El personal sanitario está agotado, pero las líneas de ayuda no suenan | Letras Libres
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Foto: Passaro Luciana/Abaca via ZUMA Press

El personal sanitario está agotado, pero las líneas de ayuda no suenan

Ansiedad, frustración y estrés son comunes entre el personal sanitario que atiende la pandemia. Pero pocos recurren a los distintos servicios de asistencia psicológica que se han puesto en marcha para ellos.

Hasta hace dos meses, Marcos N. consideraba que ya había aprendido a lidiar con el covid en su trabajo. Él es médico general y atiende urgencias relacionadas con la pandemia en el Hospital General de Zona 30 del IMSS, en Iztacalco, Ciudad de México. Dice que alejarse de su familia para cuidarla de un posible contagio le costó mucho, pero que poco a poco se fue acostumbrando a esa realidad necesaria.

Hasta que uno de sus colegas, quien era además su amigo, enfermó de coronavirus y falleció. A partir de ese momento, todo cambió para él. “Su muerte me deprimió mucho. Diario sentía una opresión en el pecho y el cuello; tenía pesadillas, ansiedad y problemas para dormir. Pronto me di cuenta que la pérdida de mi amigo me había reavivado un duelo inconcluso por la muerte de mi padre, ocurrida un año antes. La herida se me abrió”, asegura el doctor.

Los malestares de Marcos se recrudecieron con el tiempo. Cierto día vio en redes que una amiga suya había compartido una publicación en la que se ofrecía contención emocional telefónica a personal de la salud, a cargo del Instituto Nacional de Psiquiatría. Después de darle muchas vueltas, decidió llamar al número del anuncio.

 

Una hidra de muchas cabezas

A cuatro meses del primer caso confirmado por covid-19 en México, detectado el 28 de febrero de este año, el trabajo de médicos, enfermeras, camilleros, personal administrativo y de intendencia ha sido constante, y los estragos psicológicos se acumulan.

De acuerdo con el doctor Juan Manuel Quijada Gaytán, director general de los Servicios de Atención Psiquiátrica (SAP) de la Secretaría de Salud, para estos trabajadores el duelo por el covid-19 empezó desde que tuvieron, como Marcos, que separarse de sus seres queridos.  “Luego de aplicarles varios formularios de tamizaje, en conjunto con la UNAM, y de valorar las preocupaciones de este personal que solicita servicios de ayuda emocional telefónica, llegamos a la conclusión de que lo más prevalente en ellos es la ansiedad, depresión, somatización, el aumento de riesgo suicida, el consumo problemático de sustancias como alcohol o tabaco, y algo que conocemos como ‘fatiga por compasión’, que no es más que el sentimiento de frustración ante el deseo de ayudar más pero no poder hacerlo”, asegura.

Muchos de estos pacientes afirman aún sentir incertidumbre. Esto se entiende, según el psiquiatra, porque trabajar directamente con un virus del que se conoce realmente poco “es como meterse a pelear con una hidra, sin saber cuántas cabezas va a tener”. A esto, dice, hay que sumar el hecho las muertes por causa de la nueva enfermedad se cuentan por decenas de miles, y perder a un solo paciente siempre implicará un duelo para quien estuviera atendiéndolo.

El SAP, en conjunto principalmente con el Consejo Nacional de Salud Mental y la Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic), ofrece atención, prevención y promoción de la salud para personal médico del sector público y privado.

Por una parte hicieron brigadas de apoyo para atender a las personas que trabajan directamente con pacientes covid, no solo para brindarles atención, sino también para entrenarlos respecto de manejos de contención y riesgo suicida. También reforzaron lo servicios de la Línea de la vida, que normalmente está abierta para la población en general, pero en este caso da especial atención a los trabajadores de la salud. De igual forma, en coordinación con el Instituto Nacional de Nutrición, se implementaron grupos terapéuticos para ayuda y contención de personal médico, que funcionan mediante reuniones de terapia virtual.

