El diablo que se aloja dentro | Letras Libres
artículo no publicado

El diablo que se aloja dentro

El cine francés de este milenio ha insistido en explorar las nuevas identidades sociales. Un bloque de películas ha mostrado cómo las minorías étnicas se han integrado (o no) con los ciudadanos nativos, y otro tanto ha puesto a las mujeres en el centro de sus relatos. La diferencia entre las heroínas recientes y las del cine de generaciones previas es que las de hoy no se definen con relación a personajes masculinos: sus vínculos más estrechos son con otras mujeres. Lo de menos es si estos lazos son amorosos y/o sexuales y/o amistosos. Lo importante es que el inevitable juego de espejos las lleva al autodescubrimiento. Algunos ejemplos notables son La vida de Adèle (2013), de Abdellatif Kechiche; Las nubes de María (2014), de Olivier Assayas; y Bande de filles (2014), de Céline Sciamma. No cabe duda de que Sarah y Charlie, las amigas inseparables que protagonizan Respira (Breathe), pertenecen a ese conjunto. Sin embargo, su historia no busca arrojar luz sobre un nuevo tipo de feminidad francesa. Si acaso, es la actualización de uno de los temas con más raigambre en el cine y la literatura de ese país: el amor fou, con todas sus secuelas de miseria y destrucción.

La historia de Respira arranca una mañana cualquiera en el interior de la recámara de Charlie (Joséphine Japy): una adolescente que empieza el día escuchando a sus padres insultarse y gritar. Charlie deja la cama y arrastra los pasos para bajar a desayunar. La cámara la sigue de espaldas, y aún sin ver su rostro uno puede sentir su hartazgo. La sensación se confirma cuando al fin se la ve de frente, comiendo con desgano los huevos que le preparó su padre (al parecer, el culpable del pleito). En su camino a la escuela, Charlie conserva el mismo gesto endurecido; la poca emoción que se asoma no es dolor sino rabia. Esa misma mañana Charlie conoce a Sarah (Lou de Laâge), una alumna nueva en la escuela que da la impresión de ser una mujer de mundo. Guapa y desinhibida, fuma en cadena cigarros nigerianos. Cuenta que vivió ahí acompañando a su madre, quien trabaja para una ong. Con esta y otras historias Sarah seduce a Charlie. Basta un día de convivencia para que esta se deshaga de su anterior mejor amiga y dedique todo su tiempo y atenciones a Sarah. La extravagancia de su nueva amiga hace que se olvide del conflicto entre sus padres. Toma el lugar de ellos, para bien y para mal.

Sarah y Charlie son un estudio en contrastes. La primera tiene el pelo rubio y ondulado y labios carnosos que son casi la marca de la voluptuosidad francesa bajo el modelo de Brigitte Bardot. En contraste, la belleza de la segunda es discreta: rasgos rectos y armoniosos, ojos un poco tristes y gestos que no rebasan cierto umbral de contención. Esto bastaría para encasillar a Respira en la categoría temática de niñas/adolescentes obsesionadas entre sí (Criaturas celestiales, Peter Jackson, 1994), donde una le muestra a otra los placeres de la rebeldía (A los trece, Catherine Hardwicke, 2003) o usurpa la personalidad de la que considera perfecta (Mujer soltera busca, Barbet Schroeder, 1992). Incluso podría sumarse al género que aborda la crueldad femenina a la hora de establecer jerarquías, como es el caso de la muy oscura Heathers (1988), de Michael Lehmann, o la más ligera Chicas pesadas (2004), de Mark Waters. Y aunque es cierto que en algunas escenas Respira repite clichés de las cintas sobre amigas tóxicas, el prólogo descrito arriba marca la diferencia respecto a ellas. La ira que le despiertan a Charlie el abuso de su padre y la pasividad de su madre es el hilo conductor del relato. Parece desvanecerse pero es solo en apariencia: esa rabia volverá transformada y elevada a la enésima potencia en la inquietante última escena, una sorpresa reservada al espectador.

