Borges y Bioy conversan sobre México | Letras Libres
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Borges y Bioy conversan sobre México

Porque los encuentro interesantes, transcribo a continuación los comentarios de Jorge Luis Borges sobre México y los mexicanos, tal como los fue recogiendo y a veces aumentando Adolfo Bioy Casares en sus cuadernos; aparecen –entre otros muchos juicios no menos curiosos– en su póstumo y monumental Borges (Barcelona, Destino, 2006, 1663 pp.).

Salvo cuando es estrictamente necesario dar la fecha exacta, sólo anoto el año en que se emitieron las apostillas del famoso odd couple porteño.

 

1954, p. 96. “Comen en casa Borges, Frías y Peyrou. Oímos discos mexicanos, que no gustan nada. Borges dice que parecen cantados por pelotaris. ‘Qué voz. Es una cosa perfecta, pero fría’, agrega irónicamente. Con aprobación oímos después algunos blues.”

 

La idea de estos cuatro señores muy cuadrados y estirados oyendo blues es deliciosa; ¿de vez en cuando alguno dice oh, man! con voz profunda?

¿Y de quién será la fría voz perfecta? No sé bien por qué me imagino a Jorge Negrete, tan impecable, tan clásico.

Sin embargo, no concibo qué entiende Borges por un canto pelotari. ¿Una voz dura que recorre muy rápido un largo espacio?

¿O es posible que sólo refleje su conocido menosprecio por todo lo vasco; o su indetenible compulsión por emitir comentarios sardónicos, atinados o no? Como notará cualquier lector del amplio compendio de Bioy, don Jorge Luis suele manifestarse tan tajante como burlón.

(Por lo demás, debe entenderse cenan por comen, desde luego.)

 

1956, p. 168. “Conversación telefónica con Borges. Giusti le dijo: ‘Lástima las ejecuciones. Quién sabe qué van a pensar en México.’ Borges comenta: ‘Es la interpretación escénica de la Historia. Qué importa lo que piensen en México. Hay que hacer lo que es justo hacer.’”

 

¿Qué es lo que es justo hacer? Fusilar sin proceso, “en caliente”, a los amotinados...

La nota a pie de página del compilador, Daniel Martino, reza así: “El 9 de junio, el Movimiento de Recuperación Nacional, liderado por los generales retirados Juan José Valle y Raúl Tanco, tomó el Regimiento Siete de Infantería de La Plata y el cuartel general de Santa Rosa (La Pampa). El 10 de junio, sin apoyo, se rindió. Fueron fusilados veintisiete rebeldes, entre ellos el propio Valle.”

Lo curioso no es la asonada militar, más bien sintomática de la bestial política argentina, sino la preocupación del tal Giusti por lo que se piense no en Francia o Estados Unidos o Uruguay –o las Naciones Unidas– sino en México. ¿Teníamos en 1956 (en el sexenio del muy gris Ruiz Cortines) alguna autoridad moral?

Qué curiosa idea: que a algunos argentinos les preocupara lo que pensaran de ellos los mexicanos.

 

1957, pp. 267-268. Bioy relata que Borges le contó que acudió a cierta sociedad lingüística una tal señora de Bastianini –una de tantas horrorosas damas de sociedad con las que Borges y Bioy se reunían con frecuencia– y que dicha doña “sostuvo que todo (lo que allí discutían) era parte de una polémica entre los partidarios de los blancos y los partidarios de los indios; que ella no era partidaria de los blancos, y que todos éramos descendientes de Calfucurá. ‘Todos, desde luego –respondió Olivera–, salvo usted, señora, y los señores que están aquí, y yo.’ Borges le dijo que ese gran amor por los indios no la había llevado a saber nada de los indios y que esos mismos estudios eran más propios de blancos que de indios: los indios vivían en la indiferente ignorancia de todo, incluso de lo concerniente a ellos mismos. La de Bastianini contestó que vivíamos en una civilización de blancos, pero que probablemente nos rodeaban muchos monumentos dejados por los indios y que nosotros no sabíamos ver. Borges no hizo hincapié en la naturaleza invisible de tal estatuaria. Borges: ‘Todo ese amor al indio vino del norte. De México y del Perú.’ [...]

