¿Y a qué sonaría Marte? | Letras Libres
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¿Y a qué sonaría Marte?

Como cada mes, un ensayo publicado en Future Tense Fiction analiza los temas planteados por un cuento. La astrónoma Lucianne Walkowicz comenta una historia de ciencia ficción que imagina un Marte habitado y pleno en músicas inaudibles.

Este ensayo forma parte de Future Tense Fiction, un conjunto de cuentos publicados por Future Tense y el Center for Science and the Imagination de Arizona State University sobre cómo la tecnología y la ciencia cambiarán nuestras vidas. Cada mes, Future Tense Fiction publica un cuento y un ensayo en el que se analizan los temas de ese cuento.

Este mes, la astrónoma Lucianne Walkowicz comenta “The Song Between Worlds”, la historia de Indrapramit Das. Lee la historia de ficción original en inglés aquí.

 

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En mayo de 2012, me aventuré por un terreno tan extraterrestre como el desierto de Marte: los escarpados acantilados anaranjados y los dorados pináculos rocosos del cañón Bryce, en Utah. Fui para ver el “anillo de fuego”, el eclipse solar parcial en el que la Luna se alinearía por unos momentos con el Sol, bloqueando nuestra estrella y dejando solo un anillo de luz a la vista.

A pesar de que el eclipse fue cautivador (no estuvo ni cerca de la experiencia casi religiosa de ver el eclipse solar total de 2017, pero fue maravilloso de todas maneras), lo que más recuerdo de ese viaje fue la noche que acampamos en una zona rural aislada; más específicamente, el sonido del viento.

Rodeados por un bosque de pinos altos, en lo profundo del cañón, montamos el campamento, cenamos y nos pusimos cómodos para disfrutar la paz de estar en la naturaleza. Pero la naturaleza puede ser muy ruidosa. Cuando nos fuimos a dormir, el viento soplaba entre los árboles, como una catarata de suspiros. Desde luego, el sonido del viento puede ser relajante, pero yo estaba muy nerviosa. No obstante lo improbable que sería encontrarse con un oso en el cañón Bryce, yo había leído hacía poco algo sobre un conciudadano desprevenido que había sido mordido a través de la tela de su tienda de campaña y estaba segura de que el destino me guardaba algo similar.

De repente, en la madrugada, el sonido de algo que olfateaba con insistencia me despertó. Estaba convencida de que afuera de la tienda había un oso que inhalaba muy rápido a través de un hocico, sin duda, lo suficientemente grande como para tragarse mi cabeza. No estoy segura de cuánto tiempo estuve allí esperando mi destino final en manos de un oso, pero pareció una eternidad. Finalmente, me di cuenta: era el viento agitando una parte de la tienda de campaña.

El pronóstico era lluvioso y colocamos un toldo, y al frotarse tela con tela imitaba a la perfección (a los oídos de esta neoyorquina) el sonido de un oso merodeando afuera de la carpa, tal como en las caricaturas.

El sonido es un fenómeno físico relativamente simple, pero la manera en que nuestras mentes lo procesan puede ser compleja. Es una onda, pero no la misma clase de onda que uno podría ver en el mar, donde el medio (en el caso del mar, el agua) viaja hacia nosotros o se aleja de nosotros. Si las ondas sonoras fueran como las del mar, no seríamos capaces de hablar unos con otros sin soplar una brisa constante hacia el oyente y esto no es —en términos generales— lo que sucede. Por el contrario, las ondas sonoras generan provocan choques entre las moléculas del aire y la fuente del sonido para desplazarse por el espacio. Si yo hablo con otra persona, mis palabras hacen vibrar el aire entre nosotros hasta que el mismo aire vibra en sus oídos. Esas vibraciones agitan las delicadas estructuras de los oídos y, en quienes pueden oír, llevan esas señales hasta el cerebro, que decodifica la vibración y les da un sentido… O convierte todo en un sinsentido: la manera en la que interpretamos el sonido es muy distinta al sonido mismo. No sabría decir qué tan parecidos son el sonido de la tela de la tienda de campaña y el de un oso imaginario, pero lo que sí sé es que no solo provocó vibraciones en mis oídos, sino que fue una rápida inyección de adrenalina en mi sangre.

El entorno físico influye muchísimo en la manera en que percibimos el sonido: la densidad y la temperatura del medio por el que se desplaza (por ejemplo, el aire). Si, por ejemplo, nos trasladáramos a Marte, la atmósfera delgada y fría apenas podría transmitir el sonido de nuestras palabras. Por supuesto, el problema mayor es que no podemos respirar en la atmósfera marciana, ya que apenas si se parece a la atmósfera de la Tierra y está compuesta casi por completo de dióxido de carbono, en lugar del oxígeno que necesitamos para respirar.

En términos prácticos, para que los humanos escuchemos sonidos en Marte, deberíamos recurrir a la tecnología. En el exterior, las voces podrían oírse a través del sistema de comunicaciones de un traje espacial, y los sonidos del ambiente, como el viento, el polvo o incluso el zumbido metálico de un rover de Marte, serían recibidos desde el exterior a través de un micrófono. La experiencia de oír y sentir el viento sin mediación, como en la Tierra, sería imposible. Estar expuesto a los elementos en Marte no solo supondría una amenaza existencial, sino un profundo silencio en el delgado e inhóspito aire.

