El Conacyt: un comedor para la Patria (III) | Letras Libres
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El Conacyt: un comedor para la Patria (III)

El “Conacyt de la 4T” no está ya solo a cargo de la ciencia y la tecnología de México. Lo que quiere es cambiar el orden mundial, la economía global, la democracia y, en suma, mejorar a la naturaleza humana misma.

En la primera parte de este escrito, expliqué mis reservas ante el decreto de María Elena Álvarez-Buylla en el sentido de que el Conacyt, que ella dirige, es “el Conacyt de la 4T”. En la segunda, me referí a un caso en que sí es de la 4T: el otorgamiento de abundantes recursos del Conacyt al animador de televisión John Ackerman para que realice un “Programa Nacional Estratégico” que consiste en instaurar científicamente en México a la “auténtica” democracia.

 

El Anteproyecto de ley y la “Agenda del Estado”

La misión de cuatrotizar al Conacyt incluye que el mismo señor Ackerman, en diciembre de 2019, como dijo en un tuit, recibiera el “honor de haber sido convocado por @ElenaBuylla @Conacyt para formar parte del Consejo General de Investigación Científica, Desarrollo Cientifica (sic) e Innovación del Estado Mexicano”. (Un mes antes, el Conacyt le había hecho el otro honor, el de darle dinero por cinco años para democratizar a la Patria.) Un año más tarde ya figura como asesor de Álvarez-Buylla en el Comité Intersectorial Para la Revisión del Anteproyecto de Iniciativa de Ley General de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación que el Conacyt le acaba de presentar al presidente López.

El señor Ackerman acompañó a Álvarez-Buylla al Palacio Nacional en diciembre de 2020 a entregarle al presidente dicho Anteproyecto. Es un honor que ni ella puede otorgar (pues no existe esa atribución en los reglamentos) ni por tanto aceptar su consejero. Mas como el Conacyt “de la 4T” incluye el manejo discrecional de los reglamentos, el señor Ackerman es ahora el único miembro de ese Consejo Intersectorial, que no representa a más intersector que el suyo propio toda vez que carece de cargo (formal) en el gobierno y en el Conacyt. Su presencia ahí agravia la vigente Ley de Ciencia y Tecnología y es tan anómala como lo es la ausencia del Foro Científico y Tecnológico, que sí debería haber estado, pero que no está porque si a Álvarez-Buylla le simpatiza mucho el individuo Ackerman, la colectividad del Foro no le simpatiza tanto, por lo que mandó desaparecerlo seis meses después de anunciar el Anteproyecto, lo mismo que a otras, semejantes instancias “civiles”.

En fin, que la forma en que Álvarez-Buylla excluye del Consejo General a quienes la importunan y anexa a quien le simpatizan provoca estupor en la silenciosa (en su mayoría) comunidad científica nacional, como se aprecia en esta nota de diciembre de 2019.

Mas la presencia dominante de Ackerman será pronto oficial, pues en el Anteproyecto ya figuran los artículos que permitirán a la directora del Conacyt nombrar a “un representante de la comunidad que destaque por sus aportaciones al desarrollo de las humanidades”, alguien que participará en el “Consejo de Estado” que, a su vez, regirá al Sistema Nacional de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación. Si fuera de la ley vigente fue el destacado Ackerman quien recibió tal honor, habrá que suponer que aumentará bajo la nueva ley.

Para tener una idea de los antecedentes del Anteproyecto conviene leer a Javier Flores y luego un ejemplo de las primeras reacciones a su lectura, como la de Antimio Cruz.

El Anteproyecto suma 128 artículos que a lo largo de 75 páginas oficializan varias aspiraciones del pueblo mexicano que Álvarez-Buylla ha sabido escuchar, a saber: que la ciencia sea “de frontera” y “horizontal”; que “los saberes” posean “pluralidad y equidad epistémicas”; que todos los mexicanos tengan “acceso universal al conocimiento”; que México consolide “la independencia científica y tecnológica” para construir “una sociedad más libre, igualitaria, justa y próspera, fundada en el pensamiento racional, reflexivo, dialógico, crítico y creativo, así como en la pluralidad y equidad epistémicas” y, en fin, todo lo demás que quiere el pueblo.

