La red social, de David Fincher | Letras Libres
artículo no publicado

La red social, de David Fincher

 

En su número de septiembre pasado, la revista The New Yorker publicó un perfil de Mark Zuckerberg: creador de la red social Facebook y, a sus 26 años, el multimillonario más joven del mundo. El autor parece confirmar que no hay diferencia entre el tipo distante que da conferencias en universidades y aparece en la televisión, y aquel con quien ha intentado conversar en un tono informal: Zuckerberg es retraído, tiene aspecto de adolescente, no manifiesta emociones y es torpe para interactuar. También narra anécdotas de la infancia de Zuckerberg (la evidencia del niño prodigio), repasa sus intereses actuales (la música de Jay-Z, la comedia de Andy Samberg, el minimalismo) y describe escenas de su vida tranquila al lado de Priscilla Chan, una estudiante de medicina –y su novia desde hace siete años, cuando Facebook aún no existía como tal.

Ahí Zuckerberg revela que fue junto con Priscilla, una vez que ambos se enfermaron y tuvieron que guardar reposo, que sin querer descubrió una de sus series de televisión favoritas. Se llamaba The west wing, y era una recreación de la vida en la Casa Blanca durante una administración imaginaria. A Zuckerberg lo enganchó la habilidad de su creador, Aaron Sorkin, para “capturar la verdad” a través de la ficción. No lo entusiasma, sin embargo, el trabajo más reciente del mismo escritor. Basado en el libro The accidental billionaires, Sorkin hizo el guión de la película La red social: una mezcla de thriller y drama de tribunales que narra el nacimiento de Facebook, las traiciones y desencuentros que marcaron sus distintas etapas. Zuckerberg aparece como ambicioso y conspirador. Al preguntársele por ese retrato, responde sin inmutarse: “Conozco la historia real.”

Visto de una manera, no tendría caso seguir hablando del Zuckerberg de la vida real. Una película, si es de ficción, tiene un valor intrínseco. No depende para nada de las diferencias o similitudes con sus modelos de referencia. Más que a la réplica exacta, aspira a la verosimilitud. En este sentido, La red social supera todas las pruebas: apela a nuestras nociones de víctimas y victimarios, asigna causas y consecuencias a cada una de las acciones, y esconde moralejas sutiles que sacian nuestra necesidad de justicia y compensación. Dirigida por David Fincher (Seven, El club de la pelea), La red social no pretende siquiera ser la biografía del millonario precoz. Más bien, tiene como esqueleto las sesiones de litigio en las que se resuelven las demandas que inculpan a Zuckerberg de robo intelectual y violación de contrato. A partir de cada argumento suyo y de los involucrados, Sorkin reconstruye las escenas que le darían sustento. Por ejemplo, la supuesta ruptura amorosa que disparó las acciones de Zuckerberg; el apoyo constante de Eduardo Saverin, su roommate de entonces y único amigo; la propuesta de los gemelos Winklevoss de crear un directorio para alumnos de Harvard, y el encuentro decisivo entre Mark Zuckerberg y Sean Parker, el genio rebelde de Silicon Valley, que al final catapultaría a Facebook a la estratosfera empresarial.

Es común que, en entrevistas, los actores (y hasta los aludidos en la vida real) se refieran a La red social como “la película de Sorkin”. Más que en las atmósferas o en las escenas de acción (los fuertes de Fincher), la fábula cobra vida en el ping-pong de los diálogos. El talento de Sorkin brilla en las escenas de inculpamiento y defensa, que sirven como “guía del espectador” para entender las conspiraciones y las alianzas, los alcances de la venganza de Zuckerberg y los resortes de su traición. Le dan a la historia cierta majestuosidad trágica y presentan a Zuckerberg como el hombre que construyó un imperio empujado por el rencor. Una fórmula narrativa infalible que apela a las emociones del público, lo invita a participar del juicio y hasta lo lleva a compadecerse del “pobre niño rico” Zuckerberg. El personaje cruel y robótico tan bien construido por el actor Jesse Eisenberg alcanza, dentro de la misma cinta, su momento de redención. Detrás de la creación Facebook, sugiere Sorkin, están el resentimiento amoroso y el ansia de pertenencia social: sentimientos que resuenan en la mayoría de la gente, más allá de sus opiniones sobre la tecnología, las redes sociales y la interacción virtual. Ya que no participamos del intelecto o los privilegios de personajes tan raros, podemos identificarnos con sus lados vulnerables.

