La década de humillación a Caster Semenya | Letras Libres
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La década de humillación a Caster Semenya

Aunque no es la primera deportista cuya identidad como mujer ha sido cuestionada, ninguna otra atleta en la historia como la sudafricana Caster Semenya ha tenido que soportar durante tanto tiempo esta obsesión con su elegibilidad para competir como mujer.

En los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928, se realizó una carrera femenina de exhibición de 800 metros. Al finalizar, el Comité Olímpico Internacional y la organización responsable del atletismo, que hoy se conoce como la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF), decidieron descartar su inclusión. Pasarían 32 años hasta que el mundo de las competencias internacionales y el programa Olímpico retomaran el atletismo femenino. ¿Y cuáles fueron las razones esgrimidas? Preocupaciones pretendidamente científicas que decían que esta disciplina era demasiado difícil para las mujeres. Los reportes periodísticos sobre la carrera de 1928 contribuyeron a que se tomara esta decisión y ahora sirven como registro histórico: “Debajo de nosotros, sobre la pista de carbonilla, había 11 mujeres desdichadas; 5 de ellas abandonaron la carrera antes de cruzar la meta, mientras que 5 se desmayaron después de cruzar la cinta”, escribió John Tunis, periodista del New York Evening Post. El entrenador de fútbol americano Knute Rockne aportó su grano de arena con su declaración: “Ver a un grupo de mujeres bonitas correr hasta caer en un estado de agotamiento no fue un espectáculo muy edificante”.

En 2012, Roger Robinson, ex escritor para la revista Running Times y corredor de categoría mundial en representación de Inglaterra y Nueva Zelanda, decidió reconstruir la narrativa de la carrera reuniendo las piezas del rompecabezas periodístico. Al hacerlo, desacreditó con éxito la (falsa) representación que hicieron los medios de comunicación del espectáculo de ver a las mujeres desplomándose en la pista de carrera. Robinson determinó que nueve —y no 11— de las mujeres comenzaron la carrera. Las nueve deportistas completaron la carrera y solo una de ellas se cayó en la pista, pero cayó por hacer lo que cualquier deportista de elite aprende a hacer: inclinándose al llegar la línea de llegada. Cinco mujeres completaron la carrera en un tiempo menor al del récord mundial de esa época. Las mujeres se destacaban en la carrera de 800 metros.

Eso pensaba en estos días cuando la corredora sudafricana Caster Semenya perdió una apelación presentada ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS). Para poder competir en el Campeonato Mundial de Atletismo de 2019 o en cualquier competencia internacional en las disciplinas en las que se destaca (de 400, 800 o 1,500 metros), debe someterse a una terapia hormonal que disminuya su nivel natural de testosterona. Si leemos en conjunto la saga de los 800 metros de mujeres de los Juegos de Ámsterdam de 1928 y la retórica apocalíptica que ha caracterizado a Semenya como una amenaza para el deporte, podremos ver cómo las instituciones usan falsa evidencia científica para “proteger” a las mujeres en los deportes.

La sentencia es el final de una batalla larga y problemática. Tras su victoria en los 800 metros del Campeonato Mundial de 2009, alguien filtró su historial médico y la IAAF empezó a trabajar en una nueva normativa para las mujeres con niveles altos de testosterona. Ese fue solo el principio de un escrutinio fuera de lo común al que Semenya ha sido sometida en la última década, un escrutinio que probablemente ya la haya obligado a reducir su nivel de testosterona. En 2011, la IAAF presentó las normativas de hiperandrogenismo, que exigen que las mujeres con una “producción excesiva de andrógenos (testosterona)” ubicada dentro del rango de los hombres y que no tengan insensibilidad a los andrógenos se sometan a un tratamiento médico para llevar su nivel de testosterona al rango estándar de las mujeres. En 2015, dicha normativa fue suspendida cuando la velocista Dutee Chand apeló ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo.

La IAAF entonces desechó las normas de hiperandrogenismo y, en abril de 2018 anunció los nuevos lineamientos para las mujeres con “diferencias en el desarrollo sexual” (DSD). La normativa DSD aplica para deportistas mujeres —deportistas como Semenya que “nacen, son tratadas y socializadas como mujeres, que fueron legalmente reconocidas como mujeres toda su vida”, recalcan sus abogados— con la DSD 46,XY, que causa un “efecto androgeneizante significativo”. La DSD 46,XY está asociada a una gran variedad de condiciones dependiendo de la interacción de múltiples genes, hormonas y receptores hormonales. Estas condiciones tienen en común la presencia de un cromosoma X y un cromosoma Y en cada célula, pero la forma en que se presentan los genitales y órganos sexuales es diferente, así como la producción y receptividad a la testosterona.