Es curioso. Según la nueva Ley, los científicos y humanistas podrán realizar su trabajo “sin menoscabo de la libertad de investigación”, lo que parece una concesión amable más que un obvio derecho de los académicos. Lo realmente delicado es que esta libertad de investigación solo será avalada por el Conacyt si se subordina a “la Agenda del Estado”, es decir, solo si los científicos realizan investigación “orientada a diagnosticar, prospectar y proponer a las autoridades competentes acciones y medidas para la prevención, atención y solución de problemáticas nacionales”.

Y claro, decidir qué es “Agenda del Estado” y qué no lo es, será privilegio de las autoridades del Estado. El privilegio de la “Agenda del Estado” se asemeja, de este modo, al privilegio que se arroga el Conacyt “de la 4T” cuando por medio de su directora anuncia la importancia de realizar cambios en los sistemas de evaluación “inequitativos y egoístas” como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), “para que sean congruentes con estos cambios de incentivos en la promoción de investigación más focalizada no en los temas aislados unos de otros, sino en las problemáticas reales concretas”, como en Ecuador (minuto 6:20). Y quien medirá la focalización de los proyectos será el Conacyt, es decir, el Estado, que evaluará su foco y estará facultado para juzgar si el proyecto es riesgoso o nocivo, como los de “la tecnociencia” que tanto molestan a Álvarez-Buylla, la única científica mexicana con el poder para convertir en ley sus juicios científicos.

Por cierto, en esa misma entrevista (minuto 3:28), Álvarez-Buylla se refirió a la pandemia y dijo algo esperanzador: que China enfrenta la pandemia con “herbolaria tradicional” mezclada con un interferón producido “en una pequeñita isla socialista del mundo que se llama Cuba”. Es una manera de vencer a la pandemia que, le parece, aporta una lección sobre cómo “seguir luchando por una transformación de las estructuras económicas y el orden económico y político del mundo”. Más allá de que China y Cuba sean tan transformantes, unos meses después Álvarez-Buylla anunció que México ya va a hacer su propia vacuna, por orden de “el señor presidente”.

 

El Conacyt y el PUEDJS, unidos, jamás serán vencidos

La admiración a los remedios sino-cubanos reitera la intensa fe de la científica Álvarez-Buylla en “los saberes” populares y tradicionales que se generan al margen del “conocimiento” occidental que es tecnocientífico y neoliberal y, por tanto, nocivo. (Sería interesante saber si preferirá hierbas chinas a vacunas tecnocientíficas.) Por lo pronto, se trata de una fe personal en un sentimiento de “alteridad” que ahora, convertido en ley, oficializa la reeducación de la ciencia para que se aleje del pecado y se deje salvar por la “Agenda del Estado”.

Es la misma fe que el asesor Ackerman proclama desde el Programa Universitario de Estudios sobre Justicia y Sociedad (PUEDJS) que la UNAM se vio obligada a financiarle en tanto que ideólogo y consejero del presidente. Lo hace en varios registros, ese PUEDJS: organiza festivales y ferias que siempre presiden “distinguidos académicos” o “destacados intelectuales y personajes de la vida pública nacional”, como dice su informe, que son Luis Hernández Navarro, Héctor Díaz Polanco, Jenaro Villamil, Julio Hernández Astillero, Sanjuana Martínez, Fabrizio Mejía Madrid, Paco Ignacio Taibo, Rafael Barajas Fisgón y Pedro Miguel, todos distinguidos servidores de la “Agenda del Estado” y, como Ackerman, colaboradores del diario La Jornada, y a la vez, varios de ellos, funcionarios del gobierno o del Instituto de Formación Política del partido MoReNa.

En el siguiente registro, el de los encuentros “académicos”, los participantes son de nuevo “destacadas y destacados académicos” que tienen además la peculiaridad de ser “funcionarios y exfuncionarios” de gobiernos populares, como Evo Morales y su vicepresidente Álvaro García Linera de Bolivia; los argentinos Alberto Fernández, Axel Kicillof y Ricardo Foster; el secretario de gobierno de Venezuela Guy Vernáez o el excanciller de Ecuador Ricardo Patiño. A estos combatientes de la “verdadera” democracia se agregan otras muy “reconocidas figuras” locales, como Álvarez-Buylla e Irma Eréndira Sandoval, destacada esposa de Ackerman.

