Lo que no voy a hacer | Letras Libres
artículo no publicado

Lo que no voy a hacer

En Los insólitos peces gato, la película dirigida por Claudia Sainte-Luce, la interacción entre los personajes femeninos no equivale a un discurso feminista. El valor de esta cinta –que también rompe estereotipos– va más allá de las lecturas de género. 

Parece una coincidencia afortunada. El mes en el que esta revista reúne textos que discuten la disparidad de género en México, llega a salas comerciales Los insólitos peces gato, de Claudia Sainte-Luce. No solo se trata de una de las mejores óperas primas mexicanas de años recientes, sino que el género de su directora es el foco de discusión del número. La tentación usual y lo políticamente correcto sería señalar el carácter de minoría de Sainte-Luce –la dirección de cine es una de las profesiones que mejor reflejan la disparidad de género– y por tanto celebrar el estreno de su película. También sería una manipulación de motivos. La película es excepcional, y así lo confirman los premios que ha ganado en festivales como Toronto, Gijón, Locarno, Baja California y Mar del Plata. Cuando a mediados de 2013 fui parte del comité de selección del pasado festival de Morelia, no dudé en proponerla para la competencia oficial. No lo hice considerando el género de Sainte-Luce.

No estoy a favor de llamar la atención hacia una película solo por lo que pueda aportar a una causa ideológica. Mucho menos de hacer de su director/a un abanderado de esa causa, solo porque parecería “natural”. Hace dos números escribí sobre la aplicación de la famosa prueba Bechdel –para determinar si una película es feminista– y de su derivado, la prueba Vito Russo, para evaluar la representación de la comunidad lésbica, gay, transexual y transgénero. Dije que su problema no era que cuestionara los estereotipos creados por el cine sino lo defectuoso de su método: hay películas que aprueban estas pruebas y aun así son discriminatorias (y a la inversa). También, porque cancelan otras lecturas mucho más interesantes. No hablé en ese texto de la llamada prueba Finkbeiner, que a diferencia de Bechdel y Vito Russo no fue creada para evaluar obras de ficción sino semblanzas, artículos o reportajes sobre mujeres destacadas en su profesión. Partiendo de una premisa contraria a la de la mayoría de las pruebas, la Finkbeiner propone que si un texto quiere evitar un sesgo sexista no debe mencionar que su sujeto es una mujer. También debería evitar mencionar la profesión de su marido; describir cómo dicha mujer se las arregla para cuidar a sus hijos; hablar de cómo había enfrentado el machismo en su profesión; el hecho de que era modelo de inspiración para otras mujeres y, en caso de ser la primera mujer en ganar un premio, no llamar la atención sobre ello. El texto debía de girar en torno solamente a su trabajo y aquello que aportaba a la ciencia, a la tecnología o al arte.

Es absurdo aplicar tests donde basta el sentido común. La prueba Finkbeiner, sin embargo, se acerca más a un criterio editorial. Su propuesta es radical y quizá no muy viable, pero resonó con mi postura frente al cine “de mujeres” y a proyectos que parten de lecturas de género. Suelo tomar distancia, porque nada que pudiera decir sobre el trabajo creativo de otra mujer me parece consecuencia de la llamada sensibilidad femenina. El cine que admiro y que fue filmado por mujeres me atrae por las mismas razones que el cine que admiro y que fue filmado por hombres, aun si unas y otros manejan símbolos asociados con la feminidad y con la masculinidad. Me gustan los universos femeninos de Jane Campion tanto como los universos masculinos de Martin Scorsese: son complejos, articulados y funcionan como contexto de muchos otros discursos. Si estos universos se desprenden de sus biografías, es algo incidental. El arte es reelaboración y no simple autorreferencia.

En Los insólitos peces gato la convivencia de personajes femeninos no equivale a un discurso feminista. La película cuenta la historia de Martha (Lisa Owen), una mujer enferma de sida, quien durante una de sus estancias hospitalarias entabla amistad con Claudia (Ximena Ayala), una veinteañera solitaria y callada. Martha tiene cuatro hijos: tres mujeres adolescentes y un niño, hijos de padres distintos. De Claudia se sabe poco: que trabaja en un supermercado y que llega al hospital por un ataque de apendicitis. Poco a poco, Claudia se integra a la vida de la familia: lo mismo releva a los hijos en el cuidado de la madre que descubre algunos secretos: decepciones amorosas, tendencias autodestructivas, inseguridades que llegan con la pubertad y, el más disimulado, el terror ante la muerte cercana de Martha.

