Annecy 2020: Recuerdos animados postsoviéticos | Letras Libres
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Foto: Escena de My favorite war.

Annecy 2020: Recuerdos animados postsoviéticos

Este año el festival de Annecy, el más importante para el cine de animación, puso al cine por delante y exhibió en modalidad virtual una riquísima variedad de propuestas de todo el mundo.

Los cines estarán cerrados en la mayor parte del planeta, pero los festivales fílmicos se han negado a rendirse. Algunos, los más modestos y, al mismo tiempo, más generosos, como el de Brooklyn, decidieron organizar todo en línea –funciones, entrevistas, encuentros– para que la competencia pudiera ser vista por cualquier cinéfilo de cualquier parte del mundo. Otros festivales –Guadalajara, Munich, Locarno y varios más– decidieron cancelar la emisión de este año –aunque, de último minuto, Locarno ha anunciado un minifestival en línea en agosto. Otros más juran y perjuran que abrirán este 2020 pase lo que pase; es el caso de San Sebastián y Venecia. Y el más importante de todos, el de Cannes, lanzó un festival que no es festival, con una selección más bien modesta que no será premiada por nadie pero que llevará “su sello”, quién sabe para qué. O sea, para los organizadores de Cannes, el festival no se trata sobre el cine mismo sino, sobre el propio festival –y acaso tienen razón.

El festival de Annecy, el más importante del planeta de los dedicados exclusivamente al cine de animación, encontró una propuesta intermedia. El 15 de junio se abrió la emisión número 21 del festival con la competencia en las categorías de siempre –largometraje, cortometraje, televisión, cine estudiantil, cine en VR– y el 20 de junio se anunciaron y repartieron los respectivos premios. Sin embargo, el festival continuó hasta el día 30 de junio para la prensa acreditada, que pudo ver toda la competencia disponible en streaming desde el sitio web del propio festival, y para los miembros de la industria de animación que, desde sus respectivos países, estuvieron conectados, organizaron reuniones, cerraron tratos y, por supuesto, compraron y vendieron películas y series televisivas, pues el negocio, con pandemia o sin pandemia, no puede cerrar.

Annecy le dio preferencia, pues, al cine –que la crítica vea las películas, escriba de ellas y cree cierto grado de anticipación en el público que gusta del cine de animación– sin descuidar, por supuesto, el negocio –pues en esta época de confinamiento global, se necesitan más que nunca productos narrativos animados que puedan ser consumidos desde la casa. No sé cómo haya funcionado este experimento fílmico-industrial, pero en lo que respecta al cine, Annecy cumplió con creces su función: la emisión número 21 del festival presentó, como de costumbre, una riquísima variedad, en la forma y en el fondo, del cine animado que se hace en todo el mundo.

En el terreno del largometraje, tanto en la Sección Oficial como en la sección Contracampo, este año brilló intensamente el cine de Europa del Este, con varias películas centradas en la exploración memoriosa de los propios cineastas nacidos en los países comunistas durante el dominio soviético.

Este es el caso de Kill it and leave this town (Polonia, 2019), impresionante ópera prima de Mariusz Wilczynski, realizada a través de una mezcla de dibujo en papel y animación digital. Estamos ante una surreal meditación autobiográfica en la que el propio cineasta explora sus recuerdos infantiles en una Polonia industrialmente grisácea habitada por fantasmas vivientes que están imposibilitados de conectarse entre sí. Algunos pasajes parecen provenir de la imaginación de Monty Python –solo que en una vertiente mucho más oscura– y uno de sus mejores momentos es la interminable jeremiada de un anciano veterano de la Segunda Guerra Mundial, que cuenta sus experiencias en las cloacas de Varsovia, cual si estuviera recordando algún episodio de la obra maestra Kanal (1957), de Andrez Wajda (eso es, de hecho, lo que está pasando, pues la voz del anciano es la del mismísimo Wajda, fallecido en 2016). La película ganó una mención del Jurado Oficial.

Un escalón más arriba en cuanto a reconocimientos se refiere –obtuvo el Premio del Jurado Oficial– se colocó la delirante The nose or the conspiracy of mavericks (Rusia, 2020), del veteranísimo Andrey Khrzhanovskiy –director de una decena de cortometrajes animados desde los años 60 y realizador de Room and a Half (2009), multipremiada biopic animada de Josif Brodsky– quien, a través de una mixtura de técnicas –dibujo, animación digital y cutouts- nos entrega una audaz adaptación de “La nariz” (1836), el célebre cuento protosurrealista de Nicolai Gogol que mereció, además, una adaptación operística escrita en 1928 por Dmitri Shostakovich. The nose… se mueve hábilmente entre la absurda historia original de Gogol, el montaje de la primera ópera escrita por Shostakovich y la crónica de las presiones que el propio compositor y otros creadores de su generación –como Mijaíl Bulgákov, favorito del régimen– sufrieron bajo los caprichos de Stalin y de su círculo más cercano.

La opresión estalinista es, también, uno de los temas de My favorite war (Letonia-Noruega, 2020), nombrada con toda justicia como la mejor película de la sección Contracampo, el mejor filme animado que vi en este festival y, sin duda, una de las mejores cintas que he visto en este 2020 de nuestro descontento. El filme, cuya animación fue realizada a través de anacrónicos pero encantadores cutouts, está centrada en los recuerdos de la propia directora, Ilze Burkovska-Jacobsen, quien ya había tocado más o menos el mismo tema, pero en el terreno del documental y en forma de mediometraje en My mother’s farm (2008).

La historia personal de la directora –su amado papá era un comunista convencido y eficaz miembro del partido; su correosa madre era una burócrata precavida que se negó siempre a ser miembro del aparato; su admirado abuelo materno fue un pintor y granjero “burgués” que murió en el camino a un campo de reeducación en Siberia– se entrelaza con la propia historia de Letonia, cómo fue peleada en su momento por nazis y comunistas, cómo terminó siendo parte de la Unión Soviética y cómo se vivía, entre el secretismo y la paranoia, en un pequeño país olvidado (de verdad, ¿cuántas veces ha escuchado usted hablar de Letonia?) cuya identidad había sido aplastada por el estalinismo.

Burkovska-Jacobsen ha realizado una compleja y empática exploración memoriosa en la que lo mismo subraya el ¿idealizado? recuerdo de su optimista papá convencido del comunismo que la serena lucha de su propia madre para conservar a flote a la familia después de la repentina muerte del marido, sin olvidar al auténtico héroe de la cinta, ese admirado abuelo granjero que no podía dejar de ver la belleza frente a él –por eso sus idílicos cuadros figurativos prohibidos por ser burgueses–, reivindicado hacia el desenlace, cuando vemos que toda su familia ha montado una exposición de toda su obra en esa misma Letonia que lo envió alguna vez desterrado a Siberia. La libertad, al final de cuentas, se abre paso, aunque tarde en hacerlo.