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artículo no publicado

Centroamérica: la derrota de los dogmas

Introducción
"Fue nuestra revolución la que estableció la democracia en Nicaragua", asegura Víctor Hugo Tinoco, dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). "Sin la guerra contra el sandinismo no hubiéramos tenido jamás democracia.
Gracias a las armas tuvimos elecciones libres", contrapone Óscar Sovalbarro, el Comandante Rubén de la Contra nicaragüense. "Yo estoy convencida de que sin la lucha armada, El Salvador no hubiera tenido apertura política", considera Ana Guadalupe Martínez, la veterana Comandante María del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). "Nos matamos durante 36 años para regresar al punto de partida de donde arrancamos: establecer las bases de una convivencia democrática", explica Pedro Palma, más conocido como Comandante Pancho en las filas de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), y ahora candidato a diputado por la alianza de izquierda en las elecciones del próximo noviembre.
     Centroamérica se desangró durante tres décadas. Ansias libertarias, inquietudes sociales, deseos de apertura política y febriles sueños revolucionarios se fundieron en un magma que acabó desbordando los diques construidos por gobiernos autoritarios, tan carentes de visión como de escrúpulos. Wa-shington y Moscú desplegaron sus peones en este tablero. Imperialismo. Tiranía. Comunismo. Explotación. Liberación. Subversión. En aquellos largos años de barbarie la palabra "democracia" apenas encontraba cabida en las trincheras. "Es que nadie hace una guerra por la democracia. La democracia es muy descafeinada", ironiza el historiador salvadoreño David Escobar Galindo.
     Fue la época de las "ofensivas finales", las matanzas, los éxodos multitudinarios y la injerencia extranjera, ya fuera en forma de "internacionalismo solidario" o de ayuda militar. Fueron también los años en los que el triunfo y el naufragio de los revolucionarios sandinistas cuartearon las certezas ideológicas de sus correligionarios salvadoreños y guatemaltecos. El fin de la Guerra Fría, a partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989, agudizó las incertidumbres. Agotados y huérfanos del mecenazgo bélico de los Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba, los gobiernos, los ejércitos y las guerrillas confirmaron algo que ya sabían: que aquellas eran guerras sin vencedores ni vencidos. Que nunca podría haber una victoria absoluta, ni un enemigo aniquilado. Fue entonces cuando todos los grupos enarbolaron la bandera de la democracia como única vía para posibilitar la convivencia. Las negociaciones acallaron los fusiles, y los acuerdos de paz dieron paso a los cambios que experimentan Nicaragua, El Salvador y Guatemala.
     ¿Dónde están hoy aquellos que empuñaron las armas? ¿Cómo han encauzado su vida y cuál es el balance que hacen de este pasado inmediato? Nos hemos aproximado a varios de los protagonistas. Todos se hallan inmersos en el mismo proceso de reflexión, y miran hacia atrás con sentimientos encontrados. ¿Valió la pena la guerra? Si bien muchos creen que sí, todos reconocen que el precio fue excesivo. Pero, ¿había otra salida? Ya no sirve introducir el condicional: si las clases dirigentes hubieran cedido espacios, si el contexto internacional hubiera sido diferente, si los jóvenes universitarios hubieran mostrado más madurez y paciencia, si... El hecho es que la realidad era otra y, en términos históricos, los conflictos armados fueron inevitables. Nuevos proyectos de nación se erigen hoy sobre más de 300 mil cadáveres.


El Salvador. El salto gigante del Pulgarcito
Ana Guadalupe Martínez decidió retomar sus estudios de medicina en 1994. La guerra en su país, El Salvador, había concluido dos años antes, y la situación política se iba encarrilando sin excesivos tropiezos. Tenía entonces cuarenta años, tres hijos y un escaño de diputada en el Congreso. No pisaba la facultad desde 1973, cuando colgó los libros para sumergirse en la clandestinidad como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las cinco organizaciones que más tarde constituirían el FMLN.
