Regresos sin gloria | Letras Libres
artículo no publicado

Regresos sin gloria

Bodyguard y Homecoming, dos series estrenadas este año, abordan un tema que ha sido recurrente en la historia del cine: el regreso de los soldados a su país después de pelear una guerra.

En el cine ha sido un tema recurrente desde el periodo entreguerras del siglo pasado. Me refiero al traumático regreso de los combatientes a un hogar que, por fuerza, no es el mismo, como, por supuesto, tampoco lo son ellos. Los sobrevivientes de la guerra vuelven al seno de la sociedad cargados de recuerdos traumáticos –como en The Big Parade (Vidor y Hill, 1925)–, llenos de culpas –Remordimiento (Lubitsch, 1932)–, heridos física y psicológicamente –la multioscareada Lo mejor de nuestras vidas (Wyler, 1946)–, sin poder encontrar razones para vivir –Regreso sin gloria (Ashby, 1978)–, o rabiosamente desencantados de su propio país –como en Nacido el 4 de julio (Stone, 1989).

Con unos cuantos meses de distancia, la BBC y Amazon Prime Video han presentado sus respectivas series televisivas centradas en veteranos que regresan de la interminable guerra que ocupa la atención de Occidente desde el 11 de septiembre de 2011: la dirigida contra el terrorismo. Se trata de Bodyguard (Reino Unido, 2018), que desde su estreno en agosto ha sido la teleserie más vista en Gran Bretaña desde 2002 (está disponible en Netflix); y Homecoming (E.U., 2018), que se puede ver en la plataforma de Amazon.

Estas series tienen claras diferencias genéricas –una, la británica, es un thriller político y sobre terrorismo; la otra, la estadounidense, funciona más como drama con ciertos elementos de thriller–, pero las dos comparten la misma visión paranoica. Los veteranos de guerra de estas series regresan, como sus similares fílmicos –y, es de suponerse, como los veteranos reales–, traumatizados, heridos y desencantados. Pero, además, acorde con los tiempos que vivimos, regresan para enfrentar a un enemigo que vive entre ellos. Más aún: a un enemigo que se encuentra dentro del Estado.

Bodyguard, creada por el prolífico Jed Mercurio, exoficial de la Real Fuerza Aérea británica, y con seis episodios de aproximadamente una hora cada uno, inicia cuando David Dudd (Richard Madden, el malogrado Robb Stark de Games of Thrones), sargento de la policía de Londres, está viajando en un tren en compañía de sus dos hijitos y se da cuenta del nerviosismo de una de las empleadas. ¿La razón? Alguien se ha encerrado en el baño y es probable que se esté gestando un atentado terrorista.

La terrorista –y, todo parece indicar, también víctima– es Nadia (espléndida Anjli Mohindra), una jovencita musulmana que lleva puesto un chaleco suicida. Baste decir que cuando el primer episodio ha terminado, Dudd ha logrado salvar el día –a los pasajeros del tren y a la propia empavorecida muchacha–, a tal grado que recibe un ascenso: es nombrado guardaespaldas de Julia Montagu (Keeley Hawes), la dura ministra del Interior que, con el fin de combatir el terrorismo, ha propuesto una polémica ley que algunos de sus compañeros de partido, la oposición y varios grupos de activistas ven como un peligro para las libertades individuales.

Pronto queda claro que Montagu tiene su propia agenda –es obvio que quiere despachar desde el número 10 de Downing Street– y que tanto sus socios como sus rivales políticos –el primer ministro, la jefa de la policía antiterrorista, el director de inteligencia– también tienen planes, así que el heroico y estoico sargento Dudd se verá involucrado, sin deberlas ni temerlas, en un laberíntico thriller en el que nadie es inocente y en el que los terroristas de origen musulmán parecen ser el menor de los desafíos a la seguridad del Estado. Para rizar el rizo, el sargento Dudd es un veterano de guerra que sufre de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), atraviesa un divorcio, tiene problemas para contener su enojo y le da por estrangular a quien se deje cuando se le despierta sin decirle agua va.