”Hablamos, después, de (Alfonso) Reyes y de su deseo de ganar el Premio Nobel. Borges: ‘Los premios no ayudan, en la posteridad, a nadie. Para Schiavo, sí, son la única posibilidad de que lo conozcan; pero si uno no es Schiavo, no recibe mucha ayuda de los premios.’”

 

Es probablemente cierto que esas ideas exóticas provengan de los países con conciencia de su pasado indígena. En cuanto al mexicano Reyes, es un huésped frecuente en estas páginas (veintiuna menciones por veinticuatro de México y dos de Lugones y cuatro de García Lorca y cuatro también de Eliot y cinco de López Velarde y seis de Macedonio y once de Shakespeare, por ejemplo); la pareja porteña no lo trata demasiado bien, pero hay que aclarar que a casi ningún escritor de habla hispana lo tratan sin sorna o condescendencia, y tampoco al susodicho Shakespeare, con quien Borges ajusta pequeñas (y extrañas) cuentas frecuentemente.

Tampoco salen bien parados otros grandes escritores: “Borges aborrece a Rabelais, juzga a Camus beneath contempt y mira sin alegría a Eliot.” (p. 510)

Es numerosa y notoria la arrogancia –y también la ignorancia– de ABC y JLB. Más aún, cuando hablan de sus compatriotas y amigos, son –JLB en particular; ABC suele contentarse con no discrepar de su maestro– burlones y despectivos, aun si por escrito han elogiado a esos mismos autores en prólogos y artículos. Algunas plumas que yo admiro han aducido que la gente literaria suele ser punzocortante sobre sus semejantes. Es cierto, pero no con la persistencia y malevolencia con que JLB se mofa de enemigos (como Girondo y otros) y amigos (como Peyrou y Bianco y muchos otros).

La arrogancia e ignorancia de los dos amigos llaman la atención también no tanto respecto a lo poco o más bien absolutamente nada que saben de la literatura de un país lejano, como México, sino sobre todo de Colombia, Perú, Chile, Brasil, Uruguay mismo, países vecinos. Y peor: sus conocimientos de las literaturas recientes de Francia, Inglaterra y Estados Unidos oscilan, como lo comprueba cualquier lector, entre pobres y exiguos. Son sin duda muchos los lectores que se han topado with some amazement con la gran admiración de Borges por Chesterton, por ejemplo. En este libro conocerán lo poco que sabía de literatura inglesa de su siglo.

Por otra parte, el comentario de Borges sobre los premios no deja de ser paradójico, dado que no recibir el Nobel acaso le procuró más notoriedad que si se lo hubiera discernido la Academia Sueca. Y él y Beckett saltaron juntos a la fama al recibir ex aequo el Premio Formentor en 1961.

 

1959, p. 480. “Come en casa Borges. ‘Todo el Norte es famoso por su color local, porque el pueblo allí es genuino y siente hondamente... Pero ¿qué ha producido? Muy poco. Es estéril. También México es famoso por el color local. ¿Cuál es el Martín Fierro mexicano? Sólo tienen algunos novelistas realistas, algún Manuel Gálvez.’”

Como prenda de ignorancia, esta es un poco demasiado. Si entre los letrados de México se sabía de las hermanas Ocampo, de Girondo, de Arlt, Mallea, Murena, del joven Cortázar, de Bianco, de Borges, de Bioy, et al., ¿por qué ni Borges ni Bioy, más joven, parecen saber nada de Azuela, Guzmán, Novo, Villaurrutia, Revueltas, Yáñez, Rulfo, Arreola, Castellanos, Zepeda y Fuentes, por mencionar sólo algunos?

¿Por arrogancia?, ¿por ignorancia forzosa en años en que casi sólo les llegaban libros de Francia y tal vez España?

(De Octavio Paz y Elena Garro sí saben, puesto que Sur lo publica a él y Bioy los conoció en persona en París.)

 

1959, p. 609. A propósito de nada en particular, Bioy consigna que Borges dice: “Groussac no admiraba a México. Habla de una batalla entre cuarenta franceses y tres mil mexicanos. ‘Proporción justa’, explica.”

