Cartas desde el invierno: “Winterfell” (T8E1) | Letras Libres
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Cartas desde el invierno: “Winterfell” (T8E1)

La primera entrega de una serie de "recaps" sobre la temporada final de "Game of Thrones".

La televisión ya no es lo que era antes. No lo digo como un lamento, sino como la mera consignación de un hecho: cuando Game of Thrones se estrenó, hace ya ocho lejanos años, no teníamos aún series de Netflix entre nosotros. House of Cards estrenaría dos años más tarde, en 2013, inaugurando una nueva tendencia: las series de televisión que suben de un jalón, enteras, a una plataforma de streaming, y que son devoradas al ritmo de cada espectador. Poco a poco —y en conjunción con la hiperfragmentación de la oferta televisiva—, el streaming le quitó terreno a la televisión tradicional, de por sí golpeada por los embates de internet. Sin contar a las transmisiones en vivo de eventos deportivos, reality shows y algunas premiaciones, la televisión perdió mucho de su peso cuando el streaming se estableció como la forma casi predeterminada de consumo audiovisual doméstico.

Pero antes de que el streaming termine de imponerse tendremos un último gran evento televisivo que veremos juntos y simultáneamente: la octava temporada de Game of Thrones. Arrancó ayer, con un episodio que lo mismo contiene semillas de esperanza que síntomas de decepción: “Winterfell”.

La última vez que visitamos Westeros, hace casi dos años gracias al enorme tiempo que HBO nos tuvo en ascuas mientras producía la octava temporada, las dos reinas que luchan por el trono habían tendido una tregua. Daenerys Targaryen, la reina de los dragones, heredera de un antiguo linaje caído en desgracia y fieramente dispuesta a recuperar el trono de Westeros, acordó no atacar King’s Landing ni luchar por el trono para en su lugar emprender una marcha al norte, hacia Winterfell, a fin de enfrentar al ejército de muertos vivientes del Night King, cuya sombra se extiende ominosamente sobre el continente. Por su parte, su mayor rival, la reina en funciones Cersei Lannister, ordenaría a sus tropas, actualmente en Westeros, marchar hacia el norte para sumarse a la defensa que encabezan la misma Daenerys y el Rey en el norte (¿O es Guardián del norte?), Jon Snow. Daenerys, Jon Snow y Tyrion Lannister —el hermano de Cersei, quien después de huir de King’s Landing tras matar a su padre se adhirió a la causa de Danerys Targaryen— parecían creer en el trato, y se adelantaron en su marcha al norte.

El arranque de la nueva temporada nos muestra al ejército comandado por Daenerys —acompañado de Jon Snow y sus consejeros, como Ser Davos Seaworth— mientras arriba a Winterfell en medio de miradas suspicaces por parte de los norteños, un pueblo prejuicioso que rechaza automáticamente a los fuereños. Mientras cabalgan, Jon le recuerda a Daenerys la xenofobia de su gente; a manera de respuesta, los dragones de Daenerys —uno de los elementos más llamativos de la serie y una de las principales razones por las que el presupuesto de esta temporada alcanza los quince millones de dólares por episodio— surcan el cielo ante la mirada atónita y horrorizada de la mayoría de los norteños, excepto de una, que parece más bien entusiasmada: Arya Stark, la hija menor de Ned Stark, quien tras la muerte de su padre se entrenó para convertirse en una letal asesina silenciosa.

El regreso de Jon Snow —que partió como Rey del norte y regresó sin corona, acaso como Guardián del norte que le debe lealtada a la reina Daenerys— nos recuerda, sin embargo, que más allá de los dragones y los millones de dólares y las réplicas de naves y los cientos de caballos, el corazón de la serie está en el drama que se desprende de las interacciones entre sus personajes. En cuanto los dragones desaparecen del cielo y Jon y Daenerys se apean de sus corceles, lo que tenemos es casi una telenovela, y lo digo a manera de elogio. En el fondo, lo que vemos es el típico caso del hermano que vuelve con una pareja que no es del agrado de su familia: un drama eterno,  común a casi toda la especie humana.