     El regreso a clases de la Comandante María fue todo menos discreto. Para empezar, arrastraba la notoriedad que le había dado su condición de dirigente guerrillera y su participación en las negociaciones de paz. Pero además acababa de provocar, junto a Joaquín Villalobos, una fuerte crisis en el FMLN: el ERP (reconvertido en Expresión Renovadora del Pueblo) había roto con sus correligionarios, acusándolos de dogmatismo y de ser incapaces de convertirse en una fuerza de izquierda abierta y democrática. No, desde luego, no podía Ana Guadalupe pasar desapercibida, y menos con dos guardaespaldas pisándole los talones.
     Su familia insistió para que se matriculara en otro centro, porque la Universidad de El Salvador era "territorio revolucionario" y podría encontrar un ambiente demasiado hostil. "Pero yo quería estudiar en esta universidad, porque ha sido el símbolo de la enseñanza superior en este país, y porque además era la única que ofrecía Educación para la Salud, una especialidad nueva en El Salvador, que aporta un enfoque integral, y no solamente curativo", dice Ana Guadalupe. Su expresión risueña y su voz cantarina desprenden tal dulzura que cuesta imaginársela vestida de verde olivo.
     Los recelos se trocaron en sorpresa al encontrarse con que, al contrario de lo que ocurría en su época, la mayoría de los estudiantes estaba al margen del debate político. Sin embargo, Ana Guadalupe no se libró de las iras de las nuevas generaciones del FMLN, que le mostraron su animadversión con carteles insultantes y acosos enfermizos. "Había una compañera que exigió que yo firmara las actas de asistencia, cosa que nadie hacía, y que pedía sistemáticamente la revisión de mis calificaciones. Y denunciaba a los profesores que me dejaban salir antes o llegar tarde a clase cuando tenía sesión plenaria en el Congreso".

Lo que son las cosas: la veterana guerrillera que a lo largo de veinte años había pasado por situaciones inimaginables, entre ellas nueve meses de secuestro a manos de las fuerzas de seguridad, tenía que vérselas ahora con los desplantes de unos cachorros gritones, que ni siquiera habían nacido cuando ella dejó las aulas para empuñar el fusil. Ana Guadalupe acabó la carrera sin mayores contratiempos y hoy realiza el servicio social en el hospital pediátrico Benjamín Bloom, donde lleva a cabo una investigación sobre el impacto de la educación sanitaria en niños con enfermedades respiratorias.
     Los zarpazos de la intolerancia han alcanzado también a Salvador Samayoa, destacado intelectual y comentarista político, antiguo ideólogo del FMLN, en el que militó hasta 1994 y al que sigue hoy vinculado "de manera suave", aunque sea para despotricar de unos dirigentes "convertidos en profesionales de la política partidista y totalmente desconectados de la vida real de la gente".
     El Pollo Samayoa era miembro de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), el brazo más numeroso de la guerrilla, y formó parte de la comisión negociadora de los acuerdos de paz, junto a Ana Guadalupe Martínez y al veterano dirigente comunista Schafik Handal. El otrora ultraconservador Diario de Hoy le ha abierto un espacio para sus columnas, y dirige un programa de debate político en radio y televisión. Allí comparte el micrófono con el general retirado Mauricio Vargas. Es cierto que el Chato Vargas siempre fue atípico. Los periodistas que cubrieron la guerra salvadoreña aún recuerdan su talante dialogante y los muñecos de peluche que inundaban su oficina en el Estado Mayor. Pero, después de todo, es un militar que durante doce años combatió a la guerrilla. Samayoa y Vargas hablan, discuten y entrevistan juntos. "Me han recriminado que me siente con Vargas, como antes me recriminaron que me sentara con Alfredo Cristiani [el ex presidente conservador que negoció la paz]. Lamentablemente hay gente que aún no ha cambiado el cassette del pasado", comenta Samayoa.
