Érase una vez en Nueva York | Letras Libres
artículo no publicado

Érase una vez en Nueva York

Hunters, la serie sobre cazadores de nazis protagonizada por Al Pacino, es un producto pop compulsivamente visible, a pesar de sus fallas dramáticas.

He aquí que, en el Nueva York de los años 70, mientras el bienintencionado Jimmy Carter ocupa la Casa Blanca, escondidos a la vista de todo el mundo, ocultos tras la apariencia de una bonhomía sureña americana o tras un pasado reinventado como inocentes inmigrantes europeos, en los pasillos cercanos a la Oficina Oval, entre los científicos más respetados de la NASA, por las oficinas de los más poderosos banqueros, pulula un grupo de antiguos nazis que no han renunciado a buscar el poder para imponer, con perdón del caricaturista Palomo, el Cuarto Reich.

La premisa argumental de Hunters (EU, 2020), serie de diez episodios cuya primera temporada está disponible en Amazon Prime Video, es irresistible. Parte de una teoría de conspiración plausible –que, ante la caída de Hitler, los Estados Unidos prefirieron no solo perdonar a muchos nazis, sino que los reclutaron para su futura lucha contra la ascendente Unión Soviética–, la ubica en un espacio dramático muy atractivo –el sucio Nueva York de los años 70, que arrastra los resabios de la contracultura de la década anterior– y echa mano de personajes y situaciones reales (el célebre cazador de nazis Simon Wiesenthal, la presencia ominosa del “Hijo de Sam” en las calles neoyorkinas) para ofrecernos un contexto social, cultural e histórico enriquecedor.

Sin embargo, en estos dos primeros párrafos, he incurrido en el franciscano pecado de la omisión: por lo escrito arriba, pareciera que la serie creada por David Weil –y dirigida por un equipo de seis realizadores, entre ellos el tejano-mexicano Alfonso Gómez-Rejón– es un acezante thriller centrado en el develamiento de una vasta conspiración nazi, protegida o permitida desde las más altas esferas del poder político, económico y científico de los Estados Unidos. Y, bueno, algo hay de esto. Pero la realidad es que Hunters es un animal muy distinto: se trata de un desenfadado producto de mero entretenimiento pop que usa como pretexto el antisemitismo, el Holocausto judío y la sobrevivencia real del nazismo después de la Segunda Guerra Mundial –en Estados Unidos, en Europa y, qué remedio, en América del Sur– para intentar acceder a una relajienta reescritura de la historia, al modo inalcanzable del Tarantino de Bastardos sin gloria (2009) o, más recientemente, Había una vez… en Hollywood (2019).

De hecho, en unos de los primeros episodios de la serie, cuando el adolescente judío-neoyorkino Jonah Heidelbaum (Logan Lerman) finalmente tiene la oportunidad de ser parte del exclusivo escuadrón de cazadores antinazis dirigido y financiado por el misterioso millonario Meyer Offerman (Al Pacino), de repente y sin que venga a cuento, vemos a todos los heroicos personajes de este grupo –un narcisista actor segundón hollywoodense, una pareja de viejos judíos sobrevivientes del Holocausto, una joven afroamericana escapada de alguna blaxpoitation movie, un letal agente de origen japonés y una gélida rubia británica siempre vestida en hábitos de monja… aparecer frente a nosotros como si fueran parte de una película de acción de serie B: “¡la monja más peligrosa del condado!, ¡él te puede matar de una patada!, etc”. Es más, este tráiler –que, es de suponer, sale de la imaginación de Jonah, nuestro joven protagonista– bien podría haber aparecido en el disparejísimo díptico Grindhouse (Tarantino y Rodriguez, 2007), al lado de los trailers ficticios de Eli Roth, Edgar Wright y Rob Zombie.

Momentos así abundan a lo largo de Hunters, de tal forma que en prácticamente todos los episodios, el thriller emocionante y violento que estamos viendo es interrumpido por alguna digresión pop que puede ser, por ejemplo, que los personajes se suelten cantando y bailando Stayin’ Alive en pleno Coney Island; que en el primer capítulo veamos a nuestro protagonista y a sus dos amigos salir del estreno de La guerra de las galaxias (Lucas, 1977) para luego discutir largamente quién es Darth Vader; que en otro episodio la historia sea interrumpida por un segmento animado; y, que por supuesto, abunden las referencias musicales (la canción “Mein Herr” del musical Cabaret que escucha el matarife nazi interpretado por Greg Austin), cinematográficas (a Doce al patíbulo, dirigida por Aldrich en 1967, por ejemplo) y al mundo de los cómics (previsiblemente, el oscuro justiciero Batman es citado en más de una ocasión).

Estos abruptos cambios de tono resultan en una serie pop compulsivamente visible, por más que no falten los momentos en los que la exasperación gana la batalla, no tanto por las digresiones antes descritas, sino porque estas no nos distraen lo suficiente de una progresión dramática tambaleante que, además, termina en un desenlace tan salido de madre que el desbocado thriller conspirativo Los niños del Brasil (Shaffner, 1978) resulta ser, frente al episodio final de Hunters, un dechado de seriedad digno de ser comparado con las diez horas del monumental documental  Shoah (Lanzmann, 1985).

De cualquier forma, el sentimiento de culpa por terminar de ver Hunters hasta su ridículo desenlace se atempera, en parte, por un extendido reparto que se mueve a la perfección de acuerdo con las propias necesidades encontradas de la historia: la timidez e inmadurez del joven protagonista Logan Lerman, la villanía autoparódica del siempre bienvenido Dylan Baker, la calidez de la abuela interpretada por Jennie Berlin y, por supuesto, el carisma bien dosificado de un magnífico Al Pacino, que permanece la mayor parte del tiempo en un tono menor, sin caer en sus excesos histriónicos bien conocidos. Para ser francos, no sé si vería la segunda temporada de Hunters –si es que alguna vez llegara a realizarse– pero no me arrepiento de haber invertido esas diez horas en su revisión. Nunca está de más ver cómo se elimina a los nazis.