Berlín, capital del fin del mundo | Letras Libres
artículo no publicado

Berlín, capital del fin del mundo

En el verano de 1981 llegué a vivir en Berlín Oriental con una idea bastante borrosa de la ciudad. Nueve años de Colegio Alemán, incontables programas de Combate, un par de discos de Lou Reed y David Bowie, películas donde un inevitable Fritz se colocaba el monóculo para contemplar fotogénicas batallas y la mitología derivada de Adiós a Berlín, sugerían un sitio suficientemente contradictorio para ser irresistible.
Imaginé un cabaret con teléfonos en cada mesa y la voz empapada de aquavit de una mujer de uñas verdes y maquillaje expresionista.
     El folclore de mi destino de aterrizaje se completaba con documentales de la DEFA: el incendio del Reichstag, un rosario de bombas sobre la ciudad, la bandera roja en la cima de un edificio en ruinas.
     A mis amigos de entonces Berlín les parecía un desastre digno de visitas pero no de mudanza. Ellos querían viajar a París para agregarle otro capítulo a Rayuela y descubrir en sus rectos bulevares "las secretas aventuras del orden" que Borges encontró en la prosa de Valéry. Berlín era una meta inusual: la frontera donde el Pacto de Varsovia y la OTAN se rozaban con las yemas de los dedos.
     En esa época sólo las aerolíneas de los aliados podían aterrizar en el aeropuerto de Tegel, en Berlín Occidental, y debían seguir un estricto corredor aéreo. Viajé en Pan Am y lo que vi desde la ventanilla hizo que todas las prenociones de Berlín se disolvieran en favor de una que no he mencionado. A través de jirones de bruma, descubrí el Muro mojado por la lluvia, y recordé el libro que me sirvió de bitácora de vuelo: El espía que surgió del frío, de John Le Carré.
     Una cadena de casualidades (la más importante: nadie quería el trabajo; mi puesto había tenido tres ocupantes en tres años) me convirtió en agregado cultural de la embajada de México en la RDA. Durante tres años me dedicaría a buscar pistas de intriga internacional con el presunto afán de llevarlas a una novela. Pero sólo supe que conocí a un espía cuando ya había dejado de tratarlo. Martin Winkler era el funcionario más sociable de la sección de América Latina del Ministerio de Asuntos Exteriores. Se parecía a Paul Newman y volvía locas a las secretarias de la embajada. Jamás me hizo una pregunta política comprometedora, contaba chistes sobre el tortuguismo socialista e imitaba con destreza el acento de la nomenclatura del Partido Socialista Unificado de Alemania (el afán de imitar a Erich Honecker había llevado a una delirante fonología: todos los políticos hablaban como sajones). Cuando lo nombraron encargado de negocios de la embajada de la RDA en Uruguay, le hice una fiesta de despedida en la que desaparecieron dos sacacorchos y un diablo de Ocumichu. Sólo culpé a Martin del hurto cuando pidió asilo en la embajada de Estados Unidos en Argentina: la RFA acababa de descubrir la extensa red de espionaje de la RDA.
     En 1988 regresé a Berlín y mi amigo Gerd me aconsejó solicitar mi expediente en la Seguridad del Estado de la RDA. La misma aventura burocrática había causado severos daños entre algunos conocidos; los archivos revelaban que sus más cercanos familiares habían conspirado en su contra. Uno de cada tres habitantes de la RDA era "informador no oficial" de la Staasi. El aluvión de acusaciones era tan copioso que algunas actas sólo comprometían al tedio. Como narra Thomas Brussig en su novela Héroes como nosotros, muchos informes no sólo eran inofensivos sino idiotas, y nadie los leía. Una vez desatada, la marea de delaciones rebasó la curiosidad del Estado y convirtió la denuncia en el más banal de los géneros literarios: "Udo tomó café con Inge..."
     El verdadero impacto informativo de la Staasi ocurrió después de la caída del Muro, cuando los ciudadanos tuvieron derecho a conocer su existencia rigurosamente vigilada.
     El benévolo Gerd confía en que mi antigua vida en la RDA volverá a flote con suficiente interés para producir la novela berlinesa que he sido incapaz de escribir y suficiente suavidad para no decepcionarme de mi círculo más íntimo. En pocas palabras, me convenció de buscar mi expediente.
