Bésame mucho | Letras Libres
artículo no publicado

Bésame mucho

 

Supongo que para algunos resulta complicado sacar conclusiones simples de sus experiencias y errores. Ahí tenemos a los adolescentes, al chorlito y otros animales, a los grupos que versionan “Where is my mind”, a los que creyeron en el laserdisc y al mundo del arte contemporáneo que, sin importar lo que la historia le demuestre, sigue empecinado en concluir lo contrario y llevarlo a la práctica.

En junio de 2007 la Collection Lambert en el Museo de Arte Contemporáneo de Aviñón inauguró la exposición “Blooming”, del pintor abstracto Cy Twombly (Virginia, 1928). Entre las obras expuestas se encontraba el tríptico Phaedrus, un (otro) monocromo blanco y, al parecer, tentación irresistible para la “artista” Rindy Sam, que el 19 de julio, una vez retocado el lipstick carmín, le plantó un beso a la obra.

J’ai fait juste un bisou, se disculpó la francesa de origen camboyano: fu eun gesto de amor provocado por el poder del arte, creí que el artista lo entendería. Al parecer ni el artista ni los jueces lo entendieron y Rindy Sam fue condenada a pagar mil quinientos euros y cien horas de trabajo comunitario (corrió con suerte: el dueño del tríptico, Yvon Lambert, demandaba la restitución total de su valor, dos millones de dólares).

El análisis de por qué esta mujer, heredera directa de la histeria “sensible” al estilo Gena Rowlands en A Woman Under the Influence, se llama a sí misma artista, y arte a lo que hace, produciría tanto hastío como el hecho de que en la historia del expresionismo abstracto exista más de un lienzo monocromático.

El vandalismo ilustrado (por llamarlo de alguna forma) no es novedad en Francia ni en el resto del mundo. Pierre Pinoncelli (Loira, 1929) ha hecho carrera con él. En 1993, en el Carré d’Art de Nimes, orinó en una de las ocho copias de Fuente, el célebre mingitorio de Marcel Duchamp, para después darle un martillazo alegando que la obra había perdido su valor provocativo. En 2006, con 77 años, repitió el acto con otra de las copias durante la exposición “Dada” en el Centro Georges Pompidou.

El hecho de que hasta ahora los vándalos no parezcan estar muy bien de la cabeza (Pinocelli se cortó un dedo para cambiárselo a las FARC por Ingrid Betancourt en 2002) no debe desviar nuestra atención de lo que es más importante: la obra de arte ha perdido su sacralidad. Las ferias de arte lo saben, la mafia rusa lo sabe, el espectador lo sabe; al parecer los museos y los artistas no acaban de darse cuenta.

En 1975 Chris Burden (Boston, 1946) culminó, con Doomed, una larga procesión de automartirio (clavos, disparos, encierros) por amor al performance en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago. Al entrar a la sala el espectador encontraba a Burden tirado en el suelo con una pesada lámina de vidrio encima y un reloj de pared. Burden permaneció cuarenta y cinco horas sin moverse ante la pasividad del público que mantenía el rol asignado: “el arte no se toca”. Finalmente un guardia del museo, Dennis O’Shea, se apiadó y le acercó un recipiente con agua por debajo del vidrio. Inmediatamente después, Burden se levantó, rompió el reloj con un golpe y se fue. Peter Schjeldahl, crítico de arte de The New Yorker,piensa que debería levantarse un monumento a O’Shea para conmemorar la improbable puesta en evidencia del arte como una ley en sí mismo, apartado del sentido común, situado como algo sublime en el espacio que hay entre la vida y la muerte.

El veranus horribilis de las instituciones artísticas francesas se prolongó hasta octubre cuando durante la noche del 6 (la Nuit Blanche parisina) cinco jóvenes de entre dieciocho y diecinueve años entraron por la puerta de servicio al Museo d’Orsay y le atestaron un navajazo de diez centímetros a Le Pont d’Argenteuil de Monet.

A diferencia de mademoiselle Sam, los vándalos no dieron sublimes justificaciones de amor y conmoción.

Comme d’habitude, Francia entera, sus artistas, sus escritores, sus intelectuales, sus programas de debate se declararon très choqués y hablaron ad náuseam del tema. Cy Twombly reconoció, honesto, que por lo menos ahora toda Francia sabía quién era. Eric Mézil, director de la Collection Lambert, también très, très choqué, se dijo indignado, violado, acosado por la prensa y poco más (llegaron incluso a proponerle un trabajo de guionista para la televisión). Apenas salió de su shock, pospuso un año la inminente exposición de la videoasta Candice Breitz y organizó, en cuestión de semanas, la exposición “J’embrasse pas” (“Yo no beso”).

La exposición/recorrido pedagógico (Mézil dixit) empieza con obras que se refieren al beso en todas su connotaciones: desde fragmentos de películas del antiguo Hollywood hasta una serie de bocas y besos concebidos por Nan Goldin, Roni Horn, Bruce Nauman y otros. La segunda parte presenta obras como Les Policiers de Xavier Veilhan (cuestionando la imposibilidad de incrementar la vigilancia en torno a la obra de arte so pena de verla desaparecer), lhooq (para “recalcar que cuando Duchamp le puso bigotes a la Gioconda lo hizo sobre una reproducción y no el original”) y un lienzo gigante de Anselm Kiefer que “opone la violencia necesaria del gesto artístico a la violencia gratuita de los iconoclastas autoproclamados”.

“J’embrasse pas” se acompaña de “Vandalisme!”, una serie de statements “en reacción a este acto intolerable”, en que escriben algunos (pocos) como Douglas Gordon, quien al tiempo que cita a The Smiths nos habla, a estas alturas, del aura original de la obra de arte. Y así una serie de reflexiones autoindulgentes, lloronas e indignadas, como las de un obispo con anillos de oro al que un energúmeno le ha clavado un edicto en la puerta de la catedral.

A nadie se le ocurre cuestionar el lugar de la obra de arte o el papel del museo; los mismos artistas –que flotan cómodamente en la burbuja del mercado del arte y no objetan que sus obras se conviertan en acciones de bolsa que suben y bajan según los deseos de un capo ruso o un coleccionista imberbe que, probablemente, ni las conoce– se escandalizan cuando alguien (loco o no) decide actuar en consecuencia y privar a la obra de arte de toda aura.

No propongo, por supuesto, que de ahora en adelante se repartan martillos y lipsticks con las audioguías a la entrada de los museos, no. Sugiero simplemente que los museos se replanteen su lugar como mausoleos de la obra de arte, que acepten –como parecen haber hecho casi todos (de ahí el boom de las ferias de arte pero también el del arte electrónico y los espacios de creación)– que esta puede ser desde un objeto decorativo y mercantil hasta un detonador del pensamiento y las emociones, pero nunca más algo sagrado y sublime.

La exposición termina con un (otro) tríptico monocromático de Robert Ryman (Nashville, 1930) al que hace quince años alguien más marcó “violentamente” con lipstick rojo. La obra fue restaurada y recobró su blancura inicial. Con el tiempo, sin embargo, la marca roja ha vuelto a aparecer. Como una sentencia divina, se lamenta Eric Mézil. ~