Organizaciones gremiales como la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM) se han sumado a los esfuerzos a través de la Línea Covid, un chat en vivo atendido por terapeutas especializados. La doctora Jaqueline Cortés, presidenta electa de la APM, explica que una fase B de este proyecto es la campaña “Nosotros también nos cuidamos”, que consiste en consultas individuales de telepsiquiatría a través de videollamadas. Para acceder a ellas basta con entrar al sitio oficial de la APM, pedir una consulta y, dependiendo de lo que valore el psiquiatra en turno, tomar otras tres sesiones de 40 minutos sin costo.

“Este servicio va dirigido a todo tipo de personal de salud, a todos los trabajadores que están luchando en la línea de fuego. En caso de que alguno de ellos necesite sesiones adicionales a las cuatro reglamentarias, su psiquiatra asignado le hablará de todas las alternativas que tiene para continuar con su tratamiento”, asegura Cortés.

A pesar de que estas y otras instituciones brindan servicios del mismo tipo, la respuesta por parte de los trabajadores del sector salud está muy lejos de ser entusiasta. La doctora Cortés y el doctor Quijada aseguran, con pesar, que al día de hoy muchos de sus especialistas han sido requeridos para prestar el servicio apenas un par de veces. La ayuda está ahí, pero no es solicitada.

 

La eterna montaña rusa

Para Marcos, el médico que perdió a su amigo y colega del hospital del IMSS en Iztacalco, hablar de sus sentimientos es una tarea complicada. Pero una vez que tomó la decisión de solicitar ayuda psicológica, se abrió con su especialista. “Así me di cuenta de que, en el día a día, la adrenalina y el estrés que experimentamos en los hospitales hacen que te olvides de ti mismo y le restes gravedad a la situación. Como que en el momento dices: ‘alguien lo tiene que hacer y para eso estoy yo aquí’. Pero solo, en casa, te das cuenta de las cosas tan inauditas que sueles experimentar a diario en el trabajo”, asegura.

El médico cuenta que pasó por un ambiente de tensión altísima, así como de negación y un desgaste más emocional que físico. Luego ocurrió lo de su amigo, volvieron los recuerdos de su padre, su terapeuta le recetó medicación y de inmediato empezó a estar más tranquilo y a sentirse mejor.

No obstante, al tiempo que pasaba esto le ocurrió algo que tampoco esperaba: “empecé a sentir como si estuviera anestesiado. Antes sentía horrible al ver cómo llegaban pacientes en estado crítico y se despedían de sus familiares, porque sabía que posiblemente nunca más podrían verse de nuevo. Ahora me ha tocado ver muertos por covid casi a diario y ya no me pongo triste. Siendo médico dimensionas de forma distinta la fragilidad de la vida. Tampoco es que me dé gusto que alguien fallezca, pero sin duda no es como antes”, cuenta Marcos.

Eso, dice, le preocupa. Un día se sorprendió a sí mismo pensando en lo aburrido que estaba porque ningún paciente había pisado la sala de urgencias; deseaba que ya alguien apareciera para ocuparse en algo. Al platicar de esto con otros compañeros suyos descubrió que no era el único al que le ocurría.

“Lo que experimentan no es una pérdida de su humanidad”, asegura Jaqueline Cortés, de la APM. “Más bien, pueden recurrir a distintos mecanismos de defensa para sobrevivir en esos ambientes. Uno de ellos es, justamente, el aislamiento de las emociones. Mediante él logran abstraerse y racionalizar todo lo que está ocurriendo, al tiempo que se mantienen lo más ecuánimes que pueden en su día a día”, dice.

Sin importar si es notorio o no, según la especialista, todos hemos pasado por distintas etapas de duelo durante el confinamiento. Este es un proceso mediante el que nos recuperamos de una pérdida significativa. Y sí, todos hemos perdido algo: desde la libertad de llevar a cabo nuestra vida de forma habitual, hasta seres queridos que se quedaron en el camino a causa de la enfermedad.

