El caso Bezos y la “sextorsión” impune | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: Petty Officer 2nd Class Timothy Godbee

El caso Bezos y la “sextorsión” impune

Parte de nuestra colaboración con Future Tense, un proyecto de Slate, New America Foundation y Arizona State University, este análisis de la sextorsión que padeció el hombre más rico del mundo y lo que revela sobre la indefensión en la que se encuentran miles de víctimas de este cibercrimen alrededor del mundo.

El jueves por la mañana, el CEO de Amazon y dueño del Washington Post, Jeff Bezos, confesó en una publicación explosiva en Medium que había sido víctima de una extorsión que involucraba imágenes pornográficas de él y su novia obtenidas sin su consentimiento, una práctica que suele denominarse sextorsión. Bezos escribió que American Media Inc., propietaria del National Enquirer, lo amenazó con publicar fotografías sexuales íntimas que había intercambiado con la expresentadora de televisión Lauren Sanchez a menos que accediera a sus demandas. Al tener que decidir entre la humillación o la rendición, optó por hacer una declaración pública de manera preventiva. No muchas personas en circunstancias parecidas podrían haber hecho lo mismo. Por eso, es importante que Bezos lo haya hecho.

Esta historia comenzó el mes pasado, varias semanas después de que Bezos compartiera que él y su esposa, MacKenzie Bezos, habían decidido separarse, cuando el Enquirer publicó un informe de 12 páginas sobre la aventura de Bezos y Sanchez, que incluía mensajes de texto que se habían enviado. En ese momento, Bezos contactó al investigador privado Gavin de Becker para investigar la filtración de sus comunicaciones personales. El jueves, Bezos escribió que el CEO de AMI, David Pecker, un aliado de Donald Trump desde hace tiempo, aparentemente estaba “furioso” por la investigación. Esta semana, continuó Bezos, recibió correos electrónicos de altos funcionarios de AMI en los que le advertían tener un verdadero “tesoro” de fotografías con contenido sexual explícito que publicaría a menos que Bezos diera por terminada la investigación y declarara categóricamente que la historia del National Enquirer sobre su amorío no tenía motivaciones políticas. Pero Bezos no les siguió el juego. En lugar de eso, hizo público el intercambio e incluso publicó los correos electrónicos que contenían descripciones gráficas de las imágenes. (En una declaración la junta directiva de AMI explicó que estaba investigando el incidente y que consideraba que, en este caso, su compañía había “actuado dentro de los parámetros legales vigentes”).

La distribución no consensuada de imágenes pornográficas (o bien la amenaza de hacerlo) se ha convertido en un escenario habitual ahora que gran parte de nuestras vidas transcurre en Internet y, a menudo, involucra smartphones que también funcionan como cámaras. Existe otra versión de esta práctica que se denomina “porno de venganza”, donde, por ejemplo, una persona publica una foto lasciva de una expareja en un foro de mensajes, grupo de Facebook o sitio pornográfico solo por despecho. En otros casos, alguien puede tomar una fotografía de otra persona sin que esta lo sepa, como sucedió en el caso del grupo de Facebook de 30,000 miembros de los U.S. Marines, que salió a la luz el año pasado por contener cientos —y, posiblemente, miles— de fotos explícitas de integrantes mujeres de la Marina en servicio y veteranas tomadas sin su consentimiento. También puede pasar que alguien sea víctima de un hackeo, lo que daría como resultado que sus selfies sin ropa se publiquen en Internet. En 2017, un estudio de Pew determinó que, en los EE. UU., 3 de cada 25 personas de entre 18 y 29 años han sido víctimas de la distribución de imágenes explícitas suyas tomadas sin su consentimiento.

Si bien Bezos no es la primera persona millonaria que sufre un hecho de este tipo, es poco habitual que se divulgue con tanto detalle. Por lo general, estas amenazas no ven la luz, muchas veces porque la víctima cede ante la presión o porque no es lo suficientemente famosa como para que el caso llegue a los medios. Obviamente Bezos sabe de su posición privilegiada; sin embargo, no tuvo demasiadas opciones a la hora de confrontar el intento de sextorsión. “Cualquier vergüenza personal que AMI pudiera provocarme queda en segundo lugar, porque aquí hay un asunto mucho más importante”, escribió Bezos. “Si, estando en mi lugar, no puedo enfrentarme a este tipo de extorsiones, ¿quiénes sí pueden hacerlo?”