 

Antes de suponer que Borges tenía una opinión particularmente mala de México hay que considerar sus palabras sobre otros países. Para él, “los alemanes vacilan entre el servilismo y la ferocidad”. A los franceses no los quería particularmente, aunque veneraba a Voltaire. A mayor abundamiento, de sus compatriotas con frecuencia se expresaba con desdén: “nada enoja a Borges como esta preocupación por la imagen nacional: la considera el reconocimiento de que lo esencial para el argentino es la apariencia” (p. 1407); “(el general y presidente) Onganía inventó lo de la imagen nacional. Una idea que tenía que gustar en este país bambollero” (p. 1410); “Todo es de pacotilla en este país” (p. 824); “¿Será este uno de los países más feos del mundo?” (p. 651); “La cobardía argentina [...] La gente se pelea, se insulta y acaba con las palabras: ‘Decile que si lo encuentro le rompo el alma.’” (p. 984).

 

1960, p. 686. “Todo lo que se hace en la India es feo. Imaginate lo que serán los artistas modernos de la India. Les ganan a todos. Hay países con vocación para la fealdad: la India, México. Peor que los demonios (para ellos no serán demonios) de los aztecas son los personajes de caricatura de los frescos de Rivera.”

 

¿Habrá mexicano que, matizando y todo, no le conceda alguna razón a Borges? Lo que es feo en México es espantosamente feo, después de todo.

 

1961, p. 750. “Lee Vlady un poema sobre Texas y El Álamo, de Walt Whitman. Borges: ‘Nunca estuvo en Texas, pero estuvo en todas partes. Qué lindo poema.’ Dice que para una antología de Nova, de poemas de América, cometió la torpeza de elegir el poema de Whitman sobre El Álamo y hundió la antología, porque el editor, con toda razón, no quiso incluir un poema tan poco agradable para los mexicanos y ya no se habló más del libro.”

 

Con que hubiera quitado el poema...

1962, p. 759. “De César (Dabove): ‘Se le angosta la vida. Es muy tacaño’; se despide: ‘Bueno, hasta el primer lunes del mes próximo.’ Dice así para dejar aclarado que no lo invites antes, porque no quiere meterse en gastos de viaje desde Morón. Porque si tenés ganas de ver a alguien, más bien le decís como los mexicanos: ‘Nos estamos viendo’ que ‘Nos veremos en el próximo equinoccio’ o ‘El 29 de febrero del primer año bisiesto.’”

 

Así, Bioy y Borges, cuya amistad es una simbiosis, podrían decirse el uno al otro: “Nos estamos leyendo” y “Nos estamos escribiendo”.

 

1962, p. 814. ABC y JLB se refieren, con bochorno, a un enfrentamiento entre dos facciones del Ejército argentino en el que no hay muertos ni heridos. “Borges: ‘Estamos en plena brasilerada. Una jornada como la de hoy y uno descree de todo el pasado.’ Bioy: ‘No: como vos has dicho, algo pasó a este país. No es el de la guerra de la Independencia ni el de las guerras civiles. Hoy no iríamos a libertar a nadie ni venceríamos a los españoles.’ Borges: ‘Somos condottieri. [...] Los combates parecen peleas callejeras: muchos insultos y pocos golpes. [...] Qué lejos de las Termópilas. [...] Lo que es una derrota. Lo que será contra extranjeros. Los mexicanos nunca se repusieron de su derrota a manos norteamericanas.”

 

Estos dos apacibles caballeros de trajes de casimir siempre planchados con raya impecable lamentan que dos bandos de milicos no se entrematen, de esa manera, aparentemente, faltando al honor. Los alzados les hacen pensar en brasileños, no en griegos, y los orillan a ponderar la derrota de los mexicanos a manos de los usamericanos o la de los sureños ante los norteños en la guerra civil gringa, amén de la debacle de Francia por los prusianos en 1870. Siempre piensan en términos mitológicos, no en términos humanos.

Anglófilos sólo librescos –nunca ninguno de los dos pernoctó muchas noches en Gran Bretaña–, admiran los libros de Liddell-Hart y parecen creer que un gentleman no tiene obligación de ser oficial; y si es argentino, puede sólo ser un man of leisure, un caballero ocioso y culto que, sin embargo, juzgará del valor o falta de valor de los militares desde el butacón de su biblioteca.

