Huérfanos, de Guita Schyfter | Letras Libres
artículo no publicado

Huérfanos, de Guita Schyfter

Desde 1859 y hasta marzo del año pasado, las parejas mexicanas que se casaban por lo civil escuchaban la llamada “Epístola de Melchor Ocampo”. Esta aconsejaba al hombre dirigir el matrimonio, ya que el valor y la fuerza, dice, son propias de su sexo; la mujer debía obedecerlo, en tanto que la abnegación es parte de su naturaleza. En la capital del país se suspendió su lectura obligada por considerarse machista: algo comprensible en el contexto del siglo XXI, pero un adjetivo anacrónico para un texto redactado hace casi ciento cincuenta años. Más absurdo es extender el calificativo a Ocampo (ha sucedido). Lo opuesto a un retrógrada, el político detrás de las leyes de Reforma encauzó su carrera a disolver las jerarquías impuestas por la Iglesia y el conservadurismo.

La película Huérfanos, de Guita Schyfter, restituye a Melchor Ocampo su rol de forjador del México moderno, y quien espoleó a Juárez para liderar la Guerra de Reforma. Más notable, lo vuelve un personaje fascinante. No es que le faltaran méritos. En el capítulo que le dedica en Siglo de caudillos, Enrique Krauze lo define como “el liberal representativo de la época”. Pero Ocampo carecía del carisma de los líderes y eso lo volvió personaje secundario en la mitología popular. Huérfanos echa luz sobre el drama de su vida privada y muestra cómo esta tuvo repercusiones enormes. Un hombre resentido por el estigma de la bastardía –no supo quiénes fueron sus padres– consiguió quitarle a la Iglesia la autoridad absoluta para dar a las personas el estatus de legitimidad.

Mientras que Ocampo es el huérfano central de la película, el plural del título alude a una identidad nacional. En el ensayo mencionado, Krauze retrata a una generación de mestizos ilustrados que, al ver la oportunidad de arrebatarles a los criollos las riendas del país, volvieron la mirada a sus orígenes –algo doloroso, ya que estos se trazaban en relaciones violentas o clandestinas entre padres españoles y madres indígenas–. Al final, su figura paterna no era precisamente ejemplar. Huérfanos se basa en el libro Don Melchor Ocampo. Reformador de México de José C. Valdés, e incluye en su noción de orfandad a criollos y conservadores. La Independencia –establece la película en unas líneas de prólogo– dejó a los habitantes de lo que hoy es México sin su madre de tres siglos, España. Desprotegidos, los hermanos pelearon entre ellos para decidir su futuro.

El guion de Huérfanos es del dramaturgo y narrador Hugo Hiriart y de Fausto Zerón-Medina, quien además de historiador ha sido guionista de las telenovelas Senda de gloria (1987) y La antorcha encendida (1996). Las vocaciones de ambos se hacen evidentes en el cuidado de evitar abstracciones para, en cambio, construir escenas alrededor de personajes y emociones palpables. Por otro lado, la presencia de Rafael Sánchez Navarro en el rol protagónico es definitiva en la eficacia de la historia. De los mejores actores de México (y poco aprovechado en cine), da a su personaje la gravedad que le corresponde sin caer en la tiesura que amenaza a toda interpretación de un personaje histórico. En la escena que abre la cinta, Ocampo le insiste a una mujer a quien llama “nana” que intente recordar quiénes fueron sus padres. Ella, Ana María Escobar (Dolores Heredia), le dice que no lo sabe: solo recuerda que Francisca Javiera (Claudette Maillé), la mujer que adoptó a Ocampo, lo llevo a su hacienda de Pateo cuando era un niño pequeño. Francisca Javiera le pidió a Ana María que se hiciera cargo de Melchor, a pesar de ser apenas unos años mayor que él. A la larga, Escobar cumpliría todos los roles femeninos en su vida: madre, hermana mayor y amante con la que concebiría tres hijas. Ellas no eran huérfanas, pero Ocampo les hizo creer eso mientras estuvo vivo: les dijo que su madre había muerto. ¿Por qué les negaría a sus hijas lo que él siempre exigió: la certeza de su ascendencia? Más que dar una respuesta, Huérfanos construye su historia alrededor de esta ironía trágica.