Mónica Ramírez es médica intensivista del Hospital General de Zona 35, así como en el Centro Médico de Especialidades de Ciudad Juárez, Chihuahua. Supo muy pronto de duelos, incluso antes de que ella y su esposo, quien ejerce la misma profesión, se enfermaran de coronavirus. “Veníamos de un estrés impresionante por no saber a qué nos enfrentábamos. Nuestra ciudad es fronteriza y eso hizo que el contagio fuera más acelerado. Por un lado, tanto los mexicanos residentes en Estados Unidos como los ciudadanos norteamericanos pueden transitar libremente de uno y otro lado de la border, y si a eso le sumas que acá tenemos muchas maquilas, imagínate el nivel de dispersión de la enfermedad”, explica. De hecho, Chihuahua es el tercer estado con mayor tasa de letalidad por covid-19 en México, de acuerdo con cifras del micrositio de la UNAM que informa sobre la pandemia.

Antes de contraer la enfermedad, sus noches eran el mismo infierno. Durante el día repartía sus horas entre los dos hospitales donde brindaba servicio –y en los que podía notar cada vez más la fatiga y hasta agresividad de sus colegas–, y al llegar a casa estaba tan cansada que no hacía más que bañarse escrupulosamente, cenar algo y acostarse a descansar. Pero descansar es lo último que podía hacer. La preocupación de tener una madre en tratamiento contra el cáncer, y la latente posibilidad de que ella o su padre se contagiaran por algún medio, le taladraba la cabeza.

“Era una pesadilla para la que ni siquiera podía darme el lujo de cerrar los ojos. Dormía poquísimo, estaba ansiosa, tenía pensamientos catastróficos recurrentes y debía levantarme siempre muy temprano para empezar mi jornada en el primer hospital del día”, recuerda la doctora. Luego se le empezó a caer el cabello a puños, aparecieron ronchas en su piel y en su cara comenzaron a notarse las lesiones que dejaba el uso diario del equipo de protección. “Sentía que me ahogaba, se me dormían las manos, creía que me podía morir dentro de ese uniforme en cualquier momento”, recuerda.

Cuando ella y su esposo enfermaron, la nueva preocupación compartida era si estarían vivos al día siguiente. Por fortuna ambos sobrevivieron al covid. A partir de entonces los dos se sentirían más confiados al asistir al trabajo. Nunca dejaron de cuidarse, pero Mónica cuenta que cualquier ser humano es uno antes de tener covid y otro después de superarlo.

La médica afirma que para ella los tiempos de pandemia han sido como una montaña rusa interminable. Tiene días muy buenos, seguidos de otros muy malos. También cuenta que le ha llegado información precisa de dónde pedir ayuda psicológica durante sus días oscuros, pero “no sabe por qué” no lo ha hecho.

Lo mismo pasa con Marcos, quien después de la prescripción de medicamentos y unas sesiones en terapia decidió dejar sus consultas a distancia. En su caso, dice, quizá porque le sigue costando sobremanera hablar sobre asuntos personales. No descarta el hecho de volver a agendar una cita, pero no sabe cuándo lo hará.
 

La prioridad de ser suficiente

¿A qué se debe qué los médicos se resistan a pedir ayuda? ¿Por qué, siendo ellos quienes desde hace meses lidian directamente con una emergencia sanitaria de estas dimensiones, no cuidan su salud mental como deberían?

La doctora Yazmín Garduño trabaja en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, así como en el Hospital General de Zona 8, del IMSS, en la capital del país, y cuenta que en ambas instituciones percibe el mismo “desinterés” por parte del personal médico; no obstante, en el nosocomio del Seguro Social es algo mucho más evidente.

