Malhechos y bienhechos en casa | Letras Libres
artículo no publicado
Imágenes: Netflix

Malhechos y bienhechos en casa

En esta recopilación, diecisiete cineastas de diversas partes del mundo realizan un cortometraje centrado en cómo han vivido la pandemia desde las ciudades en las que viven. El resultado, como sucede con este tipo de ejercicios, es disparejo.

Al final del corto de seis minutos Mayroun y el unicornio, dirigido en Beirut y a cuatro manos por el marido y la mujer cineastas Khaled Mouzanar y Nadine Labaki, se nos informa que lo que acabamos de ver es el momento en el que la Mayroun del título –una niña de unos cinco años, hija de los directores– entró en el estudio de su papá a echar desmadre con su pony de juguete. Según lo que leemos al final, el padre de familia capturó a la niña en una sola toma sin intervenir para nada, sin darle instrucciones y sin dirigirla. No shit, Sherlock, no lo habíamos notado.

Mayroun y el unicornio no es el peor de los cortos que conforman el ómnibus-film Hecho en casa (Chile-Italia, 2020) –ese honor le corresponde al dizque poético dirigido por Naomi Kawase, realizado en Japón, aunque el de Rungano Nyoni, ubicado en Lisboa, también tiene lo suyo, porque no es más que un chat de whatsapp videograbado–, pero sí señala la gran debilidad de la premisa temática y formal de la que partió esta película, estrenada hace unas semanas en Netflix. El cineasta chileno Pablo Larraín, al lado de su hermano productor Juan de Dios y el también productor italiano Lorenzo Mieli, invitaron a diecisiete cineastas de (casi) todo el mundo –faltaron creadores de Oceanía y de África– para que realizaran un cortometraje centrado en cómo han vivido la pandemia desde las respectivas ciudades en las que viven. Hecho en casa, con películas de 4 a 11 minutos de duración, es el resultado.

Por supuesto, este tipo de ejercicios siempre son disparejos –las obras mayores se alternan con los petardos–, pero las condiciones mismas de la realización de la película –es decir, el confinamiento y el no poder echar mano de actores– provocó que varios de los cineastas se dedicaran a hacer home-movies personales que pueden ser encantadoras para quienes forman parte de la familia, pero no necesariamente lo son para los demás. Este es el caso del citado corto de la niña con su unicornio, que no es más que una irritante película familiar estrenada a nivel mundial.

Hay otros cortometrajes en los que el cineasta quiere apelar al sentimentalismo –Rachel Morrison, desde Los Ángeles, captura a su hijo de 5 años, nos echa un sentido discurso en off y recuerda a su mamá que murió de cáncer, mientras que sigue Johnny Ma quien, desde San Sebastián del Oeste en Jalisco, entrega otra home-movie en la que, al lado de su familia mexicana, extraña a su madre que se encuentra en China– y otros en los que, por lo menos, hay un intento del creador por hacer algo más que una mera crónica familiar. Natalia Beristáin imagina que su hijita Jacinta vive sola en su departamento de la ciudad de México en el corto Espacios, David Mackenzie sigue en Glasgow a su hija adolescente Ferosa en sus cavilaciones sobre lo que significa vivir en aislamiento a los 15 años de edad, mientras que Gurinder Chadha, en Londres, le da la voz a su hijo Ronak para que relate lo que ha vivido en estos meses al lado de su mamá, su papá y su hermana. Este último corto, Regalo inesperado, sigue siendo una home-movie sobreproducida, pero por lo menos está realizada con muy buen humor, lo que se agradece.

Hay otros dos cortos que muestran la pandemia, literalmente, desde el aire: Dron, de Ladj Ly, en el que el hijo del cineasta manda el dron del título a los cielos parisinos –para ser específicos a los cielos del distrito de Montfermeil, escenario de Los miserables (Ly, 2019)– para avistar todo lo que sucede en la ciudad, mientras que en Déjalo salir, la propia directora Ana Lily Amirpour sale a pasear a las calles semidesiertas de Los Ángeles para reflexionar, voz en off de Cate Blanchett de por medio, sobre todo lo que ha sucedido en la ciudad debido a la covid-19. Nada extraordinario, por más que las vistas aéreas sean, sobre todo en el caso del corto de Ly, espectaculares.

Otros cineastas usaron la pandemia como pretexto para contar una historia: en el cortometraje de Antonio Campos, ubicado en Springs, Nueva York, un hombre inconsciente es encontrado en la playa por una pareja de esposas, con hijos incluidos, todos ellos atrapados en una suerte de inquietante bucle temporal; en el de Maggie Gyllenhaal, un hombre (Peter Sarsgaard, marido de la cineasta y actriz) sobrevive, solitario, en alguna cabaña de Vermont, mientras en la apocalíptica radio se habla de centenares de muertos por el coronavirus que, además, ha provocado que la Luna se acerque a la Tierra; y, finalmente, en el mejor de estos tres, el cineasta alemán Sebastian Schipper nos entrega en Casino el ingenioso relato de un tipo aburrido –el propio Schipper– encerrado con su doppelgänger más el doppelgänger de su doppelgänger.

Por su lado, la mismísima Kristen Stewart, encerrada en su casa de Los Ángeles, no sabe si está dormida o si está despierta, si está cuerda o si ya se volvió loca, en Grillos, un tour de force actoral dirigido por la propia actriz, quien nos entrega una master class del poder expresivo que solo poseen las auténticas estrellas de cine.

Los tres mejores cortos –además de los ya mencionados de Chadha, Gyllenhaal y Schipper– son, en orden ascendente, el de Paolo Sorrentino, el de Sebastián Lelio y el de Pablo Larraín. En el primero, Sorrentino imagina un encuentro romántico/platónico entre la Reina Isabel II (voz de Olivia Williams) y el Papa Francisco (voz de Javier Cámara) en una Roma completamente desierta debido al coronavirus. Realizado con simples muñequitos –y con cameo del mismísimo Dude Lebowski–, Viaje al final de la noche resulta ser un cortometraje ágil y gracioso.

En Algoritmo, de Lelio, Amalia Kassai baila y canta en su cuarto, en la escalera, en la cocina, dentro de su refrigerador y en el jardín de su casa de Santiago de Chile, reflexionando sobre su propio privilegio –algo que algunos cineastas tocan de pasada y otros parecen regodearse en él–, es decir, el poder darse el lujo de estar encerrada mientras allá afuera el mundo se transforma, acaso irreversiblemente: “Bailamos sin evadir, cantamos para sobrevivir”, dice Kassai, en el más audaz y atractivo de los cortometrajes.

El mejor de todos, sin embargo, es el dirigido por el propio creador del proyecto, Pablo Larraín, Last call, en el que un anciano (Jaime Vadell), encerrado en un asilo en Santiago de Chile, se comunica vía Skype con una mujer, Pamela (Mercedes Morán), con la que tuvo un tórrido romance muchos años atrás. El hombre, que dice estar enfermo y haber sido testigos de muchas muertes en el asilo debido a la pandemia, se suelta con una perorata romántica-sexosa a la que Pamela responde de forma memorable. Este cortometraje, de justos 11 minutos de duración, finaliza con un llamado a la reafirmación de la vida gracias a la muerte. El regocijante “¡Viva el virus!” que se lanza al final de este corto hace que olvidemos la decena de ejercicios autoindulgentes que nos recetan en Hecho en casa y que confiemos en que, a pesar de la pandemia (o, en el caso de Larraín, gracias a ella), la comedia cinematográfica seguirá vivita, coleando y contagiando.