Cartas desde el invierno: "The bells" (T8E5) | Letras Libres
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Cartas desde el invierno: "The bells" (T8E5)

Un capítulo antes de su final, Game of Thrones se negó a cumplir las expectativas, justo como solía hacer en sus primeras y mejores temporadas.

Por un momento, por un pequeño momento, pensé que el fuego no consumiría King’s Landing.

Fue solo durante un segundo o un par de segundos. Recordé que Game of Thrones se ha vuelto un tanto fácil en su última temporada, negándose a matar personajes que a menos que pase algo extraordinario serán ya irrelevantes para la serie en “The long night”, o regalándonos ese momento de mala escritura y condescendencia con el espectador que fue el enredo entre Brienne y Jaime en “The Last of the Starks”. Vino a mi memoria el vaso de Starbucks, la ineptitud de la edición de la batalla de Winterfell y el desastre en el que se ha convertido el gran Tyrion Lannister, un personaje que solía beber y saber cosas y que ahora a duras penas alcanza a beber y a equivocarse respecto a todo. Me imaginé que los guionistas habrían cedido a la presión de colocar a Daenerys en el trono –no los habría culpado, no cuando el asunto llega a tal grado que una candidata a presidenta del partido demócrata le escribe una elegía al personaje–, o peor aún, a Jon Snow, un pusilánime bueno para nada al que siempre tienen que salvar de última hora. Recordé todas esas cosas y pensé: bueno, así es la serie ya, qué vamos a hacerle.

Pero por una vez, la serie se negó a cumplir las expectativas, justo como solía hacer en sus primeras y mejores temporadas.

Todo comenzó cuando vimos a Varys firmar una carta que bien podría haber sido su propia sentencia de muerte o una nota de despedida. Varys –una de las mayores inteligencias políticas de Westeros que quedaban vivas, junto a Sansa Stark y Cersei Lannister– había juzgado ya que Daenerys Targaryen no merecía el Trono de Hierro, y se preparaba para contarle al mundo la verdad de la identidad de Jon “Aegon Targaryen” Snow. Sabíamos o intuíamos desde el episodio pasado que esto sucedería, así que no fue una sorpresa cuando Varys se acercó a Jon Snow a sugerirle que reclamara el mando de los siete reinos ante la mirada de Tyrion, quien decidió ir a hablar con Daenerys en ese mismo momento.

Daenerys, que ha vivido desgracia tras desgracia en esta temporada, se encontraba recluida en soledad, sopesando sus posibilidades y tomando una decisión que –Varys lo sabía, porque Varys siempre lo ha sabido todo– destruiría los cimientos de todas sus alianzas y que, invariablemente, costaría cientos de miles de vidas y hasta la condición misma de los Siete Reinos. ¿Qué iba a decirle Tyrion a Dany antes de que esta lo interrumpiera y emprendiera el camino de muerte y dolor que arrancaría con la vida de Varys y terminaría con King’s Landing reducida a cenizas? ¿Acaso pensaba sugerirle prudencia? ¿Acaso quería pedirle que estableciera una tregua? ¿O solo iba a confesar que sabía la verdad de Jon Snow y a sugerir que un reinado conjunto sería la mejor idea?

No podemos saberlo, porque Daenerys se adelantó –no sin antes postular a Jon Snow como traidor, gesto transparente como pocos– y dictó la condena contra Varys, no sin antes darle a Tyrion una buena pela por hacer algo en una situación que era de por sí insalvable. La muerte de Varys fue acorde con el personaje: murió haciendo lo que mejor hacía –intentar pavimentar el camino hacia una monarquía constitucional, y acaso, hacia una monarquía representativa– y lo hizo dignamente, con aplomo, sabedor de que era un jugador más del juego de tronos, y que ese juego solo admite dos resultados: la victoria o la muerte. Varys murió, pues, para que Jon Snow comenzara a albergar dudas –¿Hay personaje más pusilánime y pecho frío que Jon Snow? ¿Existe? ¿Es posible?–, y para que Daenerys y él pudieran tener esa conversación en la que él se rehúsa a continuar su romance por razones poco claras y poco contundentes que los guionistas, de nuevo, no han querido o podido o tenido tiempo de explicar, y para que Daenerys pudiera decidirse por el miedo y no por el amor, sentando las bases del arranque que acabaría con King’s Landing. Varys murió para que Tyrion finalmente se diera cuenta de que Varys tenía la razón –qué precio tan alto para que los demás reconozcan que estabas en lo correcto–: Daenerys Targaryen no es la persona que debe sentarse en el Trono de Hierro a regir los destinos de millones de personas. Varys también murió para que Daenerys pudiera darle un último estatequieto a Tyrion, un estatequieto que más bien terminará sellando el destino –y, uno intuye, el final– de su breve reinado. Me gusta pensar que Tyrion cobrará un poco de venganza por todos los malos tratos a los que lo ha sometido Daenerys, porque no nos engañemos: todos hemos tenido un jefe o jefa así, voluble, iracundo, capaz de fulminarnos nomás por tomar una decisión distinta de la que él o ella habrían tomado. La mayoría de los monarcas de Game of Thrones parecen perfectos para un remake de Horrible Bosses con dragones y armaduras.