Y en un tercer registro figuran las “personalidades de trayectoria internacional”, como la politóloga belga Chantal Mouffe (abogada de luchar Por un populismo de izquierda, como se titula su libro) o el líder del partido Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, que se inspira en el pensamiento de AMLO para salvar a Francia, lo que según Ackerman tiene muy contenta a Francia. (El presidente López recibió a este camarada Mélenchon en el Palacio Nacional durante dos horas, para explicarle cómo hacerle.)

Y por último, porque es el primero, el ideólogo portugués Boaventura de Sousa Santos…

 

Y ahora con ustedes… ¡Boaventura!

Con los dineros del pueblo que le otorgó el Conacyt, el señor Ackerman también contrató al señor René Ramírez Gallegos, quien fuera titular de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación del gobierno de Rafael Correa (hoy exiliado en Bélgica). Ahora es investigador de la UNAM y dicta conferencias en Conacyt en las que denuncia el “extractivismo infocognitivo que se apropia de los conocimientos generados en el Sur, por parte de las transnacionales del norte, para producir ganancias”: un resumen de lo mismo que denuncia Álvarez-Buylla, con menos prefijos. Otra teoría de Ramírez Gallegos es que existe una acometida capitalista y neoliberal contra el derecho a sentir cosas, agravio que con toda seriedad infocognitiva llama el “sentiricidio”.  

Las coincidencias ideológicas y fideístas de Álvarez-Buylla, Ackerman y Ramírez Gallegos emanan del discurso del biocentrista Boaventura, viajero frecuente a México para recibir premios (como el Nacional de Ciencia y Tecnología en 2010), dar conferencias emotivas, salir en los programas de TV del señor Ackerman y alabar a Álvarez-Buylla, a quien considera “una gran científica”, porque si “el capitalismo cambio el agua por la Coca-Cola, lo bueno es que Álvarez-Buylla esté al frente de la ciencia porque es extraordinaria”.

El abanderado de la descolonización Boaventura –un batidillo de Rousseau con San Francisco de Asís, Chomsky y el Che Guevara (a quien admira tanto como Álvarez-Buylla)– goza desde luego de gran fama entre los jóvenes que lo siguen como a un superstar libertario. Su fama deriva de libros como Epistemologies of the South. Justice against epistemicide (el autor pide perdón por publicarlo en un idioma “colonialista”), intensa fantasía romántico-ecologista e himno muy sentido al comunitarismo deseconomizado, que llama a resistir la hegemonía de Occidente desde nuestro “Sur Global, comunidad de creaciones y creaturas que ha sido sacrificada a la voracidad infinita del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado” oponiéndole el amor a la Pachamama y militancias como las del “hermano Evo” y el subcomandante Marcos.

Parte de esa lucha depende de crear una “pluralidad de saberes” y una “ecología de saberes” que pongan en su sitio a Estados Unidos y a la “arrogante Europa”, desde una resistencia que nos es propia porque “tenemos dignidad” y porque

somos seres humanos muy diversos, unidos por la idea de que entender al mundo es algo más amplio que el entendimiento occidental del mundo. Somos animales y plantas, biodiversidad y agua, tierra y Pachamama, somos los ancestros y las futuras generaciones…

Una biblia de “el Conacyt de la 4T”, llena de los parlamentos que Álvarez-Buylla suele repetir, pero no ya como una activista de esa fe sino como la “cabeza de sector” que coordina a cien mil científicos y administra miles de millones de pesos. Alguien que puede convertir su fe ya no en una marcha, sino en políticas públicas, como en el debate sobre el glifosato, que ella ganó con su poder para convertirlo en ley; la imposición como ley de una fe y unas creencias personales al que se supone que es el sector más inteligente del país. Resolver los debates científicos con la fuerza de la fe-como-ley, se diría, es autoritarismo, el que le permite declarar, a nombre de su fe, (como se lo dice a su asesor Ackerman) que el neoliberalismo es el culpable de la pandemia. Es su opinión, tan respetable en sus creencias como reprobable si se convierte en “Agenda del Estado”. Es legítimo que ella diga (minuto 17:05) que “Toda mi vida he luchado. Mi lucha, mi convicción es que hay que luchar contra este modelo civilizatorio”. Pero convertir su lucha y su convicción en “Agenda del Estado” y en ciencia oficial rebasa el sentido del Conacyt para convertirlo –como escribió Rafael Loyola Díaz–

Mientras escribo esto, me entero de que el Dr. Loyola, investigador de la UNAM, murió en estos días de enero. Hay que leer otro escrito suyo, en colaboración con Judith Zubieta, “Conacyt: punto de quiebre”.

