Cultura científica en Iberoamérica hoy | Letras Libres
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Cultura científica en Iberoamérica hoy

De los muchos esfuerzos de divulgación científica, unos cuantos ejemplos de libros recientes.

En abril de 1994 nos reunimos en la ciudad canadiense de Montreal un grupo de académicos, investigadores, divulgadores y escritores interesados en obtener un diagnóstico cabal sobre lo que creía el ciudadano medio de diversos países en el mundo respecto de los descubrimientos e invenciones científico-tecnológicas. A los resultados nada halagüeños había que sumarle la tímida participación de la comunidad científica en actividades de divulgación, pues en aquellos días aún eran consideradas superfluas. Antes de la explosión mediática, quien hacía divulgación se le calificaba de “leño muerto”, alguien que ha perdido la chispa para la investigación y tiene que encontrar un “pasatiempo”. Era urgente hacer algo.

Resultaba imperante adquirir un compromiso social, político, de manera que el divulgador se convirtiera en un compañero de viaje por el intrincado mundo de las ideas y hechos contemporáneos, al tender puentes entre las élites y el ciudadano común. Así acuñamos el término PUS (Public Understanding of Science), e invitamos a los colegas a trascender la postura del divulgador arrogante y fastidioso que intenta por todos los medios de impresionarnos con sus conocimientos y datos, muchas veces crípticos.

Un cuarto de siglo, ¿quiénes son algunos de las muchas personas en Iberoamérica con las que tuve contacto y que practican este pensamiento dinámico, comprometido con la comprensión pública de la ciencia?

En Perú conocí a un grupo de investigadores y escritores peruanos, quienes coinciden en mantener un compromiso con la verdad científica y en pos de una sociedad secular. Uno de sus instrumentos de expresión es el programa La Manzana Escéptica que se transmite por internet desde Lima. Mediante entrevistas con intelectuales sudamericanos, su productor, el doctor Víctor García Belaúnde, aborda diversos temas encaminados a combatir falsas creencias, como el hallazgo de supuestas momias alienígenas en Nazca. Cultiva el escepticismo cuando alerta sobre la renuencia de algunas personas a aceptar que la Tierra es un globo, no un disco. García Belaúnde escribió en fecha reciente un libro peculiar, La Genética de Dios, estridente en cierta forma pero muy bien informado. A lo largo de sus ensayos sobre la naturaleza de la vida y la muerte defiende la necesidad de fomentar una cultura escéptica en una sociedad secular.

En España sostuve un diálogo sobre el papel de la Historia en la comprensión pública de la ciencia hoy con el ilustre miembro de la Real Academia Española, José Manuel Sánchez Ron. Destaca su libro más reciente, El sueño de Humboldt y Sagan. Si queremos diagnosticar el futuro próximo es necesario entender el presente a la luz del pasado. La única manera de sobrevivir como sociedad es generando una cultura sólida del conocimiento.

Hay que mencionar también a Rachel Ignotofsky, cuyo libro Mujeres de ciencia. Cincuenta pioneras intrépidas que cambiaron el mundo, es una revaloración de investigadoras imprescindibles para el avance de la ciencia, tanto de las ya conocidas como de otras que la autora rescata. Asimismo, sobresalen Sabias, la cara oculta de la ciencia, de la química sevillana Adela Muñoz Páez, y Que se van las vitaminas, escrito por la también química, gallega en su caso, Deborah García Bello.

En Chile sostuve un par de encuentros con tres escritores que practican formas distintas de acercarse al espacio donde se cruzan la literatura y la ciencia. Uno de ellos fue con Carlos Franz, que publicó en 2015 una novela magistral que apunta a una nueva ficción científica, o, en todo caso, a una renovada, fina e intensa ciencia ficción. Me refiero a Si te vieras con mis ojos.

El segundo encuentro derivó en una charla enriquecedora con dos jóvenes divulgadores chilenos, Gabriel León y Nicolás Alonso. Los libros de Gabriel, Ciencia Pop I y II, si bien dentro de una narrativa didáctica y convencional, no dejan de ser divulgación científica de primera. Su formación como bioquímico lo llevó a experimentar en carne propia la inmovilidad que suele envolver la ciencia normal, aquella que no está invitada a los grandes momentos, en los que alguien o algunos descubren algo trascendental. Asimismo, encontró en su pasado infantil los motivos para sacudirse la inercia del mundo contemporáneo. Haber leído a Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Carl Sagan lo animaron a abrirse paso como autor.

Nicolás Alonso, formado en el periodismo científico de los últimos dos decenios, se atreve un poco más a explorar el testimonio personal, a veces íntimo, para construir relatos ambientados en el paisaje de esa zona austral y en los que nos relata la vida y obra de algunos pioneros chilenos de la ciencia y la tecnología. Su libro Luces al fin del mundo es un ejemplo de la buena prosa que tradicionalmente se practica en esta nación. Alonso rinde homenaje a figuras como Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Nicanor Parra, mientras rescata del olvido a figuras femeninas y masculinas que intentaron cultivar el pensamiento escéptico en Chile.

Desde Argentina Diego Golombek nos ofrece una divertida y vasta obra en pos de una cultura intregral (ejemplo es Cavernas y palacios), mientras que Agostina Mileo publicó un libro elocuente desde el título: Que la ciencia te acompañe, a luchar por tus derechos.

Dentro de este panorama en México destacan dos autores: el físico Gerardo Herrera Corral y el neurocientífico Jesús Ramírez Bermúdez (Paramnesia). En sus libros encontramos respuestas originales a preguntas que siempre habíamos deseado satisfacer. No sólo eso. Nos invitan a formular subsecuentes interrogantes y novedosas respuestas gracias a su poder de evocación y seducción.

En su libro más reciente, El azaroso arte del engaño, Herrera Corral se sirve del poder evocador del relato, la anécdota chusca o la interpretación capciosa de un suceso de la vida real para ofrecernos una mirada sorprendente, breve y concisa, de la matemática de las probabilidades y la manera equívoca de utilizar las estadísticas. Se trata de un memorable compendio de desaciertos cuyo denominador común es que nos permiten aprender de nuestros errores.