Ciencia sin soporte, peligro inminente | Letras Libres
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Imagen: Daderot/Wikimedia Commons

Ciencia sin soporte, peligro inminente

Los recortes anunciados en el presupuesto del gobierno para diversos rubros dedicados a la ciencia y la tecnología pueden tener consecuencias significativas para la investigación y los proyectos de largo plazo.

Un recorte cerca del 13% en el ya de por sí raquítico presupuesto para impulsar la ciencia y la tecnología de punta en nuestro país ha encendido las señales de alerta. Becas, salarios, estímulos, protección a la salud de los investigadores son algunos de los rubros que los encargados de confeccionar los presupuestos federales han decidido juzgar con criterio estrecho y utilitarista. Enseguida, platicamos con tres científicos mexicanos de renombre internacional a fin de conocer su punto de vista.

“Lo que está en riesgo es el futuro de la ciencia en México”, sostiene el astrofísico José Franco, quien ha sido director del Instituto de Astronomía (UNAM), presidente de la Academia de Ciencias y del Foro Consultivo Científico y Tecnológico. “Como puede verse en la gráfica que se presenta enseguida, la reducción al presupuesto es considerable. De hecho, representa un retroceso de diez años”, afirma. “Si en 2011 ya era insuficiente, ¡ahora lo es de manera dramática!”.

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Fuente: Foro Consultivo de Ciencia y Tecnología

 

Aquí se incluye sólo el 30% del presupuesto federal en ciencia y tecnología, ya que es la cantidad que ahora maneja el CONACyT. El 70% restante se distribuye entre las secretarías de estado que tienen que ver con estos rubros, esto es, salud, educación, transporte, agricultura, etc. Los valores de los presupuestos anteriores a 2019 han sido corregidos debido a la inflación, a fin de hacer una comparación con el presupuesto actual. Como se puede apreciar, este año sufrió una disminución de casi el 13% respecto del año anterior. El monto es casi igual a 2009, 2010 y 2011.

Para Gerardo Herrera Corral, el decano de los físicos de partículas mexicanos en Europa, particularmente en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), significa poner en riesgo su fuente de trabajo. En efecto, como investigador de un organismo público (el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, Cinvestav) existe la amenaza de recortar su salario, gravaron las becas de productividad y desempeño académico, y le retiraron el seguro de gastos médicos mayores. Vale la pena aclarar que a los científicos se les paga según lo que producen, a diferencia, por ejemplo, de diputados y senadores El doctor Herrera se pregunta: “¿A quién en el gobierno le pagan por su productividad?”.

Al no contar con dicho seguro ve amenazada su forma de vida (discreta y brillante, abriendo camino a jóvenes de extracción social humilde no sólo de México sino de Latinoamérica), ya que en el laboratorio donde ha trabajado desde hace muchos años manejan sustancias radiactivas y tóxicas en espacios confinados y en un entorno industrial.

“No cabe duda de que es una forma un tanto sesgada de considerar un privilegio”, agrega el doctor Herrera, refiriéndose a la suspensión de su seguro de vida. Quizá un magistrado o un funcionario del petróleo pueden pagárselo. Pero no un investigador en ciencias. El gobierno en turno está aplicando tabla rasa y empezando a llevarse entre las patas a científicos mexicanos, quien, por cierto, también pertenecen a la clase trabajadora.

La necesidad de hacer justicia social y resolver problemas prioritarios es insoslayable. Sin embargo, como opina Pablo Rudomín, uno de los científicos notables de México y quien ha formado numerosas generaciones de neurocientíficos, es mejor recurrir a la comunidad de investigadores para intentar resolver los cuellos de botella en desafíos tan variados como suministro de agua potable, alimentos, contaminación ambiental. En cada uno de estos temas están presentes los conocimientos científicos y tecnológicos. Si no contamos con gente que sepa qué hacer, qué semilla es la mejor para sembrar, cómo tratar el suelo, vamos a depender cada vez más del extranjero. O pereceremos. “Se está poniendo en peligro una parte del tejido social que ha costado mucho esfuerzo construir”, se lamenta el doctor Rudomín.

“Otra lamentable decisión afecta las cátedras para jóvenes investigadores”, dice el doctor Franco, “pues puede truncar carreras. Se hizo un enorme esfuerzo hace cuatro años por contratar 1500 nuevos talentos durante una década. Si llegan a suspenderlas, no están entendiendo en que la mayor parte de nuestra fuerza laboral calificada oscila entre los 50 y 70 años de edad, quienes además no pueden retirarse porque la mesada es paupérrima. La planta académica y de investigación tiene que ser apuntalada, renovada de manera urgente. Puede parecer exagerado, pero si semejante recorte se vuelve una tendencia, debe de considerarse como un suicidio programado”.

“Invitamos a las autoridades a reflexionar y comprender que los científicos, al igual que los artistas, no representan un gasto al erario sino una inversión crucial en el bienestar del país. Tanto hacer investigación de punta en todos los campos como divulgarla son instrumentos de paz y concordia social muy eficaces”, dice el doctor Franco. “No acabemos con esta gallina que pone huevos de oro”, pide el doctor Rudomín.

La ciencia es una especie de locura: ganas irrefrenables de responder por qué, para qué, cómo es este mundo, no importa cuán “inútil” parezca. Gran parte de la aventura científica desde hace miles de años se ha empeñado en saber, no necesariamente por consigna de un materialismo utilitario, sino por el goce estético que provoca y la ventaja evolutiva que en ese acto se ve renovada. Hacemos ciencia, como hacemos arte, a pesar de las efímeras consignas políticas. Emprender la investigación en estos campos del conocimiento depojados del espíritu científico, negándonos a reconocer el error cuando nuestra hipótesis no concuerda con la realidad conduce a un desfiladero. Renunciar a la ciencia y a divulgarla es una forma ya conocida de lanzarse al vacío. La gravedad hará el resto.