     En diciembre de 1998 entré a una oficina que conserva el mobiliario de madera prensada y las lámparas con pantalla de hongo de plástico de la RDA. Una señora de cabellos blancos y voz letárgica me explicó que dos millones y medio de solicitudes antecedían a la mía.
     —¿Su reputación está en peligro? —me preguntó.
     Tuve que decir que no por eso.
     Me explicó que otra razón para lograr acceso prioritario era padecer una enfermedad terminal. En tal caso, se aceleran los trámites para que la víctima pueda salir del mundo con una pésima opinión del prójimo.
     En promedio, el solicitante debe esperar dos años para conocer su archivo completo. Sin embargo, la oficina de averiguaciones se comprometió a informarme en breve de dos cosas: si había sido fichado por la Staasi y cuáles eran los datos básicos de mi expediente.
     Al cabo de una semanas recibí la noticia de que el ojo invisible de la Seguridad del Estado me siguió desde julio de 1981 (un mes después de mi llegada a la RDA) hasta el 4 de julio de 1989, poco antes de la caída del Muro. Como sólo viví en Berlín Oriental de 1981 a 1984, los datos posteriores correspondían a cartas que había enviado o a esporádicos contactos con ciudadanos de la RDA.
     Después de este arranque prometedor, encontré ínfimas frases en diversas caligrafías, con datos como éste: "la tarjeta de visita de V. estaba en el pasaporte de Carlos Cerda cuando cruzó a B. Occ." Otras eran crípticas sin ser interesantes. "Pintor (código de algún informante): reporte de encuentro".
     Mi expediente augura un camino de decepción, una vida irreal en el socialismo realmente existente. Las inútiles sombras que me vigilaban ignoraron una trama que incluía a un espía simpático y dos sacacorchos desaparecidos.
     Los archivos de la Staasi han provocado un narcisismo de la paranoia; buscamos en ellos las fechorías y los dramas que jamás protagonizamos. En el relato "La decepción del fichado por su ficha" (incluido en la antología Cuento suizo alemán del siglo xx, de Marlene Rall y Dieter Rall), Niklaus Meinberg lamenta con ironía haber pagado puntualmente sus impuestos para que los servicios secretos de su país produjeran un acta tan pobre sobre sus actividades durante el 68 como encargado de la Casa de Suiza en la Ciudad Universitaria de París. Cuando la historia ya pasó, exigimos el peor reporte posible.
     Acaso los dioses judiciales me deparen con el tiempo alguna sorpresa decisiva. Por ahora, no me queda sino iniciar mis memorias berlinesas con mi trivial llegada al lugar de los hechos.

El verano desnudo
Después de pasar un mes en el Hotel Unter den Linden, donde una anciana dormitaba en cada piso para "vigilar" los contactos de los huéspedes, me instalé en el barrio orillero de Pankow, en un departamento del gueto diplomático, con pisos de linóleo y paredes diseñadas para oír las toses de los vecinos libios.
     En el edificio de enfrente, una mujer se asoleaba en su diminuto balcón, indiferente al ruido de los camiones que tomaban la carretera a Rostock y a los hombres de tres continentes que nos asomábamos a ver su desnudez.
     En el parque de Treptow, las familias celebraban picnics nudistas ante la mirada heroica de los gigantescos héroes del Ejército Rojo. En Berlín Occidental, la hojarasca cárdena del Tiergarten era hollada por un sinfín de pies descalzos.
     Según Federico ii, la liberalidad de Berlín se comprobaba en sus cementerios; los hugonotes, los judíos, los protestantes, los católicos y el municipio brindaban espacios para que cada quien se fuera al cielo como le diera la gana. Más riguroso que el monarca, Theodor Fontane juzgó que la libertad de morir no garantizaba tolerancia: Prusia no le parecía un país que tenía un ejército sino un ejército que tenía un país.
     Basta entrar en un café prusiano para encontrar el pathos de guarnición: un capitán de meseros muy convencido de su rango y pasteles acorazados de azúcar glass.
