2019: El año de la lucha de clases | Letras Libres
artículo no publicado

2019: El año de la lucha de clases

Desde Mirreyes vs. Godínez hasta Parásitos, un fantasma recorrió el cine en México y en otras partes del mundo a lo largo del año pasado.

Un fantasma recorrió el cine en México y en otras partes del mundo en 2019: el fantasma de la lucha de clases. Sea en forma de inocua comedia de enredos (Mirreyes vs. Godínez, #LadyRancho), de provocadora cinta de horror (Nosotros), de entretenida alegoría política (Entre navajas y secretos), de dinámica cinta gore (Boda sangrienta), de aguda metáfora socioeconómica (Parásitos) o de capciosa observación comunitaria (Mano de obra), pareciera que algo del zeitgeist cinematográfico se movió el año pasado, en coordenadas que respondieron a una genuina preocupación sobre el tipo de sociedades que hemos creado y sostenido en los últimos años.

En el 2019 vimos en el cine nacional menos demandante –pero también en el más exitoso económicamente, habrá que decirlo– algunas películas que mostraron, por ejemplo, la innegable lucha de clases como una suerte de pueril torneo de tonterías entre dos grupos de oficinistas que luchan por el control de una empresa. Mirreyes vs. Godínez (México, 2019), séptimo largometraje de Chava Cartas, presenta que las enormes diferencias de clase entre los devotos y chambeadores “godínez” y los más bien inútiles hijitos-de-papá “mirreyes” no son, después de todo, tan irreconciliables. Basta que el emprendedor oficinista clasemediero y la noble heredera socialité se enamoren al borde de una piscina –con Ana Gabriel de fondo musical, en la única escena inspirada de toda la película– para que la reconciliación sea posible y todas las diferencias –sociales, económicas, culturales– se borren por completo. Ana Gabriel –igual podría haber sido el Buki, JuanGa o José José– como el noble común denominador de todo mexicano que se precie de serlo, tenga dinero o no. El discurso de la cinta, por más elemental que sea, llevó a cuatro millones y medio de mexicanos a comprar un boleto.

Una cantidad no tan alta, pero tampoco nada despreciable (más de un millón de personas), pagó la entrada para ver #LadyRancho (México, 2019), dirigida por el veterano Rafael Montero (El costo de la vida, 1989; Hoy no circula, 1993). En esta comedia la diferencia de clases y, más aún, de perspectiva de vida, se resolverá cuando la insoportable hija única y mirreina Camila Pérez-Mayer (Danae Reynaud, sensacional), después de provocar un escándalo oportunamente grabado y subido a las redes sociales, sea abandonada por sus padres en el rancho familiar, con el fin de que aprenda a vivir sin lujos y a ganarse la comida diaria con el sudor de su blanquísima frente. Por supuesto, bajo el ejemplo de los nobles y sabios trabajadores campiranos, correosos y morenos, ya sabemos que la frívola señorita Pérez-Mayer no tiene otro destino que el de ser reeducada.

En el otro extremo, no hay posibilidad de reconciliación ni redención en Mano de obra (2019), de David Zonana. Los mecanismos de explotación que sufre el protagonista, el callado albañil Francisco (Luis Alberti), son los mismos que se extenderán como enfermedad contagiosa cuando él tenga el poder, al dirigir la invasión de una casa abandonada. La invasión por parte de los otros –de los diferentes, de los extraños, de los que hasta huelen distinto– está presente, también, tanto en la mejor película del año, Parásitos (Gisaengchung, Corea del Sur, 2019), dirigida por el consolidado maestro sudcoreano Joon-ho Bong (El huésped, 2006), como en la ingeniosa cinta hollywoodense Nosotros (E.U., 2019), del ascendente Jordan Peele (¡Huye!, 2017).

Hay vasos comunicantes entre ambas cintas: en las dos, las clases desplazadas surgen desde el sótano –literal o metafóricamente– para demandar un lugar arriba, donde hay sol, donde hay espacio, donde hay, se supone, armonía y felicidad. En los dos casos la amenaza de los “que huelen raro” es real y violenta, por más que en Parásitos todo inicie como un timo aparentemente inofensivo, organizado por una familia nuclear muy unida (los Kim) que solo desea tener algo de lo que tiene otra familia nuclear también muy unida, pero con mucho dinero (los Park). En los dos casos la sátira social más escéptica se impone sobre los resortes genéricos –del cine de horror en Nosotros, del thriller en Parásitos–, por lo que los desenlaces dejan a los caracteres sin salida alguna, atrapados en su pesadilla o, ¿peor aún?, sin poder renunciar a un sueño a todas luces imposible.

Por su parte, las protagonistas femeninas de Entre navajas y secretos (E.U., 2019), de Rian Johnson, y Boda sangrienta (E.U., 2019), dirigida a cuatro manos por Matt Bettinelli-Opin y Tyler Gerrit, tienen otra suerte muy distinta. En este último filme, una violenta pieza de desatado horror-gore, una alegre y optimista huérfana (Samara Weaving, todo un descubrimiento) que está a punto de casarse con uno de los jóvenes herederos de una enorme fortuna, descubre que se ha convertido en una codiciada y necesaria pieza de caza de toda su familia política. ¡Maten a la pobretona que, además, es una intrusa! La metáfora podrá ser muy obvia –la riqueza de la familia descansa en la sangre de los más desechables–, pero es muy entretenida.

Eso mismo podría decirse, finalmente, de Entre navajas y secretos, una ingeniosa whodunnit aparentemente muy convencional –hay un asesinato entre millonarios, todos son sospechosos y hay un excéntrico detective tratando de atrapar al asesino– que, hacia el desenlace, se transforma en una capciosa alegoría del comportamiento rapaz de las elites estadounidenses –sean fervorosamente trumpistas o hipócritamente liberales– frente a la inocencia y nobleza de una trabajadora migrante, Marta Cabrera (Ana de Armas), quien termina ganando la partida, viendo a sus antiguos patrones/pirañas desde la altura de una auténtica superioridad moral. Ojalá todos los desposeídos, todos los migrantes, todos los desechados y los desechables, tuvieran la oportunidad de Marta. Solo en el cine.