Las gemelas del CRISPR-Cas y los umbrales que nos hicieron cruzar | Letras Libres
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Las gemelas del CRISPR-Cas y los umbrales que nos hicieron cruzar

Un científico chino anunció haber utilizado una técnica de edición genética en unas gemelas. Con esa noticia parece haberse cruzado un umbral sin que el mundo científico y los gobiernos del mundo estuvieran preparados para hacer frente a las consecuencias.

El pasado 25 de noviembre cruzamos un punto de no retorno. Ocurrió inesperadamente y sin grandes ceremonias cuando el investigador He Jiankuy publicó un video en YouTube revelando que había modificado el genoma de embriones humanos, los había implantado y había logrado el nacimiento de dos niñas gemelas. Reafirmó su declaración unos días después durante la “Segunda Cumbre Internacional sobre la Edición del Genoma Humano” en Hong Kong.  Estas bebés con cambios que podrían darles inmunidad contra el VIH, son los primeros humanos genéticamente modificados de la historia.

Desde hace varios años se conoce la técnica para hacer este tipo de modificaciones y se utiliza continuamente para el desarrollo de la ciencia básica encaminada a entender mejor el funcionamiento del DNA.  Más que un avance tecnocientífico importante, la “audacia” de He Jiankuy podría arrastrar a sus colegas a cruzar la frontera entre el interés científico y el interés público, con la turbulencia que eso implica, en un momento que muchos consideran, por lo menos, prematuro.

En realidad, el umbral hacia la nueva era de los estudios genéticos se traspasó en 2012, cuando las científicas Jennifer Anne Doudna y Emmanuelle Charpentier (Estados Unidos y Francia respectivamente) descubrieron un método sencillo, rápido y económico para editar el genoma. A este procedimiento se le conoce como CRISPR-Cas y permite hacer modificaciones precisas en el genoma de células vivas. Las investigadoras aprendieron esta técnica de las bacterias, que la utilizan como sistema inmune en contra de los virus que las infectan.

Los virus introducen su material genético en las bacterias y las utilizan para reproducirse. Para librarse de esta esclavitud molecular, las bacterias cuentan con máquinas compuestas de segmentos de ADN (CRISPR) que contienen la copia de una parte del genoma del virus como referencia, y con proteínas que cortan el ADN (Cas). Estas máquinas encuentran el segmento de ADN que coincide con el que llevan  y lo cortan para eliminar al virus. Además, después del corte, puede extraer un fragmento del código genético del virus e incorporarlo a su propio sistema como una actualización para hacerlo cada vez más preciso.

Doudna y Charpentier se dieron cuenta de que podían utilizar las actualizaciones del sistema CRISPR-Cas para programarlo indicando la secuencia de ADN que ellas quisieran cortar. Con este proceso se  puede dirigir a CRISPR-Cas para eliminar un segmento del genoma que causa una enfermedad genética o incluso ciertos tipos de cáncer. Sin embargo, y a pesar de lo prometedor que parece, la investigación no está en el punto de poderse aplicar en la medicina. Utilizarla con fines médicos sería, en este momento, como realizar transfusiones de sangre para intentar salvar vidas sin saber que existen distintos tipos sanguíneos.

Por otro lado, el potencial a futuro de eta técnica es enorme y apenas comenzamos a entender sus alcances, así que cada vez hay más instituciones interesadas en desarrollarla. Actualmente existen empresas que venden CRISPR-Cas sobre diseño a los laboratorios alrededor del mundo. Incluso ponen a disposición gratuita de los investigadores, las páginas de Internet donde pueden diseñar las moléculas personalizadas que van a comprar para editar la secuencia genética que les interesa. Esta facilidad favorece el avance en la investigación, pero también crea un entorno en el que era cuestión de tiempo para que ocurriera algo como lo del pasado 29 de noviembre.

Como parte de sus resultados, Jiankuy presentó varias secuencias genéticas que obtuvo de las gemelas y en ninguna se produjo la modificación exacta que buscaba. Además, el procedimiento no actuó en todas las células de los embriones, así que las niñas tienen en su organismo un mosaico de células con distintas modificaciones genéticas, que pueden causar resultados impredecibles durante su desarrollo; incluso está en entredicho su inmunidad contra el VIH. Lo anterior era de esperarse dado el avance actual de la investigación, y esa es la razón por la que existen códigos de ética y normas internacionales.

He Jiankuy transgredió las normas establecidas por el Ministerio de Salud de China, pero estas no son leyes formales y carecen de mecanismos punitivos. Queda claro que se debe llevar a cabo una investigación a fondo, pero se sigue discutiendo el cómo debería hacerse. Mientras tanto, se determinó que la identidad de las gemelas y de sus padres debe permanecer en el anonimato, y se le ha ordenado a Jiankuy que desista de cualquier actividad científica y que no abandone al país. Existe además la preocupación entre los científicos del mundo de que los gobiernos comiencen a legislar en términos prohibitivos sobre CRISPR-Cas.

Al trascender al ámbito del interés público, los gobiernos se verán obligados a poner atención sobre lo que pasa en esta rama de la investigación. Es frecuente que en países donde la ciencia está lejos de los temas políticos importantes, las esferas gubernamentales tomen decisiones extremas sin consultar a su comunidad científica y basadas en prejuicios por falta de información. Por otro lado, los investigadores no se interesan en la política y temen alzar la voz, pues no quieren arriesgar el poco financiamiento que obtienen. Esta combinación suele provocar la obstaculización o prohibición definitiva de líneas de investigación prometedoras.

Por otro lado, el escenario actual podría ser propicio para que la comunidad científica establezca sus propias agendas, no sólo de investigación sino políticas y hasta mediáticas, para abrir canales de comunicación con los gobiernos y con la opinión pública. Aún no sabemos el alcance que tendrá el caso de las gemelas en China, pero hemos cruzado un punto de no retorno y muy pronto, tanto la comunidad científica como los gobiernos, tendrán que afrontar nuevas responsabilidades y lo mejor será que lo hagan en conjunto.