Cesare Pavese | Letras Libres
artículo no publicado

Cesare Pavese

En el poema “La habitación del suicida”, Wislawa Szymborska recrea la perplejidad de los amigos ante el suicidio de alguien que solamente deja, a manera de explicación, un sobre vacío apoyado en un vaso. Cesare Pavese, en cambio, escribió durante quince años una larguísima carta de despedida que hasta aquí hemos leído en calidad de obra maestra. En las cuatrocientas páginas de El oficio de vivir, Pavese cultiva la idea del suicidio como si se tratara de una meta o de un requisito o de un sacramento, al punto que, finalmente, se hace difícil moderar la caricatura: no es el enigmático amigo de Wislawa Szymborska o el suicida que en un poema de Borges dice “Lego la nada a nadie”. Por el contrario, Pavese es consciente de su legado: sabe que deja una obra importante, cumplida, sabe que ha escrito alta poesía, sabe que sus novelas soportarán con decoro el paso del tiempo. No tenía motivos para quitarse la vida, pero se encargó de inventarlos, de darles realidad. El oficio de vivir es un registro de teorías y de planes, de diatribas y digresiones, pero sin duda en la lectura prevalece el recuento de pensamientos fúnebres, casi siempre extremos y a veces más bien peregrinos, propios de un joven envejecido que de a poco va convirtiéndose en un viejo adolescente. Tal vez hay que ser como ese joven o como ese viejo para valorar, en plenitud, el diario de Pavese. Tal vez hay que querer suicidarse para leer El oficio de vivir.

 

 

Pero no es necesario querer suicidarse para disfrutar de libros perfectos como La luna y las fogatas, La playa, Trabajar cansa o Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La mayor virtud de El oficio de vivir es que da pistas sobre la obra de Pavese: si quitamos las referencias a su vida amorosa quedaría un libro delgado y excelente. Ahora me parece que al diario le sobran muchas páginas: sus impresiones sobre las mujeres, por ejemplo, no se compadecen con la comprensión verdadera o al menos verosímil de lo femenino que uno cree leer en La luna y las fogatas, Entre mujeres solas o en algunos de sus poemas. Por momentos Pavese es solamente ingenioso y más bien vulgar: “Ninguna mujer contrae matrimonio por conveniencia: todas tienen la sagacidad, antes de casarse con un millonario, de enamorarse de él.” Su misoginia es, con frecuencia, rudimentaria: “En la vida, les sucede a todos que se encuentran con una puerca. A poquísimos, que conozcan a una mujer amante y decente. De cada cien, noventa y nueve son puercas.” Más divertido y negrísimo es el humor de un pasaje en que comenta aquello de que un clavo saca a otro clavo: para las mujeres el asunto es muy simple, dice, pues les basta con cambiarse de clavo, pero los hombres están condenados a tener un solo clavo. No sé si hay humor, en cambio, en estas frases: “Las putas trabajan a sueldo. ¿Pero qué mujer se entrega sin haberlo calculado?” El siguiente chiste, en todo caso, me parece muy bueno: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán.”

 

 

Es cierto que cometo una injusticia al presentar a Pavese como un precursor de la stand up comedy, pero denigrarlo es seguir el juego que él mismo propuso. Otro libro breve o no tan breve que podría extraerse de El oficio de vivir es el de la ya mencionada autoflagelación literaria. Al comienzo duda, razonablemente, de su escritura: se queja de su idioma, de su mundo, de su lugar en la sociedad, se retracta de sus poemas, quiere escribirlos de nuevo o no haberlos escrito. Desea experimentar el placer de negarse, de partir, siempre, desde cero: “He simplificado el mundo en una trivial galería de gestos de fuerza y de placer. En esas páginas está el espectáculo de la vida, no la vida. Hay que empezarlo todo de nuevo.” La observación no es casual, porque contiene una ética: el artista es siempre un eterno amateur, sus triunfos amenazan el progreso de la obra. Pero se queja tanto que escucharlo a veces se vuelve insoportable. Poco después de los lamentos iniciales, Pavese ha construido una obra inmensa que le da satisfacciones reales, que le permite ser alguien muy parecido a quien siempre quiso ser. Pero ahora se queja lo mismo y un poco más: “Estás consagrado por los grandes maestros de ceremonias. Te dicen: tienes cuarenta años y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico... ¿Soñabas otra cosa a los veinte años?” La respuesta es, en cierto modo, conmovedora: “No quería sólo esto. Quería continuar, ir más allá, comerme a otra generación, volverme perenne como una colina.”