     Las críticas más duras le han llegado de una institución a la que estuvo siempre muy vinculado: la Universidad Centroamericana (UCA), de los jesuitas, con los que estudió desde los siete años. "No logro entender. ¿No creen en la redención de la persona, que tanto predican? ¿Qué es lo que buscan? ¿Que nos pasemos toda la vida odiándonos? ¡Tenemos que aprender a convivir!" Samayoa añora la presencia del padre Ignacio Ellacuría, rector de la UCA asesinado junto a cinco religiosos y dos mujeres en 1989 por un escuadrón militar. "Si el padre Ellacuría estuviera vivo, tendría a toda la universidad pariendo estrellas, pensando en instrumentos nuevos que ayudaran a la transformación nacional. Él era un profeta de la vida. Pero otros son profetas de la desventura, que no aportan otra cosa que no sea criticar y que se resisten a aceptar que el país ha cambiado".
     ¿Por qué esa incapacidad de ciertos medios intelectuales para adaptarse a los cambios, para salir de su burbuja? El general Vargas apunta una respuesta: "Los que estuvieron menos expuestos son los que más reclaman la violencia, el enfrentamiento, los métodos más alejados de la concordia. Los que nos encaramos a la cultura de la muerte vemos con mayor claridad la necesidad de una cultura de la paz".
     Más allá de estos rincones de resentimiento, El Salvador es el país centroamericano donde la transición política y la reconciliación parecen más avanzadas. ¿Es mera apariencia? No, dice taxativo Salvador Samayoa. "Los cambios son profundos. Son un compromiso genuino con la tolerancia y con la necesidad de que haya diversidad y pluralidad. Es algo muy amplio, que abarca a sectores de todo tipo, con diferentes grados de expresión y de conciencia".
     No deja de asombrar la capacidad de los salvadoreños para superar una guerra en la que, como dice David Escobar Galindo, las peores barbaridades parecían normales. "Era tal la acumulación de distorsiones en el país, que era muy difícil poner límites racionales a las conductas". Como miembro de la delegación gubernamental en las negociaciones de paz, David tuvo que sentarse con los mismos que en 1974 habían secuestrado a su padre. "Decidí sacarme el resentimiento de encima, porque si no mi presencia en la mesa negociadora no hubiera servido de nada". Ahora sonríe al recordar a Villalobos disfrazado de policía y a Ana Guadalupe vigilando la casa. El secuestro se resolvió a los quince días tras el pago de un rescate. "Mi padre falleció durante el diálogo de paz. Cuando ellos se enteraron, pidieron un minuto de silencio por él. Fue muy bonito".
     La librería Punto Literario, fundada, entre otras personas, por la esposa de Alfredo Cristiani, se ha convertido en un símbolo de la reconciliación. Una fotografía del fallecido escritor Roberto Armijo preside las reuniones de un grupo de señoronas de la alta burguesía, mientras la poetisa revolucionaria Claribel Alegría organiza en la sala contigua un taller literario. En las estanterías, títulos recientes de los viejos dinosaurios de la izquierda comparten espacio con sus detestados portavoces del neoliberalismo criminal. Hay que darse una vuelta también por el café La Ventana, ejemplo de la aportación de los internacionalistas a la gastronomía local. Su dueño es un alemán llamado Arnd Luers, que durante el conflicto ofreció su apoyo a la guerrilla, y ahora en la paz vende bauernfrühstück y cerveza de su tierra. El restaurante está siempre a rebosar: desde niñas bien hasta aprendices de ejecutivos, pasando por veteranos militantes del FMLN y especímenes diversos de la progresía internacional.
     Resulta difícil imaginar que para llegar a esta convivencia haya sido necesaria una guerra tan larga y tan cruenta. "Es lo que más he reflexionado en estos años", dice Ana Guadalupe. "Y la conclusión es que no había espacios. Había un contexto generacional (nos cayeron encima el mayo del 68, la muerte del Che y las protestas contra la guerra de Vietnam), enormes desigualdades sociales y un régimen militarista. Para alguien con un mínimo de sensibilidad no existía otra opción. Después del cierre de la universidad, del robo de las elecciones a Napoleón Duarte con el golpe de 1972 y de la prohibición de los partidos políticos, toda una generación completita nos metimos en esto".