Aunque hay elementos harto previsibles –por algo la serie se llama como cierto cursilísimo churro ochentero hollywoodense–, hay otros que no lo son tanto, pero no necesariamente para bien. Las vueltas de tuerca se suceden a tal velocidad que no hay mucho tiempo para cuestionar por qué Dudd o los villanos –que son casi todos los líderes del gobierno, la seguridad interior y la policía de Londres– toman ciertas decisiones. El resultado es una serie fatalmente quebrada –inicia muy bien y se va desbarrancando en sus últimos episodios–, pero culposamente visible que, en sentido estricto, ofrece el mismo discurso que el del viejo cine liberal de los años 70: si las instituciones están podridas, si el gobierno es el enemigo del ciudadano común, siempre quedará un individuo que las enfrente y las purifique, para el bien de todos los demás.

En Homecoming, serie de diez episodios de 30 minutos creada por Micah Bloomberg, Eli Horowitz y Sam Esmail, también hay veteranos con TEPT regresando a casa. En concreto, llegan a algún lugar de Tampa, al Centro de Apoyo Transicional Homecoming, una suerte de residencia para soldados recién liberados de sus deberes en el campo de batalla.

A este sitio llega el joven soldado afroamericano Walter Cruz (Stephan James), quien de inmediato se entrevista con la responsable del sitio, la trabajadora social Heidi Bergman (Julia Roberts en su debut como protagonista de una serie televisiva), una mujer atenta, servicial y siempre sonriente que le dice que ella y todo su equipo (terapeutas, médicos, cocineros…) están ahí para servirlo. Para que su regreso al hogar sea lo menos traumático posible. Para que consiga un buen trabajo. Para que pueda volver a tener una conversación normal con sus amigos.

Homecoming no muestra sus verdaderas cartas hasta su séptimo episodio, lo que puede resultar frustrante. A pesar de eso (¿o precisamente por eso?), es una propuesta mucha más compleja que Bodyguard, en la forma y en el fondo, en su planteamiento temático y hasta en el desempeño de un reparto sin tacha alguna, con una Julia Roberts que, en cierta escena clave, usa su alegre y luminosa sonrisa de una forma muy diferente a la que nos tiene acostumbrados.

Homecoming apuesta, como varias series televisivas contemporáneas de distinto calibre –desde The walking dead (2010-) hasta Big little lies (2017-) pasando por Game of thrones (2011-)–, por una estructura narrativa fragmentada y asincrónica. Desde el primer episodio queda claro que la historia avanzará en un par de vías paralelas: por un lado está el presente, en un futuro muy cercano, cuando Heidi está trabajando como mesera y viviendo con su madre (Sissy Spacek, siempre bienvenida); y por el otro, tenemos un pasado –que es nuestro presente, porque el año es 2018–, en el que Heidi es la psicóloga a cargo de Homecoming, en constante contacto telefónico con su jefe inmediato, Colin Belfast (Bobby Cannavale, perfectamente detestable).

Pero también hay otras vías narrativas paralelas: la ya mencionada del pasado y el presente de Heidi, que vamos conociendo a retazos, en la medida que avanza la serie, y otra más, la de los afanes de un modesto burócrata de la Secretaría de Defensa, Thomas Carrasco (Shea Whigham), quien busca resolver cierta queja anónima acerca del trato a los veteranos en Homecoming. Carrasco es un tipo grisáceo, de anteojos imantados y ropa que no se ajusta a su cuerpo. En apariencia, no es más que un pobre diablo al que nadie toma en serio –mucho menos su exasperada jefa, a quien vemos amamantar a su bebé en la oficina– pero, contra todo pronóstico, es quien llegará a descubrir una conspiración con un signo de dólares por delante.

Otro elemento notable de Homecoming es la puesta en imágenes. El encuadre, creado a través de la cámara de Tod Campbell, cambia de formato entre el presente –el académico 4:3– y el pasado –en widescreen. De esta manera, la cámara encierra a los personajes en un tiempo, los deja más libres en otro, pero en todo momento los sigue, vía dominantes top-shots, cual si fueran especímenes animales a los que hay que estudiar detenidamente.

La conclusión a la que llega Homecoming es similar a la de Bodyguard: aunque el sistema esté podrido, siempre habrá forma de purificarlo, en la medida que exista algún apasionado agente de la ley o algún muy profesional burócrata. No sé si esto sea suficiente para recuperar la confianza en los instrumentos del Estado. En la televisión, por supuesto que sí.