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en instrumento de una ciencia militante.

Que los gobiernos anteriores hayan desperdiciado recursos del Conacyt dándoselos a empresas privadas es malo: es un abuso no es del todo diferente a usarlos para patrocinar las creencias religiosas de su directora.

 

El “Buen Vivir” contra “la ciencia de la muerte”

Uno de los prólogos del citado libro de Boaventura se titula “Manifiesto del buen vivir”. Es muy famoso, y no solo en las universidades (de las que no sale, pero a las que Boaventura considera “vecindarios inaccesibles” cuya misión “es convertirnos en ignorantes”), sino también entre los gobiernos que lo han puesto en práctica, como la “Economía de la felicidad” y el Plan Nacional del Buen Vivirque oficializó el gobierno de Rafael Correa y René Ramírez Gallegos, o el programa “Vivir Bien”  que lanzó Evo Morales en Bolivia.

Ese manifiesto le llegó también al candidato López Obrador, que lo recicló en su propio proyecto, “Desarrollo Sostenible y Buen Vivir”, uno de los “ejes de campaña” en 2018 y que, ya presidente, insufló en su Ética para el siglo XXI. Una guía práctica para promover el buen vivir.

Cada vez que López Obrador larga emocionadamente su discurso sobre cómo la felicidad es ajena a la posesión de bienes materiales, parafrasea el “Buen Vivir” de Boaventura; cada vez que añora a la idílica milpa suficiente y canta al tequio, o cada que fantasea con retornar a las sociedades en las que no existen los conceptos de desarrollo y de riqueza/pobreza, y cada que encomia las sociedades pobres, pero felices, que contrastan con aquellas cuyo consumo de bienes es inversamente proporcional a su “satisfacción con la vida”, evoca a san Boaventura. Se trata de lo que AMLO llama el “bienestar del alma”, ese “indicador alternativo” al crecimiento económico que señala el “índice de la felicidad” en la verdadera bolsa de valores, la que mide la inversión en sonrisas. Todo eso que el presidente deja en claro cada que desprecia al que quiere una camioneta Cheyenne o menciona el cuento de Tolstoi sobre el hombre que no tiene ni camisa pero es el más feliz de Rusia.

Boaventura explica qué es el “Buen Vivir” de manera sucinta: “Entendemos por Buen Vivir la consecución del florecimiento de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza, para la prolongación indefinida de las culturas humanas”. Es muy lindo. Todo el pensamiento romántico del XIX, de Hugo a Fourier, soñó lo mismo. ¿Quién podría oponerse? Nadie, en teoría, salvo, quizás, quienes temen en los hechos el día en que vengan los comisarios a castigar a los todos y a las todas que no florezcan adecuadamente.

Hacia esa fe apunta el Conacyt “de la 4T” y en esa ciencia del “Buen Vivir” invierte millones de pesos: una ciencia “democrática” que desplace a la tecnociencia, a la ciencia “neoliberal” que es –como dice Boaventura– una ciencia de la muerte, frase trepidatoria que explica otro discípulo, el venezolano Edgardo Lander, cuando llama a luchar contra “La ciencia neoliberal” porque (con sus propios subrayados)

el modelo científico-tecnológico guiado por la desenfrenada lógica mercantil es la negación total de la ética. La ciencia neoliberal se ha convertido en una amenaza extraordinaria a la vida. Quizás ha llegado el momento en que hay que dejar de hablar de las llamadas ciencias de la vida, para reconocerlas como aquello en lo cual tienden a convertirse, en ciencias del control y de la muerte.