Semenya protestó por estas regulaciones, que rigen cinco eventos de distancia media —los 400 m, los 400 m con obstáculos, los 800 m, los 1500 m y la carrera de una milla— y le exigen que tome supresores hormonales para reducir artificialmente la testosterona que produce su cuerpo naturalmente a un nivel menor a 5 nanomoles por litro de sangre, durante un mínimo de seis meses para poder cumplir con los requisitos de elegibilidad para competir (cuando el TAS demoró la decisión durante un mes, quizás a causa de una intervención del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, la IAAF redujo el requisito del tiempo para que las atletas pudieran competir en los campeonatos que se disputarán próximamente en Qatar).

Aunque Semenya no es la primera deportista cuya identidad como mujer ha sido cuestionada, ninguna otra atleta en la historia ha tenido que soportar durante tanto tiempo esta obsesión con su elegibilidad (o falta de ella) para competir como mujer. Durante todo este tiempo ha estado compitiendo y obteniendo resultados sobresalientes: ganó cinco campeonatos mundiales de 800 metros, incluso cuando probablemente haya tenido que reducir su nivel de testosterona a los parámetros estipulados por las antiguas normas de hiperandrogenismo.

El miércoles, el panel de tres personas del TAS votó a favor de mantener las regulaciones del IAAF y concluyó que “la Normativa para las DSD es discriminatoria pero... dicha discriminación representa un medio necesario, razonable y proporcionado para lograr el objetivo de la IAAF de mantener la integridad del deporte femenino en Eventos Restringidos”.

El TAS decidió que la discriminación contra una minoría es necesaria para la protección de la mayoría. La idea es que, si se permite que las mujeres con DSD compitan en su condición habitual en la categoría femenina, el deporte femenino morirá. El director del IAAF, Lord Sebastian Coe, declaró recientemente que, “la razón por la que tenemos una clasificación de género es porque, si no la tuviéramos, ninguna mujer ganaría otro premio u otra medalla o rompería otro récord en nuestro deporte”. Otros, como la poseedora del récord mundial de maratón y atleta británica Paula Radcliffe, contribuyeron a aumentar la histeria general al igualar a las mujeres con DSD con las mujeres transgénero.

El centro del problema —un problema que para ser francos quizá sea irresoluble— es que el deporte internacional de elite nos obliga a ubicar cuerpos que existen a lo largo de múltiples espectros en una de dos categorías de competición deportiva: hombres o mujeres. Los dos espectros principales son el sexo biológico (hormonas, genética, variaciones anatómicas) y la identidad de género (interna), sin embargo la expresión de género (externa) y la orientación sexual (a quién se ama) también influyen sobre las ideas que la gente y los funcionarios del deporte tienen sobre los cuerpos.

Los hombres no tienen que probar que son hombres porque se considera que los cuerpos y las competencias deportivas de los hombres son la norma. Pero tal como afirma Lindsay Parks Pieper en su libro Sex Testing: Gender Policing in Women’s Sports, en el mundo de las competencias internacionales, desde la década de 1940, las mujeres siempre han tenido que demostrar que son mujeres para poder participar en una competencia. Estas políticas “científicas” han pasado por ser desde desfiles de género (que obligaban a las atletas a mostrar sus partes íntimas femeninas) hasta tarjetas de verificación de género emitidas por médicos e hisopados cromosómicos de las mejillas.

En el siglo XXI, el factor determinante es la testosterona. La IAAF y los que no quieren que Semenya compita sin modificar su cuerpo creen que ella y las mujeres con DSD tienen una ventaja injusta y que la mejor forma de medir la ventaja es la testosterona. Por lo tanto, crearon una política que no les permite competir o que las obliga a reducir artificialmente la testosterona si desean hacerlo. También decidieron encargar un estudio, publicado en el British Journal of Sports Medicine, para obtener el respaldo de la ciencia.

Pero la ciencia no pasó el examen. Tres investigadores independientes —Erik Boye, de Noruega; Roger Pielke Jr., de los Estados Unidos; y Ross Tucker, de Sudáfrica— intentaron replicar el estudio financiado por la IAAF, pero encontraron errores serios en la investigación y solicitaron que los autores del estudio inicial se retractaran. Una reconocida experta en testosterona, Katrina Karkazis, ha escrito mucho sobre por qué la testosterona no es la hormona sexual masculina, cómo un alto nivel de testosterona —en cualquier cuerpo— no se correlaciona con un mejor desempeño atlético y por qué es imposible determinar “un único criterio biológico para excluir a algunas mujeres de la categoría femenina”.