     "No había opciones", corrobora Samayoa. "Ahora hay mil problemas, pero son de naturaleza distinta. Antes la situación era que tú no podías pensar, ni decir, ni reunirte... que no te podías enfrentar con ideas a otras fuerzas, porque el principal partido político era el ejército, que te combatía con las armas".
     No son sólo los antiguos guerrilleros quienes sostienen estos argumentos, que algunos podrían tomar como una justificación a posteriori de su decisión. El dirigente socialcristiano Rubén Zamora y el propio David Escobar Galindo comparten esa visión. "Teóricamente había otra opción. Muchos lo intentamos por otra vía. Las luchas democráticas centroamericanas de los años sesenta y setenta son un ejemplo. Pero la evidencia empírica demostró que no era factible", explica Zamora, que hoy encabeza un nuevo proyecto político que pretende aglutinar a las tendencias socialdemócratas y democristianas. "La derecha tenía miedo a la democracia. Los grupos de poder habían desarrollado una mentalidad defensiva, que les había llevado, a partir de los años treinta, a descansar sobre el ejército como garante de su control social. Las guerras se volvieron inevitables en términos históricos".
     La cantera de las dos principales facciones guerrilleras era esencialmente universitaria. Las FPL se formaron en 1970 con disidentes del Partido Comunista. El ERP concitó el apoyo de estudiantes de la clase media, muchos vinculados a organizaciones cristianas. Rubén Zamora los vio nacer. "Esos jodidos andaban haciendo trabajo social y organizando sindicatos. ¡No eran guerrilleros! Tenían una absoluta ignorancia militar. Y de pronto dan un salto cualitativo y se lanzan a la 'ofensiva final' de 1981, que fue una broma, porque no les llegaron ni las armas".
     Lo asombroso es que ese grupo tan mal preparado llegara a ser una fuerza militar real, con una enorme base social. Carlos Argueta, publicista de la empresa Proart, recuerda el pavor que sintió cuando, en 1975, con apenas 16 años, engrosó las filas del ERP y descubrió las dimensiones reales del movimiento. "¡Éramos poquísimos! Si lo llego a saber, ni me meto. Pero crecimos como la espuma. El origen de la guerra fue el monopolio del poder político por parte de un grupo de la oligarquía, ni siquiera de toda. Sin el fraude, sin la represión, la guerrilla nunca hubiera prosperado".
     Como dice Escobar Galindo, no fueron sólo esos muchachos inexpertos los que levantaron el movimiento, sino la realidad salvadoreña. Y una vez que estalló la "conflictividad acumulada", resultó imposible pararla.
     Carlos Argueta no acepta escudarse en el determinismo histórico, ni en los frutos cosechados por la lucha armada, y pone el dedo en una llaga que pocos se atreven a tocar.
     La excesiva ideologización de las partes alargó la guerra. En el caso del FMLN, el poder estaba en manos de los grupos más enardecidos por la ideología. Hubo dos momentos en los que la guerra pudo haberse acortado: el golpe de la Junta de 1979 y el triunfo electoral de Napoleón Duarte en 1984. Pudimos haber aprovechado estas circunstancias para provocar un cisma en el poder, que ya estaba dividido. Pero la izquierda tenía una visión provinciana... ni siquiera marxista. Yo le llamaría martaharneckeriana: nos habíamos formado con el manual sobre marxismo escrito por la chilena Marta Harnecker, que dividía al mundo entre burgueses y proletarios, entre buenos y malos. Creo que se pudo haber evitado mucho sufrimiento, pero a los más visionarios, a los reformistas, los aislaron en ambos lados.
     El ataque guerrillero de 1989 sobre la capital, San Salvador, forzó la apertura del diálogo: por primera vez la derecha, como sector social, experimentaba la guerra a las puertas de su casa, y el mito del ejército todopoderoso saltaba en pedazos. Paralelamente, la caída del Muro de Berlín, unos días antes de la ofensiva, y el fin de la Guerra Fría sacaron a El Salvador de la agenda de las grandes potencias, lo que impulsó "un esfuerzo nacional de solución", apunta David Escobar Galindo.