 

 

Pavese era un buen amigo, dice Natalia Ginzburg, pues la amistad se le daba sin complicaciones, naturalmente: “Tenía un modo avaro y cauto de estrechar la mano al saludar: daba pocos dedos y los retiraba enseguida; tenía un modo arisco y parsimonioso de sacar el tabaco de la bolsa y llenar la pipa; y tenía un modo brusco y repentino de regalarnos dinero, si sabía que nos hacía falta, un modo tan brusco y repentino que nos dejaba boquiabiertos.” En un fragmento de Léxico familiar y en un breve y bellísimo ensayo de ese libro breve y bellísimo que se llama Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg evoca los años en que ella y su primer marido trabajaron con Pavese en Einaudi, tiempos difíciles a los que el poeta se integra trabajosamente: “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.”

 

 

“Pavese cometía errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor, en cambio los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia”, agrega Natalia Ginzburg, y luego señala que la virtud principal de Pavese como amigo era la ironía, pero que a la hora de escribir y a la hora de amar enfermaba, súbitamente, de seriedad. La observación es decisiva y, a decir verdad, ha sobrevolado con persistencia mi relectura de Pavese: “A veces, cuando ahora pienso en él, su ironía es lo que más recuerdo y lloro, porque ya no existe: de ella no queda ningún rastro en sus libros, y sólo es posible hallarla en el relámpago de aquella maligna sonrisa suya.” Decir de un amigo que en sus libros no hay ironía es decir bastante. En las páginas de El oficio de vivir, en efecto, por largos pasajes el humor se limita a inyecciones de sarcasmo o a meros manotazos de inocencia.

 

 

“Mi creciente antipatía por Natalia Ginzburg”, anota Pavese en 1946, “se debe al hecho de que toma por granted, con una espontaneidad también granted, demasiadas cosas de la naturaleza y de la vida. Tiene siempre el corazón en la mano –el parto, el monstruo, las viejecitas. Desde que Benedetto Rognetta ha descubierto que es sincera y primitiva, ya no hay manera de vivir.” La amistad admite estos matices, y a su manera tajante y delicada la escritora responde: “Nos dábamos perfecta cuenta de las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla, y habríamos querido enseñarle algunas cosas, enseñarle a vivir de un modo más elemental y respirable; pero nunca hubo manera de enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, levantaba una mano y decía que él ya lo sabía todo.” Debo decir que me quedo con la sincera y primitiva y no con el sabelotodo. Porque sin duda Pavese era un sabelotodo. Por eso mismo su soliloquio se vuelve enojoso. Lo que mejor sabía era, en todo caso, que sufría inmensamente: “Es quizás ésta mi verdadera cualidad (no el ingenio, no la bondad, no nada): estar encenagado por un sentimiento que no me deja célula del cuerpo sana.” Acaso estaba secretamente de acuerdo con su amiga Natalia. Pienso en este fragmento del diario, que tal vez da la clave del sufrimiento de Pavese: “Quien no sabe vivir con caridad y abrazar el dolor de los demás, es castigado sintiendo con violencia intolerable el propio. El dolor sólo puede ser acogido elevándolo a suerte común y compadeciendo a los otros que sufren.”

 

 

Algo va mal en este artículo. Mi intención era recordar a un escritor que admiro, y ya se ve que la admiración ha amainado. Lo comento con una amiga, por teléfono, a quien no le gusta y nunca le ha gustado Pavese. Tal vez la primera vez que leíste El oficio de vivir, me dice, querías suicidarte. Todos los estudiantes de literatura quieren suicidarse, dice, y yo me río pero enseguida respondo, con pavesiana seriedad, que no, que nunca quise suicidarme. Tal vez entonces, a los veinte años, me impresionaba la forma de expresar el malestar; la descripción precisa de un dolor que parecía enorme y que sin embargo no rivalizaba con la posibilidad de plasmarlo. Es curioso, pienso ahora: Pavese lucha con el lenguaje, construye un italiano propio o nuevo, valida las palabras de la tribu y los problemas de su tiempo. No se adhiere a fórmulas, desconfía de las proclamas, de los falsos atavismos. Es, en un punto, el escritor perfecto. Pero en otro sentido es un pobre hombre que anhela exhibir su pequeña herida. Me pregunto si era necesario saber tanto sobre Pavese. Me pregunto si verdaderamente a alguien le importa saber sobre su impotencia, su eyaculación precoz, sus masturbaciones. No lo creo.