La IAAF parece apoyarse en el poder cultural del proteccionismo, en la retórica de la “igualdad de condiciones”, y confía en que, incluso si la evidencia científica es falsa, el TAS igual fallará a su favor. El TAS hizo justamente eso, pero no sin antes expresar que tenía “algunas graves preocupaciones” sobre la aplicación práctica de la normativa y la equidad con la que se implementa. El panel sugirió que la IAAF considere posponer la implementación de la normativa sobre las carreras de 1500 m y de una milla —lo que parecería señalar que la evidencia científica presentada por la IAAF no era del todo sólida— y también expresó su preocupación por las consecuencias del “incumplimiento involuntario” de estas normas. Lo más importante fue que el TAS advirtió que los efectos adversos del tratamiento hormonal podrían demostrar “la imposibilidad práctica del cumplimiento con la normativa”. ¿Acaso la IAAF habrá considerado si las drogas que inhiben el desempeño también podrían afectar la salud de las deportistas obligados a someterse a una intervención médica innecesaria?

La DSD 46,XY es una condición que está presente en personas de todo el mundo. Sin embargo, se está aplicando el modelo de feminidad blanco y occidental a todas las deportistas por igual, de modo que no es casualidad que las únicas deportistas de elite y alto perfil que hasta ahora fueron expuestas públicamente por tener una DSD son mujeres de color del Sur Global. Esta no es solo una historia de género: es una historia interseccional de género y raza, con una buena cucharada de legado imperial. Cuando los deportistas occidentales transforman sus cuerpos entrenando en cintas de correr antigravedad o usando inyecciones de plasma ricas en plaquetas para acelerar su recuperación, se considera que estas prácticas son “justas” en términos de ventajas competitivas. Es difícil entender cómo se compara esto con el caso de una deportista mujer, negra y gay de Sudáfrica que quiere competir en su condición física natural, sin alterar su cuerpo químicamente, lo que fue considerado una “práctica desleal”.

Existe una larga historia de ciencia cuestionable —o, más precisamente, de ideas sin fundamento científico presentadas por científicos y médicos— usada para controlar y “proteger” a las deportistas mujeres. El resultado es un círculo vicioso que refuerza continuamente estas prácticas: se utilizan criterios científicos cuestionables basados en nociones culturales sobre el concepto de mujer para crear políticas deportivas que rijan el deporte femenino, que influyen sobre las nociones culturales sobre las mujeres, que luego se utilizan para retroalimentar y seguir generando criterios científicos cuestionables... y así sucesivamente.

Los juicios de la década de 1970 contra la liga infantil y juvenil de béisbol en EE. UU. ofrecen un ejemplo indignante. En Stolen Bases: Why American Girls Don’t Play Baseball, Jennifer Ring comparte un fragmento de un artículo publicado por Newsweek en 1974 sobre la audiencia que se realizó en Nueva Jersey: “Un médico afirmó que ‘las lesiones cancerosas pueden ser causadas por un impacto traumático sobre el tejido mamario femenino’. Agregó que muchas de las heridas que sufren los jugadores de béisbol son heridas dentales y, por lo tanto, cosméticas, y que las mujeres debían ser especialmente protegidas de las heridas faciales por sus roles sociales”.

En 1974, el juez del juicio de Nueva Jersey desestimó las afirmaciones de los expertos médicos de que las mujeres podían sufrir cáncer de mama y desfiguración cosmética si participaban en este deporte. Pero el solo hecho de que se hayan realizado estas declaraciones en la corte, mientras los testigos estaban bajo juramento, refleja su poder cultural. En este caso y en la exhibición de los Juegos Olímpicos de 1928, la idea perjudicial era que las mujeres necesitaban protección para practicar un deporte que se consideraba nocivo para ellas. En el caso de Semenya, la IAAF argumentó que el deporte femenino necesita ser protegido de lo que se percibe como la amenaza de las mujeres con alta testosterona. En respuesta a las afirmaciones de Coe, Semenya y su equipo legal presentaron una declaración: “El Sr. Coe se equivoca al pensar que la Srita. Semenya es una amenaza para el deporte femenino. La Srita. Semenya es una heroína y un ejemplo a seguir para las jóvenes mujeres de todo el mundo que sueñan con lograr la excelencia deportiva. La Srita. Semenya espera y sueña poder algún día correr sin ningún prejuicio, libre de discriminación y en un mundo donde ella sea aceptada por quien es”.

 

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.

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