La guerra de 1917 no fue una aventura | Letras Libres
artículo no publicado

La guerra de 1917 no fue una aventura

En 1930, Lewis Milestone llevó al cine Sin novedad en el frente, la novela de Erich Maria Remarque. Hizo la cinta de guerra más clara y rabiosamente antibélica en toda la historia del mainstream hollywoodense.

La primera imagen que vemos en pantalla es la típica leyenda escrita en la que se le advierte al espectador que lo que verá a continuación no es muy divertido que digamos, pues “la muerte no es una aventura”. Se trata de Sin novedad en el frente (All quiet on the Western Front, E.U., 1930), décimo largometraje del judío ucraniano naturalizado estadounidense Lev Milstein, mejor conocido como Lewis Milestone.

 

Milestone es uno de los innumerables ejemplos del self-made man hollywoodense de inicios del siglo pasado. En 1913, con apenas 18 años de edad, Milstein se encontraba en Alemania, a donde había sido enviado por su próspero padre empresario para estudiar ingeniería. Entonces dejó de improviso la carrera, tomó el dinero que le había enviado la familia y se embarcó hacia Estados Unidos. Cuando, pasadas las semanas, se le acabó todo lo que tenía, envió un telegrama a su papá pidiéndole más dinero. La respuesta del señor Milstein no podía haber sido más lacónica: “Elegiste vivir en la tierra de las oportunidades: búscalas”.

 

Y, en efecto, eso hizo: a lo largo de la siguiente década, el joven Milstein trabajó como afanador, vendedor ambulante, obrero en una fábrica y, finalmente, como asistente de fotografía, chamba en la que encontraría su vocación y su futuro como cineasta. Cuando, en 1917, Estados Unidos se involucró en la Gran Guerra, Milstein se enlistó. Debido a sus conocimientos básicos de fotografía, fue asignado en Washington a un departamento militar encargado de realizar películas de entrenamiento y de editar imágenes tomadas en el campo de batalla. Terminada la guerra, Lev Milstein –ya ciudadano estadounidense con plenos derechos y con un nuevo nombre americanizado, Lewis Milestone– entró al mundo del cine gracias a las conexiones que habia hecho durante su trabajo en el ejército.

De 1920 a 1925, Milestone trabajó en Hollywood como asistente de editor, luego de director, guionista y, finalmente film doctor, es decir, el hombre de confianza al que llamaban los estudios para arreglar lo que supuestamente no funciona cuando una cinta está terminada. De esta manera, sin crédito alguno, Milestone cortaba escenas, reeditaba otras y volvía a filmar alguna más, bajo los designios de los todopoderosos ejecutivos hollywoodenses. Este derecho de piso le valió ser contratado para convertirse en director, primero por la Warner –con la que terminó rompiendo de mala manera por asuntos de dinero–, luego por la Paramount –con la que también rompió, dejando sin terminar Fine Manners (1926)– y, finalmente, por Howard Hughes y su productora independiente The Caddo Company, para la cual dirigiría su primera película bélica, una comedia titulada Two Arabian knights (1927), que le valió su primer Oscar como director en la primera ceremonia de la recién fundada Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Este rotundo triunfo en el naciente establishment hollywoodense y el hecho de que sus películas solían ganar dinero lo hizo volver a los grandes estudios, primero en la Paramount y después en la Universal, cuyo jefe de producción, Carl Laemmle Jr., lo mandó llamar para un proyecto muy ambicioso, tanto en la forma como en fondo: se trataba de llevar al cine el reciente bestseller de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, publicado en 1929. La novela se había convertido en una sensación mundial y Laemmle Jr. necesitaba un director confiable, eficaz y que conociera, en primera instancia, la guerra misma y cómo convertirla en cine. Milestone no había visto el campo de batalla, es cierto, pero sí metros y metros de pietaje, fotografías e innumerables testimonios. Laemmle le ofreció la película, un presupuesto suficiente –que Milestone lo hizo ver mucho mayor del que realmente fue– y un grado de libertad considerable, tomando en cuenta que el ya consolidado cineasta corría con la fama de que podía ser difícil y temperamental.

El resultado fue Sin novedad en el frente, la ganadora de mejor película en el Oscar 1930, la cinta de guerra más clara y rabiosamente antibélica en toda la historia del mainstream hollywoodense. El tono moral está marcado desde el inicio, cuando la leyenda ya descrita aparece en pantalla: la guerra no es una aventura ni puede ser divertida. Morir por la patria suena bien cuando el viejo y emocionado profesor de la escuela –que no irá al campo de batalla, por supuesto– anima a sus estudiantes a enlistarse, y las estrategias militares se ven muy emocionantes cuando se coloca un mapa en la mesa de la cervecería para los que viejos del pueblo –que tampoco van a la guerra, claro– discuten hacia dónde deben avanzar sus hijos y sus nietos. ¿Y si mueren? Hombre, qué importa, es el precio que hay que pagar para convertirse en un héroe y orgullo de la casa, de la familia, del pueblo, del país, del káiser.

