Nadie dirá Bazinga en 10 años: el fracaso de The Big Bang Theory | Letras Libres
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Imagen: Aaron Chown/ZUMA Press/Newscom/EFEVISUAL

Nadie dirá Bazinga en 10 años: el fracaso de The Big Bang Theory

Si bien las primeras temporadas solían lograr que el contexto fuera parte indisoluble de la trama, con el paso de los años la presunta personalidad geek de The Big Bang Theory se ha vuelto una floja simulación, donde los chistes son apenas otra capa de merengue en los cada vez más abundantes pastelazos. 

Desde que Aristófanes escribió Las nubes, la comedia se ha aprovechado ampliamente de aquellos reconocidos por su inteligencia pero señalados por su torpeza. En el Filógelos, la recopilación de chistes más antigua que aún se conserve, puede leerse la siguiente broma:

Un erudito fue a visitar a un amigo que estaba muy enfermo. Su mujer le dijo que su marido “ya se había marchado”. El erudito le contestó: “Cuando vuelva, ¿le puedes decir que he pasado a verle?” 

No es difícil imaginar este chiste en boca Sheldon Cooper, el antisocial protagonista de The Big Bang Theory, la comedia con mayor audiencia en lo que va del siglo. A través de 11 temporadas, The Big Bang Theory ha seguido la vida de un grupo de jóvenes científicos de California que cumplen con todos los estereotipos posibles alrededor de los nerds: fanáticos de la ciencia ficción, los cómics y los videojuegos, aptos para colaborar con la NASA o proponer un giro en la teoría de cuerdas, pero incapaces de desenvolverse en sociedad sin parecer lunáticos, tontos o simplemente mezquinos.

Este último adjetivo es el crucial pues, a lo largo de los años, los creadores de la serie no han movido un dedo para remediar el sexismo y el racismo de sus chistes; y muchos fans capaces de perdonar la mezquindad, no pueden pasar por alto que en las últimas temporadas la serie provocara más bostezos que carcajadas.

En medio del rodaje de su décimo segunda temporada, el actor Jim Parsons, galardonado con múltiples Emmys por su interpretación del físico con asperger Sheldon Cooper, anunció su salida y, por lo tanto, el irremediable final de la serie. Muchos han declarado tristeza, otros tantos alivio, pero casi ninguno ha implorado que el show continúe.

Para los productores, las críticas fueron soslayables ante los enormes récords de audiencia, pero este año se vieron destronados por el insospechado regreso de Roseanne, comedia noventera cuyo descomunal reingreso a la pantalla se cortó de tajo cuando Roseanne Barr, su creadora y protagonista, lanzó en Twitter un comentario xenófobo y racista sobre una colaboradora de Obama.

Acaso The Big Bang Theory nunca estuvo en vilo por culpa de un tuit, pero sus momentos penosos llenan varias páginas de internet; y la llegada de más personajes femeninos, como Bernadette, hicieron más compleja la situación, lejos de aliviarla. Y es que, mientras en la quinta temporada Amy ponía en la misma oración a una pareja interracial y un caso de zoofilia, para el inicio de la novena temporada Sheldon declaraba a Marie Curie como “un hombre honorario” gracias a que tenía “un pene hecho de ciencia”.

Sabemos desde tiempos de Aristóteles que la tragedia presenta a gente que sufre por culpa de sus virtudes y que la comedia trata sobre gente que sufre por sus defectos. Pero, a diferencia de BoJack Horseman, los personajes de The Big Bang Theory se vanaglorian de sus propios defectos sin poner en jaque ni su propia conducta ni el contexto en que esta sucede. Además, no hay que dejar de lado que estos personajes dicen pertenecer a la misma comunidad geek involucrada en penosos episodios como el GamerGate, donde desarrolladoras de videojuegos fueron sistemáticamente hostigadas, o el escándalo alrededor de un programador de Google que esgrimió presuntas razones biológicas detrás de la exclusión de las mujeres en la industria tecnológica.

En la serie donde un personaje usó un satélite para espiar la casa de unas supermodelos, nunca hubo una referencia a estos episodios ocurridos fuera de la pantalla y sus protagonistas nunca fueron reprendidos o burlados por sus acciones. Cuando mucho, Sheldon Cooper fue levemente reprendido en un episodio de la sexta temporada por lanzar comentarios agresivos a su asistente y Penny dedicó a Howard más de un gesto de asco.

Detrás de estos parlamentos lamentables está Chuck Lorre, creador de la tan popular como criticada Two and a Half Men, serie que adolecía casi de los mismos defectos de escritura que su hermana The Big Bang Theory. Y es que la mezquindad injustificada es otro síntoma de la flojera creativa (o lazy writing, como dirían los guionistas estadounidenses) que por once años ha aquejado a The Big Bang Theory.

Por ejemplo, sus referencias científicas y sus alusiones a la cultura geek ya no pasan de ser una mera cáscara. Si bien las primeras temporadas solían lograr que el contexto fuera parte indisoluble de la trama, con el paso de los años la presunta personalidad geek de The Big Bang Theory se ha vuelto una floja simulación, donde los chistes que casi accidentalmente incluyen a Stan Lee son apenas otra capa de merengue en los cada vez más abundantes pastelazos. 

A diferencia de Rick & Morty o Futurama, donde el marco de referencias científicas y matemáticas es parte fundamental de cualquier episodio, en The Big Bang Theory el papel de la ciencia o los cómics no pasa de ser un vehículo para el chiste, casi nunca el chiste en sí. En este sentido, para muchos televidentes Community fue por breves temporadas la comedia geek que hizo todo lo que The Big Bang Theory apenas intentó y que, por cierto, fue creada por Dan Harmon, quien también es responsable de Rick & Morty.

En sus mejores momentos The Big Bang Theory es una versión actualizada de Friends, con smartphones y Skype, pero en sus peores episodios la serie refleja mucho de cómo la gente percibe a los geeks, sin abundar mucho en lo que realmente son. Acaso con el dudoso pretexto de aligerar la trama y agradar a un mayor público, los guionistas han tratado con desdén el carácter geek de sus personajes; justo la comunidad que presuntamente sostiene a la serie es tratado con desconcertante banalidad. Esta simulación quedó inmortalizada en la siguiente broma que difícilmente hubiera sido percibida como tal de no ser por las risas enlatadas:

“El destino del Tardis de Doctor Who será decidido por un combate a muerte inspirado en Game of Thrones poniendo en el campo de batalla a los Thundercats contra los Transformers”. Cuatro malogradas referencias en una misma frase que no tienen sentido ni justificación. Ese es el tono general de una serie que en últimas fechas solo es sincera en sus defectos. 

Cuando finalice su temporada 12, The Big Bang Theory se habrá jubilado con varios récords de audiencia y como el reto a vencer para las sitcoms del futuro, siempre y cuando este género propio de la transmisión por cable sobreviva en la era del streaming. Sin embargo, difícilmente alguien acudirá a sus episodios para entender cabalmente a la comunidad que decía retratar; porque, incluso, cuando representó sus escándalos, fue de forma involuntaria. The Big Bang Theory fingió basarse a los geeks como Las nubes se mofó de una versión inexacta de Sócrates. La diferencia es que, mientras Aristófanes es leído a siglos de distancia, en unos años nadie citará la frase insignia de Sheldon Cooper: Bazinga.