     El verano de los nudistas no acababa de desmentir a Fontane. Cada tarde, en Berlín Oriental una escolta visitaba la tumba del soldado desconocido con el paso de ganso que inventó Prusia y popularizó Hitler, y las novedades arquitectónicas de los dos Berlines comprobaban que, aunque no todos los proyectos de la región eran militares, muchos eran bombásticos. Del lado oriental, los infinitos multifamiliares de Marzahn convertían al socialismo en un caso de claustrofobia y al Hombre Nuevo en el orgulloso propietario de un sofá de terciopana con vista a las colmenas de enfrente donde los inquilinos tenían el mismo sofá. Del lado occidental se alzaba el Centro de Congresos, que a la distancia parecía un ovni y de cerca un homenaje al plástico tan contundente que relegaba las casitas de Lego a una remota arcadia artesanal.
     Obviamente, el hecho geográfico fundamental de Berlín era el Muro. Al modo de un hoyo negro, delimitaba el horizonte de los acontecimientos. En esa zona vaciada de otro sentido que la contención, sólo podían pasar antisucesos. El Muro circundaba Berlín Occidental con un vasto dispositivo: un anillo de perros amaestrados, ametralladoras automáticas, alambres de púas, reflectores, torretas, garitas donde las familias divididas se saludaban con pañuelos, guardias que patrullaban de dos en dos para prestarse recíproca vigilancia. Del lado occidental, esta inescapable instalación trataba de sobrellevarse con graffitis e irónicos letreros de Ausgang (salida). En su continuo estar ahí, el Muro asimilaba el horror a la rutina y probaba en piedra la banalidad del mal.
     Los únicos habitantes serenos del Muro eran los conejos. Tenían el peso ideal para caminar sobre las minas sin activarlas y no podían ser perseguidos. En la franja de unos cincuenta metros que separaba la pared que daba a Berlín Occidental yla que daba a la RDA, los conejos comían el pasto y poblaban la "tierra de nadie".

En el verano de 1981, las heridas de Berlín y su doble posguerra servían de telón de fondo a los adoradores del sol y de la hierba. En mi trayecto al trabajo pasaba por una zanja abierta por voluntarias de la Juventud Libre Alemana, que a causa del calor había sustituido la camisa azul reglamentaria por brevísimos bikinis. Sus cuerpos se movían como en una versión de El triunfo de la voluntad para el canal de Playboy.
     Por las noches, la vecina de enfrente a mi edificio encendía una luz violeta sobre su ventana. Seguía desnuda y parecía inmersa en la irreal luminosidad de una pecera.
     Las ventanas con neón morado de Berlín Oriental ardían con un brillo triste y solitario. Costaba trabajo imaginar la cotidianidad de quienes consideraban esas luces acogedoras o incluso elegantes. En cambio, las luces rojas anunciaban vicios tolerados. En Unter den Linden había un salón donde las adolescentes llegaban a buscar compañía vestidas como mis tías de San Luis Potosí: blusas de gasa, moños y peinados que imitaban peligrosamente la hojaldra del Apfelstrudel. Una de las paradojas del socialismo realmente existente era que su estética de la vida diaria parecía planeada por un contador público mexicano. En ese imperio de la mirada pequeñoburguesa, las chicas bravas se arreglaban como señoras de recatado mal gusto para bailar rock búlgaro y escoger a sus clientes por la calidad del calzado.
     En las discotecas occidentales regía un código distinto: las mujeres se disfrazaban para seducir a un replicante; sus espesas cabelleras color naranja parecían trabajadas por un taxidermista; sus labios plateados hacían pensar en la fatiga del metal y otras tragedias del fuselaje.
     Hay ciudades construidas como las novelas de Arthur Schnitzler, en torno al deseo y la enfermedad. Cualquier lectura rápida de Tijuana o de Berlín distingue la importancia que en ellas desempeñan el sexo y las farmacias. Quizá la diferencia más significativa entre estos paraísos de los remedios sin receta es que en Berlín el striptease empieza junto a las medicinas; las farmacias anuncian sus productos con fotografías de mujeres desnudas, que son hermosas de un modo lánguido. Los pechos pequeños y las miradas melancólicas venden pastillas.