Es otro resumen elocuente de esta fe religiosa que venera la idea de la “salvación”, la fe en una ciencia que predica luchar contra “la expansión de la lógica mercantil en todos los ámbitos de la vida colectiva” que nos imponen los Estados Unidos con su neoliberalismo y su nefasta tendencia a unir la ciencia con la industria; ese “proceso histórico de imposición colonial-imperial que es menester combatir”, como a todo occidentalismo, desde “los saberes del otro, de todos los otros (y de todas las otras). Y la ciencia del “Buen Vivir” juega un papel esencial en esa lucha, pues se opone a la ciencia “mecanicista, determinista y patriarcal” de Occidente, esa ciencia que es “patriarcal” porque privilegia a “la razón” en vez de escuchar el murmullo de la Pachamama; la ciencia como “agente capitalista de dominación y explotación”, la ciencia como “ignorancia especializada”, desarrollista, colonizadora y mercantil y, en suma, la ciencia propiciadora de la muerte, como declara Boaventura en la UNAM frente a Álvarez-Buylla en un (así llamado) webinar titulado “Democracia, Ciencia y Movimientos Sociales” que organizó Ackerman en los mismos días (junio de 2020) en que intentó organizar en la UNAM un coloquio contra “la ciencia neoliberal” a tal grado fuera de sitio que las autoridades universitarias lo cancelaron.

Pues bien, contra esa ciencia de la muerte es necesario crear una ciencia “democrática y producida democráticamente” que esté al servicio “de la cohesión social, del humanismo”, una ciencia cuyo sentido radique en combatir el actual modelo de desarrollo, argumenta Boaventura. La ciencia de la convivencia feliz desde “los saberes” ancestrales que celebran la armonía ecológica de los pueblos originarios con sus dietas nutritivas y curativas y con su “orden social natural” que no solo es posneoliberal sino intuitivamente neomarxista.

Y Álvarez-Buylla, que lo escucha extasiada, repite sus parlamentos en favor de una ciencia que no quiere “apropiarse de la naturaleza sino entender que somos parte de ella como lo tienen muy claro nuestras comunidades ancestrales”; es una otra ciencia adversa a la ciencia de la muerte, esa contra la que se levantan ella y su “Conacyt de la 4T” para colaborar, “desde el saber objetivo”,

con los movimientos sociales y la reivindicación de las luchas sociales de nuestro país y del mundo, por una vida más justa y por una lucha mundial alineada por la vida, para crear una solidaridad mundial generalizada en contra de este régimen patriarcal, neoliberal, colonialista, capitalista, injusto y de muerte.

Y llevada por el entusiasmo decreta entonces que esa ciencia, como lo tenemos clarísimo en el Conacyt”, se hace “con una visión no patriarcal, no machista, no discriminatoria de absolutamente nadie”. Es interesante que ya sea el Conacyt mismo el que cree en esto, pues ella lo encarna: porque ella milita en esa fe, lo hace también el Conacyt con sus 100 mil científicos. (No menos interesante que su política “no discriminatoria” cambiase poco después, cuando apoyó la expulsión del SNI de los investigadores que trabajan en universidades privadas, a los que sí fue legítimo discriminar.)

 

“Buen vivir” para combatir mejor

No todo es en la fe de Boaventura un ecologismo encantador: también considera esencial cambiar al mundo de la economía y de la política. Es necesario “pedirle ayuda a la democracia para liberar a la democracia” de quienes la administran hoy en día, para ayudarle a ser ‘democracia real’, una ‘democracia plebeya’, más participativa que representativa y “cuya marca genética sea el anticapitalismo”, como dice en La difícil democracia.

Se trata, científicos unidos del mundo, de entender que la democracia liberal es un disfraz fascista del “poder despótico”, que la democracia “es incompatible con el capitalismo”, que la democracia liberal “no es ni necesaria, ni suficiente ni siquiera deseable para el desarrollo” –como sostiene Rafael Correa–, mientras que sí es eficiente una democracia “Buen vivir”, la que transforma la democracia en desarrollo y en alternativas socialista-comunitarias que descolonicen de una buena vez la idea misma del desarrollo y generen un retorno al pacto social “original”, como en toda apocatástasis religiosa.