La derrota electoral de los sandinistas en 1990, la actitud más abierta mostrada por el gobierno estadounidense de George Bush y la fatiga inocultable de los contendientes fueron reforzando una corriente de legitimidad de la solución negociada que el presidente Alfredo Cristiani decidió aprovechar.
     "La guerra disipó el miedo que la derecha tenía a la democracia, en la medida en que les llevó a una situación mucho peor de lo que ellos podían imaginar. Si el monstruo del comunismo era peligroso, en la práctica se les demostró que el monstruo de la guerra los liquidaba todavía más", señala Rubén Zamora.
     Las Naciones Unidas y los "países amigos" fueron determinantes para mitigar la desconfianza entre las partes, recuerda el diplomático español Manuel Montobbio en un detallado trabajo sobre el proceso de paz salvadoreño.1 La firma de la paz, en enero de 1992, dio paso a lo que Joaquín Villalobos llamó "la revolución democrática", o a la "revolución negociada", como la definió el entonces secretario general de la ONU, Butros Butros-Ghali. Palabras hiperbólicas, pronunciadas en la euforia del momento, pero que reflejan el salto gigantesco que dio el "Pulgarcito de América" para acabar con la barbarie y firmar un nuevo contrato social.

Nicaragua. El callejón sin salida
"En Nicaragua hacemos todo al revés", dice Edén Pastora. "Hay dos vicios históricos que nos tienen al nivel de Haití: la política excluyente de los grupos (conservadores, liberales, sandinistas), que nos ha llevado a guerras; y la manía de combatir los errores con errores. Una dictadura se combate con otra dictadura. La corrupción se combate con más corrupción". Así analiza la situación de su país el legendario Comandante Cero del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que pasó a la historia con la espectacular toma del Palacio Nacional en 1978, pero que pronto se unió a las filas de la Resistencia Nicaragüense (la Contra) para combatir a sus antiguos camaradas, a los que acusa de echar a perder "la más bella de las revoluciones" y de traicionar la herencia liberal de Augusto Sandino.
     Hoy Edén Pastora apuesta a las elecciones para llegar a la presidencia. Ha establecido la sede de su Partido de Acción Democrática en una casa destartalada en el centro de Managua, devastado por el sismo de 1972. Lo único que necesita, dice, son fondos.
     "Si hoy me dan 25 mil dólares me tomo el poder en el 2001... por la vía electoral, claro. Más que el asalto al Palacio y mis cuarenta años de lucha, lo más grande que he hecho en mi vida ha sido dejar el fusil y haberme abocado a la lucha cívica. Como la derecha, defiendo la libre empresa, y al mismo tiempo, como la izquierda, persigo la justicia social".
     La revolución de 1979 devolvió la esperanza a un país agotado por la dictadura de una dinastía corrupta. La efervescencia alcanzó a todos los sectores sociales. "El derrocamiento de Anastasio Somoza abrió la oportunidad de construir un país distinto, nuevo, mejor", dice Alfonso Robelo, empresario y miembro de la primera junta de gobierno instituida tras la caída del dictador. "Pero lo que fue una verdadera insurrección popular, que arrastró a todos los sectores políticos y sociales, acabó monopolizada por un grupo: aquel que tenía las armas".
     La realidad confirmó el temor expresado tempranamente por Gabriel Zaid:2 que la revolución se limitara a un cambio de propietarios del poder, en lugar de ser un cambio de relaciones entre los hombres. Fue un "quítate tú para ponerme yo", resume Óscar Sovalbarro, que pronto dejó sus cafetales en las montañas de Jinotega para engrosar las filas de la Resistencia, donde peleó durante diez años con el nombre de Comandante Rubén. El adoctrinamiento, las confiscaciones, las ejecuciones de opositores o la leva de menores no eran las medidas más adecuadas para ganarse a una población "harta de dictaduras". La Contra llegó a tener mas de 22 mil hombres y mujeres armados, "la guerrilla más grande de América Latina después de la Revolución Mexicana", recalca Rubén.
