La señora Python | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Alistair Linford/The Scotsman

La señora Python

La comedia, pensaba Terry Jones, recién fallecido miembro de Monty Python, no se trataba exclusivamente de contar buenos chistes. Importaban, por supuesto, las palabras y los diálogos, pero también la entonación, los manierismos y hasta la vestimenta. Y a veces, el puro caos.

La ironía ha rodeado siempre las vidas de los Monty Python, el inigualable sexteto de actores, escritores y guionistas –además de, algunos de ellos, conferencistas, compositores, catedráticos y cineastas– que conformaron el más talentoso y prolífico grupo de comediantes de la historia: los británicos John Cleese, Graham Chapman, Terry Jones, Eric Idle y Michael Palin, más el colado estadounidense Terry Gilliam.

En sus libros de memorias y en entrevistas individuales o colectivas, los creadores del programa televisivo Monty Python’s Flying Circus (1969-1974) no se han cansado de señalar las bromas cósmicas con que se han topado a lo largo de su vida, como la que Eric Idle refirió sobre la muerte de su padre: después de salvar la vida en varias misiones peligrosas en la Segunda Guerra Mundial, Idle senior murió atropellado por un camión cuando regresaba a casa después de terminar la guerra. Era vísperas de Nochebuena y, por lo mismo, no es de extrañar que Idle hijo compusiera, muchos años después, una canción llamada, simplemente, “Fuck Christmas”. Una de estas ironías, diríase de raigambre borgiana, afrontó el recién fallecido Terry Jones (1942-2020) –el primero en dejar el escenario fue, muy tempranamente, Graham Chapman (1941-1989)­­­–, quien en sus últimos años de vida padeció de un tipo de afasia, un trastorno de lenguaje que le impedía hablar y escribir. Es decir, le impedía ser Terry Jones.

El galés Terence Graham Parry Jones estudió en Oxford, en donde conoció a su amigo de toda la vida, y futuro Python, Michael Palin, con quien montó algunos espectáculos escolares. Jones estudió lengua inglesa, pero desde el inició mostró dos intereses que marcarían el resto de su vida: en primera instancia, la historia de la antigüedad –en general, el mundo romano y el medioevo; y en particular, la cultura celta, la Britania romana y la dizque “oscura” Edad Media- y, en segundo lugar, una muy particular idea del humor, que descansaba tanto en la minuciosa construcción de personajes como en una exaltación irracional digna del dadaísmo. La comedia, pensaban Jones y Palin, no se trataba de contar buenos chistes. O no exclusivamente, en todo caso. Importaban, por supuesto, las palabras y los diálogos, pero también la entonación, los manierismos y hasta la vestimenta. Y a veces, el puro caos.

Aunque Jones es más conocido como el realizador dentro de los Python –fue el director o codirector, al lado de Terry Gilliam, de los tres largometrajes oficiales de Monty Python, Los caballeros de la mesa cuadrada (1975), La vida de Brian (1979) y la ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes El sentido de la vida (1983), además de una cuarta cinta no oficial, Erik el Vikingo (1989)–, la realidad es que tampoco era mal comediante. De hecho, algunos de los personajes que creó, tanto para el programa Monty Python’s Flying Circus como para las cintas montypythonescas son antológicos. De la serie televisiva recuérdese, por ejemplo, su acongojado compositor Arthur “Two Sheds” Jackson, quien es entrevistado por un conductor televisivo (Eric Idle) que solo quiere saber de su apodo, “dos cobertizos” Jackson, y nada de su música –prefigurando algunas entrevistas recientes de Scorsese, centradas en preguntarle qué tanto sabe de las películas de superhéroes más que en su cine–; o su muy correcto caballero inglés, de bombín y bigote engominado, que es importunado  una y otra vez en un pub por un molesto tipo (otra vez Eric Idle) en el celebérrimo sketch con final enternecedor "Nudge, nudge, wink, wink!”.

En las películas, Jones fue, por ejemplo, el delicado e hilarante hijo gay de un rudo señor feudal (Michael Palin) en Los caballeros de la mesa cuadrada, el inolvidable señor Creosote que comía y vomitaba –o si usted quiere, vomitaba y comía­­– hasta estallar y bañar de mierda a todos los comensales de un restaurante en el más escatológico segmento de El sentido de la vida y, por supuesto, Mandy, la mamá pocas-pulgas y de voz chillona de Brian (Chapman) en La vida de Brian, que protagoniza una de las escenas más famosas de la película. La capacidad que tenía Jones para dar el tono perfecto en su personaje y en la línea que tenía que decir queda muy claro en la escena de la confesión que le hace “ella” a su hijo Brian acerca de la identidad de su padre, un centurión romano. El rebelde Brian, listo para levantarse contra la opresión de los romanos (“Pero, ¿qué han hecho por nosotros los romanos?”), se muestra horrorizado al saber que, en realidad, no es hijo del “señor Cohen” sino de un centurión. No lo puede creer, así que, casi gritando, le pregunta a su mamá: “¿Fuiste violada?” y Jones, arrastrando las palabras, levantando los hombros, en tono juguetón, contesta: “Bueeeeeno, al principio sí”. Sé que no es políticamente correcto carcajearse de esta línea en estos tiempos, pero qué remedio.

Todos los Python, sin excepción, se disfrazaron alguna vez de señoras, pero Jones convirtió este tipo de personajes en su especialidad. Además de las muchas doñitas que encarnó en el programa televisivo y a la ya mencionada Mandy, recuérdese a la señora Brown a la que Eric Idle, saliendo del refrigerador, le canta la “Galaxy Song” en El sentido de la vida y, en esta misma película, la agotada mamá católica que, con decenas de hijos en su casa y uno más saliendo de vientre mientras lava los platos, canta y baila “Every Sperm is Sacred” con todo y unos enormes senos caídos a la altura del ombligo.

En el comentario del DVD de El sentido de la vida, un afable Terry Jones recuerda que, como director, tuvo que hacer que todos esos niños entonaran todas las líneas de la ya mencionada canción (“todo el esperma es sagrado/todo el esperma es genial/si tú desperdicias tu esperma/Dios se va a enojar”), especialmente una encantadora chamaquita chimuela que, en primer plano, le advierte a todos los herejes que Dios nos castigará bien feo por cada espermatozoide que encuentre tirado en “polvoriento suelo”. La voz de Jones en el comentario del DVD es cálida y sus palabras siempre son generosas y amables: esa es la definición de todos quienes lo conocieron y trabajaron con él, antes y después de Monty Python, incluyendo los equipos que colaboraron con él en sus varias series documentales históricas sobre Roma y la Edad Media. Si Graham podía ser poco disciplinado, Idle un auténtico maniático, Cleese bastante difícil y Gilliam ingobernable, Jones –y en menor medida, Palin– representaba la voz de la tranquilidad, la estabilidad y la razón. Como si fuera la mamá de todos ellos, dentro y fuera del set.

Volviendo al segmento de “Every Sperm is Sacred” Jones parece disculparse, en el comentario del DVD, por tantas barbajanadas que él y sus compañeros pensaron, escribieron y ejecutaron. Suena casi apenado por todo ello, pero, por supuesto, subrayo el “casi”. La subversión siempre será mayor al estar envuelta con tanto comedimiento, con tanta amabilidad. Terry Jones fue el más encantador de todos los Pythons. Y, por ello, acaso el más subversivo.