The Last Dance, el regreso de los dioses | Letras Libres
artículo no publicado

The Last Dance, el regreso de los dioses

Además de ser la celebración de un dios deportivo, esta miniserie documental sobre Michael Jordan es un involuntario anhelo de gloria en tiempos de caos.

“People always say to me, ‘when you get to the NBA, don’t forget about me’. Well, I should’ve said back, ‘if I don’t make it to the NBA, don’t you forget about me’.”
William Gates, Hoop Dreams

 

En el libro The decadent society: How we became the victims of our own success (Simon & Schuster, 2020), el crítico cultural estadounidense Ross Douthat señala que el mundo occidental vive una crisis donde la combinación de riqueza y desarrollo tecnológico con factores como agotamiento económico, falta de representación política y desazón existencial han generado un extraño tipo de "decadencia sostenible", es decir, una languidez civilizatoria caracterizada por la sensación de que no quedan fronteras por explorar y que todos los caminos por recorrer conducen a la desilusión y el desamparo.

Nos encontramos en decadencia permanente: envejecidos, cómodos y estancados. Ya no confiamos en el futuro, por lo que vivimos en un presente que se refugia en el pasado. El reciclaje define el entretenimiento. ¿Qué señal de degradación cultural más obvia, apunta Douthat, que la obsesión por prolongar indefinidamente el apetito popular por los héroes de Marvel o la saga de los Skywalker? La vulnerabilidad frente al coronavirus ha intensificado la nostalgia: la ausencia de liderazgo y gestión se traduce en el anhelo de viejos mitos y héroes. Un sentimiento lógico e inevitable, claro, pero decadente en extremo.

Lo que nos lleva a The last dance, la miniserie documental producida por Michael Tollin y dirigida por Jason Hehir, estrenada el 19 de abril por ESPN y Netflix. Estructurada en diez episodios de alrededor de una hora, se trata de una crónica del ascenso de Michael Jordan al estrellato mundial, desde sus primeros años universitarios en Carolina del Norte hasta su última temporada como jugador profesional con los Chicago Bulls en 1998, “el último baile” del título. No existe un calificativo lo suficientemente hiperbólico para describir la grandeza atlética de Jordan, considerado casi de manera unánime como el mejor basquetbolista de todos los tiempos. Lo tenía todo: velocidad, gracia, poder, belleza. En términos deportivos, Jordan no es un dios, es Dios, y The last dance es un muestrario de los momentos más deslumbrantes de su creación.

La serie también retrata a los dioses menores que acompañan a Jordan –las otras estrellas de los Chicago Bulls: Scottie Pippen, Steve Kerr, Dennis Rodman, Toni Kukoc y el entrenador Phil Jackson–, así como a los humanos que se atreven a desafiar al Olimpo en su vuelta final al ruedo (los equipos contrarios que cometen el error de retar en público a Jordan y, sobre todo, Jerry Krause, el mezquino manager chaparro y regordete que conspira contra las divinidades).

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Más Batman que Superman

El camino de los Chicago Bulls a la gloria fue complejo y riguroso. Más que una figura empática que los comprendiera, el equipo necesitaba un referente paterno que los inoculara de disciplina y dirección. Jordan fue padre, hermano mayor o superego, pero jamás amigo o cómplice de sus compañeros. El motor de Jordan también era la validación paterna. Los momentos más emotivos de la serie lidian con daddy issues: el misterioso asesinato del padre de Michael, el vínculo espiritual indio entre Rodman y el entrenador Jackson, la historia del fallecimiento del padre de Steve Kerr a causa del terrorismo, el homenaje al guardia de seguridad que funge como asesor y padre sustituto y, sobre todo, la mezcla de admiración y resentimiento que casi todo el equipo siente hacia “MJ”.

Jordan solía ser comparado por el público con Superman gracias a la capacidad “sobrehumana” que tenía para “volar” cuando encestaba. No obstante, la superestrella retratada en The last dance está más cerca de Batman, un ser vengativo cuya obsesión es honrar a sus padres. La caricaturización alcanza niveles absurdos: el Jordan de The last dance es 35% el Batman de The Dark Knight (Nolan, 2008) que se asume como villano para proteger un bien mayor (el triunfo del equipo, en este caso), 35% el Batman viejo que regresa para una última batalla en el comic The Dark Knight returns (Miller, 1986), y 30% el Batman enojón y narcisista de Batman Lego (McKay, 2017) que siempre crea problemas y se inventa conflictos con todo el mundo con tal de ganar.