En este caso, Sansa Stark, hermana de Jon Snow y actual Señora de Winterfell, no aprueba a Daenerys Targaryen. No la culpo: en lo que va de la serie, a Daenerys la hemos visto quemar gente viva, romper acuerdos y en general, ser una líder brutal a la que constantemente hay que disuadir de ser la peor versión de sí misma. Sansa no sabe esto de primera mano, pero la convivencia con pulidas muestras de la bajeza humana como Cersei Lannister o Ramsay Bolton —un sujeto tan solo ligeramente peor que Gordon Ramsey— la han preparado para identificar a un dictador autoritario a kilómetros. Es esa misma experiencia la que la faculta para reprender a Tyrion y a Jon Snow en público, y al segundo exclusivamente en privado, por creer en las promesas de la reina Cersei. “Solía creer que eras el hombre vivo más inteligente”, reconviene a Tyrion una Sansa a años luz de aquella niña mimada que soñaba con casarse con el psicópata Joffrey Baratheon. Bien lo dijo Allison Shoemaker de The A.V. Club: no tenemos nada seguro de la octava temporada de Game of Thrones salvo una cosa: Sansa Stark es un pinche tesoro.

Eso lo saben todos, hasta Arya Stark. Finalmente, Arya y Jon se reencontraron después de años sin verse, y en su intercambio quedó clara una cosa: aunque Arya se haya endurecido después de su paso por el culto del dios de las mil caras, su pertenencia y fidelidad al clan Stark no debe ser puesta en duda. “Sansa cree que es más inteligente que todos”, le dice un Jon Snow dolido por la actitud retadora de su hermana ante su regreso y alianza con Daenerys. “Sansa es la persona más inteligente que conozco”, le responde Arya, en quien Jon pensaba encontrar aún una aliada en sus discrepancias con la Señora de Winterfell.

Con todo, y pese a sus diferencias, el encuentro de Arya y Jon Snow fue profundamente emotivo, y quizá la reunión más esperada de la familia Stark, principalmente ahora que Bran Stark se encuentra como recién salido de un viaje de ayahuasca y no tiene tiempo para preocupaciones mundanas. Literalmente, pues: “No tenemos tiempo para esto”, le dice el ahora Cuervo de tres ojos a sus hermanos y a Daenerys cuando están haciéndose las presentaciones. Bran sabe que el Night King se acerca amenazadoramente, y que el destino de todo ser vivo en Westeros está en riesgo. Poco le importa eso a Daenerys y a Jon Snow, quienes en un desplante algo fuera de tono consumen varios minutos del capítulo en realizar un recorrido en lomo de dragón por el norte. La secuencia se siente —o al menos a mí me pareció así— como un poco demasiado cándida para el curso de los acontecimientos en el norte, donde el Night King continúa avanzando y ha comenzado ya a dejar señales. Su estela se siente en uno de los mejores momentos del capítulo: una potente secuencia de terror en la que Tormund, mi salvaje favorito, y Beric Dondarrion, el hombre de las siete vidas, recorren una fortaleza norteña, Last Hearth que parece desolada. En su centro encuentran a Edd, viejo compañero de la Night’s Watch, quien les revela que el Night King asesinó al joven Lord Ned Umber, señor de Last Hearth. No conforme con matarlo, el líder de los White Walkers acomodó extremidades humanas cercenadas alrededor del cuerpo clavado en un muro, graduándose de mortífero zombi helado a émulo de Hannibal Lecter. Los muertos se acercan, y no están perdiendo el tiempo dando paseos en dragones.

En King’s Landing, por su parte, Cersei Lannister tampoco está perdiendo el tiempo. Ante las palabras de Qyburn —“Su gracia, le tengo terribles noticias. Los muertos han destruido y pasado a través del muro”—, Cersei solo sonríe y musita “Bien” a manera de respuesta. En el mar de King’s Landing se asoma la flota de Euron Greyjoy, quien se ha declarado rey de las Iron Islands y ha sumado sus fuerzas a las de Cersei Lannister, motivado en parte por la idea de casarse y procrear un hijo con la reina de los Siete reinos. Su deseo llega a tal grado que, durante una audiencia, le reprocha a Cersei los múltiples regalos que le ha hecho —Ellaria Martell y sus tres hijas, sin ir más lejos, responsables de la muerte de Myrcella, la única hija de Cersei— y amenaza con llevarse sus barcos si no se le concede una “audiencia privada”. La reina —que parece profesar una extraña repulsión fascinada  por Euron— termina cediendo, y Euron obtiene finalmente una parte de sus deseos. La conversación poscoital, en la que Cersei bebe una copa de vino mientras lamenta no haber conseguido los elefantes de guerra que quería para combatir a Daenerys, nos muestra a Euron Greyjoy acariciando el vientre de la reina de Westeros para asegurarle que “pondrá un príncipe” ahí. La sonrisa de Cersei sugiere más cosas para los espectadores que para Euron: a finales de la última temporada, Cersei le aseguró a sus hermanos, Jaime y Tyrion, que estaba embarazada del primero. Su enigmático gesto nos hace pensar que quizá eso se tratara, tan solo, de otra mentira de la reina.

