Casanova y Mastroianni | Letras Libres
artículo no publicado

Casanova y Mastroianni

Quizá el bicentenario luctuoso de Giacomo Casanova deba ser ocasión para homenajear, más que
a sus discípulos e imitadores, a los más entrañables anticasanovas del arte, la literatura y el cine. Para no cruzar las fronteras italianas, bastaría recordar a su compatriota, el también desaparecido Mastroianni, como el responsable de invertir el mito de Casanova y hacer de esa transformación una de las características distintivas de los años de oro del cine de ese país. Mastroianni debe ser uno de los seductores más torpes, confundidos y fracasados de la historia del cine moderno, y, en la misma medida, de los más irresistibles. Sus personajes más celebrados
parodian la noción arquetípica del seductor: la subversión de los viejos mitos fue, justamente, la reacción del neorrealismo italiano en contra de los cánones idealistas del cine fascista de los años cuarenta, La dolce vita (Fellini, 59), Divorcio a la italiana (Fermi, 60), y Ocho y medio (Fellini, 63), entre muchas otras cintas protagonizadas por el actor, presentan la figura de un Casanova evasivo y culpígeno, una total contradicción en términos. Y esto, la evasión y la culpa, se dio en el mejor de los casos: el ejemplo más extremo de anticasanovismo –la ruptura con el mito– es representado en El bello Antonio (Bolognini, 60), cinta en la que Mastroianni interpreta a un seductor siciliano con problemas de impotencia:
la popularidad de este personaje le valió al actor ser conocido en adelante como “el bello Marcelo” –la impotencia, entonces, acabó siendo lo de menos. Los papeles que Mastroianni interpretó en los
sesenta –durante la última etapa del neorrealismo y en los umbrales de la modernidad cinematográfica– constituyen un desafío abierto a uno de los valores esenciales de la sociedad patriarcal italiana: la virilidad. Si el bello Marcelo derrumbó el mito de un seductor explícitamente sexual, cabría preguntarse cuáles son las argucias que un Casanova contemporáneo esgrime para preservar su reputación de conquistador: ¿el alarde intelectual o un astuto despliegue de
inseguridad?
— Fernanda Solórzano