Y el dragón voló, de nuevo, y demostró por qué era que había que tenerle miedo a los dragones, algo que la serie parecía haber olvidado. En el episodio anterior vimos a Rhaegal, uno de los dragones que le quedaban a Daenerys, morir a manos de Euron Greyjoy, quizá el peor personaje que haya pisado Westeros en las ocho temporadas de toda la maldita serie, y lo vimos morir como si se tratara de un mosquito particularmente molesto y no una mole reptilesca de toneladas de músculo y alas gigantescas y columnas de fuego que salen por su boca. Pese a que, en general, la dirección del capítulo pasado fue buena, lo que le dolió fue lo que le ha dolido a estas dos últimas temporadas: demasiadas cosas sucedieron demasiado rápido, sin calentamiento previo ni preparación, y en consecuencia, más de una cosa se sintió improvisada.

No obstante, las cosas que no se sintieron improvisadas fueron maravillosas. Justo así fue la despedida final de Tyrion y Jaime Lannister, dos hermanos a los que hemos visto perderse y encontrarse a lo largo de la serie. En una especie de reverso perfecto, Tyrion le dice adiós a Jaime mientras lo libera, un reflejo de lo que sucedió entre ambos hace años ya, cuando Jaime dejó que Tyrion huyera de la ira de Tywin y Cersei Lannister. “Fuiste el único que no me trató como a un monstruo”, se despidió Tyrion de Jaime, con una solidísima actuación del gran Peter Dinklage, quizás el mejor actor de todo el reparto, y si no soltaron la lágrima en ese momento que nos recompensó justamente por ocho años de espera, no sé entonces cuándo van a hacerlo. He ahí un momento limpio, probablemente pensado desde hace mucho tiempo, que no entra en la categoría de improvisaciones que la serie ha desplegado a últimas fechas.

El ataque de Daenerys a la flota Greyjoy tampoco entra en esa categoría, afortunadamente, porque  hace tiempo que sabemos que Dany es una insuperable jinete de dragones, capaz de una violencia enloquecida a la hora de atacar a sus enemigos, y porque sabíamos –aunque la misma serie nos lo emborronó con la muerte de Rhaegal– que unos pinchurrientos barquitos no son enemigo para un dragón, por muchos escorpiones que traigan. Daenerys destruyó finalmente a la flota del insoportable Euron –¿No les duele un poquito que no haya sido Yara Greyjoy la responsable de esa masacre? A mí sí– y se lanzó contra las fuerzas que resguardaban King’s Landing.

Y vamos a permitirnos un párrafo o dos para disfrutar del espectáculo cinematográfico que es Game of Thrones cuando es buena. Tramas aparte –y vaya que hay que hacerlas aparte esta temporada–, lo de ayer fue sencillamente apabullante. ¿No se retorcieron cuando Drogon comenzó a despedazar los insignificantes escorpiones montados sobre los muros de King’s Landing con una lluvia de fuego y furia? ¿No se les cayó la quijada al piso cuando el mismo Drogon despedazó la muralla que resguardaba la Golden Company, quizá el peor servicio de seguridad jamás contratado en Westeros? ¿No les temblaban las manos mientras Arya y The Hound recorrían Westeros como un par de baaad motherfuckers, cada uno inmerso en la negrura de su propia venganza? ¿O cuando las puertas se cerraron después de dejarlos pasar, solo para revelar que Jaime Lannister se había quedado atrás?

¿No les emocionó ni un poquito que Sapochnik, después de los penosos errores de dirección y edición de “The Long Night”, se repusiera y entregara un episodio con una geografía perfecta, con una logradísima alternancia entre tomas de establecimiento y el montaje de la batalla a ras de suelo? A mí sí: porque en esos momentos, Game of Thrones es más que la trama y más que los libros en los que está basada: son esos momentos los que confirman que la potencia de la serie también radica en poder filmar cosas que jamás se habían filmado en la televisión. Es posible que Netflix y los archivos digitales –que tienen la virtud y el defecto de poder verse en cualquier momento y en casi cualquier pantalla– nos hayan emborronado un poco los límites de cada disciplina, pero es importante recordar que, antes de Game of Thrones, la televisión nunca había filmado cosas de esta magnitud. Todas estaban reservadas al cine. Existieron otras series que pusieron las bases para Game of ThronesRome, Merlin, The Tudors–, pero nada de su calibre. Lo de ayer, muy independientemente de que nos haya gustado o no, nunca había sucedido en la televisión.

