La inescrutable influencia de "¡Qué bello es vivir!" | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: RKO Radio Pictures/ZUMA Press/EFEVISUAL

La inescrutable influencia de "¡Qué bello es vivir!"

La famosa película de Frank Capra, poco exitosa en su momento, vive una posteridad de influencia en películas y series de televisión que resulta difícil de explicar.

Jay Trotter (Richard Dreyfuss) es un pobre diablo que tiene un pequeño problema con las apuestas. O, mejor dicho, un grave problema con ellas. Pero él sabe que en este día, en esta ocasión, no puede perder. Esta vez, Jay tiene el nombre del caballo ganador. Y también sabe cuál será el animal triunfador de la siguiente carrera. Y de la que le sigue. No hay trampa alguna: es como si, cósmicamente, todo estuviera arreglado para que él ganara y siguiera ganando. Y es que alguna vez, aunque sea un vez, los fracasados tienen que ganar.

Jack Campbell (Nicholas Cage) es un ejecutivo ricachón que, en plena Nochebuena, recibe el dudoso regalo de vivir su vida como si no hubiera abandonado a su novia universitaria Kate (Tea Leoni) varios años atrás. Así pues, sin justificación lógica alguna, Jack se levanta en Navidad en un desordenado hogar en los suburbios de Nueva York, está casado con la aún guapa Kate, es padre de dos niños pre-escolares y tiene un modesto empleo como gerente de una tienda de neumáticos. Por supuesto, después de pasar el ineludible “shock”, Jack se las arregla para empezar a sobrevivir como cualquier vulgar clasemediero (bienvenido al club y a la cola, Jack) y empezará a disfrutar de la “maravilla” de tener un ingreso insuficiente, dos hijos molones y una vida común, corriente y muy feliz. Porque, ya sabemos, ¿qué más felicidad puede haber que ser un buen padre?

El señor Burns es el dueño de buena parte de Springfield, que incluye a la planta nuclear que es la mayor empleadora del sitio. El hombre es un anciano físicamente disminuido, aparentemente frágil, supuestamente enfermo, pero incansable en su búsqueda del dinero y el poder. A su lado, su inseparable secretario (y admirador secreto) Waylon Smithers, está dispuesto a cumplir, activa o pasivamente, todos los deseos de su desalmado patrón.

Un día de suerte (Let It Ride, 1989), de Joe Pitka; Un hombre de familia (The Family Man, 2000), de Brett Ratner; Los Simpson (1989-), la teleserie animada que está transmitiendo en estos días su temporada número 30. La lista es, por supuesto, mucho más grande, pero quedémonos con estos tres ejemplos. Me refiero a las películas y/o programas televisivos influidos claramente por ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, EU, 1946), la obra maestra de Frank Capra (1897-1991), su cinta más influyente, su película favorita entre las 36 que dirigió en 35 años de carrera cinematográfica y, también, aunque parezca mentira, el filme que marcaría el inicio de su decadencia como cineasta y productor, pues el fracaso taquillero de la cinta provocó que vendiera su efímera casa productora, Liberty Films, a la Paramount. Capra nunca se recuperaría, ni económica ni creativamente, de ese desastre. “A partir de ahí, no fui el mismo, ni como cineasta ni como persona… Todo por el miedo de perder unos dólares”, escribió años después en su autobiografía.

Paradoja de paradojas: una de las películas más influyentes de la historia del cine hollwyoodense fue un fracaso taquillero, no ganó uno solo de los cinco Oscars a los que fue nominada y su creador atribuyó su posterior decadencia como cineasta a que no siguió el ejemplo de su protagonista fílmico George Bailey. Es decir, que de ahí en adelante se preocupó demasiado por el dinero. Y eso, por supuesto, es lo menos importante en la vida, como uno sabe al ver, cada diciembre, ¡Qué bello es vivir!

En realidad, es fácil explicar el fracaso, en su época, de ¡Qué bello es vivir! La vida de George Bailey (James Stewart en el papel de su vida), el hombre bueno, pero siempre derrotado que no puede salir nunca de su pueblito natal, Bedford Falls, no es una historia muy alegre que digamos. Es cierto que, hacia el desenlace, en una de las más emotivas fantasías populistas en la historia del cine, George es salvado por el pueblo entero –esos mismos tipos comunes y corrientes que son exactamente como él–, pero también es cierto que las estructuras sociales y las mismas relaciones de poder que llevaron a George a pensar en el suicidio quedan intactas al final. Es decir, el malvado Mr. Potter (Lionel Barrymore), culpable de la desesperación de George, sigue impune y la única esperanza para la gente sin poder como George es la solidaridad de otros igual a él –o, de plano, la intervención divina, a través de cierto despistado ángel de la guardia llamado Clarence (Henry Travers).

El discurso de ¡Qué bello es vivir! es, pues, tan reconfortante como conservador: es inútil enfrentarse a los poderes establecidos. La única esperanza es la solidaridad, en cortito, entre los que menos tienen, que son los más. Y, por supuesto, en la intervención de Dios mismo a través de un ángel; es decir, hay que creer en los milagros.

El porqué, años después de su fracasado estreno, esta cinta se convirtió en el clásico por definición de la época navideña es uno de los grandes misterios de la re-interpretación cultural. Lo cierto es que la película empezó a ser programada en la televisión, año tras año, en Nochebuena o en Navidad y, a partir de entonces, generaciones enteras de estadounidenses (y, por extensión, del mundo entero) empezaron a ver la desesperación existencial, un intento de suicidio e interminables problemas económicos, como la edificante historia del mejor sueño americano posible.

Acaso el secreto está en lo que ha dicho el crítico e historiador David Thomson quien, por cierto, en la entrada que escribió sobre Capra en su The New Biographical Dictionary of Film (Knopf, 2009), reniega tanto del cineasta como del ser humano. Thomson ha propuesto que ¡Qué bello es vivir! no es tanto la historia del típico sueño americano sino de una auténtica pesadilla americana en la que el fracaso, la muerte, la crisis, la quiebra, acecha en cualquier momento. Estos pensamientos están ahí, siempre presentes, en estas fechas navideñas: que nuestra vida no tiene sentido, que somos unos fracasados, que nuestra familia no nos entiende, que nuestro trabajo no es apreciado por nadie…

Pero, al mismo tiempo, también queremos pensar que la vida, aun la que creemos, a veces, que es la peor de todas, es digna de vivirse. Y que, por supuesto, “nadie es un fracaso si tiene amigos”. No importa que los malvados sigan ganando. De vez en cuando los demás, nosotros, podemos ganar, aunque sea en un día, aunque sea en un momento. Aunque sea en Navidad.