Estrenada el año pasado en la Semana de la Crítica de Cannes –y este junio en México–, Respira es el segundo largometraje de Mélanie Laurent, conocida sobre todo en su faceta de actriz (encarnó a la bella Shosanna, mártir/vengadora de Bastardos sin gloria). Laurent debutó como directora en 2011 con el melodrama Les adoptés, que ya anunciaba su interés por el tema de las relaciones femeninas cercanas. Era una película verbosa y azucarada, pero dejaba ver habilidades reafirmadas en Respira: buen manejo de actrices y construcción de situaciones que expresan sentimientos de pérdida. En aquella película, estas situaciones buscaban crear compasión en el espectador. En esta son ominosas: las reacciones que obtiene de sus jóvenes actrices sugieren que las cosas no van a quedarse como están.

Ya que la fuerza de Respira está en su giro final, no debe revelarse mucho sobre el vínculo entre Charlie y Sarah. Basta decir que parte del principio freudiano que plantea que cualquier relación del presente es un intento de replicar (y reparar) aquella que se tuvo con los primeros objetos de deseo: los padres. La escena de Respira que mejor ilustra esto es aquella en la que Sarah visita por primera vez la casa de Charlie. Se gana también a su madre, Vanessa (Isabelle Carré), quien todavía con los ojos llorosos por su situación conyugal ríe a carcajadas con la imitación burlona que hace la rubia de su tía. Esta escena de camaradería femenina –a costa de otra mujer, algo impensable en Les adoptés– se interrumpe cuando suena el teléfono. Quien llama es el padre de Charlie, por lo que Vanessa, anticipando el drama, toma la llamada en otra habitación. Lo que sigue echa a andar el juego de transferencias. Sarah toma el auricular que quedó descolgado y le dice al padre de Charlie que “se vaya a la chingada”. Histérica, Vanessa reaparece y le reclama su increíble intromisión. Sarah se ríe divertida, y Charlie junto con ella. Al lado de la actitud de tapete que la chica percibe en su madre, la insolencia de su amiga toma la apariencia de fortaleza. Ante sus ojos, la rubia se ha convertido en una amazona capaz de frenar la bravuconería masculina. En cosa de segundos, logró lo que su madre jamás se atrevió a hacer.

El cariz psicosexual de Respira evoca a los thrillers de François Ozon sobre atracciones fatales e impulsos reprimidos que salen a la luz. Por un lado, Ozon es un representante del cine francés más contemporáneo; por otro, es el sucesor estilístico de varios miembros de la Nueva Ola. En especial de Claude Chabrol, el único de los críticos/directores de esa generación que dedicó una carrera al cine de género: cintas de suspenso con pocos personajes, movidos por la infidelidad o el deseo de castigar. El modelo manifiesto de Chabrol fue Alfred Hitchcock, de quien escribió un estudio crítico (en coautoría con Éric Rohmer) que sigue considerándose el mejor hasta hoy. Más importante, Chabrol continuó la obra de Hitchcock trasladándola al contexto francés; es decir, conservando el misterio en el tono, pero mostrando que el diablo muy pocas veces es un extranjero: se aloja dentro de todos, y le gusta manifestarse en aquellos con cara de ángel. Coincidencia o no, la actriz que interpreta a Charlie recuerda a Isabelle Huppert: la musa de Claude Chabrol, notable por encarnar mujeres que aniquilan sin cambiar de expresión.

El salto cualitativo en la obra de Laurent es tan grande que uno creería que Les adoptés y Respira fueron dirigidas por mujeres distintas. La primera es una historia genérica, de escenas en la lluvia y personajes que guardan álbumes de recortes. Respira es la adaptación de un relato del mismo nombre, pero muestra un punto de vista sin concesiones sobre el temperamento humano. En entrevistas, Laurent ha dicho que leyó la novela de Anne-Sophie Brasme a los diecisiete años, y que desde entonces quiso filmarla. Cuando lo hizo, trece años después, escribió el guion sin releer el libro: lo vivido en ese periodo, dijo, bastaba para llenar lagunas en la memoria. Nada de esto sería relevante si la película no transmitiera de forma tan eficaz la perspectiva de la venganza. Al modificar la estructura (en vez de un flashback, la cronología es lineal), consigue que el espectador empatice con su protagonista hasta el momento final. Para filmar el desenlace, la directora colocó un audífono en su actriz. Desde otra habitación guio sus emociones y actos hablando en primera persona. Vale la pena recordar esto mientras se mira la escena. Es el tipo de anécdota que pone a las ficciones en su justa dimensión. ~