Mirar y parpadear | Letras Libres
artículo no publicado

Mirar y parpadear

 

Las muchas biografías sobre “vidas ejemplares” –discapacitados, enfermos terminales o víctimas de la Historia que se elevan por encima de sus limitantes– conforman uno de los subgéneros más exitosos y ambivalentes del cine (exitoso por ambivalente; ambivalente por exitoso). En nombre del homenaje, muestran con detalle el estado del personaje y lo deplorable de su situación. La cámara es omnisciente. Uno, desde fuera, compadece al personaje en desgracia; se avergüenza (unos segundos) de sus propios privilegios, pero celebra que el arte de masas se haya encargado de su reivindicación. Por no hablar del buen espectáculo. No hay boleto mejor pagado que el que compra tranquilidad de conciencia y un ratito de diversión.

“Una cámara convierte a cualquiera en un turista de la realidad de los otros”, sentenciaba Susan Sontag en su ensayo Sobre la fotografía, y culpaba a la cultura visual de convertir cualquier sentimiento en objeto de posesión. Hablaba de la foto fija, pero lo mismo podría decirse de una biografía trágica llevada a la pantalla. La mayoría de estas películas parecen recorridos turísticos que incluyen seguros de viaje y protegen a su espectador.

La noticia de que Julian Schnabel llevaría al cine las memorias de Jean-Dominique Bauby, ex editor de la revista Elle, quien a causa de una embolia quedaría hasta el día de su muerte inmovilizado y lúcido, era, digamos, para ponerse a temblar. ¿La razón? El encuentro de una cierta mirada con un cierto material. Mezcla de socialité y pintor identificado con el mito del artista víctima, Schnabel debutó en el cine con la dirección de una película que era reflejo de su naturaleza doble: la autoimportante, autocomplaciente y autocompasiva Basquiat.

Con La escafandra y la mariposa en las manos –el libro que Bauby “escribiría” durante su estancia en un hospital– las cosas podían salir decididamente mal. La grandilocuencia del director amenazaba con convertir el testimonio de Bauby en un drama desbordado, que en nada correspondería con la sobriedad y el humor sofisticado de la prosa del editor.

Los hechos –no se diga la escritura del libro– darían material suficiente para una saga de tragedia y superación. Víctima de una rara afección neurológica conocida como el síndrome de Locked-in (“del encerrado”), Jean-Dominique Bauby, de 43 años, conservó intactas la conciencia y la lucidez tras un accidente vascular, pero perdió la movilidad de su cuerpo. Sólo conservó el control de su ojo izquierdo. Una terapeuta le enseñó a comunicarse a través de parpadeos. Su interlocutor enunciaba las letras del alfabeto, ordenadas en una tabla según la frecuencia con que se usan en el idioma francés, y Bauby parpadeaba cada vez que el otro pronunciaba la letra que lo ayudaría a formar una cierta palabra. Así, completaba las oraciones que su lengua torcida y tiesa le impedía pronunciar. La dinámica era sencilla, pero el nerviosismo de sus visitantes solía echarla a perder. Sobra decirlo, exigía paciencia, y aun cuando se dominaba era un sistema de comunicación lento. La devoción de una transcriptora y la determinación de Bauby darían como resultado el libro La escafandra y la mariposa. Su autor moriría dos días después de su publicación.

Contra toda expectativa y prejuicio, el retrato cinematográfico de Schnabel hace justicia al tono mesurado e irónico con el que Bauby describe su nueva relación con el mundo. Más interesante aún es un ejercicio de estilo que sugiere que el cine –más que el testimonio escrito– es capaz de recrear los momentos sucesivos de claustrofobia y absurdo que conforman la vida diaria de Jean-Dominique Bauby. Narrada en su mayoría desde el punto de vista del protagonista (sentado en una silla de ruedas), compartimos su campo de visión, somos objeto de las mismas miradas y vemos reflejado en ellas el pánico que provoca en otro la ausencia de una reacción. El recurso puede ser obvio, pero hace la diferencia entre una película que explota el sentimiento de compasión, y otra que reflexiona sobre las posibilidades del lenguaje cinematográfico, y pone en duda ideas viejas sobre la doble moral de la imagen (como aquella que acusa a las cámaras de hacer turismo en los parajes de tragedia y dolor).

El hallazgo y acierto de Schnabel yace sobre una paradoja: cuando renuncia a las fábulas trágicas alrededor de la creación, se hace presente en su rol de director. Si bien la historia de Bauby roza el tema del artista en desgracia, es su aspecto de hombre mundano el que parece atraer a Schnabel en el rito de identificación. Un capítulo del libro delata un temperamento afín. Bauby rechaza los “horribles” pants que le ofrecen en el hospital. Prefiere su propia ropa, dice, porque ve en ella un símbolo de vida en continuidad. “Si no me queda más que babear –escribe– más me vale babear sobre casimir.” Luego, con un parpadeo, dicta punto final. ~