En México –que, según Boaventura en el citado webinar con Álvarez-Buylla, es “la última esperanza del continente” porque “si AMLO pierde quedamos en la oscuridad total”– la manera de alcanzar el triunfo final, “la revolución popular”, es salir a la calle, reafirmar el carácter de “partido-movimiento” del MoReNa y crear “con los movimientos populares un foro social mexicano con dientes”. Lamentablemente, el maestro Boaventura ya cayó en desgracia por criticar el insultante amor a sacar petróleo que tiene el presidente y por sentenciar que su proyecto del “Tren Maya” es un ejercicio tonto de “colonialismo contemporáneo”, como lo expliqué en otro artículo.

En fin, dudo que vuelva a estas tierras. Adiós don Boaventura. 

Pero dejó semillas genéticamente puras. Además del “Conacyt de la 4T”, también abraza al “Buen Vivir” como activismo político otro influyente protagonista del régimen, Luciano Concheiro, subsecretario de educación superior de la Secretaría de Educación Pública. ¿Qué dirá alguien con ese cargo ante el llamado de Boaventura a luchar contra las universidades, descolonizarlas “y destruirlas para que todos quepamos”? En un artículo titulado “El ‘Buen Vivir’ en México: ¿fundamento para una perspectiva revolucionaria?”, Concheiro sostiene que el “Buen vivir” se inspira en los pueblos “originarios”, en una “vida pasada” activa en la memoria colectiva presente. Son sociedades que se apoyan en una lógica y una racionalidad diferentes a las del occidente dominante: las de todos los “movimientos campesindios” que tienen “respeto por la Madre Tierra”, actores de una “alternativa civilizatoria” que busca “humanizar a la naturaleza y naturalizar a la humanidad, lo cual será posible en el comunismo”. La manera de hacer realidad ese propósito es institucionalizar a “la milpa” como medida sociopolítica básica en la que florezca el “Buen Vivir”. La milpa que es “el corazón técnico de este Otro vivir” pues como “elemento de identidad” hospeda el alma “de la comunalidad”, el “espacio sagrado en donde se recrea la cosmovisión de los pueblos” y donde los campesindios viven felices y en armonía. Y es en las milpas donde, “en un acto estratégico y revolucionario” se habrá de derrotar al “fetichismo de la mercancía” pues la milpa es “profundamente anticapitalista”, el ámbito de “las comunidades nosótricas” (y quienes se opongan serán, habrá que suponer, sentiricidas...)

Al traducir esto a proyecto educativo, en el caso de Concheiro, o a proyecto científico, como Álvarez-Buylla, los nosótricos reemplazarán a los inversionistas con las “comunidades”, mientras que “las cadenas de valor e innovación empresarial” serán reemplazadas por “nuevos sujetos sociales” sin finanzas pero con “fuerte contenido humanístico”. Y una vez logrado esto, se alcanzará el bien común “nacional y el de toda la humanidad”, como dice el Conacyt en su Boletín oficial de 2019 por medio del funcionario Raúl García Barrios (p. 9). Es, en efecto, un bien común en el que ya no habrá inversionistas sino “la academia, las organizaciones proletarias y populares, los ejidos y las comunidades indígenas, pero ahora convertidas en nuevos sujetos sociales transformadores”. Y todos juntos producirán, como le dice Álvarez-Buylla a Boaventura en el citado webinar, “una suerte de activación de energía de estos movimientos sociales, de esta energía social para poder seguir luchando y sumando voces y fuerza en contra de este sistema hegemónico: el sistema neoliberal capitalista de muerte”.

Así pues, el “Conacyt de la 4T” no está ya solo a cargo de la ciencia y la tecnología de México. Lo que quiere es cambiar el orden mundial, la economía global, la democracia y, en suma, mejorar a la naturaleza humana misma activándole la energía.

 

Seamos imposibles: exijamos lo realista

No es fácil el combate. No hay éxito a la vista, pero luchar ya es un éxito, etcétera. Ante la magnitud de esta ilusión, se activa la retórica de la esperanza. En el citado Boletín Conacyt se acepta que alcanzar  las prioridades estratégicas del Conacyt, como alcanzar la soberanía en seguridad, agua, comida, salud, educación, ecología, así como “preservar la vida democrática”, no será fácil:

Para muchas personas, atender en México estas prioridades se antoja muy difícil o incluso imposible, pero estamos convencidos que, en especial en nuestro país, es cierto lo que señala la filósofa Anna Stetsenko: “Lo que parece imposible es de hecho más razonable, e incluso más realista, que lo que solo mantiene las estructuras congeladas y estables de un status quo presumiblemente inalterable e inmutable”.