Es probable que tampoco hubiera existido antes una transformación de heroína a villana como la de Daenerys. Lo digo en el buen sentido y en el malo también. Porque a diferencia de los que creen que la locura de Daenerys fue “una traición al personaje”, yo creo que todos los elementos siempre estuvieron ahí. Ni siquiera lo creo solamente –qué importa lo que yo crea sobre cualquier cosa– sino que lo sé: en todas y cada una de las temporadas, Daenerys había ejecutado actos de brutalidad y autoritarismo. El personaje, se ha sabido desde siempre, oscila entre la oscuridad de su legado y la luz de un mejor camino. El error de la serie no fue entregar a Daenerys a la oscuridad –y si hay espectadores molestos porque Game of Thrones no les dio lo que querían, es probable que nunca antes hubieran visto una serie de HBO, especialista en frustraciones–, sino hacerlo precipitadamente. Ahora sabemos, por boca de los mismos Benioff y Weiss, que fueron ellos quienes pidieron menos capítulos de los que HBO estaba dispuesta a darles. Sabemos que fueron ellos los responsables de apretar todas estas acciones, todos estos desarrollos, en un número ridículo de episodios –de veinte a trece– que, como podemos constatar ahora, no alcanzaban para contar la historia satisfactoriamente, con el peso que debió haber tenido cada una de las acciones y cada paso del arco de los personajes.

Así, Daenerys es la última víctima de la imprudencia de los próximos creadores de una trilogía de Star Wars. Junto a ella podemos enlistar a varios más: Tyrion Lannister, Brienne de Tarth, Missandei de Naath, Jaime Lannister, todas damnificadas de las necesidades de la trama, que las dejó de lado y no les permitió concluir su arco de forma natural. Tyrion, sometido a un proceso de estupidización lamentable; Brienne, que cedió al amor para perderlo en un solo episodio; Missandei de Naath, convertida en botarga desde que llegó en Westeros y sacrificada en pos de la continuidad de la historia. Ah, pero hablábamos de Daenerys: Daenerys, que ya había dado muestras de autoritarismo y complejo mesiánico en múltiples ocasiones, pero que también había aprendido de sus errores, que había avanzado en su arco, escapando de su herencia familiar y su pasado –¿Qué es Game of Thrones, sino una gran parábola del daño que nos hacen nuestras propias familias, del daño que sufrimos en nuestro pasado, y la forma en que, querramos o no, ambas cosas nos definen?–, y que gracias a las prisas de los showrunners, a las malditas prisas, quién sabe si por irse a hacer Star Wars o Confederate o nomás de puro hartazgo, terminó con un arco a medias, insatisfactorio, un tanto indigno de la construcción que existía del personaje. Lo malo no es que Daenerys haya descendido a la locura; lo malo es que lo haya hecho con todos los traumas que la empujan sucediendo apretujados en un par de episodios. Lo bueno es que, si bien la temporada en su totalidad falló al establecer las condiciones de su despeñe en la loquera, el episodio lo presentó como una muestra elegantísima de tensión, con los gritos de los habitantes de King’s Landing clamando por sonar las campanas de la derrota, el rostro tenso de Cersei mientras esperaba la reacción, la mirada expectante de Dany –Emilia Clarke hizo todo lo que estuvo en sus manos para cubrir los agujeros argumentales con emoción actoral, y lo logró– y Tyrion, el repique agónico de las campanas y, finalmente, la explosión de rabia de Daenerys, una explosión que, estoy seguro, habríamos disfrutado mucho más si se hubiera desarrollado a lo largo de una temporada de diez capítulos.