“Mis compañeros saben que se les puede apoyar a través de las líneas especiales y grupos de ayuda que recomienda nuestra institución. Pero también saben que soy psiquiatra y tienen más confianza de pedirme que los valore en plan de ‘favor personal’. Así, claro, es menos probable que alguien se entere que están tomando consultas para atender su salud mental”, dice.

Según ha observado Garduño, quienes piden más apoyo a distancia son las enfermeras. Los médicos no tanto y, desde su perspectiva, se debe a que algunos muestran “rasgos narcisistas” que les impiden reconocer que algo va mal con ellos.

Por su parte, el doctor Quijada, del SAP, relaciona este comportamiento con el estigma generalizado que existe en torno al tratamiento de la salud mental. “A eso hay que sumarle que los médicos estamos acostumbrados a aguantar y eso empieza desde que cursamos la carrera. No solemos pedir ayuda tan fácilmente y, si lo hacemos, es porque ya nos estamos doblando del dolor, el cansancio o la tristeza. Muchos reconocen que necesitan ayuda hasta que ya presentan síntomas del síndrome de burnout, que consiste en un estado crítico de agotamiento físico, mental y emocional, causado por el trabajo”, dice.

La doctora Cortés, de la AMP, atribuye la falta de citas registradas en su plataforma de apoyo emocional al hecho de que gran parte del personal médico vuelve exhausto a casa y lo último que desea es revivir sus problemas por la noche. Además, considera que se debe a que ellos mismos se sienten obligados a verse siempre fuertes y enteros ante sus pacientes.

 

El gran vacío

La salud mental en México, en palabras del doctor Quijada, “nunca ha sido un tema prioritario. Es un gran vacío, un hueco, un enorme rezago. Nuestra principal barrera para atacarlo es el estigma que existe en torno a él, porque genera prejuicios que a nadie benefician.”

Revertir esta situación no es fácil, porque está enraizada profundamente. Él considera que una solución efectiva sería trabajar en las generaciones venideras a través de la educación. “Necesitaríamos que a los maestros en formación se les impartieran materias de salud mental, así como de cómo trasmitirles ese conocimiento a sus futuros alumnos. Éstos, a su vez, sería ideal que tuvieran desde los primeros años de su formación materias acordes al tema.”

Desde 2011 la Organización Mundial de la Salud (OMS) advertía en un informe que, a diferencia de lo que ocurría en otros países, “La atención de la salud mental en México descansa en los hospitales psiquiátricos. En consecuencia, los costos de atención resultan elevados y la mayoría de los esfuerzos no se destinan a los establecimientos del primer nivel de atención. El desarrollo del componente de salud mental dentro de los hospitales generales es muy escaso. Lo anterior imposibilita la detección temprana y continua de los trastornos mentales y del comportamiento”.

Quijada concuerda con ello y, además, confirma que en México la mayor parte del presupuesto que les llega para salud mental se les va en la compra de medicamentos. Hay una cultura de cura, no tanto de prevención. Otro aspecto al que el especialista le da importancia es la falta de inversión en la materia. En nuestro país, el gasto en salud para 2020 es equivalente al 2.5% del PIB, cuando sería necesario destinar, al menos el 5%.

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Mónica Ramírez, la médica que le ganó la batalla al covid en Ciudad Juárez, dice que aunque no siempre está feliz, tampoco le encuentra sentido a solo verle la cara amarga a esta “nueva normalidad”. Sí hay cosas que le preocupan y la desbalancean, dice, pero después de la enfermedad sus prioridades cambiaron.

“Hace no mucho logré extubar a una paciente que estuvo 23 días sedada. Eso fue un gran logro, tomando en cuenta que la ma. yoría de las personas que llegan a la intubación no sobreviven. Ahora la paciente está mucho mejor y eso me pone contenta. Son pequeñas batallas que una gana de vez en cuando y que ayudan a tener deseos y energías para seguir adelante. Con salvar a una sola persona, para mí ya tuvo todo el sentido del mundo estudiar medicina y dedicarme a esto”, asegura.