Castro y los huérfanos de la Revolución Mexicana | Letras Libres
artículo no publicado

Castro y los huérfanos de la Revolución Mexicana

La defensa ominosa y numantina de la dictadura cubana se ha convertido en el centro de la agenda nacional del PRD y del PRI. Han llegado tan lejos, sordos ante cualquier consideración jurídica o humanitaria, que sólo queda esperar que los huérfanos bicéfalos de la Revolución Mexicana empeñen y pierdan en esta aventura el poco capital democrático que les resta.
     El episodio 2002 de la fraterna amistad entre la Revolución Mexicana y la Revolución Cubana comenzó, al parecer, con una provocación del Comandante en Jefe. Consciente de que el gobierno de Fox, tras algunas vacilaciones, sabría honrar su origen democrático, sumándose a las timoratas medidas que la comunidad internacional dicta rutinariamente contra su dictadura, Castro decidió huir hacia adelante. Fracasado el primer portazo a la Embajada de México en La Habana, el dictador se presentó en Monterrey como una amante despechada, estalló en lágrimas por las humillaciones a que lo somete el otrora galante régimen mexicano, y dio un segundo portazo tras haber logrado su cometido: convertirse en la principal atracción de esa cumbre. Como es natural, el PRD y el PRI, celosos guardianes del principio de no intervención, no tomaron nota de las intenciones un tanto intervencionistas del Comandante, quien pretendió provocar la caída del canciller Jorge Castañeda, a quien tiene por autor de su desgracia. Horas después, las turbas castristas en La Habana, azuzadas por Juventud Rebelde, salieron a la calle a exigirle —palabras más, palabras menos— al presidente Fox la destitución de su secretario de Relaciones Exteriores, como si Cuba fuese un municipio dependiente de Los Pinos y no una república soberana.
     A Castro, otro de los grandes derrotados del 2 de julio del 2000, le salieron mal las cosas. El gobierno de México votó a favor de la resolución de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que pondrá, por enésima vez, bajo vigilancia al régimen castrista. Y los dirigentes del Partido Comunista Cubano tendrán que esperar una nueva oportunidad para disparar sobre la línea de flotación del gobierno mexicano, cosa que no hacían, por cierto, cuando gobernaban en México policías torturadores como Fernando Gutiérrez Barrios, íntimo amigo del Comandante.
     Mientras los cubanos encuentran la manera de deshacerse de Castro, si es que les interesa, el PRD y el PRI tendrán que aprender a vivir en un mundo donde la ternura por la Revolución Cubana acabará por volverse una excentricidad, como obsolescentes se volvieron tantas mitologías del siglo XX. El problema es cómo convivir con una oposición en cuya papelería se exalta la democracia parlamentaria mientras que su política exterior, en nombre del antiyanquismo, se concentra en la exaltación de un régimen de partido único, donde no existe ninguna de las libertades democráticas que el PRD y el PRI reclaman para México. La nostalgia de la mayoría de los priistas por sus años dorados con La Habana es comprensible: esa amistad les permitió ejercer el autoritarismo en México ante la benévola mirada de la progresía universal y —hay que decirlo— utilizar hábilmente a Cuba como un contrapeso geopolítico frente a los Estados Unidos. Para los priistas, la Cuba revolucionaria fue su casa chica.
     Dada la invaluable contribución de sus fundadores a la transición en México, el caso más lamentable es el del PRD. Tras el episodio cubano de esta primavera, una vez electa la señora Rosario Robles, el PRD ha perdido, acaso para siempre, el hilo que lo conduciría a transformarse en un partido socialdemócrata moderno. Cansados de jugar a las elecciones internas, que tan mal les salen, los perredistas peregrinan a La Habana a desagraviar a Castro, y estarán mirando con placidez y muina aquellos trópicos donde no se realizan elecciones de ningún tipo.
     Los huérfanos institucionales y democráticos de la Revolución Mexicana ven en la Cuba de Castro tanto al paraíso perdido como a la utopía cancelada. Pero la simpatía por el castrismo va mucho más allá del PRI y del PRD, estando asociada a esa tradición antiestadounidense tan entrañable para amplios sectores de la opinión pública mexicana. El antiyanquismo mexicano tiene profundas raíces históricas; pero casi ninguna de ellas, hay que repetirlo, es democrática ni liberal.
     El odio a la sociedad abierta —y a su expresión más visible y compleja, los Estados Unidos— va asociado al culto por el caudillo providencial. Ambos elementos provienen, en América Latina, de la vieja derecha hispanófila, antiprotestante y protofascista. Si el viejo Vasconcelos estuviese vivo le perdonaría a Castro su comunismo, una viruela epocal, por su emperrada defensa de Ariel contra Calibán. Eso deberían saberlo los panistas, pero no lo saben, y aquí entra en juego el tercer efecto del reciente episodio cubano. El PAN carece por completo de una cultura política que le permita comprender el mundo contemporáneo; cada vez que sus diputados son llamados a tribuna a defender la política de Fox y Castañeda ante Cuba, lo hacen con incomodidad, obligados a combatir en un terreno que desconocen y que, muy evidentemente, les importa poco. Algunos de esos diputados comparten la antigua execración nacionalcatólica contra los Estados Unidos, y la mayoría fueron educados en una subcultura gerencial, provinciana y mojigata, que de muy poco le servirá al PAN para afianzarse como un verdadero modernizador del sistema político mexicano.
     Vistas así las cosas, el último sainete de Castro desnudó a las tres principales fuerzas políticas del país. Quizá México sólo estará verdaderamente preparado para la democracia el día en que condenar en la ONU al régimen castrista sea tan natural como abominar de los crímenes de Pinochet. -