El relato comienza en 1861, cuando un grupo de conservadores liderado por Lindoro Cajiga (Germán Jaramillo) toma prisionero a Melchor Ocampo en su hacienda de Michoacán (ya que los conservadores se niegan a reconocer el triunfo liberal en la Guerra de Reforma). El viaje hacia Tepeji del Río y la conversación con Cajiga le traerán a Ocampo recuerdos de su pasado: su llegada a la hacienda, sus años de estudiante, la muerte de Francisca Javiera y el despertar del deseo por Ana María Escobar. Los flashbacks mostrarán los episodios más polémicos de su vida política, incluido su exilio en Nueva Orleans.

Suena exhaustivo pero no lo es. Aunque los episodios siguen un orden cronológico, son una selección de la memoria del personaje. Ocampo tomará el papel de editor de su propia historia y ante el presagio de su muerte “conectará los puntos” del sentido de su vida.

Como ejemplo, la escena que lo marcó de niño, cuando ve cómo un cura se niega a dar sepultura al hijo de una pareja de indígenas. ¿La razón? Falta de dinero para pagar el servicio. La madre desesperada pregunta al sacerdote qué hacer con el cadáver de su hijo. “Sálalo y comételo”, contesta el cura. (La anécdota parece ficticia pero sucedió en realidad.)

Como adulto y frente al Congreso, Ocampo denunciaría el pago injusto que exigían los sacerdotes por dar los sacramentos. Alegaba que esta práctica fomentaba aquello que la Iglesia condenaba: parejas que no se casaban e hijos fuera del matrimonio (muchos de ellos abandonados o no reconocidos). En la película, este debate se da cara a cara entre Ocampo y Clemente Munguía (José Luis Cruz), el obispo de Morelia, a quien se cree que estaban dirigidos los reclamos. Que Munguía aparezca encarnado sirve para marcar el contraste entre la opulencia de los clérigos y la pobreza de los que oían sus sermones (y, para colmo, los mantenían). Más importante, es el personaje que sirve como antagonista. Ocampo murió acribillado por balas conservadoras, pero fue la institución católica quien lo hizo sentirse fuera de la sociedad. “No tiene usted de Lucifer otra marca que la de su origen oscuro”, le dijo el director del seminario de Morelia para explicarle por qué no podría ser sacerdote a pesar de sacar cada año las notas más altas.

A propósito de la relación entre cine e historia, hace unos meses cité en estas páginas el trabajo de Robert A. Rosenstone –uno de los académicos más interesados en la difusión del pasado a través del cine–. Rosenstone sostiene que una película histórica solo tiene razón de ser si hace ver al espectador cómo un episodio lejano en el tiempo tiene relevancia hoy. De la serie de atributos que menciona el historiador como necesarios para lograr este efecto, Huérfanos los reúne casi todos.

Por un lado, se sirve de los recursos de la ficción (por ejemplo, en la caracterización de Munguía). Por otro, a la par de narrar un relato propone al espectador una forma de interpretación biográfica: Huérfanos se sostiene sobre la tesis de que toda obra política o social de un individuo responde a una carencia o anhelo íntimos. Según la estatura moral del personaje, esto da lugar a liderazgos nefastos o, como en el caso de Ocampo, a un proyecto de reforma que benefició a generaciones futuras. A propósito de su “epístola”, habría que pasar por alto su parte más citada –la del hombre que ordena y la mujer que obedece– y poner atención en los párrafos en que exhorta a la sociedad a ejercer con dignidad el privilegio de la paternidad y condena a los padres que “por abandono, por mal entendido cariño o por su mal ejemplo” arruinan la vida de sus hijos. Aunque la epístola no se cita en Huérfanos, la cinta deja ver la dimensión humana detrás de la redacción de una ley.

La manipulación religiosa, la intolerancia en todas sus formas y la falta de horizontes de la población con menos recursos son temas de la película que apuntan hacia hoy: lastres de la Colonia que hacen ver al espectador cómo el pasado se ha filtrado al presente. Pero lo principal es que muestra a una sociedad que todavía, en sus momentos de crisis, acusa a quienes “venden el país”, “traicionan a la patria” o “no defienden su origen”. Un drama de familia que empezó dos siglos atrás. Como en un retrato mosaico, donde miles de fotos diminutas se combinan para formar un solo rostro, Huérfanos agrupa personajes sin padre. Si se mira el cuadro de cerca, se ve el rostro de alguno de ellos; de lejos se ve el de cualquiera que habita el país hoy. “México está tan solo como cada uno de sus hijos”, escribió Octavio Paz en el Laberinto de la soledad. Se refería, como se sabe, al trauma de la orfandad. ~