     "Cometimos errores", reconoce Víctor Hugo Tinoco, diputado y uno de los dirigentes más solventes del Frente Sandinista. "Sobre todo con el campesinado: ejercimos una presión demasiado colectivizante". El reclutamiento forzoso, la inflexibilidad ante los Estados Unidos, la omnipresencia de los asesores cubanos... La Guerra Fría, sin duda, forzó la maquinaria. Pero los capitanes del barco no sabían cómo manejar el timón.
     "Los miembros de la Dirección Nacional del FSLN no tenían talla de estadistas. Todos los errores se resumen en uno: cada uno de ellos se creyó un Fidel, cuando ni los nueve juntos sumaban un Fidel", sentencia Edén Pastora.
     Yo combato al régimen totalitario de Fidel, pero ha sido un hombre congruente y con una capacidad política tremenda. Estos jodidos no son así. Son los limpiabotas de Fidel. El barbuchín manda a todos los comunistas a recibir al Papa. Estos mandaron a las turbas. Son bestias. En diez años echaron a perder una revolución hecha por ángeles. Eran inexpertos, y escucharon a gente sin capacidad, como Sergio Ramírez, que a pesar de su imagen era el más radical, porque quería ganarse la confianza de la Dirección Nacional. Y se dedicaron a machacarle los huevos a Estados Unidos, hasta que éstos reaccionaron y les hicieron tragarse el himno. Ya no lo cantan.
     El principal problema de los dirigentes sandinistas fue la falta de preparación, considera Herty Lewites. Lewites es un personaje singular dentro del sandinismo. Él mismo se define: "Soy un revolucionario que tiene que dormir con aire acondicionado, porque si no, no produzco". Procedente de una rica familia somocista, ocupó el cargo de ministro de Turismo y se ganó el apodo de Comandante Dólar por el impulso que dio a las empresas del gobierno revolucionario. Hace cuatro años abrió un parque de diversiones llamado Hertylandia y comenzó a desarrollar lo que él llama "el complejo turístico más grande de Centroamérica", el Masachapa Beach Resort. Tras un periodo de distanciamiento, regresó al Frente Sandinista, donde ha constituido el Bloque de Profesionales y Empresarios.
     "Los miembros de la Dirección Nacional no tenían ni idea de economía, ni de nada. Eran demasiado jóvenes. Desperdiciaron el apoyo internacional, que fue increíble. Nos llegaron tractores, combustible, créditos... México aportó 400 millones de dólares en petróleo; el campo socialista, mil millones de dólares; Cuba, otros 250 millones... ¡no todos los días ocurre eso! Pero lo importante es aprender de las equivocaciones, y el Frente lo ha hecho".
     Los errores del régimen sandinista no fueron sólo equivocaciones de una juventud desorientada ideológicamente. "En realidad el sandinismo no fue una dictadura socialista: fue un engendro que tuvo más de dictadura capitalista. Lo que pasa es que ni siquiera produjeron: se limitaron a disfrutar del poder". La decepción le rezuma por los poros a Víctor Romeo, veterano internacionalista franco-chileno, jefe de policía de Managua entre 1980 y 1988. A Romeo, que confiesa seguir abrazado a la utopía socialista, le pesa mucho el recuerdo de la "piñata", ese reparto desenfrenado de bienes confiscados que enriqueció a los dirigentes revolucionarios cuando dejaron el poder en 1990, tras perder las elecciones. "Lo malo no fue lo que se llevaron, sino cómo eso desmoralizó a las bases populares. Y la falta de sensibilidad que demuestran: ahí tenés a Jaime Wheelock, Luis Carrión, Sergio Ramírez... ¡Ahora todos becados en los Estados Unidos! ¿Pero no tienen vergüenza? ¡Si dirigiste una guerra contra ellos! ¡Por lo menos andate a Inglaterra, cabrón!"