1962 fue un año en que los dos caballeros porteños aludieron con cierta frecuencia a México en sus constantes charlas de sobremesa luego de la cena, en casa del más joven; aquí va un párrafo largo, p. 849, luego de hablar de los poemas de Stevenson y de Toulet, dos medianos poetas que por cierto los ocupan mucho: “Borges: ‘Tal vez un día La suave patria parecerá como el poema de los gallipavos celestiales de Gracián.’ Bioy: ‘Lo más admirable de López Velarde es haber logrado, en La suave patria, con su modernismo tan barroco y metafórico, una poesía intensa y fluida. Generalmente es más intensa y fluida que la de Lugones.’ Borges: ‘Sí, es superior a Lugones.’ Bioy: ‘E inferior a Rubén.’ Borges: ‘Es claro, muy inferior a Rubén. ¿Cómo lo juzgarán en México a López Velarde?’ Bioy: ‘En todo el continente, el único país bastante adulto para desdeñar lo propio es la Argentina. Un inteligente literato brasilero o mexicano sigue sin dificultad tus bromas nada convencionales contra la Argentina, pero cuando le hablás del Brasil o de México reacciona como un socio de Boca Juniors a quien le tocan los colores de la camiseta [...]”

 

Bioy tiene razón. En 1962 el nacionalismo mexicano –la patológica quisquillosidad nacional– estaba aún en auge. Sin embargo, confieso que no entiendo por qué Bioy responde así a la pregunta de Borges sobre cómo juzgan los mexicanos a uno de sus poetas; para muchos, el poeta nacional.

Por cierto que, en algún texto, Octavio Paz cuenta cómo cierta vez Borges lo acribilló de preguntas sobre López Velarde (y el agua de chía).

 

1963, p. 994. “Borges: [...] La gente del Norte tiene un gran amor por el Sur, el Sur odia a los yankis: la derrota suscita resentimientos, la victoria no. Los del Sur no quieren a los mexicanos. Bueno, nadie admira demasiado a su sirvienta y su cocinera... González Lanuza piensa tan extrañamente que me preguntó si en Texas la gente desea que todas esas tierras pertenezcan a México. ¿Cómo puede creer que los ciudadanos de un gran país próspero van a querer pasarse a un país pobre, que vive del turismo y del folklore?”

 

Aparte de que tiene razón en burlarse de González Lanuza, puede verse que México para Borges siempre es ante todo un país pintoresco. ¿Qué no habrá pensado aquella vez que, siendo ya ciego, vino uno o dos días y lo llevaron a conocer Teotihuacán, donde tuvo la curiosidad o cortesía o chanza de palpar las piedras antiquísimas y rugosas del templo de Quetzalcóatl? ¿Que somos en efecto un país turístico y folklórico? Por desdicha, no le contó a Bioy. Ya no lo necesitaba como su confidente principal.

 

1967, p. 1163. “[...] Afirma que la desdicha de América proviene de la estupidez del padre Las Casas: ‘Para salvar a los indios, trajo a los negros. Bien intencionado, pero obtuso. Creo que en México la única estatua a un español que hay es la del padre Las Casas. Qué animales.’”

 

En general, cabe llamar a Borges un genio, sin duda. Sin embargo, con alguna frecuencia hay que agregar un calificativo: genio imbécil. Sus juicios a menudo no son sino el reflejo de los más irritantes prejuicios de su nación y su casta, nunca tamizados por la inteligencia. Le gusta ser prejuiciado, disfruta de su arbitrariedad. Y casi nadie lo contradice nunca, por lo menos en casa de su bienmandado discípulo Bioy Casares, que se indigna y enoja cuando su mujer –la también escritora Silvina Ocampo– alguna vez se atreve a contrariar a los varones, en particular a Borges, en cualquier asunto, teórico o práctico.

 

1967, p. 1166. “Borges: ‘Vinieron a verme unos escritores mexicanos. Querido maestro, me llamaban, gente muy rudimentaria, muy tosca. Quieren hacer un premio más importante que el Nobel, ya que los suecos no dan el Premio Nobel a escritores de aquí. Este premio será únicamente para escritores latinoamericanos. Les dije que entonces no sería más importante que el Nobel. Que lo abrieran a escritores de todo el mundo y que, para enseñarles a los suecos, premiaran durante los primeros tres o cuatro años a escritores suecos. No les gustó la idea.’”

