Barragán | Letras Libres
artículo no publicado

Barragán

A Barragán le molestaba el ruido. Esta certeza documentada se mezcla con todo tipo de historias narradas por sobrinos y admiradores que, en cierta forma, han convertido al arquitecto en santo y a su obra única en estereotipo.
     Luis Barragán, después de una primera etapa en su Guadalajara natal y otra racionalista y moderna en la ciudad de México, viajó y se impregnó de la arquitectura y los jardines mediterráneos. A su regreso se instaló definitivamente en la capital mexicana y dio un giro a su producción arquitectónica asimilando el lenguaje moderno pregonado por Le Corbusier para definir su propio estilo: la construcción de un lenguajearquitectónico abstracto a partir de los materiales y soluciones aprehendidos de la tradición mexicana.
     Como su tocayo Louis Kahn, en plena madurez interrumpió su carrera. Quizá necesitaba pensar y ganar dinero. Así, Barragán se dedicó a la especulación inmobiliaria conquistando su independencia financiera, indispensable para poder trabajar libremente. Su desencanto con los límites creativos impuestos por la construcción comercial, y su distanciamiento con los líderes de la arquitectura que conseguían los grandes  encargos, desencadenaron su "retiro" de la profesión. En pocos años Barragán consiguió hacerse rico. Quizá por ello pudo aceptar como pago a sus honorarios los rezos de las hermanas carmelitas a cambio de "un lugarcito en el cielo", y construir sin hacer concesiones. Discretamente, detrás de altos muros.
     Si bien Barragán no fue un dibujante virtuoso, ni quizá fuera un iluminado que entraba en trance recortando muros para dejar ver la copa de un árbol —como se le atribuye—, siempre fue reconocido por su talento. Ya en la monografía de arquitectura mexicana que publicó Esther Born en 1937 aparecería como una de las revelaciones locales, junto a arquitectos de la talla de Villagrán García, Juan O'Gorman y Carlos Obregón Santacilia, entre otros. En ese incunable, Barragán publicó las dos casas del parque México, con imágenes sesgadas de corte corbusieriano que demostraban su filiación —la ventana corrida y la azotea hacia el parque—, y donde ya aparece una imagen enigmática de cielos grises sobre muros ciegos y blancos: un Orozco avant la lettre. O mejor, un Barragán, como los de unos años más tarde.
     Revisitando su obra desde las fuentes originales, desde los croquis, las cartas con sus clientes y las fotos de Armando Salas Portugal, se puede deducir su proceso creativo. Barragán  proyectaba con el espacio y el tiempo, es decir con el proyecto, la construcción y sus modificaciones posteriores. Es bien conocida la evolución que sufrió su propia casa  en Tacubaya una vez construida. Fue un laboratorio de ideas y formas. Su archivo fotográfico permite identificar distintas fases: un barandal se convirtió en muro bajo y finalmente creció hasta encerrar la azotea hacia el cielo a la vez que la ventana del desayunador se encogió para seleccionar las vistas al cielo. Menos conocida, quizá, sea la evolución del proyecto para la Capilla de las Capuchinas, en Tlalpan, donde los croquis permiten ver cómo, poco a poco, va apareciendo la cuña que inunda de luz y confiere una tensa y misteriosa asimetría a la capilla hasta llegar a la dramática solución final, con la cruz perpendicular al altar. También es revelador el proceso de diseño de la casa Gilardi, con cartas cruzadas y comentarios sobre los planos del dueño de la futura casa, paradigma del color barraganiano. Cartas y comentarios respetuosos, concisos, concretos, en busca de un único fin: la obra maestra. Una lectura inmersa en el proceso de diseño de Barragán, desde los planos, deja dilucidar etapas, ajustes o incertidumbres en proyectos que hasta ahora se entendían y se leían como obras herméticas e incuestionables.
     Es especialmente relevante la condición fotogénica de su arquitectura. Barragán —o su "lazarillo" Salas Portugal— enmarca sus obras escenográficamente, paraliza instantes chiriquianos y se recrea en espacios vacíos y opresivos.
     Luis Barragán recibió el Premio Pritzker (1980) por "su compromiso con la arquitectura como un acto sublime de imaginación poética, creando jardines, plazas y fuentes de inquietante belleza", según declaró el jurado del "Nobel de arquitectura". Más interesada en la imagen resultante que en el discurso, su obra es un diálogo callado, sobrio, entre el sol y los muros ciegos. Cuando en 1976 Elena Poniatowska reprendió a Barragán porque su deseo por la penumbra parecía "la actitud de un pecador católico, de un penitente que disfruta la tortuosa oscuridad del confesionario", él le respondió: "Soy un ferviente católico, como sabes: amo las catedrales, amo la austeridad de los conventos, pero no me gustan los confesionarios. Lo que me parece insoportable es el ruido". Si Barragán tenía algún secreto lo mantuvo en silencio. Y creó una arquitectura abstracta y laberíntica hecha de silencios. Fruto de un acto de sincretismo entre la modernidad internacional y la idiosincrasia mexicana, la obra de Luis Barragán ha sido un paradigma para las generaciones siguientes y sigue siendo un manifiesto arquitectónico para la cultura mundial. -