Bezos tiene razón al decir que, muchas veces, no existen demasiados recursos para alguien que ha recibido este tipo de amenazas. Las víctimas que acuden a las fuerzas del orden público a menudo se encuentran con que no hay nada que se pueda hacer, en especial porque es casi imposible para la policía castigar a alguien que no ha sido identificado, una situación bastante frecuente cuando estos incidentes incluyen publicaciones en línea. Cuando las fotos se publican, no hay demasiado que pueda hacerse para que desaparezcan. Si terminan en un foro de Internet, incluso si se elimina la publicación, se pueden guardar y publicar indefinidamente. E incluso si se puede identificar al responsable, puede que la policía no tome en serio el caso, que la investigación tenga altos costos legales o que la víctima se vea forzada a revelar su nombre real, lo que provoca aún más daño si esto se relaciona con el material con contenido sexual explícito cuya distribución no autorizó en primer lugar. “En estos casos, la ley es prácticamente un instrumento sin filo”, dijo Danielle Citron, Profesora de leyes en la University of Maryland y autora del libro Hate Crimes in Cyberspace. “Su poder de acción es modesto, porque exige que el personal encargado de hacer cumplir la ley se preocupe y que la víctima tenga los recursos necesarios para llevar a cabo la investigación”. Lamentablemente, en la mayoría de los casos, las víctimas no tienen ni siquiera la posibilidad de llegar a un acuerdo.

Y si bien puede que eso sea en sí mismo un privilegio, Bezos, sin dudas, también salió herido, ya que ni él ni Sanchez hubieran querido que se revelaran sus momentos íntimos. “Bezos no es inmune a la humillación, y su autonomía sexual ha sido interceptada de maneras indeseables”, dijo Citron. Si bien pocas personas expondrían sus vidas privadas como lo ha hecho Bezos ahora, él puede compartir su historia sin preocuparse por que esto dañe su carrera: como bien dice, es dueño de una de las compañías más valiosas del mundo. Además, es hombre, lo que quizás también haya influido en que su publicación en Medium haya sido considerada por algunos un gesto de poder. Está claro que fue un movimiento audaz y, en última instancia, efectivo para ganarse al público. No fue una experiencia agradable, pero le sirvió. Y todo esto no significa que debamos suspender la opinión general que tenemos de él (que es un mercenario de los negocios, que fue el salvador de un importante periódico, que es excéntrico amante de las naves espaciales). Saber que incluso él puede ser objeto de este tipo de amenazas nos demuestra la dimensión del problema. Esperemos que esto contribuya a que las entidades que sí pueden hacer algo al respecto –como las compañías que alojan los sitios web donde se comparten estas imágenes o las policías locales– tomen en serio a las víctimas. Y, quizás lo que es aún más importante, este hecho debería recordar a empleadores, amistades y familiares que no debería juzgarse con tanta dureza e inflexibilidad a una víctima del porno de venganza o de sextorsión.

Debido a que las fotos y los mensajes de texto están tan arraigados en nuestros patrones de comunicación, sin necesariamente estar conscientes de ello dejamos rastro de nuestros intercambios íntimos. Y, si cae en las manos equivocadas, ese historial puede salir a la luz rápidamente y distribuirse con facilidad. Las personas siempre han utilizado el lenguaje para comunicar sus deseos sexuales; lo que ha cambiado es cómo los comunicamos. En décadas pasadas, las parejas hablaban por teléfono o se escribían cartas. Las tecnologías que usamos hoy en día dejan un rastro de datos que las llamadas telefónicas y las notas escritas a mano no tenían. Lo terrible de este caso no que es que Bezos tuviera una relación íntima consentida con alguien y decidiera hablar al respecto por mensajes de texto, eso es normal. Lo que debería darnos vergüenza es que alguien encontró el rastro y decidió usarlo para extorsionar a su dueño.

Algo parecido a lo que le sucedió a Bezos podría pasarnos a muchos de nosotros pronto, si es que ya no lo hemos sufrido. Por lo general, la víctima no puede hacer demasiado. Sí, seguramente Bezos y Sanchez consideren la opción de usar una aplicación encriptada como Signal la próxima vez. Pero que no hayan tomado más precauciones de seguridad no significa que tengan la culpa de lo sucedido. La demostración pública de Bezos es, por sobre todas las cosas, un recordatorio de que no es él quien debería sentirse avergonzado: quienes deberían enfrentar el juicio y la vergüenza pública son las personas que intentaron usar las fotos personales suyas y de Sanchez para beneficio propio.

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.

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