El filme sigue la historia de un puñado de jóvenes alemanes que, aún sin salir del bachillerato y empujados por el engolado discurso patriótico de su maestro de historia, se enlistan como voluntarios en la Gran Guerra, que acaba de iniciar en 1914. Por supuesto, en cuanto llegan al frente, después de sufrir los maltratos de un sádico sargento de entrenamiento –antiguo cartero de pueblo–, los muchachos se enfrentarán al frío, la lluvia, la suciedad, la falta de alimentos, las ratas, los piojos y la “dulce muerte” por la patria, no sin antes pasar por las crisis nerviosas, la franca locura y la amputación de una pierna.

No hay nada heroico en la Gran Guerra de Sin novedad en el frente. El aburrimiento de los días esperando entrar en combate se alternan con la desesperación causada por los incesantes bombardeos. No hay nada romántico en encontrar a una mujer con la cual pasar la noche cuando la muchacha en cuestión ha accedido a compartir la cama contigo por un pedazo de pan y un vaso de vino. La guerra plasmada en la novela de Remarque y en el filme de Milestone no tiene, además, el menor sentido: no hay ningún imperativo moral involucrado. No hay un mal que vencer en nombre de un bien que busca prevalecer.

En una de las mejores escenas del filme, los desilusionados soldados se preguntan por qué inició la guerra. Uno alega que porque un país ofendió a otro (“¿Cómo que un país ofendió a otro? ¿Una montaña de Alemania le faltó el respeto a un campo de Francia?”), alguien más se da cuenta que no tiene motivos para odiar a los ingleses: ni siquiera los conoce, y otro más propone que los presidentes, reyes y generales en conflicto deberían de reunirse en un descampado y pelear entre ellos para decidir así, de forma civilizada, quién gana la guerra.

El protagonista, Paul (Lew Ayres), pasa de la emoción a la desilusión y de ahí a la desesperanza cuando ve caer, uno tras otro, a sus compañeros de escuela, sea en pleno campo de batalla, sea agonizantes en alguna olvidada cama de un improvisado hospital. Cuando tiene un permiso para regresar a su casa, no encuentra tampoco motivos para quedarse en el pueblo al oír la misma retórica vacía sobre la dulce muerte luchando por la patria enarbolada por el mismo profesor de escuela, por los mismos viejos del lugar. La única verdad asequible a Paul es la precaria y absurda posibilidad de seguir con vida en medio de la muerte.

Sin novedad en el frente no es la mejor película realizada sobre la Primera Guerra Mundial en Hollywood: ese honor le corresponde, creo, a Patrulla infernal (1957), la más humanista película dirigida por Stanley Kubrick. Sin embargo, la cinta de Milestone se sostiene, aún el día de hoy, por esa mirada tan descarnada como solidaria no solo hacia los soldados protagonistas (esos inocentes jóvenes alemanes), sino también hacia el enemigo francés o inglés, a quien nunca demoniza. En la forma, siguen siendo impresionantes esos ocho minutos de caos bélico que ocurren hacia la mitad del filme y esos elegantes travellings laterales en los que las cámaras de Arthur Edeson y, nada menos, Karl Freund, cubren las trincheras en las que se agazapan los soldados de los dos bandos.

La duda que resta es por qué un filme tan oscuro y desesperanzador como Sin novedad en el frente no solo ganó el Oscar a Mejor Película –Milestone ganó también su segunda estatuilla como director– sino que fue, también, un notable éxito taquillero. Acaso la respuesta esté en el clima mismo en el que fue realizado el filme: la Gran Guerra había terminado doce años atrás y mucho del público que vio la cinta había vivido y sufrido, directamente en el campo de batalla o indirectamente (a través de maridos, padres, hijos, hermanos), el horror de la guerra y su sinrazón.

Sin novedad en el frente sigue funcionando como un contundente y doloroso filme antibélico porque la generación que la hizo había sufrido la Gran Guerra y sabían muy bien que no había sido una aventura, por más que sea virtuosamente montada, como la recién derrotada en el Oscar 1917 (Mendes, 2019). Ni morir ni arriesgar la vida en la batalla es emocionante, dirían los protagonistas de Sin novedad en el frente. Verlo de otra forma es inmoral, aunque sea muy entretenido.