Big Little Lies: el peor momento de Meryl Streep | Letras Libres
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Big Little Lies: el peor momento de Meryl Streep

La segunda temporada de esta aclamada serie está plagada de problemas: el principal es el personaje interpretado por Meryl Streep, que con una exasperante colección de estudiados tics faciales termina por ahogar el espíritu de este.

¿Quién es un buen actor y por qué? La sola discusión del tema implica confrontar múltiples concepciones y puntos de vista respecto al oficio dramatúrgico. Nada genera enconos más intensos entre crítica y audiencia. ¿Cuáles son los elementos que deben ser considerados para calificar como sobresaliente a un histrión? ¿A qué se le debe dar mayor peso: al carisma engañosamente natural del protagonista o a la técnica aprendida en talleres y aulas? ¿Es válido basarse meramente en el aspecto de un actor para considerarlo apto para un rol? ¿Qué constituye una actuación perfecta? Y más aún: ¿qué tan deseable es aspirar a esa perfección? 

Con una carrera que se extiende a lo largo de cinco décadas, la septuagenaria Meryl Streep es el epítome de lo que muchos consideran la carrera ideal: ocho Globos de Oro, tres premios Oscar, un Emmy, el American Film Institute Life Achievement Award, la Medalla Nacional de las Artes, dos nominaciones a los Tony Awards, y, sobre todo, una obra que abarca cintas referenciales como El francotirador (1978), Manhattan (1979), La amante del teniente francés (1981), La decisión de Sophie (1982), Los puentes de Madison (1995) y El ladrón de orquídeas (2002), por nombrar algunas. La naturaleza camaleónica que asociamos con la excelencia histriónica a veces puede impedir que la audiencia registre a un actor y no lo favorezca con su reconocimiento, por lo que muchas estrellas suelen privilegiar la construcción de una identidad estereotipada para ganar el aplauso del público. Meryl Streep siempre ha nadado a contracorriente de esta tendencia. Si definimos una buena actuación como la capacidad técnica de un individuo para interpretar múltiples roles, Streep es todo un icono a seguir.

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Pese al encomio generalizado, la protagonista de Kramer vs. Kramer nunca ha estado exenta de detractores. La más intensa: Pauline Kael, la famosa crítica de The New Yorker fallecida el 3 de septiembre de 2001. Kael, quien concebía el cine como un arte de epifanías abiertamente orgásmicas (al punto de titular sus recopilaciones de ensayos con títulos de naturaleza abiertamente sexual: Kiss kiss bang bang, Deeper into movies, Reeling, I lost It at the movies), detestaba el hambre de perfección de Streep:

Algo sobre ella me desconcierta: solo puede actuar del cuello hacia arriba… es como si se tornara incorpórea. Esto explica la razón por la que sus heroínas no parecen ser personajes completos. El espectador no experimenta alegrías incidentales al verla. En su rigor por querer ser una actriz honesta, nunca permite que algo escape a la manera en que concibe su actuación. En lugar de liberarse frente a la cámara, predetermina lo que ésta filma. Todo el tiempo sientes que está actuando. No tiene vitalidad natural, es un replicante: todo es truco en ella.

La hostilidad era recíproca. En una entrevista con The Guardian en 2008, la actriz declaró que la beligerancia de Kael era producto del rencor social, pues “Pauline era una pobre niña judía que estudiaba en Berkeley con niños ricos, blancos y rubios de Pasadena, lo que debió haber secado su corazón”. 

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Imposible no recordar el conflicto Streep versus Kael tras ver la segunda temporada de Big Little Lies, la serie basada en la novela de Liane Moriarty y desarrollada para la televisión por David E. Kelley y el cineasta Jean-Marc Vallée. En primer lugar, como apuntó Janet Maslin (crítica veterana de The New York Times) en su cuenta de Twitter, no es improbable que Streep se inspirara en Kael para construir el papel de Mary Louise Wright, la madre de Perry (Alexander Skarsgard), el violento monstruo abusivo cuyo homicidio involuntario al final de la primera temporada activa el vínculo de sororidad entre las ahora llamadas Monterey Five: Madeline (Reese Whiterspoon), Bonnie (Zoë Kravitz), Celeste (Nicole Kidman), Jane (Shailene Woodley) y Renata (Laura Dern).

