¿Qué se puede esperar de la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio? | Letras Libres
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¿Qué se puede esperar de la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio?

La agencia espacial que reúne a varios países de América Latina puede impulsar el desarrollo tecnológico de la región y permitirle poner un pie en la luna. Pero antes de despegar, deberá superar ciertas limitaciones en la tierra.

Este 2021 se cumplen 60 años de la primera exploración humana en el espacio, cuando el cosmonauta Yuri Gagarin orbitó la Tierra por aproximadamente 48 minutos a bordo de la nave espacial Vostok 1. Desde entonces, los viajes al espacio se han convertido en parte de la realidad diaria de la humanidad. Pero esa realidad no es la misma para todos; está dominada por Estados Unidos, Rusia, China y Japón. Por décadas, los países latinoamericanos han luchado por tener su propia rebanada del pastel espacial. Su último intento es la creación de la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio (ALCE).

En octubre de 2020, México y Argentina acordaron liderar la creación de la ALCE, una agencia espacial regional que buscará unir recursos presupuestarios, humanos y tecnológicos. Bolivia, Ecuador, El Salvador y Paraguay también estarían involucrados. Colombia y Perú no participarán activamente por el momento, pero serán parte del grupo como observadores. La iniciativa, nacida de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), fue propuesta por primera vez en 2006 en la Cumbre Espacial de las Ámericas, pero inició hasta ahora, y espera tener su primer satélite en órbita para finales de 2021, o a más tardar para 2022.

Enviar satélites al espacio parecería parecer un objetivo menor cuando se le compara con el transporte de astronautas del SpaceX, la misión Perseverance a Marte de la NASA o la misión Chang’e-5 a la luna de China. Sin embargo, los satélites son clave para muchos bienes tecnológicos en el siglo XXI, tales como las telecomunicaciones, el monitoreo del medio ambiente y el clima, los sistemas de navegación GPS, sin mencionar todos los desarrollos científicos que han surgido de la investigación espacial. En 2019, los ingresos totales de la industria global de satélites fueron de 271 mil millones de dólares, representando hasta el 74% de la economía espacial. Esta cifra incluye no solamente servicios satelitales sino también la producción satelital, la industria de lanzamientos y la producción de equipo terrestre. Mientras tanto, la Union of Concerned Scientists (UCS, por sus siglas en inglés) reportó en enero que, de 3,371 satélites que orbitaban la Tierra, sólo 51 eran propiedad de algún país latinoamericano –todos de México, Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia o Chile– y casi todos tenían el propósito principal de dar servicios de comunicación u observación terrestre. Sin embargo, Colombia, Brasil, Venezuela y Ecuador están más cerca del ecuador –un punto estratégico para el lanzamiento de satélites– que la costa espacial de Estados Unidos, de donde algunas de las empresas de naves espaciales más grandes han lanzado sus satélites y naves.

Latinoamérica no es ajena al espacio. Argentina, Perú, Brasil, México, Uruguay y Bolivia tienen sus propias agencias espaciales, y Argentina y Brasil incluso han construido sitios de lanzamiento. Pero hasta finales del siglo pasado, los únicos proyectos exitosos de América Latina fueron aquellos conducidos por la Unión Soviética y Estados Unidos. Hasta hoy, otros países todavía dependen del conocimiento técnico y del equipo de Estados Unidos, Rusia y Europa. Por ejemplo, cuando México necesitó coordinar las operaciones de respuesta frente al paso del Huracán Eta por el sur del país, en noviembre de 2020, tuvo que comprar imágenes a la Agencia Espacial Europea.

Tomando esto en cuenta, la creación de la ALCE significa la oportunidad de una independencia tecnológica para la región, así como de desarrollar industrias enfocadas en tecnología que podrían transformar economías nacionales. Algunos de los objetivos a largo plazo de la agencia incluyen el lanzamiento de satélites para imágenes satelitales, aumentar la inversión en la investigación espacial, y la creación de proyectos para impulsar el internet satelital. Sin embargo, también están apuntando a una meta más ambiciosa: participar en misiones de gran importancia, como el regreso de las personas a la luna en 2024 y las misiones a Marte. Aunque estos objetivos ambiciosos son emocionantes, antes de que la región se pueda convertir en un jugador importante en estas áreas, es necesario que pasen muchas cosas.

