Porno, corrección política y linchamiento en Berlín 2021 | Letras Libres
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Porno, corrección política y linchamiento en Berlín 2021

La cinta ganadora del Oso de Oro 2021 conduce de forma abalanzada, cómica y sin tapujos a través de la cultura del porno, el escrutinio social y el estado actual de Occidente.

“¡Les dije que era judía!”. La línea y la escena me tomaron por sorpresa, por más que a estas alturas de la película estaba dispuesto a esperar que sucediera cualquiera cosa. Se trata del relajiento, desbordado y regocijante desenlace –más bien, de uno de los tres finales alternativos– de Babardeala cu bucluc sau porno balamuc (Rumania - Croacia - República Checa - Luxemburgo, 2021), la cinta ganadora del Oso de Oro en el pasado Festival de Berlín 2021, que se llevó a cabo totalmente en línea entre el 1 y el 5 de marzo. El noveno largometraje –séptimo de ficción– del cineasta rumano Radu Jude, conocido en México por ¡Aferim! (2015) y Tipografía en mayúscula (2020), fue, sin duda, no solo la mejor película de la competencia oficial sino la mejor cinta presentada en la Berlinale –por lo menos, de la treintena que pude ver– y, desde esa trinchera, una temprana candidata a lo mejor del año

Dividida en tres partes, Mala suerte cogiendo o porno loco (por su traducción literal del título en inglés, Bad luck banging or Loony porn) inicia, in media res o, mejor dicho, in media copula: una mujer, completamente desnuda, le habla a su pareja que (se entiende) está manejando la cámara. Lo que sigue es una escena de varios minutos donde esta mujer –primero con un antifaz, luego sin él– y el hombre (del que nunca vemos su rostro, aunque sí su pene) fornican alegremente en varias posiciones, mientras suena en el fondo una versión instrumental del clásico Lili Marlene y alguien les toca la puerta para interrumpir tan gimnástico ejercicio. No hay nada dejado a la imaginación ni al “buen gusto”, whatever that means: este hombre y esta mujer están copulando, lo están disfrutando y se están grabando porque quisieron y pudieron hacerlo.

Después del pornográfico prólogo, vemos a la mujer del video, Emi (Katia Pascariu), en un mercado comprando flores. El arreglo es para la directora de la escuela en la que Emi trabaja como profesora de historia. En los siguientes minutos, durante el primero episodio del filme, titulado “Calle en un solo sentido”, se da a conocer la naturaleza de dicho video –el coito era entre Emi y su marido– y las consecuencias ¿inesperadas? del mismo: alguien lo ha publicado en internet y ya ha comenzado a hacerse viral –“¡está en Pornhub!”–. Por lo que la directora le informa a la profesora que, esa misma tarde, está programada una junta con los padres de familia que mostraron una “natural” preocupación por el hecho de que una mujer tan depravada esté en contacto con sus hijos. Aclarada la premisa del filme, seguimos a Emi por las pandémicas calles de Bucarest –es evidente que la película fue filmada durante la emergencia por covid-19– donde ella es testigo –o incluso, partícipe– de una serie de encuentros y desencuentros que muestran el rostro menos amable de sus compatriotas rumanos.

Como si estuviéramos ante una versión menos esperpéntica de nuestro clásico satírico Mecánica nacional (Alcoriza, 1971), Jude presenta a sus conciudadanos como una peligrosa runfla de sociópatas que parece vivir por el dictum hobbesiano, según el cual todo hombre es enemigo del hombre: se pelean haciendo cola en el supermercado, se lían a golpes en un crucero, se estacionan en lugares prohibidos y se molestan cuando alguien los señala, justifican el más crudo darwinismo al esperar un medicamento en una farmacia, banalizan el Holocausto en alguna plática de café y hasta una venerable viejecita –quien, de pronto, se atraviesa frente al lente de la cámara de Marius Panduru–, nos suelta un insulto monumental, acaso molesta porque la estamos viendo. Los rumanos, según Jude, están más que dispuestos a saltar a la yugular de otro rumano, ya sea para buscar una ventaja, para demostrar su supremacía o nada más para sentirse mejor.

Esta suerte de road-movie urbana, repleta de enfrentamientos, peleas e insultos, es interrumpida por un segundo episodio que, a bote pronto, parece cambiar todo el sentido del filme, pero, en realidad, lo subraya. Esta segunda parte, titulada “Breve diccionario de anécdotas, señales y maravillas” es un muestrario de palabras, hechos y citas que presentan, en estricto orden alfabético, y contextualizan, de manera provocadora, la historia de Rumania, en particular, y de Occidente, en general. En un estilo que parece provenir del mejor Adam Curtis –en especial, de su largometraje documental experimental It felt like a kiss (2009), conformado por fragmentos de películas, canciones e imágenes sueltas–, Jude somete al abrumado espectador a un apabullante desfile de ideas, que pasa por Walter Benjamin, Virginia Woolf, Brecht, Celan o Kracauer y se alterna con devastadoras cápsulas históricas sobre la complicidad rumana con los nazis o los años de la dictadura comunista de Ceausescu. Esto, con hilarantes chistes políticamente incorrectos como el de la rubia perseguida por un toro, que es comiquísimo, el de la “naturaleza nazi” del pueblo alemán, un bien calculado pastelazo al propio festival berlinés, y eruditas explicaciones sobre, por ejemplo, el origen de la pornografía.

Cuando llegamos al tercer episodio, “Praxis e insinuación (sitcom)”, sabemos que Emi está perdida. La junta con los padres y abuelos de familia –entre quienes no falta la joven madre moralina, el militar ridículamente patriotero, el político nostálgico del comunismo y hasta un anciano que se ríe de manera idéntica al Pájaro Loco– está planteada no como un intento de juicio racional sobre el comportamiento sexual de la profesora con su marido, sino como un abierto linchamiento moral para el que Jude nos ha venido preparando, aviesamente, desde un inicio. De ahí el encadenamiento de peleas de la primera parte y el pesimista video-ensayo acerca del estado de nuestra cultura en el segundo segmento.

Por más que la profesora intente rebatir, una y otra vez, su segura condena con argumentos racionales, y por más que tenga un muy articulado aliado en un hombre que intenta defenderla solo para ser acusado por una mujer de mansplaining, es obvio que en ese país –y vaya que también en el nuestro y, probablemente, en cualquier país del mundo–, Emi es la víctima inevitable, perfecta: es mujer, inteligente, dispuesta a defender sus ideas y –¡además!– sexualmente activa.

Así pues llegamos, exhaustos, al epílogo antes mencionado, con tres desenlaces alternativos-brechtianos y la vuelta de tuerca del tercer final, con la desternillante línea “¡Les dije que era una judía!”, que me dejó riendo a carcajadas durante varios segundos, solo y en mi estudio, frente a la pantalla del televisor.

Un sentimiento encontrado si los hay: la mejor película que he visto en el año merecía revisarse no solo en pantalla grande, sino con un cine repleto de auténticos cinéfilos, para poder compartir, codo con codo, el asombro, la exasperación y la risotada final, abierta, revanchista y liberadora. No hay una manera mejor para ver esta película.