(No fue Stetsenko quien dijo eso, por cierto, sino Sarah Leonard, no menos cursi). Pero lo importante en todo caso es que, para el Conacyt, los científicos existen precisamente para ayudar al pueblo a hacer realidad “estos imposibles”. El problema es convertir lo “imposible” y lo “inalterable” en “Agenda del Estado”. Es una típica substitución juvenil, por impaciente, de los procesos complejos por la energía de los “ideales”. El culto de lo “imposible”, insumo de la emotividad de los movimientos estudiantiles en 1968 que se ha convertido en un autoconsumo: “la perspectiva de la imposibilidad del radicalismo es hoy más que nunca promisoria”, pues su “imposibilidad nos equipará para imaginar nuevas posibilidades”, como dice Boaventura.

Poner al Conacyt en la tarea de alcanzar lo imposible, ya en los hechos, le agrega a sus tareas la de ser otra arena para el proverbial combate entre el arrojo y la irresponsabilidad. Lo bueno es que el Conacyt mismo, como ha dicho su directora, vibra ya en “La transformación y la esperanza”, una transformación que no necesita esperanza pues ya se hizo realidad:

Bajo el liderazgo de nuestro Presidente, el Lic. Andrés Manuel López Obrador, la vida nacional del México de nuestros días vive una transformación luminosa y profunda enfocada a la promoción del bien común. Como órgano rector del Estado mexicano en asuntos científico-tecnológicos, el Conacyt ha sido llamado a jugar un papel trascendente en esta transformación de orientación humanista.

 

Otro mundo es posible (o al menos el comedor)

Un ejemplo de las tensiones para hacer posible lo imposible y salvar la distancia entre lo imposible promisorio y lo posibilitado empírico es el “comedor agroecológico Saberes y Sabores”, que Álvarez-Buylla activó para los empleados del “Conacyt de la 4T”. Un comedor creado porque –como lo dijo en sentida ceremonia– “tenemos la convicción de que la oportunidad de ser congruentes con el discurso y empezar en casa, es una manera de demostrar que otro mundo es posible” (Boletín, p. 58).

El comedor es una maravilla: no genera basura, no usa plásticos, la comida no es “obesogénica y diabetológica” sino agroecológica y hecha con “saberes tradicionales” y no ha sido comprada a “empresas comercializadoras y multinacionales” sino a “familias campesinas”. En suma, es “un modelo circular de beneficios para el ambiente, los campesinos y los consumidores”. Además es un comedor con justicia social, pues está subvencionado por el Conacyt y la cuenta se ajusta al nivel de ingresos de los empleados (uno de base come por 23 pesos; un director de área por 200 y la directora por 280). Porque…

¿Qué sentido tienen la ciencia, el desarrollo científico, las humanidades y el desarrollo tecnológico si su ejercicio no se transforma en acciones cotidianas que impacten de manera continua en la mejora de la calidad de vida de las personas y del cuidado al ambiente?

Así pues, para todo efecto el Conacyt ya alcanzó lo imposible, al menos en el comedor del Conacyt convertido en símbolo de la “acción cotidiana” que le otorga su sentido a la ciencia nacional. Ahora lo único que se requiere es trasladar el símbolo a la realidad.

Porque de haber estado afuera del Conacyt, además de circular y simbólico, el comedor tendría que ser eficiente, competitivo, atractivo y productivo, pues tendría competencia y no tendría subsidio. Dejaría de ser exclusivo para los empleados y abrirse al público al que no le haría descuentos en función de su salario. Y tendría que pagar impuestos y renta y agua y gas y luz y seguros. Y tendría que encontrar proveedores en el comercio establecido. Y tendría que contratar personal y darlo de alta en el IMSS y negociar con el sindicato de meseros. Y tendría que llenar muchas formas en la Secretaría de Salud y en la de Comercio y darse de alta en Hacienda y tramitar licencias y pagar coyotes e inspectores y multas y mordidas. Y luego tendría que servir comida cuyo carácter obesogénico o diabetógeno tendría que ser calculado por el cliente.

Y lo más difícil de todo: tendría que ser negocio.