Aunque tiene los ingredientes de un melodrama, el tratamiento de Sainte-Luce evita caer en lo que podría ser un sentimentalismo insufrible. Claudia intriga al espectador con el misterio de su procedencia, pero su función real en la historia es llevarlo al centro de dinámicas familiares ajenas tanto a él como a ella. La distribución de tareas domésticas, la negociación de permisos, las alianzas y rivalidades entre hermanos ocupan un primer plano con respecto a la muerte que acecha y que solo se hace presente en ataques de vómito súbitos o viajes imprevistos al hospital. Las conversaciones entre personajes nunca llegan a una conclusión; alguien siempre interrumpe, y lo que dice se vuelve el nuevo foco de interés. La cámara de Sainte-Luce refuerza esa dispersión tan propia de la vida diaria. Sigue los movimientos de uno u otro personaje con la misma arbitrariedad con la que, en medio de una reunión, uno muda su atención de una persona a otra. La atmósfera de intimidad es uno de los mayores logros de Los insólitos peces gato (y algo que brilla por su ausencia en las películas mexicanas del tipo). Sin diálogos artificiosos, los personajes se revelan en los detalles de su interacción. Y más que soltar discursos sobre la fragilidad de la vida y/o los encuentros fortuitos y/o el valor de las familias sustitutas, el guion construye las vivencias que llevan al espectador a esa reflexión.

Si Los insólitos peces gato no es un melodrama, tampoco es una película sobre la condición femenina. Sus personajes lidian con asuntos propios de su género –la imagen corporal, por ejemplo– porque esa es su circunstancia. En todo caso, rompen los estereotipos en la representación de los roles. El hijo pequeño, Armando, ha aprendido a conseguir lo que quiere manipulando las emociones de otros: algo que culturalmente se imputa a las mujeres. Martha, por su lado, es una madre desahuciada atípica: se comporta con sus hijos con una ligereza que raya en lo infantil. Lo que al principio parece una actitud irresponsable, se revela como la mejor herencia posible: no van a cargar con sentimientos de culpa (por verla sufrir, por seguir vivos) que les arruinen el futuro. Ni Bernarda Alba ni un personaje de Marga López, la Martha de Lisa Owen escapa de la genealogía arquetípica de madres que, imponiéndose o chantajeando, son ejes inamovibles de la vida emocional de sus hijos. Ni siquiera el tema del padre ausente daría para lecturas victimistas: Martha vive reconciliada con el recuerdo de sus relaciones pasadas, incluso la del hombre que la infectó con el vih: su exmarido y padre de sus dos últimos hijos. Una vez que apaciguó la ira, lo acompañó en la enfermedad hasta el día que murió.

En su Anuario estadístico de cine mexicano de 2012, el Imcine publicó una relación de los ciento doce largometrajes de documental y ficción producidos ese año (incluido Los insólitos peces gato). Del total, solo un 17.8% fue filmado por mujeres. Ser miembro del comité del FICM me hizo testigo directo de esa estadística: de las cincuenta ficciones que se inscribieron para competir, solo cuatro eran de directoras: un 8%. En la selección final de doce películas, el largometraje de Sainte-Luce y Paraíso, de Mariana Chenillo, subieron el porcentaje de películas filmadas por mujeres a un 16.6%. Si bien todos los casos reflejaban disparidad de género, ninguno podía atribuirse a discriminación en los procesos de selección. Ni negativa ni positiva. La inclusión de dos películas filmadas por mujeres –de apenas cuatro inscritas– en la competencia del FICM no tomó como criterio la cuota de género. Habría sido condescendiente –e injusto para las películas filmadas por hombres cuya propuesta y calidad les merecía un espacio en la selección oficial.

La prueba Finkbeiner nació en 2013 cuando Christie Aschwanden, periodista de la revista en línea Doble X Science, comentó un artículo de su colega Ann Finkbeiner. Este se titulaba “What I’m not going to do”, y se refería a un texto que esa misma revista había encargado a Finkbeiner: la semblanza de una astrónoma prominente. Unos días antes de pedirle el texto, los editores se habían propuesto, desde la revista, “compensar un balance de género que favorece a los hombres”. Muy bien, comentaba Finkbeiner, pero ella haría su trabajo al margen de esa decisión. “Lo que no voy a hacer –escribió– es el retrato de la astrónoma como mujer.”

Su decisión parecería contradecir el sentido común. En un campo dominado por hombres, ¿no es esencial señalar a una mujer que destaca? Sí, pero sin convertirla en mártir y/o superheroína u opacando su propia obra –escribió luego Aschwanden cuando propuso convertir ese criterio en norma a través del mencionado test–. Según ella, las asociaciones, becas, conferencias y homenajes que buscan combatir la disparidad de género han dado pie a un tipo de perfil biográfico con efecto boomerang. Las contribuciones de estas mujeres a sus respectivas profesiones se describen muy de paso para, en cambio, subrayar que además son mujeres que deben conciliar las exigencias de su profesión con roles de esposas y/o madres. Es decir, poniéndolas otra vez en el sitio del imaginario colectivo en el que han estado atrapadas –y echando por tierra el propósito original.

Estoy segura de que las pocas directoras de cine que hay en México se topan varias veces con los obstáculos que les pone una sociedad machista: por ejemplo, descrédito, desconfianza y el escamoteo de recursos que se desprende de esto. Sin embargo, cuando los resuelven, vuelcan su atención a filmar. Esto las vuelve aún más admirables. En ninguna de las entrevistas donde leí a Sainte-Luce referirse a su película encontré declaraciones sobre su experiencia en un campo dominado por hombres. Quizá las hizo en alguna otra parte; y el punto seguiría siendo el mismo: cuando habla de su cine, no pone por delante su género. Si ella no lo hace –parafraseando a Finkbeiner– menos lo voy a hacer yo. ~