     Aquellos vientos han desatado las tempestades en el propio Frente Sandinista, enfrentado ahora a las "contradicciones de clase", como dice Víctor Hugo Tinoco. "Después de diez años hay un sector del sandinismo que propugna un entendimiento con el gobierno liberal de Arnoldo Alemán para darle viabilidad a sus intereses económicos. Y esta posición entra en contradicción con la visión de los sandinistas pobres". A ello se añade "una crisis generacional. Para amplios sectores del partido los actuales dirigentes son un muro que impide la renovación de los cuadros e incluso el debate interno".
     En la Asamblea Sandinista celebrada el pasado mes de marzo, los grupos descontentos decidieron impulsar unas discusiones paralizadas desde hace más de un año por las denuncias de abuso sexual que Zoilamérica Narváez interpuso contra su padrastro, Daniel Ortega, el inamovible secretario general del Frente. Utilizando metáforas bíblicas, Ortega se revolvió contra "las serpientes" que pretendían "romper el partido". Pero la crisis ya está abierta, y en buena hora, dicen los aludidos.
     A pesar de sus problemas internos, el sandinismo ha buscado nuevas definiciones, insiste Tinoco: ha dejado el lastre del marxismo de manual y aboga "por una economía de mercado, pero con los necesarios colchones de protección social". "El FSLN tiene ahora excelentes posibilidades", considera Herty Lewites. "La desigualdad social se ha vuelto salvaje, y el gobierno de Alemán esta desprestigiado. El 25% de la población está con el Frente hasta la muerte. La cosa ahora es cómo llegar al 46%".
     En el municipio norteño de Quilalí, uno de los bastiones de la Resistencia, la sola idea de tener a los sandinistas de nuevo en el poder causa calosfríos. "El mismo perro, ni con otro collar", dice Miguel Ángel Escobar, alias Karman, que con su hermano, el Chele Douglas, engrosó las filas de la Contra. Cojo, por un disparo en la rodilla, Karman regentea un modesto hotel en este poblado de 5,000 habitantes, donde el legen-dario Sandino estableció su puesto de mando para luchar contra la intervención de los Estados Unidos a principios de los años treinta.
     Quilalí era hasta 1994 la "capital de la guerra". El número de desmovilizados en el municipio alcanza los 4,500. El último grupo se reintegró a la vida civil en 1997. Una buena parte de los antiguos contras ha rehecho sus vidas en una cooperativa agrícola, en la que también participan familias sandinistas. El huracán Mitch, que provocó grandes destrozos en la zona el año pasado, contribuyó a unir más a la gente. "Con los sandinistas hemos aprendido a convivir. Antes esto era el salvaje oeste: vivía quien sacaba más rápido la pistola", dice Félix Carvajal, alias Martín Negro, veterano combatiente de la Contra. "Quilalí fue el primer pueblo que tomamos", recuerda. "Nuestra idea era derrotar al sandinismo. Y lo logramos finalmente en las urnas. Gracias a las armas tuvimos elecciones en 1990. Para entonces ya éramos un ejército, y con el tiempo hubiéramos acabado ganando militarmente. Pero fue mejor así. Se paró el derramamiento de sangre y la destrucción".
     Que la revolución de 1979 trajo la democracia a Nicaragua es algo que sólo los sandinistas defienden. Para otros, fue la derrota del sandinismo, y antes la derrota del somocismo, lo que encarriló definitivamente a este país hacia la apertura política. Sí hay coincidencia, en cambio, en que los años de la revolución propiciaron un movimiento social fuerte. "Culturalmente hubo una verdadera transformación", corrobora Herty Lewites. "La población, y sobre todo la juventud, es muy madura. Ahora ya no van a aceptar una dictadura como la de Somoza, ni un régimen totalitario como el que impusimos nosotros".
     La clase política, sin embargo, no parece haber aprendido nada de la guerra. Las arengas flamígeras de Daniel Ortega, amenazando con volver a las armas, los desplantes del presidente Alemán o las parálisis recurrentes de la Asamblea Nacional componen el disco rayado en que se ha convertido la vida política nicaragüense, rehén de unos dirigentes atrapados en la confrontación.