 

La anécdota es deliciosa. ¿Quiénes habrán sido los miembros de esa comitiva sumamente meliflua, de alma azteca y mente priista? Queridísimo e ilustrísimo maestro, benditos los ojos que lo ven, el honor es todo mío, venga a mis brazos, el otro día el presidente me preguntaba por usted, en México se piensa mucho en vos...

 

1968, p. 1229. “Borges: ‘La estupidez no le importa a nadie. ¿La gente no advierte esos indios, de cara notablemente estúpida, en los frescos de Rivera? ¿Piensa que están pintados contra los indios? El mismo Rivera siente tan poco la estupidez que los pinta a favor. ¿Qué me decís de esos cuadros muy admirados en que hay un yanki con galera y billetes de dólares? Qué grosería. Sin embargo, Rivera es indiscutible. Nadie se atreve a atacarlo. Otro que no se discute es el Greco. Tampoco hay en sus cuadros una sola cara inteligente. Pinta cielos burocráticos, llenos de clérigos y dignatarios, con algo de ballet.’”

 

El Borges imbécil aduce que los indios de Rivera tienen cara de estúpidos porque para Borges los indios, pintados o vivientes, por definición tienen pinta de estúpidos. Sus equivalentes mexicanos denostaban a Diego por pintar esos horribles monotes. Sin embargo, el Borges genio sí está poniendo el dedo en dos llagas: ni Rivera ni el Greco son buenos dibujantes; los dos están dominados por sus respectivas ideologías; y su fuerza radica más bien en la composición y el color que en la verosimilitud.

 

19 de octubre de 1968, p. 1236. “Cuenta que lo visitaron en la Biblioteca. Un señor, señalando un grupo de muchachos y muchachas, le dijo: ‘Aquí está la juventud mexicana.’ Borges: ‘¿Y usted también pertenece a esa juventud?’ ‘No, señor, yo soy su contemporáneo: nací en el 99. Con Maples Arce capitaneamos el estridentismo, pero ya nadie se acuerda de eso. La juventud, señor, no tiene memoria.’”

 

En efecto, la juventud no tiene memoria de lo que pasó antes de que naciera. Es el problema con la juventud, que es muy desmemoriada con esas cosas.

Por lo demás, nadie parece recordar que diecisiete días antes tuvo lugar una masacre de juventud en Tlatelolco.

 

22 de octubre de 1968, p. 1237. “Después de comer, llamo a Borges para hablar de la contestación a un telegrama de Helena Garro, que pide telegrafiemos nuestra solidaridad a Díaz Ordaz, ministro de gobernación mexicano [sic], por los últimos sucesos. Explica Helena que los comunistas tirotearon al pueblo y al ejército y ahora se presentan como víctimas y calumnian; que hay peligro de que el país caiga en el comunismo. Además, pide un telegrama firmado por Victoria, Silvina, etcétera.’ Borges: ‘Victoria, como Mallea, es una de esas personas que para darse importancia quieren saber exactamente lo que firman. Es como si un soldado exigiera en la acción una justificación para cada una de las operaciones, para cada vez que va a apretar el gatillo.’ En cuanto a Silvina, es también cavilosa. Mucho me temo que nuestro telegrama (‘Rogamos haga llegar nuestra adhesión al gobierno de México’) reúna sólo tres firmas: Borges, Peyrou y yo.”

 

Bioy escribe Helena con H porque así bautizaron a Elena Garro, que se quitó lo helénico para ser escritora mexicana. Garro se dirige a él porque antaño sostuvieron una importante relación sentimental. Bioy es tan versado en asuntos latinoamericanos que ignora que Gustavo Díaz Ordaz es el presidente mexicano. Y Borges, como suele, no pierde la ocasión de malhablar de otros, en este caso sus amigos y colaboradores Victoria Ocampo y Eduardo Mallea; y por lo visto se ve a sí mismo como un sencillo y obediente soldado raso en la lucha contra el comunismo en el que Garro supone o inventa que está a punto de “caer” el pueblo mexicano.

Ni Bioy ni Borges volverán a pensar en el asunto, ni averiguarán pormenor ninguno, hasta que, casi dos meses más tarde...