No muchos personajes se han salvado de la prisa artificial que Benioff y Weiss terminaron autoinfligiéndose, pero Sandor Clegane milagrosamente, lo logró. Sandor por fin se enfrentó a su hermano, Gregore “The Mountain” Clegane, en un Cleganebowl que los fans llevábamos años esperando. Y este encuentro nos recompensó con creces, porque The Mountain ya estaba muerto, era otra cosa: un ser resucitado por magia oscura, una criatura no humana que apenas parece conservar trazas de su antigua existencia, pero su hermano sí que lo recuerda, sí recuerda cuando Gregore le sumergió la cabeza en carbón ardiente, sí recuerda que toda su vida fue atormentado por ese ser que ahora, muy adecuadamente, se ha transformado por completo en un monstruo. Su enfrentamiento fue de lo más satisfactorio, culminando con el acento un tanto obvio pero no por ello menos adecuado de Sandor Clegane arrojándose al fuego al que ha temido toda su existencia para acabar, por fin, con la ¿vida? de esa aberración a la que solía llamar “hermano”. Antes de partir, sin embargo, Sandor le dejó una última lección vital a otra de las pocas que se han salvado de la premura de los productores de Game of Thrones: Arya Stark. Sandor le enseñó a Arya que, a veces, la venganza puede dejarse de lado. No significa que no deba vengarse jamás –más adelante en el capítulo eso quedará clarísimo–, solamente que no debe dejarse consumir por su caústica influencia. Y Arya aprendió la lección que no sabíamos que le hacía falta: se retiró, sabedora de que su vida es en todo sentido más valiosa que la de Cersei, y se alejó de la venganza que terminaría matándola para pelear por su propia existencia.

Pocas cosas mejores que los segmentos de Arya en los últimos dos episodios de batalla de Game of Thrones. En “The Long Night” pudimos verla combatir a zombis en silencio, una secuencia tan despampanente que dan ganas de que le den su serie a ella, de no ser porque uno tiene miedo de que le termine pasando lo que al spin-off de Joey Tribiani de Friends. No sucederá, de cualquier forma, así que solo podemos fantasear a partir de las espléndidas secuencias de anoche, en las que Arya se escabulle mientras King’s Landing se desploma sobre su cabeza. Después de un montaje en el que la paliza entre The Hound y su hermano se intercala con la huida de Arya de la zona de desastre –uno de los momentos más finos de la serie en materia de edición, cómo de que no–, la cámara sigue a Arya a través de una serie de planos secuencia –con truquito, por supuesto, como bien nos enseñó Hitchcock en The Rope– que acentúan la quemante tensión que para entonces inundaba ya la pantalla.

Arriba, en el cielo, Daenerys estaba oculta sobre su dragón como una presencia maligna y lejana de la que solo podíamos percibir sus inmisericordes caprichos. Seguía destruyendo King’s Landing sin miramientos, vengando la muerte de su mejor amiga y su dragón. Abajo, Arya corría entre el polvo y los edificios que se derrumbaban, intentando inútilmente salvar a alguien en su escape, en su enésima negativa a la muerte. Arya sobrevivió, pese a todo, cubierta de polvo y sudor y sangre y mugre, y de pie entre la ceniza y el humo y los escombros y los muertos y los llantos, se encontró con un caballo blanco que milagrosamente o no había sobrevivido al desastre que Daenerys dejó caer sobre King’s Landing. Y Arya –nuestro literal héroe de las mil caras, nuestra encarnación última del dios de la muerte– se alejó cabalgando entre el derrumbe, enfilando hacia un único y último destino: la venganza.

Posdata:

  • Por vida del dios de la luz, ya maten a Jon Snow. Si no tuviera esa armadura argumental rodeándolo, ese tipo estaría muerto hace cuatro temporadas. Literalmente, pues, porque lo resucitaron, al muy imberbe.
  • Me cae mejor, pero basta: ¿por qué Ser Davos sigue vivo? Es para darnos gusto, ¿verdad? Muy mal. Nos caes mejor cuando eres ruda con nosotros, Game of Thrones.
  • La muerte de Jaime y Cersei Lannister: me gusta que él haya cedido a sus peores impulsos tanto como me gusta que Daenerys lo haya hecho: están ahí para recordarnos que los príncipes de Westeros son bien diferentes a los de Disney, y también me gusta haber visto a Cersei sufrir y verse vulnerable en sus últimos momentos –estamos hablando de la mujer que voló el Septon, ¿recuerdan?–, pero creo que el arco de Jaime terminó hecho pedazos tras haberlo involucrado con Brienne de forma tan decididamente torpe, y creo que Cersei ameritaba un último momento de maldad e ira antes de morir. Quedó la sensación de que no se defendió.
  • Pero, oigan, tuvimos la muerte de Qyburn. Tuvieron que haberse reído ahí, al menos.
  • Greyworm: ¿bien o mal? La comunidad científica se debate, pero yo, un aficionado de la ciencia, digo que bien. El tipo está entrenado como un asesino y le profesa una lealtad inquebrantable a Dany, después de todo.
  • Hace una semana, John Oliver dijo, refiriéndose al final de Game of Thrones: “En dos semanas, a esta cadena se la va a llevar la chingada”. Falta una semana, pues.