Júpiter y sus lunas: mundos fantasmales | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS/Kevin M. Gill

Júpiter y sus lunas: mundos fantasmales

Continúa el recorrido por el sistema solar y los descubrimientos recientes que actualizan la imagen que tenemos de él. El quinto planeta es un gigante de actividad tremenda.

Júpiter es el primero de los planetas que conforman el circuito exterior del sistema solar, el cual se halla a 5.20 UA de nuestra estrella. No está hecho de rocas y metales sino de los gases más ligeros conocidos hasta ahora: hidrógeno y helio. Estos elementos químicos son los mismos ingredientes que componen el Sol y es probable que se halla formado relativamente rápido con los restos de esa materia prima solar, quizá en unos cinco millones de años. Su clima es el más extremoso y violento de todos. El radio de este gigantesco globo de gas mide más de 140 mil kilómetros, once veces el de la Tierra. Su volumen es tan vasto que hay espacio para más de mil planetas como la Tierra. Esto hace que la fuerza gravitacional de Júpiter influya en las trayectorias de los asteroides y otros objetos que surcan el sistema solar, ya sea absorbiéndolos, expulsándolos del sistema o desviándolos hacia nosotros. Por eso se estudian y vigilan en forma constante.

Su atmósfera no es una delgada capa azul, sino que abarca unos veinte mil kilómetros de espesor, pasando del ocre a tonos blanquecinos o verdosos. La presión atmosférica debajo de semejante capa de nubes es dos millones de veces mayor que en la Tierra, lo cual produce que el hidrógeno se transforme en un líquido metálico, desconocido en nuestro planeta. Júpiter se halla en estado de constante agitación, pues a medida que se ejerce presión sobre los gases, éstos liberan enormes cantidades de energía. La superficie hierve debido a vastas tormentas. Quizá la más grande sea la llamada Gran Mancha Roja.

Al igual que en la Tierra, si bien con mucha mayor intensidad, existe actividad eléctrica. Los relámpagos son los más luminosos y su crepitar es el más violento del sistema solar. En la Tierra las tormentas se forman de la siguiente manera: el aire húmedo y tibio sube a la atmósfera, aunque en su ascenso se enfría. Eso provoca que dicha humedad se condense y forme nubes. Cuando el aire se eleva, deja un hueco debajo, un área de baja presión. De esa forma se succiona más aire tibio, lo cual aumenta el riesgo de una tormenta. Aquí en la Tierra estas tormentas son estimuladas por la relativa cercanía del Sol, pero en Júpiter surge un misterio. Por un lado se encuentra cinco veces más lejos que nosotros de la estrella, lo cual permite suponer que recibe alrededor de 25 veces menos radiación y, no obstante, las tormentas eléctricas allá son considerablemente más potentes que en la Tierra. ¿Qué sucede? Se trata de un sistema anticiclónico de proporciones apenas imaginables, en el que podrían caber tres planetas como el nuestro, causando estragos desde hace cientos de miles de años en aquella atmósfera turbulenta.

Galileo Galilei fue el primero en observar las lunas de Júpiter. Descubrió cuatro puntos de luz alrededor del planeta y dedujo que se trataba de satélites. El más lejano de Júpiter es Calisto. Enseguida encontramos Ganímedes, la luna más grande del sistema solar. El tercer satélite es la helada Europa y, finalmente, el más cercano, una luna amarillenta: Ío. A diferencia de nuestro satélite, inerte y, en cierta forma, aburrido, a pesar de que haya encontrado en fecha reciente evidencia de agua, algunas de las lunas que orbitan los planetas exteriores presentan aspectos más espectaculares y enigmáticos. Ío, por ejemplo, contiene una gran cantidad de volcanes activos. De hecho, es el sitio con más actividad de este tipo en todo el sistema solar.

Piedra fundida y gas salen disparados de la fría superficie. El gas se expande, expulsando lava a una fuente astronómica de partículas finas. Dado que su gravedad es débil y su atmósfera, escasa, los chorros volcánicos alcanza 500 kilómetros de altura. El mayor de los lagos de lava fundida tiene un diámetro de 180 kilómetros, algo inimaginable para nosotros, pues se extendería más allá del horizonte terrestre. A pesar de que es tan pequeñoa como nuestra Luna y se halla muy distante del Sol, irradia tremendas cantidades de calor al frío espacio, en una región donde los astrónomos pensaban que todo era inerte.

¿Cuál es la explicación de este enfebrecido vulcanismo? Ío, que se halla cubierto de azufre congelado (de ahí su aspecto amarillento), y se encuentra en una posición ideal, cobijado por la cercanía de un planeta gigante y la presencia de otras tres lunas más grandes. La distancia que la separa de Júpiter es la misma que hay entre la Tierra y la Luna, pero, a diferencia de ésta, el impulso gravitacional de aquel planeta es mucho mayor, al mismo tiempo que Ío también debe soportar la influencia externa de Europa y Gamínedes. De hecho, las órbitas de estos tres satélites son un factor crucial para que Ío sea como es.

Sabemos que por cada cuatro vueltas de Ío alrededor de Júpiter, su vecina Europa recorre lo mismo casi dos veces, mientras que Gamínedes gira una vez. Con el paso del tiempo llegan a alinearse, lo que provoca un empuje gravitacional en Ío en forma regular. Esto ocasiona que el satélite no describa una órbita circular, sino una elíptica alrededor de Júpiter, acercándose y alejándose, convertido en una pelota elástica, ya que la gravedad del planeta lo aprieta conforme se acerca y lo estira cuando se aleja. En este estira y afloja sideral se genera fricción. Cuando Ío orbita Júpiter cada 1.8 días se abre unos cien metros. Apenas es posible imaginar la colosal fuerza de gravedad del planeta para estirar la roca hecha de lava solidificada que constituye el satélite.