Mi nombre es Dolemite, el regreso de Eddie Murphy | Letras Libres
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Mi nombre es Dolemite, el regreso de Eddie Murphy

Contra todos los pronósticos, la estrella de Eddie Murphy ha vuelto a brillar gracias a una de las comedias más disfrutables de 2019.

En la década de los ochenta, pocas celebridades brillaron más que Eddie Murphy. Ataviado de rutilantes trajes de piel rojos y amarillos que usaba en shows unipersonales como Delirious (1983) y Raw (1987), Murphy era más estrella de rock que comediante de stand up, una mezcla extravagante entre James Brown, Elvis Presley y Richard Pryor. Lo tenía todo: arrogancia, talento, estilo, sexualidad. No hablamos precisamente de un modelo de las buenas costumbres. Murphy era crudo, insolente, “políticamente incorrecto”, pero no irredimible. Si bien algunas de sus rutinas lucen hoy como construcciones misóginas y homofóbicas, su estilo provocador y explosivo nunca sucumbió al odio o la caricatura degradante. La clave para entenderlo, de hecho, estriba en el balance de su carisma escénico. Este acto de equilibrio, tan difícil de conseguir en la comedia, le permitió ingresar con relativa facilidad al cine, donde se posicionó en el star system hollywoodense gracias al éxito de películas como 48 horas (1982) y Beverly Hills cop (1984). Sus filmes más logrados de ese periodo, De mendigo a millonario (Trading places, 1983) y Un príncipe en Nueva York (Coming to America, 1988) fueron dirigidos por John Landis, quien supo colocar la personalidad de Murphy al servicio de divertidas farsas que, a la postre, se convertirían en referentes para ayudar a entender las relaciones de clase, prejuicios raciales y demás excesos del capitalismo de la era Reagan.

Murphy nunca volvió a estar al nivel de esos momentos ochenteros. A lo largo de los noventa se instaló en una zona de confort donde explotó, con mayor o menor fortuna, un talento casi virtuoso para imitar personajes de características distintas (toda una familia en El profesor chiflado, de 1996), una dinámica recurrente de sus presentaciones de stand up que, auxiliado por el maquillaje, gusta de llevar al extremo en cine. El imán taquillero no duró mucho. Salvo algunos destellos ocasionales (BowfingerDreamgirls, su papel de burro en la saga de Shrek), la estrella de Murphy lucía prácticamente agotada al comienzo del siglo. La broma que el comediante David Spade le hizo años atrás durante el segmento “noticioso” de Saturday Night Live (programa que el mismo Murphy ayudó a popularizar de 1980 a 1984) se había hecho realidad: Miren, Eddie, “¡una estrella en decadencia!”.

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Murphy, sin embargo, se niega a desaparecer. El pasado 25 de octubre, Netflix estrenó Mi nombre es Dolemite (Dolemite is my name), cinta dirigida por Craig Brewer que narra la historia real de Rudy Ray Moore, cantante y showman que deviene en leyenda del movimiento conocido como blaxploitation, un subgénero cinematográfico que “explotó” con intenciones entre glorificadoras y amarillistas algunos de los aspectos más sórdidos de la cultura negra urbana de los setenta: crimen, drogas, prostitución, vicios. Cansado de ser el mero acto abridor en los tugurios del gueto, Ray Moore concibe al personaje de Dolemite: un proxeneta que declama historias rimadas retomadas del folclor picaresco de la comunidad afroamericana.

No son pocos los que consideran a Ray Moore como el “padrino del rap”. Entre ellos Snoop Dog, quien aparece como DJ en la cinta de Murphy.

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Si bien discreto, el éxito es casi inmediato. La carrera ascendente incluye discos de comedia, giras nacionales y, tras una serie de obstáculos y brazadas a contracorriente, la filmación de una cinta de bajísimo presupuesto que imagina a Dolemite como un expresidiario que regresa a unas calles repletas de chulos, mafiosos y demás animales urbanos. En un inicio, la película de Dolemite es recibida con burlas y escarnio por la crítica y los distribuidores; al final, gracias a recomendaciones de boca en boca por parte de una audiencia negra que la encuentra desternillante (sobre todo bajo los efectos de la marihuana), se erige como una de las sorpresas taquilleras del año.

Escrita por Scott Alexander y Larry Karaszewski, guionistas de Ed Wood, la cinta desarrolla una fórmula similar a la celebrada cinta de Tim Burton sobre el “peor director de la historia” y, de manera más reciente, a The disaster artist (2017), el filme de James Franco sobre Tommy Wiseau, actor y realizador de The room (el clásico moderno de humor involuntario de 2003): la heroicidad y capacidad inspiradora del artista no radican forzosamente en la calidad de su obra –la cual, de hecho, puede ser una porquería–, sino en la pasión y compromiso que este desdobla para materializarla frente al público. Wood, Wiseau y Ray Moore enfrentan las críticas de un sistema que los ataca por aspirar a ser cineastas independientes, al tiempo que triunfan en términos de popularidad, aunque no en función de sus intenciones originales. Al igual que Wood y Wiseau, Ray Moore no está exento de facetas oscuras. Antes de iniciar la filmación de Dolemite, lo vemos ensayar frente al espejo mientras observa fotografías que le recuerdan lo que, intuimos, es una niñez oscura y llena de abusos. El momento es tan breve como estremecedor: una de las notas histriónicas más altas en la carrera de Murphy. Wood y Wiseau creían, de forma alucinada y alucinante, que eran artistas con algo importante que decir; Ray Moore, en cambio, está consciente todo el tiempo de la naturaleza ridícula y desmadrosa de su trabajo, como queda evidenciado en la secuencia de sexo de su debut cinematográfico, donde coger con Dolemite es una experiencia tan intensa que el techo se cae y explotan fuegos artificiales en el cuarto de hotel.

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Impulsado por la dirección ágil de Brewer, un contagioso score funky (Bobby Rush, Scott Bomar, The Bo-Keys) y un ensamble actoral que incluye a Wesley Snipes y Da'Vine Joy Randolph, quien brilla como Lady Reed, la diva de peso completo de Ray Moore, Mi nombre es Dolemite es un traje hecho a la medida para Murphy. Los paralelismos son evidentes. En una escena hacia el final de la cinta, Ray Moore lee una crítica en el periódico que califica su trabajo como “vulgar, obsceno y de mal gusto”. Lejos de avergonzarse, asume los calificativos como una medalla de honor. “Esta es la razón por la que la gente vendrá a vernos”, le expresa al elenco. La secuencia está más cerca del honor freak de John Waters que del biopic convencional. No se equivoca: minutos después, contra todos los pronósticos, la premier de Dolemite, comprada por Dimension Pictures (distribuidora de blaxploitation famosa en los setenta), se encuentra a reventar.

Tras el éxito de Mi nombre es Dolemite, Murphy, de 58 años, regresará al stand up en 2020. Pase lo que pase, algo es seguro: los shows serán de un marcado “mal gusto”. A estas alturas, sobra decirlo, esperar cualquier otra cosa de Murphy sería una traición.