 

10 de diciembre de 1968, p. 1253. “Comen en casa Di Giovanni y Borges. Este me muestra una carta del presidente de México en que nos agradece el apoyo por los recientes sucesos (escrita con delicadeza y discernimiento). ¿Cierto halago, de que un presidente nos llame distinguidos y finos amigos? Trabajamos en la traducción de ‘Una tarde con Ramón Bonavena.’”

 

Qué poco saben estos sabios porteños de la cortesía –o zalamería– mexicana: ignoran que el chabacano título querido maestro es preferible a la envarada fórmula distinguido y fino amigo, que se le dirige casi a cualquier persona a la que se le escribe una carta, siempre y cuando uno se la imagine con corbata y escritorio con vista al exterior.

Por otra parte, está claro que ya no temen que México vaya a caer en manos del comunismo; ¿o tal vez ya han cavilado en torno al asunto y se han dado cuenta de que quizá no era para tanto?

Muy dudoso. No son individuos que piensen en la cosa política, salvo cuando les afecta.

Por lo demás, no deja de ser ridículo (por no decir repulsivo) el elogio esnob a la carta “escrita con delicadeza y discernimiento”: Díaz Ordaz les agradece, con aquel su muy fino discernimiento y delicadeza, nada menos que su apoyo a una masacre de jóvenes inocentes...

En un estupendo artículo en el que por otra parte expresa su gran placer de leer el librón al que este artículo también se refiere, Álvaro Uribe expresa muy bien su repugnancia: “Qué desinformada o qué patética alegría los colma a los dos cuando reciben (la) respuesta en que el zopilote de Tlatelolco les agradece su adhesión.” (“Leo a Biorges”, Cuaderno Salmón, n. 6/7.)

 

1969, p. 1263. “Borges: ‘En los Estados Unidos no hacen bromas contra los negros.’ (Norman Thomas) Di Giovanni: ‘Es que estamos en guerra con ellos y no queremos que nos corten el pescuezo.’ Borges: ‘Yo soy racista. Les tomaría la palabra y veríamos quién gana. Limpiaría los Estados Unidos de negros y si se descuidan me correría hasta el Brasil. Si no acaban con los negros, les van a convertir el país en África.’ Bioy: ‘¿Por qué en los Estados Unidos quieren tanto a México?’ Di Giovanni: ‘Porque es exótico y porque está cerca. Porque es tan distinto a los Estados Unidos.’ Borges: ‘El Brasil es exótico, está cerca y no queremos ir allí.’ Di Giovanni: ‘¿Aquí no quieren al Brasil?’ Borges: ‘No, nos parece un país de macacos.’ Di Giovanni: ‘¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?’ Borges: ‘A nadie.’ [...] Bioy: Cito la frase de Elena Garro: ‘El hombre perfecto de hoy es negro, judío, comunista y homosexual.’ Borges: ‘La frase es injusta con los judíos.’ [...]”

 

Este párrafo, que es más largo y he acortado, contiene las palabras de Borges y Bioy que este apuntó en 1969 y, treinta años después, en 1999 (al establecer con Daniel Martino la edición final), decidió no censurar.

Así pues, podemos dar por sentado que Adolfo Bioy Casares quiso dar fe ante la posteridad de que él y su amigo y maestro profesaban un racismo tan apasionado como ordinario. Cosmopolitas de enciclopedia y provincianos de corazón, uno se pregunta si creían que el blues, que les gustaba, era música de negros felices al terminar el trabajo.

En el colmo de la fantochada, el genial Georgie –que vivió casi toda su vida adherido a su madre– fanfarronea: “¡Veríamos quién gana!”, emulando tal vez el impostado machismo de los cuchilleros de algunos de sus cuentos. (¿Deciles a esos negros infelices que si me los encuentro les rompo el alma?)

Me imagino a Borges exigiendo que no haya negros ni indios entre los ciegos. ¡Échenlos de Ciegolandia, no los puedo ver ni en pintura!

Como si fuera poco y como si nada, el joven Bioy engarza las barbaridades (id est, “habla de bárbaros”) de su amigo y mentor con la falsa pregunta inocentona: “¿Por qué en los Estados Unidos quieren tanto a México?”

En fin, dejo en manos de los numerosos psicoanalistas argentinos las psiques tan bastas como vastas de estos dos autores.

