Guillermo Soberón, maestro y amigo | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Cortesía de Pablo Rudomín.

Guillermo Soberón, maestro y amigo

Una semblanza personal del recientemente fallecido bioquímico, figura clave de la ciencia mexicana.

Guillermo Soberón y yo nos conocimos, si bien recuerdo, durante el primer Congreso de la Sociedad Mexicana de Ciencias Fisiológicas realizado en la Ciudad Universitaria el 23 de enero de 1958. Aún conservo la foto de esa ocasión. Ambos estábamos sentados en segunda fila, detrás de Arturo Rosenblueth, de Efrén del Pozo, de Joaquín Izquierdo y del maestro Ocaranza.

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En primera fila, de izquierda a derecha, los José Joaquín Izquierdo, Fernando Ocaranza y Arturo Rosenblueth. En la segunda fila, también de izquierda a derecha, Carlos Méndez. Pablo Rudomin (con la pipa), una persona no identificada y Guillermo Soberón. Foto: Cortesía de Pablo Rudomín.

 

Guillermo era bioquímico, en una época en que esa disciplina era considerada como la hermana menor de la fisiología. Fue él quien indujo la creación de la Sociedad de Bioquímica. En ese entonces los fisiólogos lo interpretaron como una aventura sin mucho sentido. Nada de eso: Guillermo ya contemplaba el futuro que que ahora es presente: la biología molecular, la terapia génica, la ingeniería genética.

Fueron muchos años de una relación amistosa entre él y yo, de la cual abundan las anécdotas. Recuerdo una conversación que tuve con el doctor Phillip Cohen, mentor de Guillermo durante su doctorado en Madison, Wisconsin. PP Cohen, como lo llamábamos, estaba de visita en México y en una cena me comentó: “Tuve dos alumnos de México, Edmundo Calva y Guillermo Soberón. De Edmundo estaba yo seguro que sería buen investigador. En Guillermo, además de su pasión por la ciencia, descubrí su capacidad de liderazgo. Estoy convencido que algún día será presidente de México o que al menos desempeñará un papel importante en la política de su país”.

La visión de PP Cohen se hizo realidad. La trayectoria de Guillermo es impresionante. Fue un maestro querido, y entre sus estudiantes se cuentan científicos de renombre internacional. Fue creador de instituciones y ocupó puestos de gran responsabilidad, entre ellos la rectoría de la UNAM y la secretaría de Salud. Recibió numerosos premios y reconocimientos, entre los que destaca el Premio Nacional de Ciencias y su ingreso al Colegio Nacional. En fin, no voy a detallar sus contribuciones: están plasmadas en su autobiografía y son noticia en estos días.

Guillermo me apoyó mucho durante mi gestión como presidente de la Academia Mexicana de Ciencias. Me ayudó a sortear momentos difíciles en nuestra relación con Edmundo Flores, entonces director de CONACYT. Me enseñó a tener paciencia y a buscar caminos conciliatorios.

Nuestra relación se hizo más frecuente en los años ochenta, cuando Guillermo ya había terminado su segundo periodo como rector de la UNAM. Fué entonces cuando se creó el Consejo Consultivo de Ciencias (CCC) de la Presidencia de la República, del cual Guillermo fue el primer coordinador. Formábamos parte de ese Consejo los que habíamos sido distinguidos con el Premio Nacional de Ciencias. Varios de nosotros pensamos que era una oportunidad única para convencer al presidente acerca de la necesidad de generar una política de estado en la que se considerara a la investigación científica y tecnológica como una prioridad nacional.  

Durante su campaña para la presidencia, Ernesto Zedillo me invitó a organizar una reunión con miembros del CCC para que le presentáramos nuestra visión acerca de los problemas que limitaban el desarrollo de la investigación científica y tecnológica en el país. Cuando resultó electo, Guillermo terminó sus funciones como coordinador y me mencionó que varios miembros del CCC pensaban proponerme como su sucesor. La idea no me atrajo. Recién había yo ingresado al Colegio Nacional, estaba yo muy activo en mis investigaciones y no quería abandonarla. Pero Guillermo y otros colegas del CCC me convencieron y acepté el compromiso. Guillermo ofreció asesorarme en lo que fuera necesario.

Fueron sus consejos y opiniones los que nos llevaron posteriormente a proponer al Ejecutivo una modificación del artículo tercero de la Constitución que hiciera explícito el compromiso del Estado con el desarrollo científico y tecnológico, lo que posteriormente dio lugar a la elaboración y aprobación de la primera ley de Ciencia y Tecnología. En esa ley el gobierno se comprometía a dedicar cuando menos el 1% del PIB para apoyar la investigación científica y tecnológica. Aunque en el pasado no se llegó a esa cifra, al menos íbamos en la dirección correcta. Desafortunadamente desde hace varios años vamos hacia atrás.

Desde 1993, cuando ingresé al Colegio Nacional, y hasta hace un par de semanas,  Guillermo y yo coincidimos en las reuniones mensuales en las que se discutían problemas relevantes para el funcionamiento del Colegio. Sus opiniones y comentarios eran siempre pertinentes y escuchados con atención. En esas reuniones nos acomodaban en orden alfabético, por lo que Guillermo y yo fuimos vecinos por muchos años. Ello nos permitió compartir ideas y también inquietudes.

Gracias, Guillermo, por lo que diste a este país tan necesitado de gente comprometida con la generación de conocimiento. Nos dejaste en mal momento, con la pandemia, la depresión económica y el poco aprecio que los actores políticos brindan a la ciencia y a la cultura. Te extrañaremos.