Conclusión
El 29 de diciembre de 1996, el gobierno y la guerrilla de Guatemala pusieron punto final a un conflicto que duró 36 años y dejó 200 mil víctimas. Ese día, Centroamérica cerró definitivamente la página desgarradora de la lucha armada. La guerra guatemalteca, la más larga y la más sangrienta de la región, dio origen a los acuerdos de paz más complejos y ambiciosos. Los documentos, negociados durante seis años, pretenden ser la guía para la construcción de un nuevo país, de acuerdo con una realidad pluriétnica que sólo se tenía en cuenta en los folletos turísticos.
     Son los acuerdos más amplios, pero también los más castigados por el rechazo o por la indiferencia de la población. Algunos sectores, sobre todo de la derecha, los consideran como una imposición internacional que beneficia a una minoría encabezada por el gubernamental Partido de Avanzada Nacional y una guerrilla sin base social. La mayoría de los ciudadanos, afanados en la lucha por la supervivencia cotidiana, simplemente los ignora. Esta realidad se reflejó en el referéndum celebrado el pasado 16 de mayo para ratificar cincuenta reformas constitucionales, derivadas de los acuerdos de paz, que incluían el reconocimiento de los derechos indígenas, la modernización de la justicia y la supeditación del ejército al poder civil. El No ganó al con un poco más del 50% de los votos, pero ambos quedaron barridos por una abstención que alcanzó el 81.4%.
     El pavoroso resultado de la consulta despertó la preocupación de la clase política.
     El pueblo de Guatemala puso una esperanza tal vez desmesurada en los acuerdos, y estas expectativas se han ido convirtiendo en decepción, porque los acuerdos han traído avances institucionales en aspectos políticos, pero contrastan con el empeoramiento de las condiciones de vida de la población en los dos últimos años. Ya no hay represión, pero a la mayor parte de la gente le cuesta más comer, acceder a la salud, a la educación, a la vivienda. Eso ha generado una frustración colectiva.
     El análisis certero de Pedro Palma, el ex Comandante Pancho, se aplica perfectamente a Nicaragua y El Salvador.
     Las guerras centroamericanas abrieron los espacios para la democracia, aunque ese no fuera el objetivo inicial de los que combatieron. Se ganó, como dice Víctor Romeo, el derecho a la vida para los que discrepan. Y "se erradicó del sistema político la profunda distorsión que significaba el ejército", apunta Salvador Samayoa. Fue, sin duda, un logro histórico. Pero los cambios políticos quedan opacados por una pobreza agravada por los años de guerra y los vaivenes de la economía internacional, unos índices de delincuencia que son síntoma de una terrible descomposición social y una fragilidad institucional que agudiza la sensación de desamparo.
     "Los acuerdos no tenían ni podían tener como objetivo resolver los grandes problemas de estos países, pero han creado un escenario distinto, con nuevas reglas de juego, y las condiciones para tratar esos problemas son hoy muchísimo mejores", señala Samayoa. "Otra cosa es lo que hace la sociedad con los espacios que tiene, con las nuevas instituciones, con los nuevos mecanismos para solucionar los problemas".
     El reto de la clase política es romper con los viejos ajustes de cuentas, apuntalar la convivencia democrática y generar confianza en la población. Las posibilidades de alternancia política están abiertas, pero ésta no se ha dado todavía. La derecha gobierna legitimada en las urnas, mientras las antiguas guerrillas, convertidas en partidos, no han logrado renovar sus cuadros, ni construir un discurso coherente, ni emprender una política de alianzas. Incapaces de atraer el voto fuera de sus parroquias, están de momento condenadas a ser "la segunda fuerza". "Es lamentable que la democracia haya servido para validar a la derecha y ridiculizar a la izquierda, con sus divisiones, su falta de visión de futuro, cuando hasta hace muy poco éramos nosotros la fuerza de los cambios", suspira Ana Guadalupe Martínez.
     "La democracia no admite el heroísmo, como la guerra", sentencia David Escobar Galindo. "La democracia requiere otro tipo de virtudes: paciencia, análisis muy objetivos, realismo, pragmatismo... Es, si se quiere, otra forma de heroísmo, que no hace noticia." -