Ninguno de los países que participan podría competir individualmente en la carrera espacial global, que se ha vuelto cada vez más costosa, en especial con la participación de inversionistas privados. Tal como el secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard, ha señalado, la mayoría de las naciones latinoamericanas necesitará invertir significativamente en ciencia y tecnología en la Tierra para ser competitivos en el espacio. Para Ebrard, si los países latinoamericanos se quedan atrás y no se involucran en la carrera espacial, “muy probablemente vamos a tener cada vez más desventajas en materia científica y tecnológica, que se traduce en debilidad y se traduce en incapacidad para resolver los problemas que tenemos en materia de bienestar social y otros temas”. Aún así, hay muchos pasos entre este punto de inicio y el poder competir y colaborar equitativamente con los principales jugadores.

Antes que nada, está el dinero. Si todos los países de la ALCE decidieran juntar todos sus presupuestos para la investigación espacial en una agencia centralizada –los recursos de México, Argentina y Bolivia suman aproximadamente 95.5 millones de dólares, de los cuales 81.5 millones son de Argentina–, ¿qué tanto podrían lograr cuando estarían compitiendo con una industria espacial que recibió 20 mil millones de dólares de inversión pública a nivel global en 2019?

Adicionalmente, los presupuestos en Latinoamérica experimentan una tendencia a la baja. En 2018, el Instituto Espacial Ecuatoriano fue cerrado como parte de las medidas económicas del gobierno. México sigue reduciendo sus inversiones en ciencia y en investigación espacial. Esto no parece ser una preocupación central para Efraín Guadarrama, director de Organismos y Mecanismos Regionales Americanos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, quien dice que no hay necesidad de presupuestos grandes, solo voluntad política.

Por otra parte, la voluntad es un tema por sí mismo. ALCE se enfrenta a retos diplomáticos internos. Los países miembros necesitan definir cómo van a colaborar, con cuánto dinero y recursos van a contribuir, dónde estarán las oficinas centrales, qué divisa se usará y otros detalles. Mario Arreola, director de Divulgación de la Ciencia y Tecnología Espacial en la Agencia Espacial Mexicana, dijo “creo que puede ser trabajo de unos tres años” para que la agencia se constituya plenamente.

Además, tal como lo señaló Guillermo Rus, ex vicepresidente de ARSAT, una empresa de telecomunicaciones propiedad del gobierno argentino, en 2016, algunos países están más avanzados tecnológicamente que otros y es difícil trabajar juntos cuando hay una falta de capacidades técnicas, políticas e institucionales.

Finalmente, la exploración espacial del siglo XXI se distingue por la participación de inversionistas privados. Si la ALCE quiere ser más que una combinación de presupuestos gubernamentales, necesita –como todos los países participantes a nivel individual– considerar el papel que juega el sector privado. Ya existen algunas empresas de tecnología espacial en la región que muestran el beneficio de este acercamiento. La compañía argentina Skyloom busca desplegar una red de satélites con enlaces láser a la Tierra para transmitir la información que recaban en la órbita inferior. La empresa de Puerto Rico Instarz diseñó un ecosistema lunar totalmente equipado, auto ensamblado y autosuficiente llamado Remnant, que podría permitir a los astronautas vivir y trabajar en la luna durante al menos un año.

Los humanos son impulsados por su fascinación con el universo, pero también por la necesidad de una mejor vida en la Tierra. Como lo señaló Arreola, los países que tienen agencias espaciales y acceso al espacio también son países que tienen desarrollo e innovación tecnológica. “Todo lo que se compra para mandar al espacio se compra en la Tierra, todas las personas que trabajan en el ámbito del espacio trabajan en la Tierra”.

El despegue de la ALCE significará más que participar en la exploración de Marte y la luna. Será una afirmación de la identidad científica y cultural de la región. A partir de esto, estará preparada para establecer una economía de investigación espacial sostenible que podría convertir a América Latina en un competidor en la carrera espacial, y hacer valiosas contribuciones no solo para la región misma, sino para el mundo.

 

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.

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