Bretón en México: una apostilla | Letras Libres
artículo no publicado

Bretón en México: una apostilla

A finales del siglo XVI, Miguel de Cervantes no guardaba grandes esperanzas acerca del progreso de su carrera como funcionario en España. La solución que vislumbró —proponerse para alguno de los puestos disponibles en las colonias americanas— estuvo a punto de conducirlo a México. Finalmente, Cervantes no se encaminó a la América española y, en su lugar, fundó la novela moderna: escribiendo el Quijote descubrió un continente literario. El episodio del viaje frustrado de Cervantes a América revela un tiempo en el que México, como alguna vez la Unión Soviética, se presentaba a los ojos de la imaginación mundial como una tierra habitada por el futuro. Entonces viajar a México simbolizaba una alternativa tan vanguardista como crear la modernidad literaria. Pero todavía hoy, a pesar de que las relaciones entre el mundo hispánico y lo moderno no han sido siempre las de un desacuerdo, no es extraño que los vínculos entre México y la vanguardia se sigan percibiendo bajo un signo de contradicción.
     Más de tres siglos después, la visita de André Breton pareció confirmar las sospechas sobre tal desavenencia al establecer un curioso vínculo entre México y la vanguardia. Tal vez no se ha reparado lo suficiente en las consecuencias simbólicas de que Breton haya llamado a México "el lugar surrealista por excelencia". Aunque se trata de una anécdota tangencial, este bautizo de México en las aguas del surrealismo no deja de ser significativo. La interpretación habitual de la frase, que se ha convertido en el resumen de su estancia, ha dado lugar a un malentendido con la vanguardia. El surrealismo ha penetrado en el lenguaje cotidiano como un sinónimo de la forma pintoresca del absurdo, dando lugar a la costumbre de emplear un término relativo a la voluntad de ruptura en las artes y la literatura para describir los aspectos premodernos del carácter nacional. En medio de un embotellamiento interminable o enfrentados a un enredo político insólito, los mexicanos recuerdan gustosos las palabras de Breton, y llaman surrealistas a los tropiezos de su camino a la modernidad. La visita, en vez de situar a México en la avanzada de la cultura, reforzó la certeza de la excentricidad mexicana.
     En la geografía de la vanguardia, México ha ocupado entonces un lugar emblemático por virtud de su atraso. Siguiendo esta interpretación, la presencia del surrealismo en México habría respondido al objetivo de apreciar los aspectos excéntricos de la nación, y no al deseo de celebrar un encuentro con la cultura mexicana, su posible semejante. Breton habría descubierto en México la tierra del buen salvaje de la vanguardia, una región del mundo que se ahorró el tedioso rodeo de la historia, naciendo inocente y surrealista. La revolución propuesta por los manifiestos artísticos en Europa sería irrelevante, porque México yace, desde siempre, inmóvil en el origen. Lo que en los cenáculos de París apenas se atisbaba en sesiones de escritura automática, sacudiendo los sueños para dar con un trozo de evidencia, en México se tenía en estado silvestre, al alcance de la mano en la forma de una calavera de azúcar. El país habría atraído a la vanguardia por padecer una forma particular del retraso cultural, como si visitarlo fuera el equivalente espacial de un viaje al inconsciente.
     Pero cuando Breton nombró a México un país surrealista, no se refería sólo a los paisajes hechizantes y a la "belleza convulsiva", sino, ante todo, a su carácter revolucionario. El surrealismo se alimentaba de la identidad entre creación artística y revolución: en la meta común de transformar el mundo y cambiar la vida, la poesía y la actividad revolucionaria encontraban su unidad. De esa forma, la irrupción de la libertad en el ámbito de la imaginación no podía estar completa sin la transformación radical de la sociedad. Por su Revolución y el genio de sus artistas, México era, a juicio del surrealismo, el centro de una de las incursiones más vigorosas de esa libertad en la historia del siglo XX. Era en las aspiraciones sociales de la Revolución, los cuadros de Frida Kahlo, las fotografías de Manuel Álvarez Bravo o los grabados de José Guadalupe Posada —ese "maestro del humor negro" a la altura de Kafka o Baudelaire— donde se revelaba lo fundamental de la naturaleza vanguardista de la cultura mexicana. En los terrenos del arte y la organización social, México se intersectaba con la vanguardia en la fuerza revolucionaria de su impulso creador.
     Hay que concebir de otra forma nuestra condición surrealista y dejar de ver la historia de México como un largo desencuentro con la vanguardia. Aun como país comúnmente ligado con el rezago, México se ha relacionado con las vanguardias y hasta las ha producido: basta mirar un cuadro de Tamayo para darse cuenta de lo ilusorio de cualquier dilema entre lo mexicano y la modernidad. Breton compartió con Cervantes el doble aliento del viaje y la creación que se resolvía en una idea fija: América, México, la patria del futuro cuyo encuentro representaba la posibilidad de una experiencia renovadora. Tal vez permanece en el aire, sin embargo, la imagen de la herencia hispánica sólo como un lastre medieval —aunque ese fardo haya sido la vanguardia que en el siglo XVI intervino en la creación de México. A pesar de la formidable evidencia en contra de la confusión sobre el lugar de lo mexicano en lo moderno, no nos hemos podido deshacer por completo de la creencia en un divorcio esencial entre México y cualquier variedad de la vanguardia. La cultura mexicana sólo se podrá mantener como un sujeto dotado de voz en la conversación con el mundo borrando los vestigios de esa tendencia de vincular a México con el atraso. ~