Los realizadores sugieren lados oscuros –falta de compromiso con la comunidad (“los republicanos también compran sneakers”), problemas de apuestas, rasgos violentos–, pero se abstienen de profundizar en ellos. La superestrella de The last dance es leyenda, marca e icono, pero no una persona capaz de reflexionar sobre sus errores, como ha sido confirmado por diversas fuentes luego del estreno del documental: desde su negativa a aceptar que fue el responsable de sacar a Isiah Thomas del Dream Team olímpico hasta un supuesto intento de intoxicarlo con una pizza envenenada en Utah, las tendencias mitómanas de Jordan han sido criticadas con energía por varios de sus excompañeros.  

Nada de esto importa en realidad. Impulsada por una edición acezante y un soundtrack que rara vez le permite al espectador olvidarse que está ante una celebración, The Last Dance es un magno entretenimiento. No pretende ser un exposé: se asume como un trabajo en las antípodas de Hoop dreams (Steve James, 1994), el documental que relata las vicisitudes experimentadas por las familias de un par de chicos que fracasan en su intento por entrar a la universidad a través del básquetbol. Si Hoop dreams es una crónica devastadora de los sinsabores del sueño americano urbano de fin de siglo, The last dance, en cambio, es una glorificación casi propagandística del individuo que triunfa sobre cualquier adversidad; una postal de época que captura el momento en que los dioses deportivos se convirtieron en marcas sin las cuales imperios como Nike no serían viables en la actualidad.

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Fe y decadencia

En días recientes, Estados Unidos experimentó dos fenómenos diametralmente opuestos. La NASA y SpaceX, la compañía aeroespacial del magnate Elon Musk, lanzaron la cápsula Crew Dragon (rebautizada por la tripulación como Dragon Endeavour), que llevó a dos astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI). Se trata del primer vuelo espacial iniciado en suelo estadounidense desde que en 2011 el Atlantis realizara el último viaje de la era de los transbordadores. La misión ha sido calificada como histórica debido a que es la primera organizada por una empresa privada y, en teoría, podría ser la antesala de una eventual colonización de Marte por parte del conglomerado de Musk.

El segundo fenómeno es la serie de protestas realizadas a lo largo de la nación norteamericana a causa de George Floyd, un ciudadano negro que murió asfixiado porque un oficial de policía de Minneapolis se arrodilló en su cuello por varios minutos, mientras Floyd estaba esposado y acostado en la acera.

Si bien no constituye en términos estrictos un avance en la exploración espacial, y Musk dista mucho de ser un personaje con el carisma e inteligencia mediática de alguien como Jordan, el lanzamiento de SpaceX intenta construir una narrativa contraria a la de la decadencia estadounidense (un primer paso para explorar Marte, una nueva frontera). Las turbulencias raciales del caso Floyd, por otro lado, son una confirmación contundente y desoladora de la degradación del tejido social de la aún primera potencia mundial en medio del caos sanitario y económico provocado por la covid-19.

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Estados Unidos no parece contar ya con símbolos que inspiren un respeto compartido por todos. Hace 15 años, en el marco del programa Iconoclasts, Paul Newman le confesó a Robert Redford que el valor que más respetaba era la excelencia en el trabajo. “Si te dedicas a hacer hamburguesas, que sean las mejores hamburguesas que se puedan hacer”, sostenía Newman. Ese es el factor que explica la popularidad de The last dance, todo un hit durante esta temporada de cuarentena. Su goce proviene precisamente de lo que habla Newman: ser testigos de la sublimación de un oficio.

Como lo demuestran las secuencias que muestran a cientos de miles de personas de distintos orígenes y razas unidas en agradecimiento por haber ganado seis campeonatos, los jugadores de los Chicago Bulls eran iconos capaces de galvanizar a la sociedad. No es un asunto menor en un país aquejado por la polarización y el odio. Por el contrario: quizás esa fe en el talento sea exactamente lo que Estados Unidos necesite ahora. La ironía es que recurra a estrellas del pasado para encontrarla.