“Nadie confiesa en el estrado”: la reinvención de Perry Mason | Letras Libres
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“Nadie confiesa en el estrado”: la reinvención de Perry Mason

La nueva versión de Perry Mason es una afortunada contradicción: un noir fatalista que apuesta todavía por el valor intrínseco de la justicia.

Como parte de los eventos orientados a celebrar los 100 años de la existencia del cine, el American Film Institute dio a conocer en junio de 2003 el especial AFI's 100 Years...100 Heroes & Villains, programa televisivo que enumeraba a los héroes y villanos más populares de la alguna vez llamada pantalla grande. Elaborado en función de una encuesta realizada a 1,500 realizadores, actores y críticos, el listado estaba configurado por los sospechosos habituales. Los tres villanos que llegaron más alto fueron Darth Vader (Star Wars), Norman Bates (Psicosis), y en primer lugar, Hannibal Lecter, el brillante asesino en serie de El silencio de los inocentes. Nada realmente imprevisible. La lista de los héroes, por otro lado, no careció de sorpresas, sobre todo en lo referente al primer lugar: Atticus Finch, el abogado interpretado por Gregory Peck que defiende a un afroamericano acusado de violar a una muchacha blanca en la campiña estadounidense de Matar a un ruiseñor, la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Harper Lee. Finch se impuso a Indiana Jones, James Bond, Rick Blaine (Casablanca), Marshal Will Kane (High Noon), Ellen Ripley (Alien) y Rocky Balboa, entre otros.

Las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Quizá los productos de Marvel dominen la taquilla, pero en la psique y el corazón estadounidenses dudo que exista un héroe superior al abogado. Sus narrativas aún están repletas de hombres de leyes dispuestos a arriesgar pellejo y prestigio para defender a una víctima a la que fuerzas crueles y oscuras buscan aplastar. La concepción de los tribunales como un coliseo donde se restaura el orden e integridad del mundo es casi una idea fundacional en la sociedad estadounidense, donde se podrá dudar de los hombres, con frecuencia mentirosos y corruptibles, pero rara vez de la capacidad del sistema para procesar sus propios errores, revelar la verdad y encontrar justicia.

No sorprende que la nueva versión de Perry Mason, estrenada durante la pandemia, sea el show más popular de HBO en varios meses (con una audiencia acumulada en streaming que rebasa los 10 millones de personas, muy por arriba de Watchmen y The Outsider). El éxito es merecido. Inspirada en las novelas de Erle Stanley Gardner, Perry Mason (2020) concilia con efectividad dos acciones en apariencia antagónicas: relanza a un personaje icónico del imaginario estadounidense del siglo pasado, al tiempo que deconstruye y cuestiona los tropos y clichés que lo hicieron popular.

Mitología y contrastes

La profesión de abogado dista de ser la épica del bien contra el mal que solemos ver en los productos de Hollywood. Es, de hecho, un oficio tedioso y repetitivo que rara vez permite los desplantes histriónicos que suelen definir a programas como Law and Order, The Practice o Goliath. Protagonizada por Raymond Burr, Perry Mason, la serie original, prácticamente inventó la fórmula que ha seguido el género hasta hoy. Cada uno de los capítulo transmitidos de 1957 a 1966 se enfocaba en un caso, dividido en una estructura de dos actos. El primero esbozaba el crimen en trazos generales y cómo Mason se ocupaba del caso, casi siempre para ayudar a un inocente acusado de manera injusta por la policía. El segundo acto se desarrollaba en los tribunales, donde el héroe exponía argumentos diseñados para aplastar a los culpables, quienes con frecuencia se quebraban, exasperados ante el acoso del interrogador.

El abogado era auxiliado por la asistente Della Street y el investigador Paul Drake. El enemigo recurrente era Hamilton Burger, fiscal de distrito que fungía como el coyote para el correcaminos de Mason. Los tres aparecen radicalmente reinventados en la nueva versión: Street (Juliet Rylance) ahora es socia empoderada y en feliz unión gay con una novia de encanto arrollador (Myrna Prystock, simpatiquísima); Drake (Chris Chalk), como un oprimido policía afroamericano que decide emanciparse del sistema; Burger (Justin Kirk), un inteligente y hasta ahora noble amigo de Street que oculta su homosexualidad. La serie original dejó de transmitirse en 1966, pero la base instalada de fanáticos permitió que el personaje regresara años después en formato de películas para la televisión, las cuales se exhibieron de manera intermitente hasta principios de los noventa.

