Quincy Jones, entre la música y la política | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: World Economic Forum from Cologny, Switzerland [CC BY-SA 2.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons

Quincy Jones, entre la música y la política

Un documental revisa la vida del célebre músico, que como productor es responsable de éxitos conocidos mundialmente, y como activista ha trabajado para hacer visibles los aportes de la comunidad afroamericana en Estados Unidos.

Cuando Quincy Jones tenía 15 años y todavía no era un gran músico –ni siquiera era Q, el apodo que le puso Frank Sinatra– tuvo dos encuentros fundamentales para el resto de su vida: el primero fue con un Ray Charles de apenas 17 años, quien se convertiría en su amigo para toda la vida. El segundo fue con la heroína.

De hecho, el productor y músico ha reconocido que gracias a él se hizo adicto, a pesar de que el pianista intentó alejarlo de la droga. Cada noche, después de tocar, los músicos que acompañaban a Ray se iban a un rincón a inyectarse un poco. Quincy se colaba entre ellos, a escondidas de su amigo, y recibía su dosis.

Cinco meses duró su adicción a la heroína, hasta que casi muere por caer de unas escaleras mientras estaba drogado. Así aprendió que no podía jugar a ser Ray Charles. No solo abandonó la adicción, también, gracias a esa experiencia, aprendió a sortear todas las demás drogas que siempre rondan a los músicos. Aunque, jamás dejó de ser un adicto al trabajo. En otras palabras, cambió de droga, pero no de carácter.

Por fortuna, esta nueva dependencia nos entregó a uno de los productores y arreglistas más importantes de la música occidental. No exagero si afirmo que Quincy, como también lo hizo Miles Davis, fue fundamental para los distintos virajes que ha dado la música popular estadounidense en los últimos 60 años. No solo sus habilidades como arreglista le dieron estatus de genio, sino también supo entender al público y le dio alimento musical que, a pesar de su popularidad, jamás terminó en el basurero de la música pop.

Puede verse en Netflix el documental Quincy, que revisa la vida del músico contada por él mismo, dirigido por su hija, la actriz y escritora Rashida Jones, y por Alan Hicks.  

El film de dos horas apenas alcanza a mostrarnos algunas facetas del prolífico compositor. Son 70 años de arduo trabajo, un huracán creativo que jamás se ha detenido. No hay manera de encapsular todo eso en un medio tan limitado como es la televisión o el cine.

Omite, por ejemplo, explorar la prolífica relación que tuvo con Frank Sinatra. Planea con prisas sobre su trabajo como compositor de soundtracks. Tampoco profundiza en su colaboración con Michael Jackson, que fue más allá de lo musical, convirtiéndose en protector del joven cantante y llevándolo a la cima más alta que alcanzó en su carrera.

El carácter de Quincy Jones es, innegablemente, difícil y obsesivo, y este filme nos deja entrever que hay mucho más de lo que nos muestra. Pero algunos fragmentos de su vida logramos atisbar.

Y es ahí donde el documental se tambalea, porque, ante la incapacidad de contar su vida de forma exacta, abandona la fascinante personalidad de Quincy y se decanta por politizarse.

Es claro que Quincy siempre tuvo una motivación política, la de demostrar que el hombre negro podía hacer lo que se le antojara, llegar a donde quisiera. Así, no solo fue productor de jazz, también se inmiscuyó en Hollywood y hacia los ochentas comenzó a deslizarse hacia el pop y el hip hop, buscando públicos mucho más amplios.

Lo que Rashida desea dejar claro es que, sin su padre, no solo la música negra estadounidense no sería lo mismo, sino que incluso él es culpable, hasta cierto punto, de que las voces afroamericanas sean escuchadas en el mundo. Que Quincy no solo ha defendido su propia vida como minoría, sino también lo ha hecho por la comunidad afroamericana.

Lo que no queda claro es si la directora, desde el principio quería mostrar a su padre como el padrino de la música, o si tenía que explicar hasta dónde llega el poder de Quincy, porque el documental comienza como cualquiera de los que pululan por las plataformas de prepago, para terminar en un extraño discurso incluyente, pero superficial. Quincy no patea las calles para llevar justicia al mundo. Por lo menos ya no lo hace ahora, en todo caso: lo suyo es hablar con las celebridades y los políticos famosos.  

Pero creo que no debemos masticar este discurso sin algo de recelo. La directora nos muestra al músico interactuando con la realeza política y de Hollywood. Son todos amigos y están ahí para salvar la cultura afroamericana. El mensaje no es gratuito. Quincy Jones no solo es un músico, es una institución. No sé si es necesario convertirlo en eso, pero el documental lo hace.  

Podemos observar a Quincy como parte de la organización para inaugurar el Museo Nacional de Arte y Cultura Afroamericana, impulsado por el Instituto Smithsoniano. Esto, que debería ser un trabajo más, se va convirtiendo en la bandera principal del documental. Ahí lo tenemos, en realidad estamos ante una declaración política y social. El trabajo de Rashida Jones es un recordatorio de que en el Estados Unidos actual existe toda una sociedad alejada del patriotismo racista de Trump.

Nos recuerda que el camino de la libertad y la igualdad estadounidense está acompañado de la música creada por artistas negros comprometidos como Marvin Gaye y Quincy Jones.

Sí, la declaración política enloda la narrativa del filme, pero no estamos ante una obra de arte, sino ante una introducción rápida a la vida y obra de uno de los más grandes creadores de cultura americana. Lo que sigue, es regresar a la música de Jones y comprobar si es verdad todo lo que se dice de él.