El año de las megaconstelaciones satelitales | Letras Libres
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Inagen: NASA

El año de las megaconstelaciones satelitales

En 2019, los pequeños satélites se colaron por las grietas de las leyes que regulan las actividades en el espacio.

2019 será recordado por múltiples logros en el campo de los vuelos espaciales. La primera caminata espacial de un equipo totalmente femenino, realizada por Christina Koch y Jessica Meir, fue un logro esperado desde hacía mucho tiempo. Las empresas aeroespaciales privadas también tuvieron avances, que van desde la plataforma lunar de Blue Origin hasta la prueba de Starhopper de SpaceX y el plan de Rocket Lab para recuperar sus cohetes, lo que haría a la industria aeroespacial aún más sostenible.

Del lado humano de la industria aeroespacial, celebramos el 50 aniversario de la llegada a la luna, al tiempo que planteamos serios cuestionamientos acerca de la viabilidad de Artemis, el plan de la NASA para regresar a la superficie lunar en 2024. El año también quedó marcado por el avance lento y los incidentes de Boeing y SpaceX.

Además de Estados Unidos, Israel e India se toparon con avances y tropiezos para llegar a la luna en misiones no tripuladas: avances, porque buena parte de la hazaña está en el viaje en sí mismo, y tropiezos porque ambas plataformas fracasaron en su intento por llegar a la superficie lunar intactas (aunque el satélite lunar de India sigue funcionando). La nave espacial robótica japonesa Hayabusa2 lanzó proyectiles diminutos al asteroide Ryugu para recolectar muestras debajo de su superficie, y ahora viaja de vuelta a casa. Tuvimos que despedirnos de Opportunity, el rover (explorador) de Marte. ¿Y quién puede olvidar los acontecimientos absolutamente extraños, como el primer delito supuestamente cometido en el espacio y los dolores de cabeza que provocó la presencia de tardígrados no autorizados sobre la luna?

Sin embargo, lo más comentado en 2019 fue una nueva clase de carrera espacial. No se trata de la batalla por la supremacía entre las principales empresas privadas (como las de los multimillonarios Elon Musk, Jeff Bezos y, en menor grado, Richard Branson), sino de una de dimensiones mucho menores, pero con un potencial de mayores implicaciones: las constelaciones de satélites. 

Tanto compañías establecidas como otras de reciente creación están preparándose para lanzar grandes redes de pequeños satélites (son considerados así los que tienen un peso inferior a 500 kilogramos; el telescopio espacial Hubble, en contraste, pesa más de 11 mil). Estas reciben el poético nombre de “constelaciones” y comparten la órbita terrestre baja con la mayoría de los demás satélites y la Estación Espacial Internacional. Estos pequeños satélites son más baratos y fáciles de fabricar, y enviarlos al espacio tiene un costo menor que el de otros de mayor dimensión. Además, dado que trabajan en colaboración, en conjunto pueden abarcar una proporción mayor de la Tierra que los satélites estándar, lo que los hace perfectos para alcanzar metas como cubrir el globo terráqueo con un internet de alta velocidad más asequible.

Ofrecer Internet rápido a bajo costo para zonas de difícil acceso es una meta que vale la pena, ya que representaría un medio costeable para que las poblaciones de zonas rurales o con una infraestructura deficiente pudieran participar en la economía digital: en Estados Unidos, aproximadamente 25 millones de personas aún no tienen acceso a Internet de banda ancha. Hay una verdadera competencia en este espacio: SpaceX ya ha lanzado los primeros satélites de su constelación Starlink, que pretende llegar a 42,000 elementos. Meses antes, Blue Origin anunció su intención de crear su propia constelación para Internet satelital, con más de 3,000 satélites, y OneWeb ya ha lanzado los primeros satélites de su proyecto, que se propone llegar a los 2,500.

Estos pequeños satélites llegarán a una zona orbital que ya está saturada. Para marzo de 2019 había aproximadamente 1,300 satélites operando en la órbita terrestre baja, junto con miles de piezas de desecho: satélites inoperantes que no se han sacado de la órbita y otro tipo de desechos, incluyendo uno se comporta como una bolsa de basura vacía. La idea de enviar esta cuantiosa cantidad adicional de satélites (que podría llegar a duplicar la cantidad que está actualmente en operación para finales de 2020) es causa de inquietud para muchas personas de la comunidad especialista en asuntos del espacio.

SpaceX ha sido un punto focal en este debate. Esto se deben, en parte, a las dimensiones que pretende que alcance su constelación, pero también a que cualquier cosa que haga la compañía es tema de titulares. “SpaceX se encuentra al centro de este debate no solo porque están haciendo lanzamientos con mayor rapidez que las otras mega constelaciones planeadas, sino porque pueden lanzar diez veces más satélites en su constelación Starlink que su competencia”, declaró Laura Forczyk, fundadora de la firma consultora en asuntos espaciales Astralytical. Sin embargo, SpaceX es solo el blanco más fácil, que se lleva la mayor parte de críticas que son especialmente intensas por un lo que es un problema sistémico de grandes proporciones. “Es la diferencia entre cerrar la llave del agua o dejarla goteando”, aclara Forczyk.