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Salvo contadísimas excepciones, el discurso narrativo de Perry Mason se mantuvo igual durante décadas: la justicia por encima del caos, siempre. Esta estructura, sin embargo, es subvertida en la nueva versión de HBO. Producida por Susan y Robert Downey Jr. (#TeamDowney), la primera temporada es una historia de origen ambientada en 1933, un piloto de ocho horas donde atestiguamos cómo el héroe pasa de ser un investigador derrotado y borrachín a convertirse en el único abogado de un buffet fundado por su mentor, EB Jonathan (John Litgow, sobreactuadísimo). Con una contagiosa mezcla de humor y amargura, Matthew Rhys interpreta a un Mason que se abre paso por el universo noir de Los Ángeles junto a su amigo Pete Strickland (Shea Whigham, extraordinario). La dupla realiza trabajos menores para sobrevivir –como espiar a los cómicos de moda bajo órdenes de los jerarcas hollywoodenses– hasta que son contratados por EB para investigar el caso del secuestro y asesinato del bebé Charlie Dodson. La crueldad del crimen captura la imaginación de la opinión pública: los párpados de Charlie fueron cosidos para aparentar que seguía con vida y así poder cobrar el rescate.

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Los padres de Charlie, Emily y Matthew forman parte de la Asamblea Radiante de Dios, una iglesia cristiana liderada por la carismática hermana Alice (Tatiana Maslany), quien clama que es capaz de resucitar al niño. Emily (Gayle Rankin) es acusada sin fundamento de ser cómplice de la muerte de su hijo. Ensimismada y poco transparente, nadie cree en su inocencia ni quiere tomar el caso, por lo que Mason no tiene más opción que convertirse en su defensor. El viaje iniciático hacia las leyes lo obliga a quemar viejos puentes (casa, familia y hasta amante mexicana) para asumir la responsabilidad de “hacer lo correcto”, concepto que, como él mismo acepta, no siempre es sinónimo de ejercer la ley.

Dirigida con elegancia por Deniz Gamze Ergüven y el veterano Tim Van Patten (Los Soprano, Boardwalk Empire), la nueva Perry Mason está más cerca de la fatalidad noir de Chinatown que de LA Law. El panorama luce normal, hasta glamuroso, pero detrás de los estudios de cine y los campos de golf habita el abuso sexual, la violencia y el desempleo. El bebé Dodson anticipa el engaño: de qué sirve tener los ojos abiertos cuando ya estás muerto. El agudo contraste entre apariencia y realidad se torna evidente conforme transcurre la serie. Al inicio del episodio final, Mason llama a testificar al culpable. El interrogatorio pasa de las preguntas generales a la esgrima verbal. Los ánimos se encienden y todo parece indicar que la confrontación le abrirá paso a la especialidad de la casa, la famosa confesión en el estrado: de las novelas de Stanley Gardner a A Few Good Men, el money shot de los dramas judiciales. El ansiado clímax es saboteado por la realidad: el interrogatorio era una representación mental de Mason mientras ensayaba con su equipo. Rediseñado como aliado forzoso en esta primera temporada, Burger le dice a Perry: “nadie confiesa en el estrado”. Todos mienten, todos.

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La ambigüedad del programa puede resultar confusa. Algunos críticos han señalado que la serie funcionaría mejor si simplemente se asumiera como algo nuevo y no como una reinvención de marca. Es una visión estrecha y castrante. De manera similar a lo realizado por Ronald D. Moore con Battlestar Galactica (2004), el mérito de los creadores radica en encontrar nuevas resonancias en una mitología pop aparentemente anacrónica. La renovada Perry Mason es una bella contradicción: un noir fatalista que cree en el valor intrínseco de la honorabilidad y la gente decente. Esta tensión le da una vigencia inesperada. El espíritu del personaje se mantendrá incólume: así se fracase, la búsqueda de justicia siempre será una causa por la que valga la pena luchar. El rey ha muerto, ¡viva el rey!