¡Perros del mundo, uníos! | Letras Libres
artículo no publicado

¡Perros del mundo, uníos!

¿Este era el último?”, pregunta una mujer rolliza a su asistente, refiriéndose a los perros abandonados que sacrifica todos los días como parte de su trabajo. La escena aparece al final de Desgracia, la novela de J. M. Coetzee donde estos animales le devuelven al protagonista el reflejo de su decadencia. Idéntica, la escena se repite en Hagen y yo (White god), película inspirada en Desgracia (su director, Kornél Mundruczó, también llevó la novela al teatro) pero que depara a sus personajes caninos un destino muy distinto. En la novela, el protagonista pone a su perro en manos de la mujer. En Hagen y yo, uno de los animales que esperan ser sacrificados se rebela contra el maltrato de los humanos.

El héroe se llama Hagen: un perro de raza “mestiza”, robusto y de pelaje rojizo, que a pesar de ser plebeyo muestra una gallardía que envidiarían los “de pedigrí”. Hagen reúne atributos de sus predecesores cinematográficos, pero la película de Mundruczó trasciende las tramas típicas donde el perro es más hábil que los humanos (las sagas Rin Tin Tin y Lassie), donde es un compañero leal (Marley y yo), donde es una bestia letal (Cujo, La profecía) o donde es un dibujo animado con novia y clase social (La dama y el vagabundo). Hagen es listo, fiel, peligroso y enamoradizo, pero eso no lo vuelve una extensión del hombre. Según Mundruczó es “limpio e intrépido como personaje de los años cuarenta”, pero provoca en el espectador emociones complejas. Tómese como ejemplo una escena clave en la historia: Hagen ataca a un hombre y le arranca un pedazo de cuello. Durante unos segundos, se ve al perro con el hocico manchado de sangre y el trozo de carne todavía entre sus dientes. En el contexto del relato, esta imagen es redentora.

Aunque su estilo es documental, la atmósfera de Hagen y yo replica la sensación ominosa de las pesadillas. En su primer acto, aún anclado en el realismo, Mundruczó inserta imágenes que siembran inquietud. Primero presenta a Hagen –todavía inocente– jugando en el parque con su dueña Lili (Zsófia Psotta), una niña de trece años. Acto seguido, corta a la imagen frontal de una res colgada de un gancho, para luego mostrar su evisceración sin escatimar detalle. Esto sucede en el rastro de Budapest, donde el padre de Lili (Sándor Zsótér) trabaja como inspector sanitario. De forma simbólica, el hombre se ensucia la camisa con sangre de res. Entre más intenta limpiar la mancha, más la extiende sobre la tela.

Hija de divorciados, Lili no encaja entre sus compañeros de escuela; solo convive con ellos en sus ensayos de música. Su madre sale de viaje y la deja al cuidado del padre, quien se resiste a aceptar a Hagen. Peor aún, se entera de que los dueños de perros “mestizos” deben pagar un impuesto especial. Una vecina denuncia a Hagen con la perrera estatal, y el hombre se niega a pagar el impuesto. Después de algunas tribulaciones, el padre y la niña abandonan al perro en medio de una carretera.

Hagen se enfrenta a las penurias deparadas a los “bastardos”: esquivar autos, buscar comida en basureros y huir de los “cazadores” de perros ilegales. Encuentra compañía en una especie de favela canina para al final caer en manos de peleadores de perros. (Porque su referente es real, las secuencias que muestran su transformación en animal agresivo son las más crueles de la película.) En una escena que desborda antropomorfismo pero es espléndida en su ejecución, Hagen reconoce la bestia en que se ha convertido. Tras su primera pelea, frente al cadáver de su oponente, baja la cabeza en un gesto de vergüenza moral. Asqueado, logra escapar. Cuando al fin es capturado por los empleados de control canino, Hagen ya no es el mismo: ha aprendido a matar. Con ánimos de venganza, libera a sus compañeros y toman la ciudad. Nada ni nadie los puede parar.

Con Hagen en el rol de líder de los oprimidos, Mundruczó acoge con entusiasmo las convenciones del cine B: fantasías de venganza, invasiones zombis y películas apocalípticas. Entre sangre y violencia, el espectador reconoce decenas de guiños visuales al cine de explotación: siluetas caninas agolpadas detrás de ventanas opacas, patitas amenazantes bajo marcos de puertas, civiles dentro de sus autos cercados por la jauría furiosa.

Mundruczó usa la música para unificar la variedad de géneros. Óperas, poemas sinfónicos y música orquestal de fondo dejan claro que Hagen y yo plantea un mensaje grandioso: el reconocimiento del Otro, el fin de la discriminación y la integración de los “no legales”. Aunque recurra al humor, su intención no es paródica. Lili apacigua a Hagen tocando en su trompeta el leitmotiv de la Rapsodia húngara No. 2 (que Mundruczó eligió por ser una oda de Liszt a la libertad de las minorías). La frase musical se escuchará a lo largo de la cinta: en el episodio de Tom y Jerry que pasa en la televisión de la sala contigua a donde ocurren los sacrificios, y en la grandiosa imagen final, donde la música posibilita que humanos y perros pacten una tregua. Otro ejemplo es la mención del Tannhäuser. “Usted nos enseña a mentir”, le dice Lili a su maestro de música cuando este pide que los alumnos identifiquen el tema de la ópera de Wagner. “[Tannhäuser] habla de amor –continúa–, algo que usted no conoce porque no tiene corazón.” Ya que el maestro es culpable indirecto del abandono a Hagen, Lili acusa una de las contradicciones de ciertas élites occidentales: promover discursos magnánimos y ser indiferentes al sufrimiento de los menos afortunados.

Solo un puñado de personajes en Hagen y yo son seres humanos. El resto son perros de carne y hueso –casi doscientos cincuenta– que recorren calles, invaden túneles y se amontonan unos sobre otros cuando la acción lo requiere. De haber recurrido al efecto digital conocido como “replicación de multitudes”, la película no tendría ni la mitad de su fuerza. En los “detrás de cámara” de la película que pueden verse en YouTube se ve a decenas de perros participando en su caracterización como rebeldes que someten a sus verdugos humanos. No hay que ser defensor de animales para apreciar la ironía. La historia de alianza entre especies que narran esas escenas es el mejor argumento a favor de la reflexión propuesta por Hagen y yo. ~