Pero Facebook no es una “historia”, sino un modelo social. Zuckerberg, por su lado, un nerd de iq extraordinario, a final de cuentas frustrado por no ser el más “popular”, es alguien que estableció que la privacidad está sobrevalorada, y en un periodo de cinco años ha convencido de lo mismo a 500 millones de personas. Es cierto que La red social es espléndida por derecho propio. Esta vez, sin embargo, la historia fascinante es otra. Sus personajes no son tan simples, ni cargan con las heridas de la gente “normal”.

Hace poco, en la Universidad de Stanford y al final de una conferencia, alguien le preguntó a Zuckerberg qué opinaba de su caracterización en La red social. Contestó que le parecía absurdo que lo pintaran como alguien obsesionado con acostarse con decenas de mujeres, o con formar parte de un club social. Quien lo haya visto en alguna entrevista sabe que su desconcierto es genuino. Más allá de la no expresión, el discurso sin inflexiones y la mirada entre impaciente y perdida de quien se sabe más brillante que su interlocutor, Zuckerberg suelta evidencias que delatan que, simplemente, es distinto de los demás (ya no se diga un ligador compulsivo, o un trepador social). Lo hace, por ejemplo, cada vez que alguien cuestiona la facilidad con la que Facebook hace accesibles datos personales. Si se siente impugnado, contesta con su monotonía habitual, mientras le escurren de la frente gotas gruesas de sudor. Si la conversación es amable, se refiere a la privacidad como “una de esas cosas” que preocupan a “algunas personas”. Cuando el periodista de The New Yorker le dice que en su perfil de Facebook se vio obligado a especificar si le atraían los hombres o las mujeres –y que su respuesta había tenido consecuencias desfavorables–, Zuckerberg lo mira intrigado y le da como respuesta un “Huh”. Parece que ha escuchado la queja de un extraterrestre. En su mundo –la utopía Facebook– no existen cosas como la intolerancia o la represalia social.

Antítesis (en apariencia) de Zuckerberg, Sean Parker es otro personaje víctima del esquematismo de La red social. Es el diablo encarnado en playboy que aparece en la vida de Zuckerberg para inyectarle malicia y para ayudarlo a moverse en un mundo de inversionistas tiburonescos sin los cuales el proyecto Facebook tal vez seguiría siendo un directorio de universidad.

Si bien Parker es el bon vivant que interpreta sin esfuerzo Justin Timberlake, la película pasa por alto que, justo por ser el complemento de Zuckerberg, es tan complejo y atípico como este. Desde adolescente hacker de páginas web del gobierno (hasta que el fbi confiscó su computadora), y luego creador del programa Napster (el golpe más grande dado a la industria discográfica), Parker es un autodidacta feroz, involucrado hasta el fondo en causas humanitarias, y es descrito por sus amigos como alguien tan desapegado de su riqueza que varias veces la ha puesto en riesgo patrocinando proyectos ajenos. Presentado en La red social como la manzana de la discordia –el manipulador desalmado que expulsa a Saverin de su puesto–, es en realidad el responsable de que Zuckerberg negociara con los inversionistas el control total de su empresa, convenciéndolo de que conservara tres de los cinco puestos de dirección. Un deal que Zuckerberg, con su poca experiencia, nunca hubiera logrado cerrar, y que le ha permitido rechazar a compradores del calibre de Yahoo y Microsoft. Parker y Zuckerberg siguen trabajando juntos creando aplicaciones para Facebook, como una reciente que permite a los usuarios donar dinero a distintas organizaciones.

Virtudes narrativas aparte, La red social sacrifica el retrato de uno de los personajes más fascinantes y decisivos en la evolución social. Al convertir las rarezas de su protagonista en actos deliberados de traición o egoísmo, pasa por alto el hecho increíble –y, para la mayoría, incomprensible– de que Mark Zuckerberg de verdad no ve falta en tomar ideas de otros o usar los contactos y habilidades de los demás. Uno de los chats desenterrados por los propios abogados de Facebook para encarar las demandas descritas en la película revela que, al principio de la gestación del proyecto, Zuckerberg le dijo a un amigo que si quería saber algo de algún estudiante de Harvard, tan solo le preguntara: tenía archivados más de cuatro mil correos electrónicos, fotos y direcciones de alumnos. Cuando el amigo, sorprendido, le pregunta cómo le hizo para reunir esa información, Zuckerberg responde con una reflexión invaluable: “Ellos me mandaron todo. ‘Confían en mí’, no sé por qué. Dumb shits.” Esta conversación no aparece en La red social. Primero se filtró en internet, y The New Yorker la publica como un documento ratificado.

No es casual que los “términos de privacidad” siga siendo el aspecto de Facebook que pone a Zuckerberg a sudar.
No sabe qué significa, y mucho menos qué se espera de él. Ahora uno entiende por qué. Teme traicionar confianzas que nunca creyó merecer. ~