Hable con ella, de Pedro Almodóvar | Letras Libres
artículo no publicado

Hable con ella, de Pedro Almodóvar

En una fotografía de 1980, un Pedro Almodóvar delgado, sonriente y hasta guapo sube las escaleras del teatro en donde se celebraba ese año el Festival de San Sebastián. Aparece flanqueado por Blanca Sánchez y la más notoria Alaska, actrices de la película con la que el director debutaría en el marco del Festival. Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón irrumpía como escaparate kitsch del destape posfranquista, hervidero de los excesos que el autor aprendería a sazonar, y pionera de la saga de quince películas que consagraría a su autor como documentalista de un mundo al revés, donde el pudor y la serenidad son tenidos por altisonancias.
     Veintidós años después, el aura de esa foto es ominosa; revela que Almodóvar, a sus 29, era más que un chico listo y favorecido por la década que canonizó al mal gusto y celebró el desplante como arte. El pie que acompaña la imagen (El País Semanal, 15-IX-2002) evita sobreexplicar: "Comenzaba una nueva página del cine español." Mirando sobre el lugar común, lo que hace de la foto un fetiche es que permite, con el favor del tiempo, distinguir el talento del golpe de suerte. Se sabe, por ejemplo, que la carnosita Alaska hoy se vende como souvenir vivo, y que Blanca Sánchez, peluquera y maquillista, vio su tope como actriz haciendo de folladora impetuosa. Almodóvar, por su parte, ya no es guapo ni delgado, pero su sonrisa de entonces parece anticipar un futuro. Y uno que no se agota, porque esa página, a la que se refiere El País, se extendió en puño y letra del director manchego mucho más de lo que duraría la movida que la inspiraba. Si en un principio las películas de Almodóvar hacían eco de una sociedad feliz de exhibirse guarra, cutre y hortera, durante su segunda década ya hacían eco de una realidad clonada: el mundo exclusivo y único de las películas de Almodóvar.
     Los beneficios de este fenómeno se hacen patentes en Hable con ella, su filme más reciente. No importa qué tanto se aparte el director de las comarcas que dan identidad a su cine: un trasfondo de surrealidad y artificio se antepone a la anécdota y la salva de la literalidad. Así, ningún melodrama lo será del todo, ninguna moraleja deberá tomarse en serio, ni una apariencia de mesura deberá tenerse como una renuncia a la adicción de Almodóvar por todo lo extralimitado.
     Hable con ella es hasta el momento la película más inusual en un director idem —es, por suma de contrarios, la más serena y reflexiva de todas. En historias paralelas que se interrelacionan pronto, Almodóvar narra la relación amorosa de dos hombres con dos mujeres en estado de coma. El primero de ellos, Benigno (Javier Cámara), es un enfermero que cuida con esmero obsesivo —el mismo con el que cuidaba a su madre antes de fallecer— el cuerpo vegetativo de Alicia (Leonor Watling), una joven bailarina que fue atropellada y perdió toda función cerebral. El otro hombre es el periodista Marcos (Darío Grandinetti), quien, en un cuarto contiguo al de Alicia, vela el cuerpo inconsciente de la torera Lidia (Rosario Flores), brutalmente cornada al inicio de una corrida. A través de cortes que van y vienen en el tiempo (inusuales en una filmografía de narrativa lineal), se describen las relaciones previas de los hombres con las mujeres yacientes. Marcos conoce a Lidia cuando la busca para escribir un reportaje taurino; Benigno espiaba a Alicia en sus clases de ballet. Una vez en el hospital, sostienen con sus mujeres relaciones opuestas: Marcos, desesperanzado, apenas mira el cuerpo dormido de Lidia. Benigno, desde antes enamorado de Alicia, le habla y la cuida como si estuviera despierta. Entre ambos surge una relación de amistad basada en discutir su manera disímbola de relacionarse con un cuerpo —el de Alicia, el de Lidia— sin conciencia de sí mismo.
     Que, de cuatro personajes, dos semejen cadáveres parecería el primero de varios saltos cuánticos de Hable con ella respecto a una obra poblada de personajes hiperquinéticos y en estridente celebración de la vida. El segundo sería su perfil de atributos, que incluye a los no comatosos: rayan en lo monástico si se comparan con cualquiera anterior.
     Pero estas distancias respecto a un lenguaje almodovaresco son sólo de forma: son despliegues con los que el director demuestra que la línea que divide el cine camp del cine culto (el actor Charles Laughton, la coreógrafa Pina Bausch y el escritor Michael Cunnigham son del gusto de los personajes) se parece en muchas ocasiones a la pajita que se clava en el ojo de un crítico snob. Si en películas anteriores el exceso radicaba en el vestuario de un personaje, en la amplitud de sus gestos o en los decibeles de sus parlamentos, ahora es una cuestión de complejidad estructural. Y lo mismo en cuanto a los temas: la ambigüedad sexual y el travestismo (una mujer torero, un Benigno edípico), la incomunicación en la base de una relación amorosa (de la cual el sueño comatoso es una metáfora extrema), y la exploración de la psicología femenina o masculina (Benigno y Lidia son excepciones, Marco y Alicia la regla), son comentarios que en Hable con ella se descubren a vuelta cerrada de cada escena o personaje, en vez de ser expuestos a la intemperie del argumento.
     En última instancia, de manera explícita y también en clave, Hable con ella es una parábola sobre las dinámicas y los poderes del cine. Asiduo del cine mudo, como en algún momento lo fue su adorada Alicia, Benigno recrea para ella las historias que ve cada noche en la Filmoteca de Madrid (la escenificación de una falsa película muda, donde un hombre miniatura cruza el umbral de la vagina de su amada, es el segmento almodovaresco que complace a los nostálgicos). El fenómeno extraordinario mediante el cual las imágenes se traducen en palabras, para después reconstruir una realidad subjetiva, está presente desde el título y en la médula de la película: "Hable con ella", se entenderá pronto, son las palabras con las que Benigno aconseja a Marco estimular a Lidia, en la creencia firme de que el ser humano es receptivo a las palabras en cualquier estado de conciencia. Es una apología del monólogo —el arte, el cine, esta película misma— que se dirige a un interlocutor silente, cuyo interior se reconfigura siempre para crear una realidad alterna y, por artificiosa, según el código Almodóvar, francamente superior. ~