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Streep le guarda rencor a Kael, por lo que especular que su caracterización sea una venganza tardía dista de ser un disparate conspiratorio. Ahora bien, la carcajada final no necesariamente le pertenece a Streep: es probable que el peso mercadotécnico de su leyenda le baste para ganar otro Emmy, pero su participación en Big Little Lies también sintetiza todos los vicios de los que Kael solía acusarla hace ya varias décadas, cuando Meryl apenas era una promisoria actriz.

Epílogo innecesario

Calificar a un producto cultural como “innecesario” resulta complicado. ¿Cuáles son, a final de cuentas, los parámetros que diferencian lo superfluo de lo pertinente?  Como apuntamos aquí, vista de manera obtusa, la primera temporada de Big little lies podría confundirse con una serie producida para la misma audiencia que disfruta el canal ¡Hola! o programas al estilo Fantasy Homes by the Sea: una pieza diseñada para generar el goce vicario del espectador interesado en lujos, chismes y casas espectaculares. El prejuicio era injusto: tras el barniz de ópera bufa, el programa abordó con inteligencia temas como el abuso doméstico, la crisis de la mediana edad y los absurdos de la sobreprotección paternal, todo bajo una estructura narrativa fragmentada donde convergían flashbacks, pasajes oníricos y motifs visuales cuyo pleno significado se revelaba con contundencia y acidez en los episodios finales. Las críticas fueron positivas; el rating, espectacular. La presión por grabar una segunda temporada aumentó exponencialmente. Vallée se apresuró a señalar que Big little lies había sido concebida como una miniserie y que producir una secuela sería una aberración.

La convicción duró poco: semanas más tarde, Vallée aceptó regresar, aunque sólo en calidad de productor, pues la agenda de filmación de Sharp objects (serie que realizó también para HBO) le impedía estar presente para comandar el set. HBO contrató a Andrea Arnold, la realizadora de las celebradas Fish tank y American honey, como directora emergente. Las obsesiones centrales de Arnold (retratos comunitarios, conflictos entre padres e hijos) parecían estar alineadas conceptualmente con la serie, por lo que su entrada fue percibida como una decisión íntegra y audaz por parte de Kelley y Vallée. Con el fichaje de Arnold y la incorporación de Streep al elenco, las expectativas aumentaron considerablemente.

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Lamentablemente, los problemas de la segunda temporada de Big little lies eran evidentes desde el primer episodio: una vez agotado el material de origen –la novela de Moriarty–, los escritores optaron por construir una estructura binaria que redujo la complejidad de matices de la primera temporada a una batalla entre las Monterey Five y Mary Louise, quien busca asumir la patria potestad de los hijos de Celeste, a quien responsabiliza indirectamente del comportamiento violento de Perry. Con la excepción de la bancarrota de Renata (interpretada con gozosa lucidez autoparódica por Dern), las tramas paralelas van de lo débil (el matrimonio de Madeline) a lo absurdo (los poderes mágico-telepáticos de Bonnie y su madre). La estructura fragmentada –tan efectiva en la primera temporada– ahora es un corsé que neutraliza el estilo contemplativo de Arnold con un merengue de cortes a personas ahogándose en el mar y olas que se estrellan en las rocas.

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El problema principal, sin embargo, es el personaje de Streep. Cuando no está demasiado ocupada en arrebatar hijos ajenos, Mary Louise gusta de torturar psicológicamente a Jane (madre de Ziggy, producto de la violación de Perry) y burlarse de todo aquel que se cruce en su camino. La villanía de Mary Louise es ridícula. Una actriz menos consciente de sí misma la habría interpretado de manera explosiva y desaforada (Helen Mirren se habría entretenido horrores con el papel); Streep, en cambio, despliega una exasperante colección de estudiadísimos tics faciales que terminan por ahogar el espíritu camp del personaje. El punto más bajo es el juicio final, cuando Celeste exhibe los pecados pasados de Mary Louise, los cuales incluyen maltrato y negligencia. Los ojos de Streep bailan nerviosos y disparatados, pero el resto de su cuerpo permanece inmutable, como si fuera una de esas botargas robóticas que aún pueden verse en algunas atracciones de Disneylandia. Es una pena que Kael ya no se encuentre entre nosotros. La reivindicación le habría divertido. Ojalá haya HBO en el infierno.

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En lo referente a la serie, casi no hay nada más que agregar. En uno de los pocos pasajes salvables de esta segunda temporada, Celeste le confiesa a Madeline que la verdadera mentira es la amistad que une a las Monterey Five. No es cierto: como han señalado diversos críticos en días recientes, la verdadera mentira es que nos hayan convencido de que el mundo requería otra temporada de Big Little Lies. No les volvamos a creer. Por favor.