En “The Song Between Worlds”, de Indrapramit Das, es exactamente esa diferencia entre el contexto del sonido en la Tierra y del sonido en Marte lo que Varuna encuentra tan atractivo. La ushengaan, la canción marciana indígena que resulta imposible de oír, existe debido a condiciones específicas de la atmósfera marciana: un cantante de la ushengaan puede oír la canción dentro de su propio casco con aire y presurizado, pero intentar cantarla fuera de la seguridad de su traje protector supondría una muerte segura y, de todas maneras, la canción tampoco podría llegar muy lejos en la atmósfera marciana. La ushengaan es valiosa precisamente por su inaccesibilidad física, al igual que el viaje de turismo que hace la familia de Varuna, que tiene un valor económico y experiencial debido a que es inaccesible para otros. En la ushengaan, los pastores marcianos han creado algo con un valor percibido que excede el valor que tiene para ellos: un valor creado a través del contexto de su canción, de lo inalcanzable que resulta, de su privacidad inherente.

Das no revela lo que significa la ushengaan para los propios marcianos, solo para una marciana en particular, Nayima. La falsa ushengaan de Nayima representa una expresión personal e individual a través de su interacción con Varuna. Para los padres de Varuna, y es posible que para los otros turistas que consumen las distintas variantes de este arte marciano indígena, la experiencia de estar entre los pastores marcianos (y cerca de su arte) es una forma de capital difícil de alcanzar, la clase de riqueza relacionada con la experiencia que solo aquellos realmente ricos pueden obtener con facilidad. El Marte de “The Song Between Worlds” es un Marte delimitado por las relaciones transaccionales de capital, un mundo donde la única experiencia imaginable es la transferencia de un producto (en este caso, una canción) de su fuente a su nuevo tutor. Independientemente de si Varuna se piensa como una persona especuladora, que asciende en los rankings de VJ por haber capturado la ushengaan, o como un curador, que protege una obra, es inextricablemente parte de una transacción cuya “autenticidad” está mediada por el turismo capitalista.

Hasta la fecha, solo nuestra nave espacial ha experimentado los sonidos de Marte. En 2015, la NASA convirtió vibraciones del acelerómetro del rover de Marte en sonido. Las vibraciones del rover habrían tenido un tono demasiado bajo para el rango de la audición humana, por lo que el equipo subió el tono para crear una sinfonía misteriosa e inquietante de zumbidos y rugidos que representan la travesía del rover Opportunity a través del terreno marciano. Justo esta semana, la sonda InSight de la NASA reveló sonidos del primer “martemoto” registrado por la Tierra, un pequeño temblor en el interior del planeta rojo, que —una vez más— pudo ser escuchado cambiando las vibraciones por otras dentro del rango de la audición humana. Sin embargo, antes Insight ya había registrado lo que se promocionó como los “primeros” sonidos de Marte. El audio provenía de las vibraciones provocadas por los vientos que soplaban en los paneles solares de la nave espacial, que fueron capturados por los sensibles instrumentos sísmicos de Insight. Se supone que esas grabaciones son los primeros sonidos de Marte, porque son las primeras vibraciones registradas que coinciden de manera natural con el posible rango de la audición humana; pero, ¿es eso lo que los hace auténticos? Tanto los sonidos de los paneles solares de Insight como los rugidos de las ruedas de Opportunity provinieron de una experiencia aportada por los cuerpos de esas máquinas espaciales y no por los nuestros. Si hubiéramos podido estar cerca y escuchar a Opportunity durante su travesía, quizás podríamos haber oído algo diferente, tal vez los débiles crujidos de los neumáticos al pisar el regolito rojo oscuro o el sonido de la arenilla que pega contra el protector facial de nuestro casco. Mientras nuestra nave espacial tiembla en las llanuras marcianas, nosotros, los humanos, solo podemos acercarnos a su experiencia, limitados por la fragilidad de nuestros cuerpos.

En el Marte de Das, así como en el Marte que conocemos aquí en el mundo real, la hostilidad del ambiente revela las relaciones entre terrícolas y marcianos, entre humanos y máquinas. La canción de Nayima —una verdadera ushengaan o no— nos invita a considerar nuestra propia relación con la tecnología, nuestros cuerpos y la experiencia. Después de todo, mucho de lo que consideramos un sonido “natural” en la Tierra nos llega a través de la tecnología, ya sea una llamada por celular o una transmisión de música a través de Internet. Al mismo tiempo, los requerimientos físicos para los astronautas impiden que personas sordas o hipoacúsicas (que, de otro modo, estarían calificadas) puedan ser candidatas para viajes espaciales, a pesar de que las personas con discapacidades tienen mucha más práctica para hacerse camino en ambientes que suponen un reto, incluso a través de intervenciones tecnológicas, y, por lo tanto, quizás estarían más preparados para el espacio que las personas sin discapacidades. En lugar de pensar el ambiente marciano como algo que podría limitar nuestra experiencia humana, tal vez podríamos aceptar la invitación de Das a considerar nuestras relaciones con los otros y a adoptar una definición más amplia de experiencia humana aquí en la Tierra.

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