 

 

Pavese solía releer su diario para echar tierra sobre alguna observación apresurada o, más frecuentemente, para enfatizar una intensidad que ya era alta. Las numerosas referencias internas y el uso de la segunda persona constituyen la retórica de El oficio de vivir. La segunda persona reprende, humilla, pero a veces también infunde ánimo: “Ten valor, Pavese, ten valor.” El efecto, en todo caso, nunca me parece esencial: cualquiera de esos fragmentos funcionaría mejor en primera persona. Más que una complejidad del yo, la segunda persona comunica la dificultad del desdoblamiento y suena siempre tremendista: “También has conseguido el don de la fecundidad. Eres dueño de ti mismo, de tu destino. Eres célebre como quien no trata de serlo. Pero todo esto se acabará.” Hay pedazos, sin embargo, notables: “Recuerdas mejor las voces que las caras de las personas. Porque la voz tiene algo de tangencial, de no recogido. Dada la cara, no piensas en la voz. Dada la voz –que no es nada– tiendes a hacer de ella una persona y buscas una cara.”

 

 

Releí El oficio de vivir, pues había comprometido un reportaje sobre Santo Stefano Belbo, el pueblo natal del escritor, con la excusa del centenario de su nacimiento. Alguien criado en el país de Neruda no debería hacer este tipo de viajes: crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta soltaba sus metáforas a la menor provocación, que acumulaba casas y mujeres y dedicaba la vida a decorarlas (las casas y a las mujeres). Crecimos pensando que los poetas coleccionaban –además de casas y de mujeres– mascarones de proa y botellas de Chivas de cinco litros. Para nosotros el turismo literario es cosa de gringos, de japoneses que adoran el dinero que han pagado para maravillarse con historias asombrosas. Por fortuna, nada de eso hay en Santo Stefano Belbo, un pueblo de cuatro mil tranquilos habitantes, que vive de las viñas y goza de una estabilidad muy parecida al aburrimiento.

 

 

Así como repasar el diario de Pavese ha sido decepcionante, visitar el pueblo que sirve de escenario a La luna y las fogatas constituye una emoción compleja. Pavese interrogó este paisaje con preguntas verdaderas, movido por el vértigo de quien busca recuerdos en los recuerdos. Walter Benjamin lo dice con precisión, cuando habla, en un texto sobre Proust, de la “legalidad” del recuerdo. Es este el paisaje que recordaba Pavese cuando invocaba esa “legalidad”: el valle, la colina, la iglesia, las ruinas de una torre medieval; un verde apacible queda en los ojos y todo parece caber en una sola mirada larga. Encuadro la imagen para situar el río Belbo y el camino a Canelli, que en La luna y las fogatas es el camino donde empieza el mundo. De puro diletante planeo alojarme en el Albergo dell’Angelo, donde se hospeda el narrador en la novela, pero el recinto ya no funciona como hotel, por lo que me quedo en un razonable bed & breakfast. Reconozco el terreno mientras pienso en versos de “Los mares del Sur” y en el poema “Agonía”, que no es el mejor de Pavese pero sí el que más me gusta: “Están lejos las mañanas cuando tenía veinte años./ Ahora, veintiuno: ahora saldré a la calle,/ recuerdo cada piedra y las estrías del cielo.” Mientras camino recupero a Pavese: “Nos hace falta un país, aunque sólo sea por el placer de abandonarlo”, digo, de memoria: “Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando.”

 

 

Ya me gusta, de nuevo, Pavese.

 

 

Según Italo Calvino, la zona de las Langhe del Piamonte era famosa no sólo por sus vinos y sus trufas, sino también por la desesperación de las familias que allí habitaban. Calvino pensaba, claro, en el brutal desenlace de La luna y las fogatas y no en esta tarde agradable. Busco, absurdamente, indicios de desesperación en ese mundo de niños en bicicleta y gente que vuelve a paso lento del trabajo.

 

 

Los extranjeros vienen a Santo Stefano solamente para ver, como yo, la casa natal de Pavese, un sitio más bien desangelado que es como la casa natal de cualquiera: en esta cama nació el poeta, dice el guía, y no queda mucho más que imaginarse al pequeño Cesare, en 1908, llorando como condenado. También hay una galería atiborrada de pinturas de los más diversos estilos. Son, en su gran mayoría, bocetos nada buenos, puestos unos junto a otros por orden de llegada. El guía me dice que se trata de las obras ganadoras de un concurso anual destinado a recordar la vida y la obra del escritor. Pienso que esas murallas atestadas de primeros lugares y menciones honrosas lucieron, en su momento, una acogedora desnudez. Pero es mejor, quizás, el desorden del homenaje.

 

 

Tomo fotos, muchas fotos: soy, por dos días, el japonés que visita el pueblo donde nació Cesare Pavese. Hay una que me gusta especialmente, donde figura su retrato en la vitrina de una tienda de zapatillas para niños. Hay alusiones, hay dibujos, hay grafitis de Pavese por todas partes: Santo Stefano ha hecho lo posible por rendirle culto al poeta y hay belleza en ese esfuerzo. Pero el centenario de Pavese no invita, en general, a estridencias. No era, finalmente, tan buen personaje como Neruda. Menos mal.

