Bailar con la más fea | Letras Libres
artículo no publicado

Bailar con la más fea

Otra vez, a empezar desde cero. Hace seis meses, se anunciaban signos de optimismo desbordante en el cine mexicano: la producción de 2000, aunque de sólo 27 largometrajes, era el doble de la del año anterior, y se veían signos de que podría incrementarse en el siguiente; Amores perros batía récords de ingresos en taquilla y su carrera en el extranjero era un solo triunfo global, coronado con la nominación al Oscar. En seis meses, el panorama ha cambiado diametralmente: las películas mexicanas tuvieron que esperar hasta marzo para empezar a estrenarse (Piedras verdes), y, sea la que sea la película, el público simplemente no ha ido a verlas: el 24 de abril, Yissel Ibarra, productora de Altavis Films, expresaba (Reforma, sección "Gente", p. 6) su extrañeza porque Sin dejar huella hiciera honor a su título en su paso por la cartelera ("[...]no sabemos qué pasó, se le dio un lanzamiento como a las demás, el soundtrack de la película es genial... Pero si el público no va, no podemos hacer nada"). El 6 de mayo, otro episodio: Ernesto Rimoch reclama (Reforma, sección "Gente", p. 10) que, a una semana de su estreno, Demasiado amor perdiera casi la mitad de las salas, y se queja de la discriminación de los exhibidores contra las películas mexicanas; éstos se quejan de que la gente nomás no entra a verlas.
     Demasiado amor, tercer largometraje de Rimoch (el documental La línea, El anzuelo), es un modelo de cómo lo que parece en principio una buena idea cinematográfica termina siendo otro promotor de la indiferencia colectiva. Para los muchos que no la han visto, una rápida síntesis. Beatriz (Karina Gidi) es una muchacha sin el menor chiste, a punto de que se le vaya el camión. Su hermana está en España buscando comprar una casa para instalar un hostal o algo así. Beatriz trabaja en una oficina indefinida, con un jefe previsiblemente acosador. En sus ocios, va a una cafetería a tomarse sus cafecitos: el cliente Carlos (Ari Telch) le paga dos y eso les lleva a un pasional encuentro en un cuarto de hotel y un recorrido por todos los sitios turísticos imaginables (de las mariposas monarca a Monte Albán) que se irá administrando en idílicos flash backs a lo largo de la película. Porque resulta que no vuelve a ver a Carlos, sino que, sentada en su mesita en el café, le cae todo tipo de galanes caricaturescos: un ingeniero peloncito (José Carlos Rodríguez) que se viene en seco al bailar con ella en un antro, un ligue navideño de hablar cantinfleado (Silverio Palacios), un diseñador gay (Daniel Martínez) y un macho golpeador (Juan Manuel Bernal), el único que no le resuelve la vida a Beatriz, porque los demás, víctimas de unos encantos sensuales siempre escatimados al espectador, la colman de regalos y dinero que ella manda a su hermana para cumplir el sueño español, mientras ella espera el reencuentro con el turístico Carlos.
     Adaptando una novela de la notable historiadora Sara Sefchovich, Ernesto Rimoch y su coguionista, Eva Saraga, incurren de entrada en uno de los pecados capitales del cineasta mexicano: la autocomplacencia ante lo que cree que es una buena idea. Porque es una buena idea tomar una novela que es un fantaseo sobre la suerte de la fea; porque es una buena idea dar el papel principal a una actriz con la pericia de Karina Gidi, incluso por sus peculiaridades físicas (una nariz inmensa, un sobrepeso amedrentador). Y ahí se acaba todo: Rimoch y Saraga no se ven en la necesidad de darle ninguna densidad psicológica o intelectual a ningún personaje, empezando por Beatriz, cuyo comportamiento pasa de lo abrupto a lo estúpido con leves brillos de autoafirmación (cuando le rompe la renuncia al jefe en su cara), de modo que no se sabe bien a bien si se acuesta con sus galanes a) porque le gusta; b) porque le pagan; c) porque se siente sola; d) por las tres cosas; e) otras. Tampoco ven la necesidad de explicar a qué horas, con su chamba de burócrata o lo que sea, recorrió el país con Carlos, porque, nacionalismos a un lado, México de costa a costa y de frontera a frontera, con sus obligadas escalas, es toda una odisea. Y finalmente, la indefinición de género: el espectador aspira a que lo que ve sea una comedia, porque, en términos generales, Beatriz y la anécdota están muy debajo de la media, pero resulta que es un melodrama con sus adornos de intensidad que no conduce a nada: la hermana le sale con que se gastó todo el dinero, pero no pasa de un pleito por larga distancia; le acomodan una paliza de moretones y hospital que sólo lleva a juntar a sus cuates más entrañables, el gay y el vecino. Es fácil imaginar la misma anécdota en manos de Ripstein: una desconcertada burócrata pasa de un amante anodino a otro esperando el regreso de un galán que le disparó dos cafés. Por fortuna, Rimoch no explota el desprecio a sus personajes, simplemente no sabe cómo levantarlos.
     No ayuda para nada que Rimoch mantenga su anécdota en un México irreconocible, ajeno a todo contexto real; al contrario, eso diluye más a Beatriz y sus pasiones. Basta enfrentar lo pobre de tanto esfuerzo al trabajo del brasileño Andrucha Waddington, que en Tú, yo, ellos (2000) cuenta una historia muy semejante, pero inspirada en hechos reales: una mujer de la condición social más baja se las ingenió para que convivieran en el mismo techo sus tres amantes. Para conseguir que el público se trague la extravagancia, hace lo más difícil: contarlo en tono costumbrista y con fuertes rasgos realistas. Se acepta como una curiosidad de la vida. A Rimoch se le acumulan contradicciones en su fantaseo (los videos que le mandan de España a Beatriz no se podrían ver en una tele americana) y, al final, el público reescribe otra ley: no le pidan que se interese en una película que parece contada por su personaje, en vez de por un cineasta. -