Por mi parte, sólo apuro estos comentarios: a) aquí Bioy pone Elena sin H; b) Norman Thomas di Giovanni fue el primer traductor de Borges al inglés; nada menos que quien lo hizo famoso en el orbe anglosajón, pero ABC y sobre todo JLB lo triturarán en varias páginas posteriores.

Don Adolfo y don Jorge Luis se comportan como comadres de lavadero o, si suena más culto, son ponzoñosos como concierges.

Lo que es interesante es el resentimiento. Caramba, ¿qué época es esta en que se admira y pondera al negro, al judío, al comunista, al homosexual?, se pregunta el tío Adolfo, evocando a cierta escritora mexicana que conoce y quizás amó. Y el tío Jorge disiente de una sola fobia: él no es antisemita, por favor.

Por lo que se ve, en los temas raciales, el maestro Borges no se anda con understatements ni sutilezas.

 

1971, p. 1354. “Cuenta que días atrás andaba por Buenos Aires como arrebatado por estos versos que compuso:

 

 

Permítame un jarabe tapatís,

permítame, señor,

permítame, doctor,

permítame un jarabe tapatís.

 

 

Cree que la música mexicana es la peor.”

 

Aquí la pregunta que uno se hace no es ¿por qué dice Borges esto? –pues no veo a quién pueda importarle si para él la peor de las músicas es la mexicana, la de los macacos brasileños, la de Camboya o la de Madagascar–, sino ¿por qué consigna Bioy esto?

La verdad es que hay veces que uno no sabe si el joven Bioy (que también va envejeciendo al filo de las cenas, los telefonemas, las citas, los años) se burla, se cobra revancha de su mayor Borges, con sólo exponer sus palabras para la posteridad.

El modelo de Bioy, Boswell, es mucho más sincero respecto al Dr. Samuel Johnson, el cual es más cantankerous –más vivo, menos pequebú– que Borges. Boswell admira a su sujeto, pero no lo venera; y aun cuando hace como que lo venera, es obvio que también se ríe; mientras que nunca de los nuncas conocemos los sentimientos de Adolfo Bioy Casares, hijo de buena familia que durante décadas tuvo a cenar a Borges casi a diario en su casa, prefiriéndolo sobre su esposa y su hija y sus otros amigos y sus numerosas amantes, para no hablar de su propio deseo de estar solo, si lo tenía.

Los dos pasaron a la historia de la literatura, pero uno más que el otro.

El joven correrá siempre el riesgo de ser recordado más como el Boswell argentino que por sus ficciones, por lo menos entre los que estimamos pero no admiramos tanto su obra.

Lo más estremecedor es que Bioy debe haber oscilado –¡durante 58 años!– entre saberse el Boswell de Borges, creerse el igual de Borges, sentirse el mejor amigo de Borges, actuar como los otros yo de Borges (H. Bustos Domecq, B. Suárez Lynch) y temer no haber sido sino el sidekick, el patiño, el payaso serio del genialmente ocurrente Borges.

Bioy tal vez es el personaje de una posible novela de Bioy, la del hombre que no sabía quién era. Pero eso no es tema de este texto.

 

1972, p. 1449. “Borges: ‘Yates me contó una historia mexicana. Un individuo entra en una pulpería –en todo caso allá no sería una pulpería–, se acerca a un desconocido, le dice ‘Usted me gusta muertito’ y lo mata. ¿Por qué esa historia no es imaginable aquí? Aquí los cuentos de amenazas –como el del guapo que le dijo al médico que lo había curado: ‘A usted, mi gratitud; al doctor Correa, el cabo de mi cuchillo’– tienen más vueltas. O Paredes, alargándole un cuchillo a Vega, que había cometido la imprevisible imprudencia de decir
que era de Cañuelas: ‘A ver, si es de Cañuelas, si le hace un tajito a este viejo, que no es más que de Palermo.’ También están los dichos de las Sagas (islandesas). El que al morir observó: ‘Ahora se usan estas espadas de hojas anchas.’ Es claro que el acto de morir es superior en fuerza dramática al de matar: si una persona, en el momento de morir, echa las cosas a la broma, es un héroe; si lo hace en el momento de matar, es un bruto. Se contaba en favor de Pancho Villa que al soldado con dolor de cabeza le preguntó si quería una aspirina y le descerrajó un balazo en la sien.”

