El profeta que vino de Siberia | Letras Libres
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El profeta que vino de Siberia

La primera tabla periódica de elementos químicos la elaboró el químico ruso Dmitri Mendeléyev en 1869. Este año, el del 150 aniversario, recordamos el encuentro entre Mendeléyev y el escocés William Ramsay.

Londres, 1884. Destacados químicos ofrecen una cena a William Perkin, descubridor de la anilina púrpura, uno de los primeros tintes sintéticos producidos de manera industrial. Entre ellos se encuentra el escocés Sir William Ramsay, quien ha llegado temprano al evento. Echa un ojo a la lista de invitados. Un nombre extranjero atrae su atención. Busca entre los pocos asistentes y descubre a un hombre de unos cincuenta años, cuya cabellera, barba y bigote saltan por todos lados.

Ramsay se aproxima a él e ironiza: “La noche ha sido todo un éxito, ¿no cree?”.

“I do not spik English”, advierte el extranjero.

Ramsay insiste: “Vielleicht sprechen Sie Deutsch?”. [¿Será que habla alemán?]

A lo que el hombre de los cabellos indomables y profundos ojoz azules responde: “Ja ein wenig. Ich bin Mendeléeff". [Sí un poco, soy Mendeléyev]

Dmitri Ivanovich Mendeléyev entonces le cuenta que su abuelo fundó en 1787 la primera imprenta y el primer periódico de Tobolsk, en la lejana Siberia cosaca, sitio donde terminaban muchos exiliados políticos. “Una ventana de Rusia hacia Oriente”, la llamaba Pedro el Grande. Fue el último hijo de una prole de diecisiete, procreados con estoica dedicación por sus padres, Ivan Pavlovich, director de la escuela secundaria, y María Korniloff, una belleza tártara. Su padre quedó ciego y murió, tuvieron que emigrar a Rusia. Dmitri era débil, tanto que por su mala salud a los 22 años de edad le pronosticaron seis meses de vida.

Ramsay, resignado, continúa de pie frente al profesor. Por el momento no hay nada mejor que hacer que seguir escuchando al estrafalario kalmuc (habitante de la actual Kirgistán), quien en su imperfecto alemán asegura no haber conocido a ningún ruso antes de los 17 años de edad.

Por fortuna no es un tipo desagradable. De hecho, resulta ser una persona afable y más que interesante para Ramsay. La charla se alarga durante veinte minutos, los cuales, recordaría años más tarde el químico escocés, transformaron su vida. ¿De qué hablaron?

De lo que había confeccionado y publicado Mendeléyev casi dos décadas atrás: una tabla.

¿Como la de Moisés?, bromeó Ramsay. “Algo parecido”, respondió Dmitri Ivanovich, “posee la peculiaridad de que, más allá de los premios y castigos, sólo anuncia consecuencias”.

Ramsay quedó desconcertado. El rector de la escuela de Química en la Universidad de San Petersburgo no parecía un santurrón de filiación ortodoxa. Y, no obstante, hablaba como si estuviera profetizando.

Todo comenzó en 1869, cuando publicó un libro de texto e hizo saber a la Sociedad Química Rusa sobre la existencia de un elemento que nadie conocía aún. “Lo he nombrado eka-aluminio”, aseveró ante los colegas estupefactos, “porque a través de las propiedades del aluminio lo conoceréis. ¡Id a buscarlo!”.

Hubo quienes se burlaron: “Este educador ya chocheó. Seguramente subió a alguna montaña, creyó encontrar certezas imbatibles y ahora quiere dedicarse a evangelizar el mundo”. Y es que el propósito original de Mendeléyev era escribir dicho libro de texto para sus alumnos en la universidad, ya que no le satisfacía ninguno a la mano. Al llegar al capítulo donde debía explicar las relaciones entre los elementos se quedó en blanco.

Lo que más sorprendió a Ramsay (y caló a muchos químicos) fue que sus logros los hizo sin llevar a cabo un solo experimento. El único calor en su oficina no procedía de los mecheros transformando sustancias, sino del calentador, su único amigo en Petersburgo capaz de hacerle olvidar el frío siberiano que casi lo lleva a la tumba. Cobijado por sus llamas encontró una manera de reunir el sistema de masas atómicas relativas de los elementos químicos, creado por John Dalton a principios de ese siglo, con la clasificación de Lavoisier de 1789. Asimismo, incluyó el trabajo de Johan Döbernier, llevado a cabo en 1817, donde demostraba la relación entre la masa atómica y sus propiedades. Además, en 1860 se celebró un congreso crucial al respecto en la ciudad alemana de Karlsruhe. Ahí se aceptó como cierta la hipótesis de Avogadro, mediante la cual era posible calcular la masa molecular de los gases y, por inferencia, la masa atómica de todos los elementos.

Con estos antecedentes, tanto Lothar Meyer como Mendeléyev, cada uno por su lado, consiguieron reunir los 65 elementos conocidos hasta entonces por orden creciente de sus pesos atómicos. Pero, a diferencia de Meyer, Dmitri Ivanovich no se conformó con esa primera tabla y se atrevió a suponer que había algo más donde no aparecía nada. Su aportación consistió en nunca abandonar la idea de que los elementos faltantes habrían de encontrarse en las entrañas de la tierra, entre el polvo de combustión de las fábricas, flotando en las aguas de ríos y mares.

Transcurrieron seis años hasta que, en 1875, un francés llamado Lecoq de Boisbraudran descubrió en los Pirineos el elemento que Mendeléyev había pronosticado. En efecto, todos los estudios de sus propiedades, así como de su estructura interna mediante espectrocopía, mostraron que era similar al aluminio ¡pero diferente! Lecoq lo llamó Galio.

Aun así, había quienes se mostraron escépticos. “Suerte de principiante”, adujeron. Sin embargo, en 1886, y siguiendo las claves anunciadas por Mendeléyev, el alemán Clemens Winkler hizo números respecto del peso atómico del nuevo desconocido, qué densidad debería tener, a qué temperatura tendría que hervir, entre otros aspectos básicos. De esta manera encontró el Germanio.

Dos años más tarde el mundo se había convencido de que el profesor Mendeléyev no era un charlatán y sus pronósticos estaban apegados a un método de raciocinio impecable.

Aquella velada de 1884 en Londres siguió su curso. Perkin le preguntó a Ramsay qué le había parecido el extravagante profesor barbado. “Eso parece. En realidad es un profeta que vino de Siberia”, contestó.

Gracias a Dmitri Ivanovich, Ramsay descubrió el argón, helio, neón, kriptón y xenón, y obtuvo el Nobel en 1904.