     En 1981, los inquietantes estímulos que los dos Berlines le producían al recién llegado se debían a la incertidumbre que produce todo proceso liberador, pero también a la atmósfera evanescente de aquel verano. En el delgado aire surgido de los lagos que rodeaban la ciudad, había algo significativo y difícil de captar: una vitalidad bajo presión.
     México es gobernado no sólo por el mismo partido sino por el mismo clima, una interminable ronda de tolvaneras y chubascos. Para una mente adiestrada en lo inmóvil, o en lo que cambia del mismo modo, no resultaba fácil comprender que la vida en los jardines berlineses tenía el valor de las cosas transitorias. Muy pronto, todo iba a terminar. En Prusia, el sol es un regalo esquivo, una recompensa escondida entre meses de niebla y lluvia. Pero la sensación de último disfrute, la sensualidad casi desesperada, no se debía al cambio de estaciones. En junio de 1981 la fugacidad del tiempo dependía de las noticias: los ejércitos de Occidente emplazaban cohetes capaces de alcanzar Moscú sin aviso en seis minutos. La prensa hablaba del "verano ardiente" y el "equilibrio del terror".
     Como de costumbre, Hollywood alimentó el espanto con su estreno del momento: El día después. Todos soñábamos con fulgores atómicos y no podíamos ver una coliflor sin pensar en un hongo nuclear. Nuestro inconsciente se convertía en un paranoico sistema de alarma, algo extraño para alguien venido de México, donde la guerra ocurre lejos o se pierde rápido.
     Fue entonces cuando conocí al general Guerrero. Era agregado militar en Moscú y agregado concurrente en Berlín Oriental. Un par de años después sería subsecretario de Defensa. El general se distinguía por su emblemático apellido y su vasta cultura para reproducir batallas literarias (Borodino a través de Tolstoi, Waterloo a través de Stendhal y Hugo). Acababa de estar en Polonia, donde el movimiento de Solidaridad era vigilado por las tropas del Pacto de Varsovia:
     —A los soviéticos les preocupa mucho su frontera con la OTAN.
     Creí no haber oído bien. El límite entre los bloques eran las dos Alemanias. El general me explicó que en caso de guerra nuclear las fronteras estaban en Polonia y Francia:
     —Alemania es la línea de fuego —añadió en forma inolvidable.
     Aparté la vista de la mesa donde comíamos soljanka, el ubicuo potaje ucraniano de los restoranes socialistas. Más allá de las ventanas con visillos, en el sol dorado de las nueve de la noche, estaba Berlín, capital del fin del mundo.
     Los cuerpos desnudos que recorrían la ciudad no representaban un después, el resultado sensual de sobreponerse al frío y a la Historia, sino un antes, la despedida sensual de todo lo que nos rodeaba. La divertida decadencia que Isherwood conoció en el Berlín de la preguerra se encaminaba a una destrucción que no tendría cronistas.
     Así concluyó el verano.
     Un poco después, en una cervecería que aún conservaba mesas al aire libre, descubrí que las abejas alemanas son mansas. Alcé un tarro rodeado de un enjambre inofensivo.
     —En Berlín sólo las abejas son pacíficas —me dijo el amigo que compartía la mesa.
     No supe si se refería a las armas invisibles que nos rodeaban o al tórrido romance que sostenía con la hija de un miembro del Partido.
     Me pregunté en qué forma esa escena regresaría en mi futuro. ¿Extrañaría los jardines cercados por la muerte o me conformaría con haber sobrevivido? Günter de Bruyn ha captado de manera inmejorable el valor ambiguo del pasado en la RDA: "¿Puede alguien entender la nostalgia que suscita la desaparición de un orden detestable?" Esta contradictoria sensación se conoce como Ostalgie, y tiene que ver, no tanto con la realidad que desapareció en el Este, sino con lo que fuimos en ese tiempo perdido.
     Conocemos el desenlace histórico: las ojivas nucleares aplazaron su lluvia de fuego, la RDA se convirtió en otra cicatriz alemana, los ídolos de bronce fueron fundidos para producir nuevas estatuas.
     El mundo de ayer encontró maneras más tenues de acabarse: sin necesidad de aprovechar las variadas opciones que Berlín ofrece para irse al cielo, quienes vivimos aquel verano del temor y del deseo ya dejamos de existir. -