 

Lejos estoy de suponer a Villa incapaz de cualquier salvajismo, pero tengo la impresión de que Borges confunde lo que en México llamamos chistes de secundaria o de cantina con hechos reputados por reales. Por lo demás, si la memoria no me falla, la frase era “Usted me gusta para muertito”. (“Pulpería” es tienda, tiendita, miscelánea, changarro de la esquina.)

 

1973, p. 1471. “Hablo por teléfono con Borges, que llegó de México. Me dice que el presidente Echeverría habla de literatura. Agrega: ‘Como aquí Mitre, pero estaría solo.’”

 

Me imagino y sobre todo me temo que este es otro elogio de estos caballeros a los finos y muy discernidos lelos y monstruos que han llegado a la presidencia de México.

Por desgracia, pasan muchos, muchos años antes de que ABC vuelva a consignar lo que JLB piensa sobre México. Borges está en los himalayas de su fama extravagante y ya es ese personaje ciego, inmaculadamente afable y vestido de traje y corbata, que dicta conferencias en las universidades más impensables de Texas o las más reputadas de Europa. De niño vivió en Suiza con sus padres y su hermana. De joven fue pomposo vanguardista en España. Después, durante muy largos años, vivió en Buenos Aires, cenó con Bioy y fue perdiendo la vista.

Ya viejo e invidente, Borges ha dejado de “fatigar las bibliotecas” para fatigarse en los aeropuertos y las conferencias de prensa: es uno de los pocos genuinos rock stars de la literatura mundial. Sus palabras son acogidas por doquier como las de un verdadero Vidente...

Es un genio y siempre es bueno tener un genio entre nosotros.

Por lo demás, se le acabó perdonando a la Academia Sueca el no haberle concedido el Premio Nobel, sin duda a causa del apoyo que Borges dio a la sangrienta dictadura en Chile y a los sucesivos generaletes homicidas en Argentina, hasta que se mofó de estos a raíz de la increíblemente estúpida Guerra de las Islas Falkland (o Malvinas).

Y se le acabó perdonando a Borges su ceguera moral ante las dictaduras.

Cuando murió, el bibliotecario más famoso de nuestros tiempos, el Monarca Ciego de la Biblioteca Nacional de la calle Méjico en Buenos Aires, el gran sacerdote de todos los ziggurats literarios, el hombre que no tuvo hijos porque abominaba de la cópula y de los espejos, falleció en olor de santidad literaria, en 1986, el 14 de junio, en Suiza.

El último escritor nacido en el siglo XIX. El último vanguardista del XX...

Para entonces, ya se había quebrado –y no sé si incluso roto– el corazón de la otra mitad de ese extraño Bicéfalo literario que hemos dado en llamar Biorges. Bioy Casares ya sabía poco de su Otro Yo, su mentor, su otro padre, su hermano mayor, su sumo sacerdote.

Un mes antes de morir, el 12 de mayo de 1986, ABC habla con JLB por última vez: “Apareció la voz de Borges y le pregunté como estaba. ‘Regular, nomás’, respondió. ‘Estoy deseando verte’, le dije. Con una voz extraña, me contestó: ‘No voy a volver nunca más.’ La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ‘Estaba llorando.’ Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.”

Como tantos otros argentinos eminentes, Borges muere en el extranjero y es enterrado en el extranjero. Los hijos de un país de inmigrantes mueren con frecuencia en suelos adonde van como nuevos emigrantes.

Unos dos años antes de esta despedida, este final parting of the ways de los dos Viejos Amigos anglófilos, el ya no tan joven apuntaba el comentario final del ya muy viejo sobre lo mexicano.

 

1984, p. 1581. “Borges, que llegó ayer de los Estados Unidos, me dice: ‘Fui a una comida que daba una señora que había empezado su vida haciendo strip tease y que ahora es una respetada dueña de casa. Como era una horrible comida mexicana, me explicaron: ‘Los que sirven son real Spaniards.’”

 

Confieso que no acabo de entender por qué son verdaderos españoles –y no oaxaqueños o poblanos, digamos– los que sirven la horrible comida mexicana. Por desgracia, es con este interrogante que culminan las notas sobre México que capturé en el Borges de Bioy. No hay más. ~