Lo que no es una mentira es el noble linaje de Jon Snow. Samwell Tarly —uno de los personajes más entrañables de la serie— se enteró del verdadero parentesco de Jon Snow: su madre fue Lyanna Stark y su padre era Rhaegar Targaryen, hermano mayor de Daenerys. Jon Snow es en realidad Aegon Targaryen, príncipe y legítimo heredero al Trono de hierro. Daenerys —su actual pareja romántica, reina y aliada militar— es también su tía directa por parte de su padre. Sam, que acaba de enterarse en una desafortunada conversación con Daenerys de que la reina ordenó a su dragón calcinar al hermano y al padre de Sam, revela la información sin demasiada pompa ni circunstancia, más como una pesada obligación de la que al fin se desprende, pero hace una pregunta fundamental, cuyas ramificaciones probablemente terminen por fragmentar, si no es que por destruir, el incipiente amor y la alianza entre Daenerys y Jon: “Tú entregaste tu corona para salvar a tu gente. ¿Ella hará lo mismo?”. En la pregunta se asoma un paralelismo: Daenerys y Cersei son, cada una a su muy diferente pero no menos brutal modo, una variante de la misma megalomanía autoritaria, del estado encarnado en una sola persona.

Fue esa misma megalomanía la que empujó a Jaime Lannister fuera de King’s Landing, trastornado por la mentira que Cersei le contó a Jon, Daenerys y Tyrion: que su ejército los apoyaría en la lucha contra los White Walkers. Cersei le reveló a Jaime que eso no sería así —ya se enterará Sansa en próximas emisiones y francamente no puedo esperar a ver el momento— y su hermano y amante, en una exhibición de honor, renunció a su lugar en King’s Landing para sumarse a la defensa de los vivos contra los muertos. Desde que arribó a Winterfell, Bran Stark ha mantenido guardia en la puerta de la fortaleza, anticipando la llegada del hombre que hace casi diez años lo arrojó desde lo alto de una torre y lo dejó paralizado de la cintura para abajo por el resto de su vida. El primer capítulo de la última temporada de Game of Thrones, justo como en el primer capítulo de la primera temporada de la serie, terminó con ambos personajes mirándose a los ojos de nuevo. Como la mayoría de los personajes del enorme reparto de Game of Thrones, ambos no podrían estar más lejos de la persona que fueron cuando sus caminos se cruzaron por primera vez. Habrá que esperar para conocer los nuevos senderos —de perdón o venganza, de rencor o de alianzas— que se desprendan de su reencuentro.

Posdata:

  • Qué maravilla ver a Sansa regañar a Tyrion, quien es su antiguo esposo, por cierto, en un matrimonio que no fue anulado para ningún efecto pero que quién sabe si vuelva a repercutir en la trama.
  • El arte homicida del Night’s King ya había aparecido antes en la serie: específicamente, en el primer episodio, solo que en aquel entonces nosotros éramos tiernos e ingenuos y no sabíamos exactamente qué significaba. Ahora lo sabemos.
  • No le creo un segundo a Bronn su compromiso por matar a Tyrion y/o a Jaime. Si Jaime sobrevive a Jon Snow, a Sansa y a Arya, no será para morir a manos de Bronn, quien pese a lo mucho que habla, se ha revelado como un tipo leal. Le pongo algunas canicas a que Bronn se sumará al ejército contra los muertos.
  • El arco de reivindicación de Theon Greyjoy ha sido una montaña rusa de emociones: de caernos mal a caernos bien a odiarlo a sentir lástima por él a de plano echarle porras activamente y perdonarlo, pocos personajes de Game of Thrones me han hecho sentir un rango tan amplio de emociones como el hijo del despreciable Balon Greyjoy.