 

 

Los niños de Santo Stefano Belbo aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra “suicidio”. Los niños saben de antemano que, en este pueblo, trabajar cansa.

 

 

Me oriento gracias a Anka, una joven rumana que conocí en el restorán cercano a la estación de trenes. Está de paso en Italia, visitando a su hermana. Le pregunto si se aburre y me responde que sí, porque acá casi nadie habla inglés y menos rumano (y muchos cultivan, todavía, el piamontés). Anka me dice que hay un chileno en el pueblo y que debería verlo. No busco chilenos, le respondo, y me mira desconcertada. Me retracto, por cortesía. Le digo que me gustaría mucho conocer a ese chileno y ella arregla la cita. Es en el bar Fiorina, frente a la plaza principal. Poco antes de llegar copio en un disco toda la música chilena que tengo en el computador. Pero Luis, el chileno, es en realidad un peruano de Arequipa. Le regalo el disco de todos modos. Luis tiene 35 años, desde hace seis vive en Italia y hace cuatro vino a dar a Santo Stefano Belbo. Trabaja en una fábrica de bombas de agua y da la impresión de que vive bien. Yo no he leído a Pavese, me dice de repente: para miserias basta con las propias, dice, y tiene toda la razón.

 

 

Hablo con varios amigos de Luis. Fabio, de 26 años, es el más cordial. Hablamos lento y logramos entendernos. No le gusta leer, dice, pero como todo santostefanino que se precie, conoce bien la obra de Pavese. Me gusta porque habla de este pueblo, dice, pero en el fondo no me gusta, rectifica, como pensando en voz alta, como decidiendo: no, no me gusta Pavese. A mí tampoco me gusta el chileno Neruda, le respondo. Yo me sé varios poemas de Pavese de memoria, dice Fabio, riendo. Yo también me sé algunos de Neruda, le digo, y seguimos riendo largo rato y ya tengo un amigo con quien beber las siguientes botellas de nebbiolo.

 

 

La ciudad de Pavese fue Turín, allí vivió casi todo el tiempo y allí decidió, en 1950, morir. Santo Stefano Belbo es el lugar de origen y de ensoñación: una aldea a medias real y a medias inventada, un escenario para la infancia. “El arte moderno es una vuelta a la infancia”, dice Pavese: “Su motivo perenne es el descubrimiento de las cosas, descubrimiento que después puede acontecer, en su forma más pura, sólo en el recuerdo de la infancia.” Su pensamiento es cercano al de Baudelaire: el artista es un convaleciente que vuelve de la muerte para observar todo como por primera vez. Pavese incluso va más lejos: “En el arte sólo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”

 

 

“Se admiran solamente aquellos paisajes que ya hemos admirado”, dice Pavese en el diario. Me pregunto si Santo Stefano Belbo ha cambiado mucho en estas décadas. Seguramente. Pero me gusta pensar que Pavese observaría una sutil permanencia.

 

 

Mientras espero el tren de vuelta, releo los fragmentos de La luna y las fogatas. Santo Stefano Belbo ha dejado atrás la violencia, pienso, y tal vez me engaño. Imagino las hogueras en la colina, recuerdo a Nuto y al niño rengo de la novela, los pasajes en que el narrador relata su vida en California, en fin, conjeturo la distancia de que se vale Pavese para construir un libro leve y oscuro. Pienso que me ha gustado Santo Stefano Belbo o que me ha gustado saber que a Pavese le gustaba. Para él la atracción llevaba implícita, siempre, una zona de rechazo, y es eso lo que me sucede también a mí: que he odiado el diario de Pavese –que he odiado el diario que amaba– y he amado sus demás libros. No llego a una conclusión o sí llego, pero se parece demasiado al comienzo: en La luna y las fogatas, por lo pronto, está todo lo que Pavese tenía que decir. El resto, su vida, es una extensa nota al margen, nada más que la larga carta de un demorado suicida.

 

 

“Pero la gran, la tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada”, dice Pavese. “En el fondo, tú escribes para estar como muerto, para hablar desde fuera del tiempo, para convertirte para todos en un recuerdo”, dice Pavese. Son citas lapidarias, ya clásicas. Pero me parece mejor terminar este texto con el blues delicioso que escribió en inglés poco antes de morir, acaso ya resignado a la música menor, al fraseo final del olvido: “All is the same/ time has gone by—/ some day you came/ some day you’ll die.// Someone has died/ long time ago—/ someone who tried/ but didn’t know.” ~