Juventud desenfrenada | Letras Libres
artículo no publicado

Juventud desenfrenada

Es inevitable que cada época tenga su cine adolescente. En Share, la joven cineasta Pippa Bianco plasma una adolescencia marcada por el abuso sexual y el escaparate inquisitorial de las redes sociales.

Invención muy reciente, la adolescencia nació, como idea, como concepto, como etiqueta, en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial. De improviso, a las tres etapas del ser humano –niñez, edad adulta, vejez, identificadas así desde los míticos tiempos en los que la esfinge le presentó su famoso acertijo al incestuoso Edipo– se le sumó otra más, la adolescencia, de la que dio fe el cine hollywoodense casi de inmediato, a través de la figura del inseguro, murmurante y carismático James Dean, protagonista de Rebelde sin causa (Ray, 1955).

A partir de ese momento, las películas de y con “adolescentes” se volvieron legión en todo el mundo: había las que celebraban dionisiacamente la juventud, las que advertían los peligros de ser joven y otras que –especialmente en el México ruizcortinista de los años 50– se lamentaban de la decadencia de los añejos valores familiares, amenazados por el rock and roll, el pelo largo, las minifaldas y la ausencia de respeto a los mayores. Eran tiempos, pues, de una Juventud desenfrenada (Díaz Morales, 1956).

Normalizada y popularizada la fórmula temática, el cine adolescente en Hollywood y alrededores evolucionó en las siguientes décadas de acuerdo con la cada vez más abierta permisividad moral. Así, el sexo y el amor, las distintas adicciones y la violencia pandillera que acecha a la vuelta de la esquina se convirtieron en premisas argumentales que lo mismo podían entregarnos sensibles melodramas juveniles (David y Lisa, Perry, 1962) que desaforadas comedias sexosas (Porky’s, Clark, 1981) o emotivas películas de crecimiento y maduración juveniles (Cuenta conmigo, Reiner, 1986).

Así pues, es inevitable que cada época tenga su propio cine adolescente. No es lo mismo estudiar la preparatoria en los tiempos de James Dean que, digamos, en la segunda década del siglo XXI. A los peligros que acechaban a los adolescentes, según el cine moralino de los años 50 –la desintegración de la familia nuclear, el consumo exagerado de alcohol, los accidentes automovilísticos por exceso de velocidad– se les han agregado otros, que tienen que ver, por ejemplo, con distintos tipos de adicciones –a los opioides, la plaga del siglo XXI en muchas ciudades estadounidenses– y de comportamientos sociales provocados por la explosión tecnológica de los últimos años.

Así, en el cine hollywoodense más reciente hemos visto melodramas con hijos perdidos y recuperados de sus adicciones a las drogas –Regresa a mí (Hedges, 2018), con Lucas Hedges como el hijo adicto de Julia Roberts, y Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo (van Groeningen, 2018), con Timothée Chalamet y Steve Carrell, en papeles idénticos a los de Hedges y Roberts– mientras que la energética teleserie juvenil de ocho episodios Euphoria (EU, 2019), producida por HBO y que terminó de transmitirse hace apenas unos días, tiene en su centro dramático a la otrora actriz adolescente de Disney Channel, Zendaya, quien interpreta a una hosca preparatoriana que regresa a los suburbios en los que vivía después de pasar una temporada en una clínica de rehabilitación.

El mundo en el que viven los amigos y compañeros que rodean a la Rue Bennett de Zendaya es uno en el que el dealer de confianza es un chamaquito de no más de doce años, en el que los encuentros sexuales más oscuros se arreglan a través de conocida aplicación y en el que las identidades de género son tan fluidas como la irresistible banda sonora que acompaña las aventuras y desventuras amorosas y existenciales de todos estos adolescentes, en la mejor telenovela juvenil que he visto en mucho tiempo: una suerte de Peyton Place (1964-1969) del nuevo siglo, que gravita alrededor de los hijos y no de los padres –con una sola excepción– y de la cual habrá que esperar, seguramente varias temporadas más –de hecho, ya se anunció la segunda, para el año que entra.

Una de las directoras de Euphoria –en concreto, del capítulo seis, “The next episode”– fue la joven cineasta Pippa Bianco, quien a inicios de este mismo año había presentado en Sundance su opera prima Share (EU, 2019) que, después de haber ganado el premio Waldo Salt a mejor guion, fue adquirida por HBO para exhibirla en su plataforma. De tal forma, mientras el episodio de Euphoria dirigido por ella se exhibió en la cadena televisiva el 21 de julio, una semana después, el 27, se estrenó en la misma plataforma su debut cinematográfico, que resulta ser una elíptica pieza de acompañamiento de la más extensa serie televisiva.

Share tiene, también, a una jovencita como protagonista: la adolescente de dieciséis años Mandy (Rhianne Barreto), una introvertida jugadora de básquet que despierta, de madrugada, dormida en el pasto, frente a su casa. No recuerda nada, más allá que la noche anterior estuvo en una fiesta y, seguramente, se le pasaron los alcoholes. Pero, ¿quién la llevó a su casa, quién la dejó tirada en el jardín? ¿Y de dónde salieron esos moretones que tiene en los brazos y en la espalda?

No pasa mucho tiempo cuando a su teléfono llega un video grabado la noche anterior en el que se ve ella, completamente alcoholizada, mientras uno de sus compañeros le baja los pantalones y otros más ríen, graban y comentan. El infierno acaba de empezar para Mandy y, a su manera, para sus comprensivos padres (J. C. Makenzie y una extraordinaria Poorna Jagannathan), quienes al enterarse del claro abuso en contra de su hija, empiezan a mover cielo, mar y tierra, en la escuela y fuera de ella, para saber qué pasó exactamente y castigar a los responsables.

Por supuesto, esto resultará difícil, por más que la mamá de Mandy le señale, no tan crípticamente, que por lo menos ella tiene la oportunidad de poder denunciar a sus atacantes. Los procedimientos legales resultan laberínticos, las autoridades de la escuela no son tan comprensivas como debieran –Mandy es expulsada del equipo de básquet por haber abusado del alcohol– y los propios compañeros le dan la espalda cuando uno de los acusados es uno de los muchachos más populares de la preparatoria.

El guion escrito por la propia cineasta debutante –y basado en su propio cortometraje homónimo multipremiado de 2015– nos presenta muchas de estas injusticias fuera de cuadro. Bianco no parece estar interesada en provocar indignación –aunque esto sea inevitable– sino analizar las consecuencias del abuso en una jovencita que sigue recibiendo más de lo mismo en la medida que el video se viraliza y las acusaciones se hacen públicas.

La Mandy de Barreto es una muchacha silenciosa y pasiva que, por lo mismo, no es la más atractiva de las protagonistas –en contraste con la Zendaya de Euphoria, para acabar pronto–, pero este mismo carácter del personaje le permite a Bianco explorar el trauma desde el interior del personaje, desde su perspectiva. Incluso desde sus propias dudas: ¿debe seguir con el caso hasta el final? ¿A quién le sirve esto? ¿Lo hace por ella o por sus padres? La irresolución de la cinta y de su elusivo personaje central atrapa en ese final de puntos suspensivos. No hay nada más misterioso que un adolescente.