La incivilizada guerra del Brexit | Letras Libres
artículo no publicado

La incivilizada guerra del Brexit

A dos años del referéndum, persisten las dudas sobre el inminente Brexit. La película "Brexit: the uncivil war", de Toby Haynes, retrata a la persona que tenía clara la ruta para convencer a la mitad de Inglaterra de tomar un camino lleno de incertidumbre.

Si usted ha tenido gato alguna vez, le será común este típico capricho felino: el gato en cuestión (llamémosle Puma, en honor a mi primera mascota infantil) se encuentra en la noche, fuera de la casa, maullando con ese taladrante sonsonete del que solo son capaces los felinos: miau-miau-miau-miau-miau… Uno se despierta, se levanta, se dirige a la puerta, la abre y el Puma, sentadito, no se digna entrar. El animal voltea a los lados, da un paso hacia adelante, mejor hacia atrás, se vuelve a sentar, te voltea a ver con cara de “qué bueno que abriste, estoy pensando si voy a entrar o me voy a quedar aquí un tiempo más viendo la Luna”. Uno se desespera, se agacha, quiere agarrar al gato para meterlo a la casa y el avieso felino escurre el bulto, camina hacia atrás, se sienta y se te queda mirando de nuevo. “¿Vas a entrar o no?”, termina uno gritando, histérico. El gato entrecierra los ojos: todavía no se ha decidido.

Hace unos días, me encontré en las benditas redes sociales la versión animada de este episodio tan común, tan corriente y tan felino. Se trata de un episodio de la popular serie animada disponible en YouTube Simon’s Cat, creada por Simon Tofield. En uno de sus primeros capítulos, "Let Me In!" (2008), el obeso gato protagonista hace todo lo posible para que su dueño, el Simon del título, lo deje entrar. Por supuesto, cuando el tipo abre la puerta, ya sabemos lo que el animal hará: quedarse pasmado un buen tiempo. El asunto es que el ingenioso espontáneo que nunca falta se apropió de unos segundos del citado episodio creado por Tofield, solo que ahora el exasperado amo Simon lleva superpuesta la bandera de la Unión Europea, abre una puerta rotulada como Brexit y el caprichoso gato, que lleva en su cuerpo la bandera británica, no se decide a atravesar la puerta abierta de par en par. En otras palabras, el Reino Unido en vísperas de una caótica e impredecible salida forzada de la Unión Europa no es más que un malcriado felino que pide a gritos que le den algo, pero no sabe qué hacer con ello una vez que lo obtiene.

Recordé a la voluble mascota protagonista de Simon’s Cat hacia el final de Brexit: the uncivil war (Reino Unido, 2019), telefilme británico dirigido por el especialista Toby Haynes (realizador de episodios de Doctor Who, Sherlock, Wallander y Black Mirror). Cuando ha finalizado la película –estrenada en nuestro país hace unos días a través de HBO–, una leyenda nos aclara que la historia que acabamos de ver “sigue desarrollándose”. Es decir, parafraseando a Dostoievsky, los 92 minutos de la cinta no han sido más que el prólogo de otra historia que apenas empieza y que nadie sabe hacia dónde irá.

Lo cierto es que Brexit… nos propone que, por lo menos, alguien sí tenía muy claro el camino, lo que quería y cómo lograrlo: el consultor político Dominic Cummings quien, según el guion escrito por James Graham, fue el cerebro rector de la campaña a favor de abandonar la Unión Europea. Es cierto que los políticos más o menos tradicionales eran los que aparecían en pantalla, como el alcalde londinense Boris Johnson (Richard Goulding) o el líder del Partido Independentista del Reino Unido Nigel Farage (Paul Ryan) pero quien creó el lema de la campaña (“Vote Leave, take back control”); quien, según la versón presentada en la cinta, se negaba a seguir caminos políticos tradicionales (“Hay que matar el pensamiento convencional”), quien supo leer mejor que nadie el estado de ánimo de la nación (“Hay que explotar esos pozos de resentimiento”), quien no tenía empacho en torcer los datos o incluso falsear la información (“¡Nos cuesta 350 millones de libras permanecer en la Unión Europea!”) fue Dominic Cummings.

Más aún, este “psicópata de carrera”, como lo llegó a bautizar el malogrado primer ministro David Cameron, fue el primero en darse cuenta que tenía frente a sí la oportunidad no solo de ganar un referéndum, sino  de cambiar la historia de su país y, de pasada, del mundo: usando los datos que todos vamos dejando en nuestras redes sociales, una entonces desconocida compañía llamada Cambridge Analytica logró crear información específica y personalizada que alimentó resentimientos, prejuicios, miedos, escepticismo. El votante a favor de abandonar la Unión Europea era un votante desconocido, identificado por Cummings y localizado por Cambridge Analytica. Se había convertido en un votante cautivo.

Haynes dirige funcionalmente esta suerte de thriller político y procedimental en el que de una forma acaso demasiado obvia y didáctica se nos presenta el triunfo de los euroescépticos como algo trágico pero inevitable. Craig Oliver (Rory Kinnear), el director de la campaña por la permanencia, se da cuenta de la inminente derrota días antes del referéndum de junio de 2016, cuando entiende que la idea de abandonar la Unión Europa no nació en 2015, cuando se anunció que se llevaría a cabo la respectiva votación, sino muchos años antes, por lo menos un par de décadas atrás, y que fue alimentada por las recurrentes crisis económicas, el temor por los ataques terroristas, la depauperación de los servicios de salud, la separación cultural entre los cosmopolitas habitantes de las ciudades y los olvidados de la envejecida campiña obrera…

Interpretado magistralmente por Benedict Cumberbacht, Dominic Cummings aparece aquí como el visionario genio del mal responsable de cambiar el destino del Reino Unido y, por contagio, del de Estados Unidos, pues las mismas sucias tácticas cibernéticas –¿apoyadas por las garras del oso ruso?– se usarían en la elección de noviembre de 2016, cuando Donald Trump le ganó la presidencia a la “segura” triunfadora Hillary Clinton. Cummings permanece, incluso en el desenlace, un auténtico misterio: ávido lector de Tucídides, Kipling y Tolstoi, el intratable consultor político desprecia ejercicios como el referéndum (“Es una estupidez decidir algo tan importante preguntando sí o no”) y está convencido del valor de los datos y la razón pero, al mismo tiempo, no tiene empacho en aconsejar que hay que actuar emocionalmente y no racionalmente para ganar, que hay que ser lo más simplistas posibles si se quiere triunfar y que una afirmación como que toda la población de Turquía podría invadir la Gran Bretaña no es una mentira sino una especie de libertad política-poética.

Queda la sensación de que Cummings decidió dirigir y luego ganar la campaña del referéndum solo porque podía hacerlo. Porque sabía que podía ganar. Porque despreciaba, sin excepción, a toda la clase política británica, ciega, sorda, soberbia, irresponsable y torpe. Porque tenía curiosidad de ver lo que pasaría. Aunque después, como el gato de Simon, la Gran Bretaña no supiera qué hacer.