de la ficción (y, por tanto, al imaginario público) la amistad entre Diego Luna y Gael García Bernal.

Además de ser la ópera prima como director de Carlos Cuarón, Rudo y Cursi es un espacio en el que conviven Nombres (con mayúscula), expectativas (la reunión charolastra) y guiños a camaraderías y parentescos en la vida real. Esto, que no es bueno ni malo, es el elefante en el cuarto: se elige entre ignorarlo o verlo en toda su inmensidad. Si se opta por lo primero, aumenta la sensación de estorbo. Lo segundo, en cambio, permite a) ver una película, punto, y b) entender por qué Rudo y Cursi es inevitablemente parecida –pero saludablemente distinta– a su pariente cercana, la mítica Y tu mamá también.

Y cómo no parecerse, si una de las virtudes de ésta era la solidez de su guión: el manejo de planos temporales a través de la narración en off, una trama que se apropiaba de –no sólo copiaba– las convenciones del road movie, y la construcción de personajes que se irían revelando sin echar mano del muy patético recurso de la autoexplicación. Ahora guionista y también director, Cuarón deja claro que su prioridad es el trabajo de los recursos dramáticos, y trae a la superficie el tema que latía, más discreto, bajo la trama de su guión anterior.

Rudo y Cursi gira alrededor de la relación entre los hermanos Verdusco: Beto (Luna) y Tato (García Bernal) son trabajadores en una finca platanera y juegan futbol en el equipo del pueblo (por qué son “el Rudo” y “el Cursi”, se explica en las primeras escenas). El sueño de Beto es ser jugador profesional; el de Tato, un cantante grupero. Los dos, por encima de todo, quieren construirle una casa a su mamá. En la otra película hermanitos de leche, en esta lo son de verdad. Otra vez se vuelven rivales por la atención de una mujer mayor. La diferencia abismal es el trabajo de Luna: a diferencia de entonces (cuando se interpretaba a sí mismo) ahora construye un personaje redondo, lejos de la caricatura e, incluso, conmovedor.

Un día los Verdusco se topan con el argentino “Batuta” (Guillermo Francella), descubridor de talentos futboleros que les promete fama y fortuna. Aclara, sin embargo, que sólo puede llevarse a uno y les propone decidir el asunto en un solo tiro penal. Beto supone que su hermano le cederá la gran oportunidad. Las cosas “salen” distintas y Tato es el elegido para viajar hacia la capital. Luego Beto lo alcanza y, jugando para otro equipo, se convierte en portero invencible. Pero el incidente del pénalti ya no se puede olvidar. Sugiere que destino y carácter acaban siendo la misma cosa y que –en cumplimiento del principio de la profecía autocumplida– Tato quedará marcado como el hermano de la buena estrella, y Beto como el rezagado, siempre unos pasos detrás.

Lo que sigue es una fábula de gloria y descomposición, con miradas soslayadas al fenómeno del “transplante” social (se puede sacar al futbolista del rancho, pero no el rancho del futbolista); a los símbolos dudosos de estatus (todo lo que brille y suene; el celular en el cinturón); a las mafias infiltradas en todo (y el síndrome de la “vista gorda”); y al Mr. Hyde que suele aflorar en los quince minutos de fama o en la proximidad del poder. Estas subtramas se narran a través de un lenguaje visual producto, en parte, del diseño de arte del brillante Eugenio Caballero. (La fotografía de Adam Kimmel no necesariamente capta los matices de la tragicomedia social.) En la tarea delicada de hacer un retrato de excesos sin convertir a los protagonistas en blancos de la parodia, cuenta tanto el trabajo estético como algo característico de la sensibilidad de Cuarón: la empatía hacia sus personajes y el cuidado en que los elementos visuales tengan una función dramática. Ante la angustia que les provoca la ausencia de colores en la casa nueva de Tato, Beto cuelga de la pared un cuadro traído del pueblo, recuerdo de su papá. Más que un adorno naco, el cuadro es, según el momento, un vocablo para describir arraigo, miedo ante un mundo nuevo y aquello que permanece intacto cuando todo lo demás se hundió.

La historia de los Verdusco es narrada por el promotor Batuta, rey de las frases hechas, y de la filosofía de banqueta. Usar su punto de vista tiene una doble función: pintarlo como personaje (como todo fanfarrón, un perdedor de origen) y evitar que la película caiga en la pseudoprofundidad.

Esto no impide que Rudo y Cursi tenga, por llamarlo así, alma, o que en medio de analogías baratas sobre el futbol, la guerra y la vida, Cuarón haga un comentario ácido sobre los reveses de la camaradería y el lado oscuro de la mitificada amistad. Y sobre cómo –diría Batuta– competencia es el verdadero nombre del vínculo fraternal. ~