La primera colisión entre dos satélites sucedió en 2009, y fue entre un satélite ruso inoperante, destinado a las comunicaciones, y otro en operación de Estados Unidos. Tal vez haya sido la primera de muchas, considerando cuánto se está llenando allá arriba. Los satélites Starlink de SpaceX cuentan con un software a bordo para detección de colisiones; aun así, en algún momento del año pasado un satélite de Starlink casi choca con otro de la Agencia Espacial Europea en lo que pareció un juego de “voy derecho y no me quito”: al parecer, las funciones anticolisión operaron como se esperaba, pero SpaceX decidió no desplazar el satélite, lo que obligó a la ESA a tomar medidas. “Si un satélite choca con un objeto más grande que una moneda, puede resultar seriamente dañado”, explicó Brian Weeden, experto en desechos espaciales y director de planeación de programas en Secure World Foundation. “Si choca con un objeto de mayor tamaño que el de una pelota de beisbol, lo más probable es que se destruya y se rompa en miles de trozos”.

Esta situación es aún más complicada cuando los satélites mueren y se convierten en basura espacial. SpaceX cuenta con un plan para esa circunstancia: colocar esos satélites en una órbita más baja para que, una vez que estén fuera de línea, la gravedad de la Tierra los atraiga lentamente de nuevo hacia la superficie, en donde se quemarían por completo en la atmósfera en un periodo cercano a los cinco años. Todas las compañías que planean lanzar este tipo de satélites tienen planes similares para dejarlos fuera de órbita. Pero eso no resuelve el problema del volumen que ocuparán estos satélites cuando estén operando (y nadie sabe cuál será el impacto ambiental de miles de satélites diminutos quemándose en la atmósfera). El meollo del problema es la saturación de esa zona.

Además, existe otra cuestión. Starlink ha provocado un efecto negativo inmediato en la astronomía terrestre, cuando apenas se ha lanzado una pequeña fracción de la constelación planeada. Esta constelación en particular es más reflejante de lo que se esperaba. Forczyk reconoce que los astrónomos regularmente consideran a las aeronaves y los satélites en sus observaciones, pero las nuevas constelaciones satelitales han empeorado el problema. “Con Starlink los astrónomos están observando un número mayor de franjas de lo que es usual y les preocupa el flujo de franjas de luz que pudiera haber en el futuro en sus imágenes”, comentó. En la imagen siguiente puede verse una imagen del cielo nocturno atravesado por destellos. Estos destellos son satélites de Starlink. 

El jefe de operaciones de SpaceX, Gwynne Shotwell, dijo a los reporteros que la compañía está trabajando en una solución: un recubrimiento antirreflejante que haga menos brillantes los satélites en el cielo nocturno. No hay garantía de que esto funcione pero, Shotwell anunció, “lo haremos”.

Sin embargo, no era imposible prever estos problemas: los astrónomos habían estado advirtiendo sobre el impacto de Starlink en el trabajo de observación mucho tiempo antes del lanzamiento de los primeros satélites. E incluso si SpaceX y otros pretendieran proseguir con sus planes sin cuidado o precaución, el lanzamiento de satélites está ostensiblemente regulado. Después de todo, la órbita terrestre baja es una zona internacional.

Justo ahora, esa reglamentación se aplica en el ámbito nacional (aunque existe cooperación internacional en asuntos tales como el uso de la radiofrecuencia). Los gobiernos tienen la responsabilidad de reglamentar las actividades de las empresas espaciales que operan y hacen lanzamientos en el interior de sus fronteras. No obstante, ese obsoleto esquema no es lo suficientemente sofisticado para reglamentar lo que la compañías aeroespaciales privadas en realidad están haciendo en órbita: no hay normas específicas sobre los desechos o las constelaciones satelitales, por lo que las compañías tienen que autorregularse. A decir de Weeden, entre los expertos hay el consenso de que se requiere un cambio en los requisitos para el otorgamiento de licencias para los satélites. Lamentablemente, no sabemos bien cómo lidiar con este problema. El mismo sistema la origina, no es resultado de cambios de humor político. Por esta razón, mientras que la comunidad de especialistas en asuntos espaciales y las organizaciones que los regulan no encuentren una solución, los problemas continuarán acumulándose. 

Probablemente 2019 quede en el recuerdo como el año en que realmente empezamos a comprender el costo de la innovación no reglamentada. Que 2020 sea el año en que abordemos el dilema de frente en los entornos nacionales e internacionales. “El problema de la basura espacial es cada vez más desafiante, proporcional a la lucha que enfrentamos para limpiar la basura aquí en la Tierra”, advirtió Forczyk. “Las generaciones futuras cuentan con nosotros para resolver estos temas en el planeta y a su alrededor”.

 

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University

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